Once
—¿Estás seguro de que oíste aullidos? —preguntó Nova.
No habían encontrado rastros de ningún lobo en varios kilómetros a la redonda del rancho, lo que hizo que Rok se preguntase si había oído mal. Había mandado a Bellamy de vuelta mientras él revisaba otra vez los alrededores de los graneros. Nova se quedó con él.
—Podría jurar que sí.
—Seguro que algo aullaba. ¿Quizás esa mujer que llevabas contigo? —bromeó Nova.
—No pasó nada —gruñó él.
—Dice el hombre que olvidó lavarse el olor a coño de los dedos —soltó Nova con sorna.
Por lo visto, Rok todavía podía sonrojarse.
—Tonteamos un poco. No es para tanto.
—Sí que lo es, porque nunca habías traído a una chica al rancho.
—No la traje —replicó él.
—Semántica. La invitaste personalmente a pasar una semana. No podías esperar para bajar al río con ella después de cenar. No te culpo. Es una noche agradable. —Nova alzó la vista hacia la luna, casi llena.
—No fue así. —Solo que sí lo fue. Se habría follado a Meadow de no ser por el aullido que lo distrajo.
—Claro que no. Creo que ese aullido fue una excusa para salir huyendo.
—¿Huir de qué?
—De Meadow. Te gusta.
—Es atractiva.
—Creo que es más que eso. Te vi mirándola.
—Eso no es verdad. —Más mentiras. No podía evitarlo.
Nova se rio entre dientes.
—Lo que tú digas. Diviértete. Y no despiertes a la embarazada. —Nova se dirigió hacia el garaje, donde vivía en el desván. Lo habían aislado y acondicionado el año anterior para que pudiera tener su propio espacio.
Rok entró en la casa por la cocina. Encontró a Bellamy comiendo palomitas.
—Astra te matará si no le dejas.
—Lo sé. Voy a hacer más. —Bellamy le ofreció el cuenco pringoso de mantequilla—. ¿Quieres?
—Estoy bien.
—Ansioso por volver con la mujer. —Bellamy asintió—. A mí me pasó lo mismo con Astra.
Parpadeó antes de exclamar:
—¿De qué coño hablas?
—Has encontrado a tu compañera.
—Eso no es verdad —farfulló.
—Tío, es obvio. No hace falta que pongas esa cara de horror. Estar emparejado no es nada malo —dijo su amigo.
—Para el carro. ¿Quién ha dicho nada de emparejarse? Está buena. Quiero follármela. Nada más. —Lo dijo casi a la defensiva.
—Si tú lo dices.
—¡Eso digo!
—Entonces te lo perderás. Yo doy gracias al destino cada mañana cuando me despierto junto a Astra por habernos encontrado. —Sin una manada que los acogiera, decidieron abrirse camino por su cuenta y acabaron en el Rancho del Lobo Blanco.
Su tío nunca rechazaba a nadie. Llevaba acogiendo gente desde antes de que Rok llegara, tras marcharse de casa de su padre.
—Nos vemos mañana. —Rok salió de la cocina preguntándose dónde habría metido Astra a Meadow. Porque debería evitarla.
Encuéntrala.
No. Era tarde. Despertarla sería una locura.
Estaba loco desde el momento en que la conoció. Su olor se le había pegado. No podía escapar de él. Ni quería.
Había respondido tan bien a sus caricias. Retorciéndose y gimiendo, ansiosa por él. Húmeda. Con un olor dulce.
La necesito.
El impulso primitivo lo puso en marcha. ¿Dónde estaba Meadow? Conociendo a Astra, seguro que la había puesto en su habitación. ¿Estaría despierta, esperándolo? ¿Apasionada y ansiosa? ¿O decepcionada por haberla dejado tan de repente? ¿Quizás incluso enfadada?
Solo había una forma de averiguarlo. Entró en su dormitorio en silencio. El olor de ella lo impregnaba todo, tentándolo.
La deseo.
Al acercarse a la cama, se dio cuenta de que no había ningún bulto con forma de Meadow. La manta de arriba seguía bien estirada, pero faltaba una almohada y la manta extra de los pies también había desaparecido.
¿Dónde está?
El olor de ella lo volvía un poco loco. Pero eso no explicaba el pánico que sentía al no saber dónde estaba.
Volvió al pasillo principal y siguió su olfato hasta el salón. Casi no vio el pequeño bulto acurrucado bajo una manta en el sofá. Era evidente que había rechazado su cama.
Lo que significaba que la tenía para él solo. Bien. Podía hacerse una paja en paz.
O podría despertarla con un beso. Ponerla húmeda y lista para él y así aliviar el dolor de huevos. Tendría que llevarla a su dormitorio para que no los pillara Bellamy.
Podría follársela en su cama. Hacerla gritar de nuevo cuando se corriera. ¿Pero luego qué? No podía echarla sin más después. Se quedaría atrapado pasando la noche con ella.
¿Y si quería acurrucarse?
Eso podría llevar a más sexo.
Y luego estaba la mañana. ¿Qué diría? ¿Qué pensarían todos?
Conociéndolos, sacarían conclusiones equivocadas.
Ella no significa nada. Solo estaba demasiado cachondo y necesitaba una ducha fría. Y ya puestos, debería darse unos cuantos golpes por siquiera pensar en aprovecharse de Meadow mientras dormía.
Puede que viviera en el campo, pero sabía que no debía dar por sentado el consentimiento. Que antes le hubiera gustado no significaba que ahora lo quisiera.
Nada de besos a menos que estuviera despierta y los pidiera. O, mejor aún, nada de besos en absoluto. No había lugar en su vida para una mujer humana.
Iba a marcharse, pero se detuvo. Solo un anfitrión de mierda dejaría a su invitada en un sofá lleno de bultos. Le había dicho que pasaría la noche dentro. Nunca le pediría a Astra que cediera su cama. La habitación del bebé, obviamente, no servía. Solo le quedaba un sitio donde acomodarla.
Meadow se acurrucó contra su pecho mientras él la llevaba a la cama. Ella suspiró al hundir el rostro en la almohada. Impregnó las sábanas con su aroma.
Cuánto lo tentaba meterse en la cama junto a ella.
Se alejó y pasó la peor puta noche en el sofá. Un sofá demasiado pequeño para él.
A la mañana siguiente abrió los ojos con un alegre:
—¡Buenos días!