Capítulo 2 La última palabra de Clara #2
Y Clara había dicho “traicionada”.
No “atacada”.
No “robada”.
Traicionada.
La palabra implicaba confianza.
Solo podía traicionar quien antes había estado cerca.
La alarma del monitor se volvió más intensa.
—No encuentro pulso —dijo uno de los paramédicos.
Marta se giró bruscamente.
—¿Qué ocurre?
Nadie respondió.
—¡Clara!
Los paramédicos comenzaron a realizar maniobras de reanimación. Uno presionaba el pecho de Clara mientras el otro preparaba un desfibrilador.
—Detenga el vehículo —ordenó uno de ellos.
La ambulancia redujo la velocidad y se desplazó hacia un lado de la carretera.
El conductor activó las luces de emergencia y se volvió hacia Marta.
—Necesito que permanezca aquí.
—Quiero verla.
—Ahora no puede.
—¡Es mi hermana!
Marta intentó soltarse el cinturón, pero el conductor mantuvo una mano sobre el respaldo de su asiento.
—Señora, déjelos trabajar.
El desfibrilador emitió una señal.
El cuerpo de Clara se elevó ligeramente sobre la camilla.
Marta se llevó una mano a la boca.
—Otra vez —dijo uno de los paramédicos.
La nieve golpeaba el techo de la ambulancia como cientos de pequeñas piedras.
El mundo entero parecía reducido a aquel sonido, al pitido irregular del monitor y a las voces apresuradas de los hombres que intentaban salvar a su hermana.
Pasó un minuto.
Tal vez dos.
Para Marta fue una eternidad.
—Tenemos ritmo —anunció finalmente el paramédico.
Marta dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.
La ambulancia volvió a ponerse en marcha.
—¿Está viva? —preguntó.
El conductor asintió con cautela.
—Sí. Pero su estado es muy grave.
Marta cerró los ojos.
No lloró.
Todavía no.
Sentía que si comenzaba a hacerlo, no podría detenerse.
Llegaron al Centro Médico de Oakhaven poco después de las diez. Dos enfermeros esperaban junto a las puertas de urgencias. Los paramédicos bajaron la camilla y entraron rápidamente.
Marta intentó seguirlos, pero una enfermera le bloqueó el paso.
—Necesitamos que espere aquí.
—Tengo que estar con ella.
—Los médicos deben estabilizarla primero.
—No puede estar sola.
La enfermera le tomó las manos y vio la sangre seca.
—Vamos a limpiarle esto.
—No es mía —dijo Marta.
La mujer la condujo hasta una pequeña sala de espera.
Las paredes eran de un blanco amarillento. Había seis sillas, una máquina de café y una televisión encendida sin sonido. En la pantalla aparecían imágenes de la tormenta, carreteras bloqueadas y advertencias meteorológicas.
Marta se sentó.
Una enfermera le entregó toallas húmedas y una manta. Ella comenzó a frotarse las manos, pero la sangre se había secado entre los dedos y debajo de las uñas.
Mientras limpiaba, recordó cuando Clara tenía nueve años y se había caído de una bicicleta. Marta, que entonces tenía trece, la había llevado a casa cargada sobre la espalda.
Clara no había llorado por la herida de la rodilla.
Había llorado porque pensaba que Marta se enfadaría con ella por haber roto la bicicleta.
Incluso de niña, Clara se preocupaba más por los demás que por sí misma.
La puerta de la sala se abrió.
Entró el agente de policía que había visto en la casa. Se había quitado el gorro, revelando un cabello gris y corto. Llevaba una libreta en la mano.
—Señora Morales.
Marta levantó la vista.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Encontramos su bolso en la casa. Soy el detective Gabriel Rivas.
—¿Detective?
—La patrulla solicitó mi presencia debido a las circunstancias.
Marta dejó de limpiarse las manos.
—¿Qué circunstancias?
Rivas tomó asiento frente a ella.
—La puerta abierta. La condición del ático. Las marcas en la escalera. Y lo que usted dijo que su hermana pronunció.
—Traicionada.
—Exacto.
—¿Cree que alguien la empujó?
El detective no respondió de inmediato.
—Todavía estamos reuniendo información.
—Eso no es una respuesta.
—No sería responsable llegar a una conclusión antes de revisar todas las pruebas.
Marta apretó la toalla entre las manos.
—Mi hermana negó con la cabeza cuando le pregunté si se había caído.
Rivas escribió algo en la libreta.
—Necesito que me cuente todo desde el principio.
Marta relató las llamadas sin respuesta, el trayecto hasta la casa y la puerta entreabierta. Habló de la taza todavía tibia, de las fotografías esparcidas, del botón oscuro y de los documentos en el ático.
Cuando mencionó la mancha de sangre sobre el escritorio, el detective dejó de escribir por un instante.
—¿Tocó esa sangre?
—Sí. No sabía lo que era.
—¿Vio huellas, zapatos mojados o alguna otra señal?
Marta intentó recordar.
La casa.
El recibidor.
El pasillo.
La escalera.
Todo aparecía en su mente como imágenes aisladas.
—Había nieve junto a la puerta —dijo—. Pero pensé que había entrado porque estaba abierta.
—¿La nieve formaba huellas?
—No lo sé.
—¿Faltaba algo en la casa?
—No revisé.
—¿Su hermana tenía enemigos?
La pregunta le pareció absurda.
—Clara no era esa clase de persona.
—Eso no significa que otra persona no tuviera problemas con ella.
Marta pensó en Don Ernesto Navarro y en la disputa por el terreno. Pensó en David, que había pedido dinero varias veces. Pensó en Mateo y en la conversación de la cocina.
—Había algunas personas con las que tenía desacuerdos —admitió.
—Necesito nombres.
Antes de que Marta pudiera responder, la puerta volvió a abrirse.
Un médico entró en la sala.
Era joven, pero su expresión parecía cansada. Se quitó la mascarilla y miró primero a Marta y después al detective.
—¿Es usted familiar de Clara Morales?
Marta se puso de pie.
—Soy su hermana.
El médico respiró hondo.
En ese momento, Marta comprendió que algo iba mal.
No porque él hubiera hablado.
Sino porque no se acercó con prisa.
Porque no llevaba esperanza en el rostro.
—La señora Morales sufrió un traumatismo craneal grave —dijo—. También presentaba lesiones internas y una pérdida considerable de sangre.
—Pero estaba viva cuando llegamos.
—Sí.
—Entonces ayúdela.
—El equipo hizo todo lo posible.
Marta negó con la cabeza.
—No.
—Su corazón volvió a detenerse poco después de entrar en urgencias.
—No.
—Intentamos reanimarla durante varios minutos, pero las lesiones eran demasiado graves.
El detective bajó la mirada.
El médico continuó hablando, pero Marta ya no entendía las palabras.
Escuchó “hora del fallecimiento”.
Escuchó “diez y veintisiete”.
Escuchó “lo siento mucho”.
Pero aquellas frases parecían llegar desde el extremo de un pasillo interminable.
—Quiero verla —dijo Marta.
—Podemos llevarla cuando esté preparada.
—Ahora.
El médico asintió.
Marta dio un paso y sintió que las piernas le fallaban. Rivas se levantó para sostenerla, pero ella apartó su mano.
No quería consuelo.
No quería una explicación.
Quería regresar una hora atrás.
Quería quedarse en la cocina y llamar una vez más.
Quería llegar antes.
Quería que Clara volviera a abrir los ojos.
La condujeron a una sala pequeña.
Clara estaba acostada sobre una cama, cubierta hasta el pecho con una sábana blanca. Alguien había limpiado la sangre de su rostro. Parecía dormida, aunque demasiado quieta.
Marta se acercó.
Le tocó el cabello.
—Lo siento —susurró.
Las lágrimas llegaron por fin.
No fueron silenciosas ni contenidas.
Marta se inclinó sobre su hermana y lloró como no lo había hecho desde la muerte de sus padres. Lloró por Clara, por Samuel y por la vida que había terminado en el suelo de una casa donde ambas habían crecido.
Después de varios minutos, levantó la cabeza.
Miró el rostro inmóvil de su hermana y recordó su última palabra.
Traicionada.
Ya no sonaba como un susurro.
Sonaba como una acusación.
Como un encargo.
Como la única pista que Clara había conseguido dejar atrás.
Marta tomó la mano fría de su hermana.
—Voy a descubrir quién te hizo esto —prometió—. No importa cuánto tarde.
Detrás de ella, el detective Rivas permanecía junto a la puerta.
—Señora Morales —dijo con voz baja—, encontramos algo en el ático.
Marta se volvió lentamente.
El detective sostenía una bolsa transparente para pruebas. Dentro había una hoja arrugada, manchada de sangre.
En la parte superior podía leerse el nombre del negocio de Clara.
Debajo aparecía una lista de transferencias bancarias.
Todas habían sido autorizadas con la firma de su hermana.
Pero Clara había escrito una palabra en tinta roja junto a cada una.
Falsa.
—¿Sabe quién tenía acceso a estas cuentas? —preguntó Rivas.
Marta observó la hoja.
Solo dos personas tenían autorización completa sobre el dinero de la empresa.
Clara.
Y su socio.
Mateo Álvarez.