Trece
¿Por qué la besó? Rok quería darse de cabezazos contra la pared. En su defensa, lo habían pillado desprevenido. Había abierto la puerta de un tirón cuando se atascó. Verla allí, con esas curvas y tan apetecible, fue una tentación imposible de resistir.
Si Poppy no hubiera llamado, quizá no se habría conformado con besarla.
Entró en la cocina con paso decidido y cogió una galleta. Conociendo a Poppy, estarían recién salidas del horno.
La textura derretida no decepcionó, así que cogió una segunda del plato y estaba a punto de llevársela a la boca cuando Darian entró diciendo:
—Wallace ha desaparecido.
En lugar de responder, se comió la galleta.
—¿Me has oído?
Rok tragó y le echó el ojo a una tercera.
—Te he oído y no entiendo a qué viene tanto revuelo. Ese hombre siempre anda yéndose por ahí. Ya sabes que le encanta el bosque.
Wallace, ya en la sesentena, había empezado a rehuir la compañía últimamente.
Su pareja llevaba más de dos décadas muerta.
La mató un cazador, y nunca tuvieron hijos.
Estar solo tanto tiempo lo había dejado a la deriva.
Menos controlado. Últimamente mostraba tendencias salvajes.
Gruñía por cualquier cosa. Buscaba cualquier excusa para estar en forma de lobo en vez de humana.
Wallace incluso había empezado a dormir en una hamaca fuera casi todas las noches, alegando que su habitación era demasiado agobiante.
—Lleva una semana fuera.
—Eso es mucho para él.
Por lo general, las escapadas en forma de lobo duraban de tres a cinco días antes de que Wallace echara de menos la cocina de Poppy. Pero Rok sabía que un día Wallace no volvería y habría un lobo solitario vagando por aquellas tierras, aullando al cielo.
¿Y si el viejo tenía problemas? ¿Herido en alguna parte?
—¿Dónde están sus últimas huellas? —preguntó Rok, rindiéndose ante la tercera galleta.
—A un par de metros del arbusto de frambuesas.
No hacía falta que Darian aclarara que se refería al mismo arbusto que habían meado.
Rok apretó la mandíbula.
—¿Crees que pudo ver quién lo hizo?
Si esa persona quería permanecer en el anonimato por el momento, ¿significaba eso malas noticias para Wallace?
—Ni idea —Darian se encogió de hombros justo cuando Poppy se unió a ellos, echando un vistazo por encima del hombro hacia el pasillo.
Rok podría haberle dicho que Meadow aún no había salido de su habitación. Estaba pendiente de ella de una manera que no auguraba nada bueno para su soltería.
La sola idea de que ella pudiera ser la elegida. La que lo ablandara. Lo domara. Evitara que se convirtiera en un cabrón como su padre.
—¿Por qué pones esa cara de haber chupado un limón? ¿Me han salido mal las galletas? —exclamó Poppy, y él tuvo que disimular rápidamente.
—Deliciosas. Solo me preocupa que me pegues por comérmelas todas —cogió una cuarta.
Poppy le dio un manotazo.
—Ya está bien. Deja algunas para los demás.
—¿Y si no quiero? —bromeó Rok. Poppy era la hermana pequeña que nunca tuvo, y había desarrollado con ella una relación basada en las bromas.
Solo que ella no estaba sonriendo.
—Puede que haya un problema. Tu novia ha visto algo junto al arroyo.
—No es mi novia.
—¿En eso te vas a fijar? —resopló Darian—. Madre mía, la tienes pero que muy pillada.
¿Pillada de qué? Solo era una mujer que le atraía. Se marcharía en menos de una semana. Y aún no había salido del dormitorio. Probablemente necesitaba tiempo para calmarse. Los dos habían acabado bastante acalorados.
Poppy le echó un jarro de agua fría.
—Sí que la tiene, pero no es eso lo importante. Había un animal junto al arroyo. Yo no vi nada, pero Meadow le hizo una foto y me la enseñó. Parecía un cruce entre un zorro y un lobo.
—Imposible. Los zorros no tienen el número de cromosomas adecuado para aparearse con un lobo.
Rok había aprendido mucho sobre animales y reproducción cuando su tío lo nombró heredero de su rancho.
—Lo sé, y tú lo sabes, pero mira —Poppy sacó el móvil—. Dime entonces qué es esto.
La mezcla de zorro y lobo parecía impecable. Coloración de zorro. Tamaño y ojos de lobo.
—¿Estás segura de que es auténtica?
—¿Por qué iba a mentir Meadow?
—Podría estar relacionado con el intruso que anda jugando con nosotros —opinó Darian.
—Ahora te estás pasando. Dudo mucho que esta imagen sea real. A lo mejor Meadow quiere hacerse viral y la ha retocado con Photoshop. Eso explicaría por qué solo ella lo vio.
—Ella no haría eso —Poppy salió al instante en su defensa.
En el fondo, él tampoco creía que lo hiciera, pero aun así la imagen no tenía sentido.
—Hablaré con ella.
Se dio la vuelta y vio a Meadow que venía por el pasillo.
—¿Y qué pasa con Wallace? —preguntó Darian en voz baja.
—Dudo que siga en la propiedad, ya que no hemos visto rastros. Seguramente está en el parque.
Un parque provincial enorme que había justo al lado.
—A ver qué dicen los guardas forestales. ¿Alguien ha denunciado haber visto un lobo?
—Quizá sea hora de replantearse lo de prohibir el monitoreo electrónico —señaló Darian.
—No pienso obligar a nadie a llevar un rastreador —gruñó. Ya habían discutido sobre eso antes.
—Vale, pero al menos podrías dejarme instalar algunas cámaras. Si las tuviéramos, habríamos sabido en qué dirección se fue Wallace.
—El viejo cabrón es duro de pelar. Seguro que está bien.
Pero ellos no lo estarían si resultaba que solo estaba descansando y lo interrumpían.
—Cierra el pico. Ya está aquí.
—Esa es nuestra señal para largarnos —declaró Darian, cogiendo a su hermana de la mano—. Ven a ver las cabras conmigo.
—Pero... —Poppy miró a Rok y luego a Meadow. Sonrió.
Mierda.
Poppy señaló.
—Su chocolate caliente está en la taza blanca. Hay más en la olla por si alguien quiere acompañarla.
—¿Qué intentas hacer?
—¿Yo? Solo ayudarte. —Le guiñó un ojo a Rok.
—No necesito ayuda. —Rok fulminó a Poppy con la mirada. La sonrisa de ella se ensanchó con picardía; mucho mejor que verla temblar como cuando llegó, asustada de su propia sombra.
—Que te diviertas —canturreó mientras salía por la puerta trasera.
Meadow llegó con un alegre:
—¿Adónde fueron todos?
—Aparentemente, tenían cosas que hacer —murmuró, con la mirada ardiente fija en Meadow. Error. La imaginó en sujetador y bragas. Su piel perfecta, tentadora—. Pareces más seca.
—Yo, eh, ¿lo estoy? —dijo ella en un tono cantarín.
—¿Lo estás? —ronroneó, entornando los ojos mientras su mirada descendía hacia la entrepierna de ella.
Podía oler su excitación.
Me desea.
Joder, la deseo.
—Alguien dijo algo sobre chocolate —resopló, con las mejillas sonrojadas. Con movimientos bruscos, se deslizó al otro lado de la isla y dio un sorbo a su chocolate caliente.
Quería lamerle la ligera espuma de los labios.
Tenía que concentrarse.
—Poppy me mostró una foto que tomaste de un zorro. ¿Dónde la tomaste?
—Junto al arroyo. A unos cinco minutos a pie desde la presa.
Un lugar por el que había pasado recientemente sin oler nada fuera de lo común.
—No mientas.
—¿Por qué mentiría? —Frunció el ceño.
—¿Esto es para aumentar la popularidad de tu blog? —La acusación salió con dureza de sus labios.
—El blog es sobre Weaver. Dudo que publique esa foto del zorro. No son tan raros, ¿sabes? Incluso los hay en la ciudad.
—No es un zorro.
—Claro que lo es. —Puso los ojos en blanco—. Yo estaba ahí. Lo vi. Pelaje rojo igual a zorro. Mira. —Le mostró el teléfono y amplió la imagen.
—Eso no es un zorro.
Entrecerró los ojos.
—Supongo que podría ser un perro con una coloración peculiar.
—O un lobo.
—¿Qué te hace decir eso?
—El tamaño, para empezar. Los ojos. Las orejas.
—Pero el color no cuadra para un lobo.
—Mmm. —Distraído por el olor de ella, quería hundir la nariz en su pelo y restregarse contra ella hasta hartarse.
—No puede ser un híbrido de lobo y zorro. Es imposible. Aunque, por otra parte, podría ser como un burdégano raro. Ya sabes, un semental y una burra apareándose.
—No tan raro, dado el número de mulas que hay en el mundo.
—Estás pensando en una yegua y un burro macho. Es menos común al revés por una discrepancia cromosómica. La que existe entre zorro y lobo es más severa. Por eso nunca se ha documentado una mezcla. —Estaba bien informada, y acababa de cavar su propia tumba.
—¡Lo que convierte esa imagen en falsa! —la acusó.
Lo miró fijamente.
—¿De verdad crees que haría eso?
—Acabas de admitir que un híbrido es imposible.
—Lo es, lo que significa que la foto que tomé tiene algún efecto óptico. Yo jamás me inventaría algo así. ¿Qué clase de persona crees que soy?
—No lo sé, aparte de que apareciste aquí de la nada y ahora estás durmiendo en mi cama. —Le salió con dureza, y ella retrocedió.
—Disculpa, pero nunca pedí que me dieran tu habitación. Estaba encantada durmiendo fuera.
—Tonterías. Nadie acampa sin tienda. Sabías que te invitaría a entrar. Me manipulaste. —Las palabras salieron de sus labios y quiso retractarse de inmediato porque no eran ciertas. Ese nivel de subterfugio no era propio de Meadow.
Pero ya era demasiado tarde.
La conmoción en su rostro no logró ocultar el dolor que le causó la acusación.
—Sabes, si no me querías aquí, podrías haberlo dicho. No hace falta que hagas acusaciones infundadas. Ya que mi presencia te molesta tanto, me voy.
—Bien. —Se reafirmó, porque en el fondo era lo mejor. Ella se iría y él quedaría libre de la agitación que le provocaba. De la tentación que representaba.
Quédatela.
Mantuvo las manos a la espalda mientras ella se dirigía a su habitación. Probablemente a recoger sus cosas. Salió y fingió ocuparse del jardín, con los sentidos atentos al momento en que se abriera la puerta principal.
No se dio cuenta de que estaba pegado a la esquina de la casa hasta que oyó el crujido de la grava, el siseo hidráulico del maletero al abrirse, el golpe al cerrarse.
El motor arrancó. Ella no fue a buscarlo. No le pidió que la hiciera quedarse. Era evidente que no estaba luchando como él. Los dedos se le clavaron tan fuerte en el revestimiento que lo astilló.
No te vayas.
El tono del coche cambió cuando metió la marcha.
Mientras se alejaba —¡Me abandona!— no pudo contener un aullido lastimero.