Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Veinte
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La aparición del anciano sobresaltó a Meadow. Se llevó la mano al pecho. —Dios mío, me has asustado.

—Por supuesto que estás asustada. Eres humana —dijo con desprecio, como si fuera un insulto.

—Mejor que ser un gusano —sonrió, intentando quitarle hierro al asunto.

No pareció hacerle gracia. —No pintas nada aquí —su rostro curtido se contrajo en un gesto de desaprobación.

—En realidad soy huésped del rancho. Rancho del Lobo Blanco —especificó—. ¿Me he salido de su propiedad sin darme cuenta? —Habría jurado que toda esta zona les pertenecía.

—Rancho del Lobo Blanco —escupió en el suelo—. ¿Conoces a Amarok?

—Sí. Es un hombre muy agradable.

Más saliva cayó al suelo. —Es una maldita decepción. Salió a su madre.

—Oh, ¿conociste a sus padres?

Levantó el labio. —Soy su padre. Para mi maldita vergüenza.

—¿Eres el padre de Rok? —No veía mucho parecido. Ni le gustaba su actitud.

—Dudo que ese cabrón hable de mí. Hace tiempo que no nos vemos.

—Qué lástima. Mis padres viven en la costa ahora porque a mamá le dan jaquecas esos vientos Chinook que bajan de las Rocosas.

Intentamos visitarlos al menos cuatro o cinco veces al año.

Pero entiendo cómo las circunstancias y el tiempo se te escapan de las manos —parloteaba, su recurso habitual cuando se ponía nerviosa.

—Me alegré de verlo irse. El inútil necesitaba curtirse. ¿Por qué crees que lo eché?

Había tantas cosas que se podían responder a unas palabras tan frías y crueles. Arqueó una ceja. —¿Estás aquí para pedirle perdón?

La risa estridente del hombre le puso los pelos de punta. —Más bien para hacerlo suplicar el mío.

Recordó lo que Rok le había contado sobre su padre. —Él no te debe ninguna disculpa, pero por lo que parece, tú sí. Fuiste un maltratador cruel. Un padre indigno.

—No sabes nada —escupió.

—Culpaste a un bebé de la muerte de su madre.

—Porque él la mató. El médico le dijo desde el principio que debía abortar porque no tenía la constitución adecuada para llevar adelante el embarazo. Pero ella no quiso. Él la asesinó.

—Vaya, necesitas ayuda —se le escapó en voz alta antes de darse cuenta de que estaba sola con una persona muy trastornada.

En su defensa, este tipo de locuras no pasaban en su mundo, ni en su familia. Su padre no era un psicópata de ojos desorbitados, a menos que le tocaras la barbacoa. Y la idea de violencia de su madre era batir nata para el postre.

Se movió hacia un lado. El anciano continuó observándola con mirada aguda y amenazante.

—Me sorprende que el bastardo deje que una piel blanda deambule por este lugar. Estos bosques son peligrosos —sonó más a amenaza que a advertencia.

—Fue un placer conocerlo, señor. Debería volver antes de que alguien se preocupe.

—¿Alguien sabe siquiera que estás aquí? ¿A alguien le importa? Porque los vi a todos entrar en el garaje con el muerto. Y luego saliste de la casa completamente sola.

Se estremeció. —¿Nos has estado espiando?

—Reconociendo el terreno. Conociendo a mi enemigo.

—Es tu hijo.

—¿Y qué es él para ti?

—Simplemente soy su huésped. Quizás deberíamos volver al rancho a buscarlo —quería la seguridad de la presencia de Rok. Aquel hombre rezumaba peligro.

—¿Qué eres para mi hijo? —repitió.

—Nada. Nadie.

—Mentirosa. Te vi revolcándote con él.

Se le encendieron las mejillas. —Eso debió de ser incómodo para ti.

—Más bien enloquecedor, porque uno pensaría que habría aprendido la lección con su madre. Ella también era débil. Sabía que no debía elegirla. Y mira lo que pasó. Se murió y me dejó con un heredero inútil.

No pudo evitar defenderlo. —Por lo que parece, le ha ido bastante bien sin ti. Es un ranchero próspero.

—¿Ah, sí? ¿Es por eso que andas husmeando a su alrededor? ¿Abriéndole las piernas?

Aquello pasaba de grosero. —Esto me está incomodando. Me voy.

Le bloqueó el paso. —Me pregunto cuánto le afectaría que murieras.

Esto no podía estar pasando. —Esto no tiene gracia. Por favor, déjame pasar.

—¿Te parece que me hace gracia? —Tenía la expresión más sombría—. Me tomo muy en serio lo de matar.

—No eres un asesino —porque afirmarlo lo haría realidad.

El anciano se rio. —Y ahí es donde te equivocas.

Él se abalanzó y ella gritó. Un cambio de peso y su pie resbaló en el barro. La torpeza la salvó. Él falló, lo que le dio la oportunidad de huir. El problema era que no tenía muchas opciones de escape.

La orilla fangosa la acorralaba, y cuando ella viró, acortó la distancia entre ambos.

El anciano se estrelló contra ella y le agarró el impermeable.

Se lo dejó y trató de escabullirse, o al menos lo intentó.

El barro de la orilla reblandecida no ofrecía tracción.

Resbaló, y él cayó encima de ella, pesado y jadeante, fétido y caliente a pesar de la lluvia fría y limpia.

Forcejeó, retorciéndose y revolviéndose, apenas consciente de un rugido que se acercaba.

En el último segundo, él la soltó y se apartó de un salto. Meadow tosió, boqueó desesperada por aire y logró rodar sobre su costado justo antes de ver la pared de agua que se precipitaba hacia ella.

La presa debía de haberse roto por fin.

El agua golpeó como una bomba, arrebatándole el aliento y arrastrando todo su cuerpo.

La corriente la alejó de su atacante; no era profunda, pero sí lo bastante violenta como para impedirle ponerse de pie.

Lo único que podía hacer era intentar tomar aire entre los tumbos y no ahogarse. Ni pensar en gritar pidiendo ayuda.

Se dejó llevar por el tobogán de agua, agradecida por una cosa: el arroyo no tenía rocas grandes que pudieran golpearla. Cuando la corriente finalmente amainó, la depositó en un lago que se estaba formando, donde logró aferrarse a un árbol.

Por un instante, respiró. No se había ahogado. Le dolía la garganta, pero estaba viva.

Fue entonces cuando vio el pelaje rojo. Un destello demasiado rápido para distinguir su tamaño o forma.

Pero el verdadero escalofrío llegó con el aullido que rasgó el aire.