Capítulo 2 La última palabra de Clara
Las sirenas se acercaban lentamente, ahogadas por el viento y la nieve.
Marta permanecía de rodillas junto a su hermana, sosteniéndole la mano con tanta fuerza como se atrevía. Clara intentaba respirar, pero cada bocanada parecía exigirle más energía de la que le quedaba.
—No hables —le suplicó Marta—. Guarda fuerzas. La ambulancia ya viene.
Clara no apartó la mirada de ella.
Sus ojos estaban llenos de miedo, pero también de urgencia. Parecía saber que el tiempo se estaba agotando. Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de la muñeca de Marta.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó Marta otra vez—. Clara, dime quién estaba aquí.
Los labios de Clara temblaron.
Marta acercó el oído a su boca.
Durante un momento, solo escuchó una respiración débil y quebrada. Después, entre el viento que golpeaba las paredes y la voz distante de la operadora que seguía hablando desde el teléfono, Clara consiguió pronunciar una palabra.
—Traicionada…
Fue apenas un susurro.
Marta levantó la cabeza.
—¿Qué dijiste?
Clara cerró los ojos durante un segundo. Parecía reunir las últimas fuerzas que le quedaban.
—Traicionada —repitió.
Esta vez Marta la entendió con claridad.
No había dicho “caí”.
No había pedido ayuda.
No había pronunciado un nombre.
Había dicho “traicionada”.
—¿Por quién? —preguntó Marta, sintiendo que el miedo le oprimía el pecho—. ¿Quién te traicionó?
Clara movió los labios, pero no salió ningún sonido.
—Clara, mírame.
Los ojos de su hermana volvieron a abrirse. Ya no enfocaban con la misma claridad. Miraron más allá de Marta, hacia el pasillo oscuro, como si esperaran que alguien apareciera en cualquier momento.
Marta se volvió rápidamente.
No había nadie.
La casa estaba en silencio, salvo por el ruido del viento y el débil crujido de la madera.
—¿Sigue aquí? —preguntó Marta.
Clara no respondió.
—¿La persona que te hizo esto sigue en la casa?
Los dedos de Clara se aflojaron poco a poco.
—No —dijo Marta, apretándole la mano—. Quédate conmigo. Por favor.
Al otro lado del teléfono, la operadora elevó la voz.
—Señora, necesito que me diga si su hermana continúa respirando.
Marta tomó el aparato del suelo sin soltar a Clara.
—Sí. Respira, pero cada vez más despacio.
—La ambulancia está llegando. No la mueva. Manténgala abrigada y compruebe que sus vías respiratorias estén libres.
Marta tomó una manta de una de las cajas rotas y cubrió cuidadosamente el cuerpo de Clara. La tela estaba vieja y olía a polvo, pero era lo único que tenía a su alcance.
—La ayuda ya está aquí —le dijo, aunque no estaba segura de que Clara pudiera escucharla—. Todo va a salir bien.
Era una mentira.
Marta lo sabía.
Lo veía en la palidez del rostro de su hermana y en la sangre que se extendía lentamente sobre el suelo. Lo sentía en la forma en que Clara la miraba, como si ya estuviera despidiéndose.
Un golpe fuerte resonó en la puerta principal.
—¡Servicios de emergencia! —gritó una voz desde abajo.
—¡Arriba! —respondió Marta—. ¡Está arriba!
Escuchó pasos apresurados en las escaleras. Segundos después, dos paramédicos aparecieron en el pasillo cargando equipos médicos. Detrás de ellos venía un tercer hombre con una camilla plegable.
—Necesitamos espacio —dijo uno de los paramédicos.
Marta se apartó, aunque su cuerpo parecía negarse a abandonar a Clara.
Los hombres se arrodillaron junto a ella. Uno comprobó su respiración y el pulso. Otro examinó la herida en la cabeza, mientras el tercero preparaba un collar cervical.
—¿Qué ocurrió? —preguntó el primero.
—No lo sé —respondió Marta—. La encontré así. Creo que cayó desde el ático, pero ella dijo que…
La voz se le quebró.
—¿Qué dijo?
Marta miró a Clara.
—Dijo que había sido traicionada.
El paramédico levantó la vista por un instante.
—¿Pronunció algún nombre?
—No.
—¿Estaba consciente cuando usted llegó?
—Apenas.
—¿La movió?
—No. Solo aparté unas cajas para llegar hasta ella.
El hombre asintió y regresó a su trabajo.
Marta retrocedió hasta apoyarse contra la pared. Tenía las manos manchadas de sangre. Las observó como si pertenecieran a otra persona.
Todo parecía ocurrir demasiado rápido y, al mismo tiempo, con una lentitud insoportable.
Los paramédicos colocaron a Clara sobre una tabla rígida. Cada movimiento era cuidadoso, pero aun así ella dejó escapar un gemido.
—Clara —dijo Marta, acercándose de nuevo—. Estoy aquí.
Uno de los paramédicos la detuvo suavemente.
—Necesitamos trasladarla ahora.
—Voy con ella.
—Puede seguirnos en su automóvil.
Marta miró por la ventana del pasillo. La tormenta era peor que antes. La nieve cubría casi por completo los cristales.
—No puedo conducir así.
El paramédico dudó.
—Puede viajar en la parte delantera, pero debe dejarnos trabajar.
Marta asintió de inmediato.
Mientras bajaban a Clara por las escaleras, dos agentes de policía entraron en la casa. Uno era un hombre alto de unos cincuenta años, con el rostro enrojecido por el frío. El otro era una mujer joven que llevaba nieve sobre los hombros del uniforme.
—¿Quién encontró a la víctima? —preguntó el agente.
—Yo —respondió Marta.
—Necesitaremos hablar con usted.
—Después —dijo ella sin detenerse—. Ahora voy al hospital.
El policía observó sus manos ensangrentadas y luego miró hacia la escalera del ático.
—Señora, ¿había alguien más en la casa cuando llegó?
Marta recordó la puerta entreabierta.
El botón oscuro entre las fotografías.
Los documentos esparcidos en el suelo.
La ventana abierta del ático.
—No vi a nadie —contestó—. Pero la puerta principal estaba abierta.
La expresión del agente cambió.
—¿Abierta por completo?
—Entreabierta.
—¿Tocó algo al entrar?
—La puerta. Las manijas. Algunas cosas del pasillo. No sabía que…
—Está bien. Hablaremos más tarde.
La agente joven subió las escaleras mientras su compañero hablaba por la radio.
—Aseguren la planta superior —ordenó—. Nadie entra ni sale hasta que revisemos la casa.
Marta siguió a los paramédicos hacia la ambulancia.
El aire helado golpeó su rostro. La nieve se arremolinaba alrededor de las luces rojas y azules, iluminando la calle con destellos inquietantes. Varias ventanas de las casas vecinas estaban encendidas. Algunas cortinas se movían.
Oakhaven comenzaba a despertar.
Aunque nadie se atrevía a salir, Marta sabía que los vecinos estaban observando.
Antes de que terminara la noche, todos tendrían una versión de lo ocurrido.
Los paramédicos introdujeron la camilla en la ambulancia. Marta subió al asiento delantero y se volvió para mirar a Clara a través de la pequeña abertura que separaba ambos compartimentos.
Uno de los hombres sostenía una mascarilla de oxígeno sobre su rostro. El otro vigilaba los monitores.
—Presión descendiendo —dijo una voz.
Las puertas se cerraron.
La ambulancia comenzó a avanzar.
El trayecto hacia el hospital normalmente duraba quince minutos, pero la carretera estaba casi intransitable. El vehículo se movía con lentitud, inclinándose ligeramente cada vez que las ruedas atravesaban una acumulación de nieve.
Marta sostenía su teléfono con ambas manos.
Tenía que llamar a alguien.
Tenía que avisar a Samuel.
Pero ¿cómo se le decía a un niño que su madre estaba gravemente herida?
Samuel tenía once años. Era inteligente y observador, como Clara. Notaría cualquier mentira en su voz.
Marta buscó el número de la madre del compañero con quien se encontraba.
Sus dedos temblaban tanto que tuvo que intentarlo dos veces.
—¿Hola? —respondió una mujer somnolienta.
—Laura, soy Marta.
—Marta, ¿ocurre algo? Es muy tarde.
—Necesito que Samuel se quede contigo esta noche.
Hubo una breve pausa.
—Por supuesto. ¿Clara está bien?
Marta miró hacia la parte trasera de la ambulancia.
—Ha tenido un accidente.
Las palabras le parecieron extrañas. Demasiado simples para explicar lo que acababa de ver.
—Dios mío. ¿Qué pasó?
—Todavía no lo sé. Vamos camino al hospital.
—No te preocupes por Samuel. Puede quedarse aquí todo el tiempo que sea necesario.
—No le digas nada todavía —pidió Marta—. Solo dile que la tormenta empeoró y que Clara prefirió que pasara la noche allí.
—De acuerdo.
—Y no lo dejes mirar las noticias ni hablar con otros niños de Oakhaven. No hasta que yo sepa qué está pasando.
—Te lo prometo.
Marta colgó.
El conductor mantenía la vista fija en la carretera. No decía nada, pero de vez en cuando miraba por el espejo retrovisor hacia la parte trasera.
Entonces el sonido de uno de los monitores cambió.
Una alarma breve y aguda atravesó la ambulancia.
—El pulso está cayendo —dijo un paramédico.
—Clara —susurró Marta.
Intentó levantarse, pero el conductor la detuvo.
—Debe permanecer sentada.
—Es mi hermana.
—Lo sé. Déjelos trabajar.
Marta apretó el cinturón entre los dedos.
A través de la abertura vio manos moviéndose rápidamente. Una bolsa intravenosa fue elevada. Alguien dijo algo que ella no alcanzó a entender.
—Clara, por favor —murmuró—. Aguanta un poco más.
Pensó en la última vez que habían cenado juntas.
Había sido dos noches antes, en la cocina de Clara. Samuel hablaba de un proyecto escolar mientras Clara cortaba pan y Marta preparaba una ensalada. Era una escena común, tan sencilla que nadie habría pensado en recordarla.
Clara había reído cuando Samuel derramó agua sobre la mesa.
Después, cuando el niño salió de la cocina, la sonrisa de Clara desapareció.
—Tengo que resolver algo —le había dicho a Marta.
—¿Qué cosa?
—Un problema del negocio.
—¿Es grave?
Clara miró hacia la puerta para comprobar que Samuel no estuviera escuchando.
—Todavía no lo sé.
—¿Tiene que ver con Mateo?
Clara había tardado demasiado en responder.
—No quiero acusar a nadie sin pruebas.
Marta se dio cuenta de que había olvidado aquella conversación hasta ese momento.
Mateo Álvarez.
El socio de Clara.
Su amigo desde hacía casi diez años.
Un hombre al que toda la familia consideraba digno de confianza.
Marta sintió un escalofrío.
No podía significar nada. Los problemas comerciales eran comunes. Clara revisaba cuentas, contratos y pagos constantemente.
Pero los papeles del ático no parecían formar parte de una revisión normal.
Estaban esparcidos como si hubiera habido una lucha.