Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Veintiuno
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Veintiuno

Rok salió disparado del garaje y aulló, un aullido enorme y desgarrado. En cuanto escuchó que Meadow había desaparecido, lo supo.

Está en problemas.

Si Samuel realmente andaba al acecho y había encontrado a Meadow, la mataría, especialmente si había estado vigilando la casa. Hasta ese cabrón de su padre reconocería que Meadow era especial para él.

Joder, cómo le quemaba no haberse dado cuenta nunca de que su padre merodeaba.

Samuel era un maestro del sigilo. Había servido en el ejército durante un tiempo.

En algún tipo de fuerzas especiales. Lo echaron por problemas mentales.

Menuda sorpresa. Y luego le dieron su propia manada de la que abusar porque en el mundo de los licántropos, la fuerza mandaba.

Los alfas, incluso los que tenían tendencias violentas, daban las órdenes.

Darian, el calmado y racional, intentó que Rok no perdiera la cabeza. —Vamos a separarnos y a ir hacia el arroyo.

¡No había nada de calmado ni de jodidamente racional en esto!

Rok se arrancó la camisa mientras corría, consumido por una rabia salvaje. Ignoró a sus amigos, que le gritaban que fuera más despacio.

Nunca.

Solo había una razón por la que su padre vendría aquí.

El momento del ajuste de cuentas final. Un día que Rok siempre supo que llegaría, desde aquella primera vez que plantó cara a su padre poco después de cumplir los dieciséis.

Su padre llegó a casa borracho. Como de costumbre. Rara era la noche que no se tomaba unas cuantas. Lo que variaba era cuánto había bebido. El portazo indicaba que aquella no era la borrachera tranquila de cerveza.

Bang. Bang. Los zapatos volaron. Las cosas se estrellaron. El peor tipo de borrachera, la que venía del líquido dorado. El whisky siempre ponía agresivo a Samuel.

Amarok sabía que debía quitarse de en medio. Pasar desapercibido mantenía las palizas a raya.

Pero su padre iba buscando pelea.

Wham. La puerta de Rok se abrió de golpe y chocó contra la pared. Samuel irrumpió en su habitación, sin importarle que Rok estuviera en la cama.

Samuel empezó a despotricar. —Cabrón perezoso. Trabajo todo el puto día y llego a casa y me encuentro a tu culo perezoso y consentido sin hacer nada.

¿Nada? El horario de Amarok incluía el instituto a jornada completa más treinta horas a la semana repartidas entre dos trabajos, la colada y cualquier otra tarea doméstica que su padre le endosara, mientras Samuel trabajaba cuarenta horas en la fábrica y pasaba otras cuarenta cabreado.

Samuel arrancó la manta, y Amarok se giró boca arriba, molesto porque tenía un examen por la mañana. Las matemáticas no eran su fuerte, y las dejaría si pudiera, pero la clave para salir de aquella vida eran los estudios.

—Vete a la cama —le murmuró a su padre, ya harto de todo.

—¿Qué me has dicho? —Su padre lo agarró de la camiseta y lo sacó de la cama de un tirón.

Llevaba pasando desde que tenía memoria.

En la escuela decían que denunciara a los abusones.

Lo hizo a los siete años. Los trabajadores sociales vinieron y hablaron con su padre, que se lamentó de lo difícil que era criar a un niño solo, especialmente a uno tan rebelde como Amarok. Lo llamó mentiroso.

Cuando se fueron, el padre de Amarok se la cobró. Fue tan brutal que en la escuela pensaron que casi se había muerto de gripe, porque se quedó en casa enfermo tanto tiempo esperando a que se le fueran los moretones.

Mirar hacia otro lado. No meterse. Las reglas de supervivencia le latían en el pecho, pero aquel día, con su padre cernido sobre él, con los ojos desorbitados y apestando, Amarok estaba harto.

Así que empujó. Empujó a su padre y lo tiró al suelo.

Sentado en el suelo, Samuel se lo quedó mirando boquiabierto. A Amarok también se le desencajó la mandíbula.

Su padre se levantó con un gruñido. —¿Te atreves a faltarme al respeto? —Infló el pecho para intimidarlo.

—Déjame en paz. —Amarok se levantó de la cama y estiró su cuerpo larguirucho. ¿Cuándo se había vuelto más alto que su padre?

—¿Me estás desafiando, cabrón? —Su padre lo amenazó con los puños cerrados.

Rok se mantuvo firme. No solo más alto, también más fuerte. Sus trabajos en los almacenes le estaban poniendo cachas. Cruzó aquellos brazos fornidos y gruñó. —Se acabaron los golpes. No vuelvas a ponerme la mano encima.

Sentó bien decirlo.

—Bastardo irrespetuoso. —Su padre le lanzó un puñetazo.

Lo paró. —He dicho que no golp—

Uf.

Como si Samuel fuera a dejarse amedrentar tan fácilmente. Le dio un puñetazo en el estómago, pero Amarok bloqueó el siguiente. Luego empezó a conectar unos cuantos él también; el boxeo que había dado como parte de educación física en el instituto le estaba viniendo de perlas.

Sentó bien. Golpear. Una y otra vez. Por fin ser él quien hacía daño.

Solo cuando se dio cuenta de que estaba arrodillado sobre el hombre, a punto de golpear su rostro ya ensangrentado, se detuvo.

Ese no era él.

Rok se apartó de su padre y fue al baño a enjuagarse los nudillos.

—Débil —balbuceó su padre, que se había tambaleado hasta la puerta.

—¿Débil porque no quiero que te mueras?

—Tú no eres mi hijo.

—Eso ya me ha quedado claro.

—Entonces, ¿por qué te quedas?

¿Por qué se quedaba? Solo le llevaría un minuto hacer una bolsa.

Su padre se movió para bloquearle la salida del baño.

—Quítate.

—Oblígame —se burló Samuel.

—¿Quieres que te mate?

—Los dos sabemos que no lo harás. Y eso será tu perdición.

—¿Esta conversación tiene algún sentido?

—Nunca serás alfa. Eres blando.

—¿Quién dice que quiero ser alfa? No todo el mundo quiere mandar.

—Eso dices ahora, pero si esperara cinco, diez años, estarás echándole el ojo a mi puesto y pensando que puedes quitármelo simplemente porque me corrí dentro de tu madre.

—Quédate con tu manada. Si quiero una, me haré la mía.

Su padre se rio.

—Como si fueran a darle algo a un debilucho como tú.

—Quizás cuando me vaya dejes de ser tan amargado —fue lo último que Rok le dijo a su padre.

En cuanto a Samuel, gritó:

—Estúpido imbécil. Tan creído y santurrón por dejarme con vida. Que te quede claro que, un día, te encontraré. Y cuando lo haga, morirás.

Parecía que el ajuste de cuentas había llegado por fin. El problema era que ahora Rok tenía algo que perder.

Meadow.

A pesar de la lluvia, captó su aroma en cuanto llegó al sendero del bosque. ¿Cuánta ventaja le llevaba ella? No tenía ni idea de cuánto tiempo hacía que se había ido. Corrió, medio vestido y presa del pánico. La necesidad de transformarse latía en su interior, pero tampoco quería asustar a Meadow.

Casi lo destroza todo cuando la oyó gritar.

Ya estaba cerca. Lo bastante cerca para oír el arroyo rugir. Los ruidos de una pelea. El bosque se abrió y vio a Meadow enfrentándose a Samuel. Peor aún, podía ver más allá de ellos la ola gigante que se aproximaba.

Rok no pudo alcanzar a Meadow a tiempo. El arroyo enfurecido se la llevó mientras el hombre responsable observaba desde la orilla.

Con un rugido, Amarok echó a correr, pero no hacia Samuel. Ese hombre no merecía su atención. Corrió en paralelo a las aguas desbordadas, intentando no perder de vista a Meadow, que se sacudía en el torrente.

Es mi culpa.

El diluvio se derramó en un lago improvisado; la corriente se dividió y se extendió. Ella se aferró a un árbol, con brazos y piernas bien sujetos, de espaldas a él.

Rok echó un vistazo atrás. No vio a su padre, pero eso no significaba que no lo hubiera seguido. Dio un paso hacia el agua antes de hacerle saber que había llegado.

—Estoy aquí, Cierva. Aguanta.

—¡Rok! —chilló su nombre—. Tu padre está aquí. Está loco.

—Lo sé. Olvídate de él. Vamos a ponerte a salvo.

Ella se fue girando alrededor del árbol hasta que pudo verlo. Su sonrisa no debería haber sido tan radiante al mirarlo.

—Puedes caminar. ¿Es profundo?

—Donde estás tú sí lo es, así que no te sueltes —no quería que perdiera pie.

—Creo que debería haberme quedado en la cama.

—Puede que tengas razón.

Ella arrugó la nariz.

—Tu padre necesita ayuda de verdad.

—Necesita morirse y dejar de amargarle la vida a la gente —murmuró.

—¿Qué has dicho?

—Que se suponía que tenías que tomártelo con calma.

—Solo era un paseíto. Y entonces me pilló una ola gigante.

Cuanto más se acercaba a ella vadeando, más le tiraba la corriente de las piernas.

—Siento lo de tu padre.

—Ya te dije que era un imbécil.

Ella logró soltar una media carcajada. Luego gritó:

—¡Detrás de ti!

Se giró y se agachó. La rama que su padre lanzó como una jabalina pasó silbando.

Rok estalló:

—Lárgate. ¿No has hecho ya bastante?

—Nunca será suficiente. Me quitaste lo único que amaba. Así que ahora me toca a mí quitarte lo tuyo.

Su padre miró más allá de él hacia Meadow, cogió una piedra de la orilla y la lanzó. Falló por poco. Cogió otra.

—¡Hijo de puta! —Rok perdió los estribos. Con un rugido más de bestia que de hombre, cargó contra él, salpicando al salir del agua.

Su padre lo recibió con un puñetazo. Rok se agachó. Golpeó.

Se liaron a puñetazos, golpes contundentes que salpicaban lluvia, sangre y saliva. Pero ahora, como entonces, Rok era más fuerte. Más rápido.

Su padre cayó al suelo.

Rok podía acabar con esto. Aquí mismo. Ahora mismo.

—Adelante. Hazlo —lo provocó su padre—. Mátame como mataste a tu madre.

—No necesito hacerlo. Ya estás muerto para mí —se dio la vuelta y vio que Meadow había decidido intentar llegar a la orilla vadeando, con movimientos lentos mientras luchaba contra la corriente.

A su espalda, Samuel murmuró con desprecio:

—Débil.

Rok le hizo una peineta por encima del hombro.

—Sigue caminando, Cierva. Ya voy.

Ella le dedicó una sonrisa trémula mientras avanzaba con dificultad. Una expresión que se tornó en horror cuando miró más allá de él.

Maldito fuera su padre por no darse por vencido. Se giró, esperando ver al hombre. Un error.

El lobo lo embistió con fuerza, ochenta kilos de pelaje, dientes y garras furiosos. Se estrellaron contra el suelo, pero Rok luchó contra la desorientación y apoyó el brazo contra la mandíbula inferior del lobo, manteniendo los dientes que chasqueaban lejos de su cara.

¿Qué había hecho Samuel? Se había transformado delante de Meadow. Si alguien se enteraba...

Y lo harían si Samuel escapaba. Les contaría a todos lo de la humana que conocía su secreto. Como no estaba emparejada con alguien de una manada ni vinculada por juramento, estaría muerta en menos de un día.

Samuel tenía que morir.

El problema era que, como lobo, Samuel ahora tenía ventaja, lo que no le dejaba a Rok otra opción. Ya se lo explicaría a Meadow después.

Clavó las rodillas entre ambos cuerpos y apartó al lobo gris de su pecho de un empujón. Se puso en pie y solo tuvo un momento para gritar:

—No tengas miedo.

Antes de que la transformación se apoderara de él.

Ya no gritaba con la agonía de la primera vez. Estalló en un manto de pelaje blanco, un regalo de su madre, y una actitud feroz que se volvió aún más feroz cuando el olor a miedo de su compañera llegó hasta él.

Se ocuparía de ella en cuanto eliminara la amenaza. El lobo gris enseñó los dientes y gruñó.

—Venga, pues. Mi mordisco es más fuerte.

Se encontraron en un choque de pelaje, garras y dientes. Mandíbulas chasqueando. Mordiendo. Luchando por conseguir ventaja, sabiendo que quien atrapara un cuello primero ganaría.

Todo dependía de quién se cansara primero. De quién la cagaría.

Rok no.

Atrapó la garganta de su padre entre los dientes y apretó. La respiración de Samuel se volvió un estertor ronco.

Un poco más de presión y la pesadilla terminaría. Nunca más tendría que preocuparse de que Papá viniera a darle una lección de respeto.

Parricida.

Soltó y retrocedió, transformándose de nuevo en hombre. Desnudo y cubierto de su propia sangre y la de su padre.

Un gemido le hizo volver la cabeza.

Unos ojos muy abiertos y aterrorizados se encontraron con los suyos. Mi compañera tiene miedo.

Eso no le gustó, así que gruñó, lo cual fue un error.

Ella gimió.

—No. No. No.

Pero lo que lo mató fue cuando ella huyó aterrorizada. Con el lobo aún hirviéndole en la sangre, no pudo evitar salir tras ella.