Alguien cercano
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Capítulo 1 Nieve sobre Oakhaven
La nieve había comenzado a caer antes del anochecer.
Al principio eran copos pequeños que se deshacían al tocar los tejados, pero, conforme avanzaban las horas, la tormenta fue cubriendo Oakhaven con una gruesa capa blanca.
Las calles desaparecieron poco a poco bajo la nieve, los automóviles quedaron convertidos en siluetas redondeadas y las luces de las casas parecían más cálidas de lo habitual detrás de las ventanas empañadas.
En aquella pequeña ciudad de Maine, el invierno no era una sorpresa.
La gente sabía cómo proteger las tuberías, almacenar leña y reconocer el sonido de una tormenta que podía durar toda la noche.
Sin embargo, aquella nevada tenía algo diferente.
El viento golpeaba las paredes con una fuerza irregular, como si alguien caminara alrededor de las casas buscando una entrada.
Oakhaven permanecía en silencio.
A las ocho y veinte, Marta Morales apagó la lámpara de su escritorio y observó por la ventana de la cocina. Apenas podía distinguir la casa del otro lado de la calle. Los copos giraban bajo la luz de los faroles y el camino que había limpiado esa misma tarde ya estaba cubierto otra vez.
Sobre la mesa había una taza de té que se había enfriado sin que ella la probara. Junto a la taza descansaba su teléfono.
Marta volvió a mirar la pantalla.
Ningún mensaje.
Había llamado a su hermana tres veces durante la última hora.
Clara siempre respondía, incluso cuando estaba ocupada.
Si no podía hablar, enviaba un mensaje breve para avisar que devolvería la llamada más tarde.
Era una costumbre sencilla, pero constante.
Clara decía que nunca se debía dejar preocupada a la familia, sobre todo después de haber perdido a tantas personas importantes.
Aquella noche, sin embargo, no había contestado.
Marta tomó el teléfono y marcó de nuevo.
Esperó mientras escuchaba los tonos.
Uno.
Dos.
Tres.
La llamada terminó en el buzón de voz.
—Clara, soy yo otra vez —dijo, intentando controlar la inquietud que comenzaba a crecerle en el pecho—. Solo quería saber si estás bien. La tormenta está empeorando. Llámame en cuanto escuches esto.
Colgó y dejó el teléfono sobre la mesa, aunque no apartó la mano de él.
Quizá Clara había subido al ático y no escuchaba el timbre.
En los últimos días había estado revisando cajas antiguas que pertenecieron a sus padres.
Quería organizar los documentos de la casa antes de que terminara el invierno.
También había mencionado unas carpetas relacionadas con el negocio, pero no había explicado por qué estaban guardadas allí.
Marta había intentado convencerla de que esperara.
—El ático lleva años sin limpiarse —le había dicho aquella misma mañana—. Hay clavos sueltos, tablas viejas y una escalera que parece estar esperando una excusa para romperse.
Clara había sonreído.
—Entonces subiré con cuidado.
Así era ella. Tranquila, responsable y decidida. Desde la muerte de su esposo, había aprendido a resolver sola problemas que antes habrían asustado a cualquiera. Administraba la casa, cuidaba de Samuel y supervisaba su parte del negocio familiar sin pedir compasión ni favores.
Pero Marta conocía a su hermana mejor que nadie.
Sabía cuándo Clara ocultaba una preocupación.
Durante la última semana había estado más silenciosa.
En varias ocasiones parecía a punto de contarle algo, pero siempre cambiaba de tema.
Una tarde, mientras preparaban la cena, Clara dejó caer una cuchara al escuchar una notificación en su teléfono.
Otro día cerró apresuradamente una carpeta cuando Samuel entró en la habitación.
Cuando Marta le preguntó qué ocurría, Clara respondió que solo estaba cansada.
Marta no le creyó.
Una fuerte ráfaga sacudió la ventana de la cocina y la hizo retroceder.
Miró otra vez el teléfono.
Nada.
Clara vivía a solo diez minutos en automóvil, al otro lado del centro de Oakhaven. En condiciones normales, Marta habría llegado en menos tiempo. Aquella noche, las autoridades habían recomendado no salir debido a la tormenta.
Marta intentó razonar consigo misma.
Clara podía haberse quedado dormida. Tal vez su teléfono se había descargado. Quizá estaba ayudando a Samuel con alguna tarea o había bajado al sótano para revisar la calefacción.
Había muchas explicaciones posibles.
Pero ninguna conseguía tranquilizarla.
A las ocho y treinta y siete, Marta se puso el abrigo.
Guardó el teléfono en un bolsillo, tomó las llaves del automóvil y envolvió una bufanda alrededor de su cuello. Antes de salir, llamó una vez más.
El buzón de voz respondió de nuevo.
—Voy hacia tu casa —dijo—. No te enfades conmigo. Solo necesito comprobar que todo está bien.
El frío la golpeó en cuanto abrió la puerta.
Durante unos segundos, el viento le impidió respirar. La nieve le azotó el rostro mientras avanzaba hasta el automóvil, hundiendo las botas casi hasta los tobillos. Tuvo que limpiar el parabrisas dos veces antes de conseguir ver el camino.
El motor tardó en arrancar.
—Vamos —murmuró Marta, girando la llave otra vez—. Por favor.
El vehículo respondió con un sonido áspero y finalmente cobró vida.
Marta condujo despacio, sujetando el volante con ambas manos.
Los limpiaparabrisas apenas podían apartar la nieve.
Las casas del vecindario aparecían y desaparecían detrás de la tormenta, como recuerdos borrosos.
No había peatones ni otros automóviles. Solo el viento, las luces amarillas de los faroles y el crujido de los neumáticos sobre el hielo.
Cuando atravesó el centro de Oakhaven, pasó frente a la pequeña iglesia de piedra. El reloj de la torre marcaba casi las nueve. Las escaleras estaban cubiertas de nieve y el cartel de madera se balanceaba con el viento.
Marta recordó entonces algo que Clara le había dicho unos días antes.
«A veces conocemos a una persona durante años y aun así no sabemos quién es realmente».
En aquel momento, Marta había pensado que hablaba de uno de sus clientes. Clara no quiso dar más detalles.
Ahora aquella frase regresaba con una fuerza inesperada.
Al llegar a la calle de Clara, Marta redujo aún más la velocidad.
La casa se encontraba al final del camino, rodeada de pinos altos.
Era una construcción antigua de dos plantas, con paredes gris claro y ventanas estrechas.
Había pertenecido a sus abuelos y después a sus padres.
Clara decidió conservarla porque no soportaba la idea de vender el lugar donde ambas habían crecido.
Una lámpara estaba encendida en la planta baja.
Marta sintió un pequeño alivio.
Entonces vio la puerta principal.
Estaba entreabierta.
Detuvo el automóvil frente a la casa y permaneció inmóvil durante unos segundos. La nieve entraba por la abertura y formaba una línea blanca sobre el suelo del recibidor.
Clara nunca dejaba la puerta abierta.
Mucho menos durante una tormenta.
Marta salió apresuradamente del vehículo.
—¡Clara! —gritó mientras avanzaba por el sendero.
No hubo respuesta.
Subió los escalones del porche y empujó la puerta con cuidado. Las bisagras emitieron un gemido bajo. El interior de la casa estaba cálido, pero una corriente helada atravesaba el recibidor.
—¿Clara?
Solo escuchó el viento detrás de ella.
Cerró la puerta y observó el pasillo.
El abrigo de Clara colgaba de su lugar habitual. Sus botas estaban junto al mueble de la entrada. Sobre una pequeña bandeja descansaban las llaves de la casa. Todo indicaba que no había salido.
—Soy yo, Marta —anunció con voz más alta—. Me preocupé porque no respondías.
La sala estaba vacía.
En una mesa había una taza con una fina capa de té en el fondo. Una manta se encontraba cuidadosamente doblada sobre el sofá. Junto a ella descansaba un libro abierto, boca abajo, como si Clara hubiera pensado regresar enseguida.
Marta se acercó.
Tocó la taza.
Todavía estaba tibia.
—Clara…
La preocupación se convirtió en miedo.
Revisó la cocina. No había nadie. El grifo estaba cerrado, la estufa apagada y una olla permanecía cubierta sobre la encimera. Dos platos habían sido colocados junto al fregadero, uno grande y otro pequeño.
—¿Samuel?
El nombre salió de su boca casi sin voz.
Corrió hasta el pasillo y abrió la puerta de la habitación del niño. La cama estaba hecha. Sobre el escritorio había varios cuadernos, una lámpara apagada y una maqueta de madera a medio construir.
Samuel no estaba allí.
Marta sacó el teléfono y buscó rápidamente el número de Clara. Estaba a punto de llamar de nuevo cuando recordó que el niño debía pasar aquella noche en casa de un compañero de la escuela. Clara se lo había mencionado por la mañana.
El alivio duró apenas un instante.
Si Samuel no estaba en casa, Clara se encontraba completamente sola.
Marta subió las escaleras hacia el segundo piso.
—¡Clara! ¡Respóndeme!
Abrió la puerta del dormitorio principal. Vacío.
El baño. Vacío.
La habitación de invitados. Vacía.
Al regresar al pasillo, escuchó algo.
Un sonido débil.
Se quedó inmóvil.
Durante unos segundos solo oyó el viento golpeando el tejado. Después volvió a escucharlo: un golpe suave y desigual procedente del extremo del corredor.
Del ático.
La puerta estaba abierta.
Marta avanzó lentamente.
En el suelo, cerca de la entrada, había una caja volcada. Varias fotografías antiguas se encontraban esparcidas sobre la alfombra. Una mostraba a Clara y Marta cuando eran niñas, de pie junto a su padre frente al lago. Otra era una fotografía de la boda de Clara.
Marta se agachó para recogerlas, pero se detuvo.
Había algo más entre las fotografías.
Un pequeño botón oscuro.
No pertenecía a la ropa de Clara. Marta estaba segura de ello.
Levantó la mirada hacia la estrecha escalera que conducía al ático. La luz de arriba estaba encendida y proyectaba sombras irregulares sobre los escalones. Cerca del pasamanos había una marca larga, como si algo pesado hubiera rozado la madera.
—Clara —susurró.
El sonido se repitió.
Esta vez fue más claro.
Un gemido.
Marta subió el primer escalón.
La madera crujió bajo su peso. El olor a polvo y madera vieja se mezclaba con algo metálico que no supo reconocer al principio. Cuando llegó a la mitad de la escalera, vio varias carpetas abiertas en el suelo del ático.
Había papeles por todas partes.
Facturas.
Copias de contratos.
Extractos bancarios.
Algunos documentos estaban arrugados, como si dos personas hubieran intentado arrebatárselos una a la otra.
—¿Clara?
Marta llegó al último escalón y miró alrededor.
El ático estaba vacío.
Una ventana se encontraba ligeramente abierta, dejando entrar pequeños copos de nieve. Una silla había caído junto a un escritorio antiguo. Sobre él descansaba una lámpara encendida y una carpeta de color azul.
Marta se acercó a la ventana para cerrarla.
Entonces vio una mancha oscura sobre el borde del escritorio.
La tocó con la punta de los dedos.
Estaba húmeda.
Miró su mano y sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Sangre.
—Dios mío…
Retrocedió y chocó contra la silla caída.
El ruido resonó por todo el ático.
Desde abajo llegó otro gemido.
Marta se volvió de inmediato.
No procedía del ático.
Procedía del espacio situado debajo de la escalera.
Bajó casi corriendo, sujetándose del pasamanos para no caer. Al llegar al pasillo, rodeó la pequeña estructura de madera y encontró una puerta baja que servía como espacio de almacenamiento.
Estaba abierta.
Al principio solo vio cajas rotas y mantas antiguas. Después distinguió una mano.
—¡Clara!
Marta cayó de rodillas.
Su hermana estaba tendida entre los restos de una caja, con el cuerpo torcido en una posición dolorosa. Su cabello estaba cubierto de polvo y había sangre junto a su cabeza. Tenía los ojos cerrados y respiraba con enorme dificultad.
—No, no, no…
Marta apartó los objetos que la rodeaban, pero no se atrevió a moverla. Le temblaban tanto las manos que casi dejó caer el teléfono cuando intentó marcar el número de emergencias.
—Emergencias de Oakhaven, ¿cuál es su situación?
—Mi hermana está herida —respondió Marta, sin reconocer su propia voz—. Está sangrando. Creo que cayó por las escaleras. No sé cuánto tiempo lleva aquí.
—¿Está consciente?
Marta apoyó una mano junto al rostro de Clara.
—Clara, ¿puedes oírme?
Los párpados de su hermana se movieron débilmente.
—Sí —dijo Marta—. Creo que sí. Está intentando abrir los ojos.
Dio la dirección mientras la operadora le indicaba que no moviera a Clara. La ambulancia estaba en camino, aunque la tormenta podía retrasarla.
Marta dejó el teléfono en el suelo, con la llamada todavía activa, y tomó con cuidado la mano de su hermana.
—Estoy aquí —le dijo—. No estás sola. La ayuda viene en camino.
Clara abrió los ojos.
Durante unos segundos pareció no reconocerla. Su mirada vagó por el pequeño espacio, confundida y aterrorizada, hasta detenerse en el rostro de Marta.
—Soy yo —susurró Marta—. Estás a salvo.
Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, supo que no eran ciertas.
La expresión de Clara no era la de alguien que hubiera sufrido un accidente. Había miedo en sus ojos. Un miedo profundo, desesperado, dirigido hacia algo que Marta no podía ver.
Clara intentó mover una mano.
—No te esfuerces —dijo Marta—. La ambulancia llegará pronto.
Los dedos de Clara se cerraron alrededor de su muñeca.
La fuerza de aquel gesto sorprendió a Marta.
—¿Qué ocurrió? —preguntó—. ¿Te caíste?
Clara negó apenas con la cabeza.
Una vez.
Muy despacio.
Marta sintió un escalofrío que no tenía relación con la tormenta.
—¿Había alguien aquí?
Los labios de Clara se separaron, pero al principio no salió ningún sonido.
Marta se inclinó hacia ella.
—¿Quién te hizo esto?
En la distancia comenzaron a escucharse las sirenas. Eran débiles, casi imperceptibles detrás del viento, pero se acercaban.
Clara respiró con dificultad.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Volvió a apretar la muñeca de Marta, como si aquella fuera su última oportunidad de transmitir algo importante.
Entonces movió los labios e intentó pronunciar una sola palabra.