Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Doce
36%

Doce

Meadow durmió de maravilla, pero se despertó sola en la cama de Rok. Recordaba vagamente que él la había llevado en brazos. Era evidente que no se había quedado. Encontró a su caballeroso anfitrión en la sala de estar, apretujado en el sofá. Todo un caballero.

Se agachó junto a él y resistió el impulso de acariciarle el rostro. Qué hombre tan guapo. Sus rasgos se veían serenos mientras dormía.

Sus espesas pestañas aletearon, y cuando abrió los ojos, ella no pudo contener la alegría que la embargó al exclamar:

—¡Buenos días!

Por lo visto, lo había sobresaltado, porque se cayó del sofá y la aplastó debajo de él.

No era un mal sitio donde estar. Ella se rio.

—Ups.

—Lo siento. Mierda —se disculpó rápidamente. Se apartó rodando y se pasó una mano por el pelo.

—¿Por qué dormiste aquí? —preguntó ella.

—Porque tú eres la invitada. El sofá estaba bien —mintió sin convicción.

—Compartir la cama habría sido mejor —le guiñó un ojo—. Como agradecimiento por cedérmela, déjame prepararte el desayuno.

—Debería ponerme con mis tareas.

—En un minuto. Primero necesitas comer. Tuviste una noche larga. ¿Encontraste al lobo?

—No —la siguió hasta la cocina, una presencia imponente que le erizaba la piel—. O me equivoqué, o estaba más lejos de lo esperado.

Entraron en la cocina y encontraron a Poppy sirviendo tortitas en platos, con el beicon ya apilado en otro.

—Siéntate, que te sirvo —anunció Meadow.

—No hace falta —dijo él.

—Insisto. Al fin y al cabo, has sido todo un caballero.

Poppy tosió.

—Tengo un flan a punto de salir del horno.

—Mmm. Es casi mi postre perfecto, pero se puede tomar en el desayuno —Meadow aplaudió entusiasmada.

—¿Cuál es el plan para hoy? —preguntó Poppy mientras se sentaban en los taburetes de la enorme barra de la cocina. La sala de estar era pequeña, pero la cocina y el comedor adjunto eran enormes.

—Seguir observando a Weaver.

—No puedo llevarte —declaró Rok entre bocado y bocado. El hombre era muy tímido. Quizás Astra no exageraba cuando dijo que nunca traía mujeres a conocer a la familia del rancho.

También debería recordarse que no era su mujer.

Todavía no.

—Puedo encontrarlo yo sola. No es un camino difícil.

—Iré con ella un rato. No empezaré a preparar la cena hasta más tarde, ya que el almuerzo son sobras —se ofreció Poppy.

—No os acerquéis al arroyo. Todavía baja con más fuerza de lo que parece.

—Sí, papi —Poppy puso los ojos en blanco.

—Mocosa —dijo con brusquedad, pero con cariño—. Tengo que irme —agarró una manzana y se marchó murmurando—: Nos vemos luego.

¿Se lo decía a Meadow? ¿O en general?

Poppy sonrió.

—Está coladísimo.

Otra persona que lo pensaba. Meadow negó con la cabeza.

—No sé de dónde sacas eso. Ni siquiera me miró al irse.

—Exactamente —Poppy asintió—. Me han dicho que Rok y tú os estuvisteis besando anoche.

Se le encendieron las mejillas.

—¿Lo sabe todo el mundo?

—Sip. Es Rok. Él…

—No trae aquí a las chicas con las que se enrolla. Ya me lo han dicho —hizo una mueca—. No parece muy contento con eso esta mañana.

—Siempre está gruñón por la mañana. Y por la tarde. Por la noche no sé. Normalmente estoy con los deberes de la universidad —Poppy estudiaba en línea—. En su defensa, tiene mucho de lo que ocuparse.

—Parece muy responsable.

—Porque lo es. Incluso antes de que muriera su tío, él cuidaba de todos. Tendrías que haberlo visto cuando tuvimos aquel problema con los osos.

—¿Osos?

Poppy hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—Eh, sí, pero no te preocupes. Ya no vienen por aquí.

—¿Los mató?

—No. Más bien los ahuyentó. Deberíamos irnos. Dicen que podría llover esta tarde.

Meadow fue al coche a coger ropa limpia antes de ducharse. Metió la ropa sucia junto con lo que Poppy estaba echando a la lavadora.

Partieron hacia la presa de castores charlando. Poppy era una chica encantadora, aunque se ponía nerviosa cada vez que oía algo en el bosque.

—Pensé que habías dicho que no hay osos —bromeó Meadow la tercera vez que Poppy se giró.

Ella se encogió de hombros.

—Vieja costumbre. Tenía un pariente al que le gustaba acercarse a hurtadillas para asustarme.

—Está claro que te traumatizaron —Meadow frunció el ceño—. Eso no está bien.

—Cuando Darian se enteró, me sacó de allí.

—¿Dónde estaban tus padres cuando pasaba eso?

—Muertos. Murieron mientras mi hermano estaba en el ejército. La persona que me cuidaba no era buena persona —no hacía falta decir más. Meadow captó lo que insinuaba.

—Me alegro de que escaparas —Meadow se preguntó si todos tendrían una historia trágica. Seguro que Asher, con lo risueño que era, sería la excepción. Lochlan parecía haber nacido enfadado.

—Algunos días me preocupa acabar de vuelta allí y que Darian no pueda rescatarme.

—Entonces te rescatarías a ti misma —le apretó la mano—. Nunca dejes que nadie te maltrate. Aléjate. Busca ayuda. Hay refugios para mujeres por todo el país.

—No de ellos —murmuró con tono sombrío—. Pero dejemos de hablar de mí. ¿Qué hay de ti? Astra dice que estás pensando en quedarte más de una semana.

—¿Qué? No —intercambiaron bromas.

Poppy, como Astra, estaba convencida de que Rok estaba loco por Meadow. Meadow no lo tenía tan claro.

Parecía enfadado cuando estaba con ella, sí. Demasiado protector, también. Pero esa mañana apenas la había mirado, y mucho menos tocado.

Su llegada a la presa de Weaver cambió el tono de la conversación cuando Poppy se interesó por el mamífero que nadaba de vuelta con una nueva rama.

Al final, Poppy se alejó en busca de setas y otros ingredientes silvestres para su cocina, mientras Meadow bajaba río abajo sacando fotos. El verdor y el murmullo del agua la tranquilizaban.

El destello rojo la pilló desprevenida. Se detuvo y contuvo la respiración mientras miraba al otro lado del arroyo, sorprendida. Disparó unas cuantas fotos antes de que la criatura saliera corriendo. Volvió junto a Poppy ruborizada de emoción.

—No vas a creer lo que vi. El zorro más enorme.

—Dudo que fuera tan grande —bromeó Poppy, con las bolsas de tela que había traído repletas.

—Míralo —le mostró las dos fotos, una mancha rojiza borrosa y la otra con el hocico, los ojos y las orejas bien definidos.

Poppy la amplió.

—Es grande —murmuró—. Deberíamos irnos. Está a punto de llover.

La primera gota le cayó a Meadow en la nariz y se rio.

—¡Psíquica!

—Más bien una princesa a la que no le gusta mojarse. ¡La última en llegar a la casa es un huevo podrido! —gorjeó Poppy.

Recogieron las cosas de Meadow a toda prisa y echaron a correr hacia la casa. Meadow perdió por mucho.

A pesar de estar empapada cuando llegó junto a una Poppy seca bajo el porche, no paraba de reír.

—Ha sido refrescante.

—Deberías cambiarte. Pero primero, ¿puedes enviarme la foto de ese zorro? Quiero enseñársela a Darian.

—Claro.

La imagen se envió con un pitido, y como Amarok no estaba en casa, Meadow usó su habitación para cambiarse. Vestida solo con el sujetador y las bragas, tenía los brazos en alto y la camiseta a medio poner sobre la cara cuando la puerta se abrió.

—Eh —fue el gruñido que escuchó.

—Lo siento. Pensé que había echado el cerrojo.

—No funciona bien —fue la respuesta brusca de Rok.

Se terminó de poner la camiseta. Le caía hasta las caderas, ocultándola casi por completo, pero la mirada de él seguía ardiente.

—Me pilló la lluvia.

—Ya veo —dio un paso adelante y cerró la puerta tras él.

El corazón le latía desbocado.

Se detuvo frente a ella, y Meadow tuvo que alzar la vista.

—Hola —no se le ocurrió nada más que decir.

Por lo visto, a él tampoco, porque de pronto tenía su boca sobre la de ella. La besó sin previo aviso. Con fiereza. Con una lengua que la hizo estremecerse de pies a cabeza.

El golpe en la puerta y el grito de Poppy —«¡Chocolate caliente y galletas en la cocina!»— lo dejaron paralizado.

Se miraron. Los labios le palpitaban. Tenía el coño húmedo.

La soltó y la dejó de pie.

—Tengo que irme.

Lo que tenía que hacer era terminar lo que había empezado.

No lo hizo.

Por suerte para ella, Poppy tenía chocolate.