Ocho
Meadow tarareaba mientras preparaba un espacio para sí misma con plena vista de la presa que Weaver había construido. Cojín impermeable para sentarse. Libro. Tentempié porque hacía rato que había desayunado, y un trípode sosteniendo su cámara, configurada para detectar movimiento.
Aún no había visto a Weaver, pero el dispositivo de rastreo le indicaba que estaba cerca. ¿La recordaría?
Sin duda, aquella experiencia la había marcado para siempre.
La madre de Weaver había llegado al santuario herida y preñada.
No sobrevivió, pero su cría sí. Meadow había pasado incontables noches con Weaver, acunándolo contra su pecho para mantenerlo calentito, alimentándolo con leche mediante un gotero.
Pero había sido lo suficientemente responsable como para que, una vez que pudo empezar a comer solo, lo sacara a correr por el terreno arbolado del santuario.
Incluso tenían un estanque, en el que Weaver intentó construir una presa con los arbolitos que talaba.
Entonces llegó la tormenta, que derribó parte de la cerca e inundó el patio, incluido el edificio que albergaba a los animales.
Para salvarlos, tuvieron que soltarlos. No lograron recuperarlos a todos.
A Weaver lo encontraron, pero como había logrado sobrevivir durante meses por su cuenta, los activistas por los derechos de los animales protestaron exigiendo su libertad.
Y ganaron.
El dispositivo de rastreo fue una idea desesperada de Meadow, un último recurso para comprobar si habían tomado la decisión correcta, argumentando que deberían saberlo para casos futuros.
Hasta ahora, parecía que la libertad de Weaver había funcionado.
Había viajado lejos de casa. Se había construido una hermosa presa en un arroyo. Y lo mejor de todo: seguía vivo.
Como parte de su documentación, tomó fotos y medidas, y lo consiguió todo sin incidentes. Fue al enjuagarse la mano pegajosa de la manzana cuando se las arregló para caerse al agua, que estaba helada y le cortó la respiración. Emergió empapada y se encontró a Rok de pie en la orilla.
—¡Rocky!
—¿Qué demonios?
Ella sonrió radiante.
—Solo me estaba refrescando.
—Creí que te habían dicho que nada de jugar en el agua.
—Por lo visto, la naturaleza decidió que necesitaba un baño. Menos mal que llevo el móvil en una funda impermeable.
Lo levantó.
Él arqueó una ceja.
—Tú no pareces tan protegida.
—Estoy un poco mojada.
Se quitó la chaqueta húmeda y descubrió que la camisa de debajo estaba empapada, con la tela pegada a la piel, especialmente a los pechos.
Él lo notó, e incluso se quedó mirando un segundo con ojos encendidos antes de darse la vuelta.
—¿Tienes ropa seca para cambiarte?
—En el coche.
—Vamos entonces. Ya es hora de cenar, de todos modos.
—¿En serio? No hace falta que me des de comer. Sí que traje algunas cosas —afirmó, temblando un poco mientras la brisa de la tarde se colaba por la tela mojada.
—Dudo mucho que sea tan bueno como lo que hace Poppy. Lochlan pescó unos cuantos peces para la cena.
—Es bastante impresionante. Juro que los peces saltaron al anzuelo de ese hombre a propósito.
—Ayuda que haya muchos —fue su respuesta gruñona—. Cualquiera puede pescar como un campeón en ese arroyo.
—Entiendo por qué te encanta vivir aquí. Es precioso.
Giró sobre sí misma mientras seguían el sendero, pasando junto a su minicampamento. La mochila colgaba de un árbol para mantenerla alejada de las hormigas y demás bichos. Colgó la chaqueta a su lado.
—Para mañana debería estar seca.
—¿No hay comida en la bolsa? —preguntó él.
—Ya sé lo que me hago.
Se rio. Aprovechaba las pausas para ir al baño para picar algo del coche. Aunque, en su segunda visita al baño, la tal Poppy que él había mencionado le obligó a llevarse un muffin de plátano y un té helado. Delicioso.
—¿Conseguiste muchas buenas imágenes? —preguntó él, con la cabeza gacha, las manos metidas en los bolsillos. Rígido, como si las charlas intrascendentes no fueran lo suyo.
—Montones de fotos, pero ninguna de Weaver. Aunque eso es lo normal con él. Incluso de pequeño era un castor nocturno. Espero que salga esta noche. La luna está casi llena y el cielo debería estar despejado, así que tendría que poder verlo sin problemas.
—¿Quieres que volvamos esta noche?
—No hace falta. Ahora que sé adónde voy, estaré perfectamente.
—Dice la mujer que se cayó al arroyo después de que le dijeran que se mantuviera alejada.
—No estaré cerca del agua de noche.
—No, no lo estarás porque no estarás aquí fuera. Demasiado peligroso.
Sobreprotector, qué adorable.
—No te preocupes, Rocky. Ya he hecho esto antes.
—No en estos bosques —fue su sombría respuesta—. Y es Rok, no Rocky.
Llevaba lo de ser taciturno a otro nivel.
—Entonces supongo que tendrás que volver a ser mi héroe y protegerme.
Las palabras le salieron coquetas, y él tropezó de inmediato.
—Malditas raíces.
El sendero estaba liso.
Sonrió para sus adentros y siguió sonriendo durante la cena.
Por lo visto, aunque Rok fuera el dueño del rancho, no era un esnob que se mantuviera apartado de sus trabajadores.
No solo vivían en la casa y en las diversas cabañas dispersas por los alrededores, sino que también comían juntos en la enorme mesa —dos mesas juntas, en realidad— con bancos a cada lado.
Formaban un grupo numeroso, y había mucho que escuchar mientras intentaba captar quién era quién.
Estaba Darian, un tipo serio, hermano de Poppy. Ella también era seria, pero de una forma más trágica. Su cocina, sin embargo, era lo más delicioso que Meadow se había llevado a la boca.
Asher parecía ser el bromista del grupo, siempre de broma y riendo, en claro contraste con el muy gruñón de Lochlan, que rara vez abría la boca o esbozaba una sonrisa. Aunque había sido él quien le dijo que Weaver había elegido un buen sitio para su presa.
Reece, que por lo visto llevaba las cuentas del rancho, se sentaba junto a su marido, Gary, cuyos tomates iban de maravilla ese año.
Aunque, según Astra, que estaba muy embarazada y casada con Bellamy, su cosecha de berenjenas, aunque menor en cantidad, era impresionante porque eran más difíciles de cultivar.
Nova era la última mujer del grupo. Llevaba el pelo rapado por los lados y alborotado arriba, y tenía unos ojos de un azul intenso. El piercing de la nariz lucía una piedra a juego.
Faltaban Hammer y Wallace.
Mucha gente que quizá no tenía lazos de sangre, pero que reía y hablaba como si fueran familia.
Meadow se empapó del ambiente y pronto conversaba con la misma animación que los demás. Rok no decía mucho, pero ella lo pillaba mirándola a menudo.
Alrededor de las ocho, se levantó y dijo:
—Debería salir a hacer esas fotos.
—Voy contigo —se ofreció Rok, poniéndose de pie de inmediato, lo que provocó cierto silencio y que muchas miradas se clavaran en él—. Volveré más tarde —añadió con brusquedad, moviéndose con rigidez, como avergonzado.
Qué hombre tan gracioso, y ella iba a pasar tiempo a solas con él. Bajo una luna resplandeciente.
Podía pasar cualquier cosa.
Primero pasó por el baño antes de reunirse con él fuera. Él miraba al cielo. Ella fue a su coche a por lo que necesitaba.
Él miró el bulto que llevaba y frunció el ceño.
—¿Un saco de dormir?
—Para no pasar frío, claro. Por la noche refresca demasiado para dormir sin manta.
—¿Qué? No vas a dormir fuera. Te buscaré un sitio en la casa.
—No quiero molestar a nadie. No pasa nada. Estoy acostumbrada.
Antes de que pudiera responder, ella se colocó la cinta con la linterna frontal y la encendió.
Él siseó.
—¿Qué demonios haces ahora?
—Luz para ver en la oscuridad, tonto. No todos conocemos el camino tan bien.
—No habría dejado que te cayeras —dijo, claramente ofendido.
—Empiezo a pensar que te gusta salvarme —bromeó mientras echaba a correr hacia el bosque, pero él la detuvo.
—Dame eso —insistió en llevarlo todo. Igual que Lochlan con su mochila. La caballería no había muerto.
Mientras paseaban por el bosque, ella respiró hondo.
—Tienes mucha suerte de vivir aquí.
—Es un lugar agradable.
—Es más que agradable. Es perfecto. Podría quedarme aquí para siempre.
—Pero no lo harás. Acordamos una semana —recalcó.
Ella se rio.
—No abusaré de tu hospitalidad. Lo prometo. Solo te envidio por despertarte en el paraíso cada día.
—Si te gusta tanto, ¿por qué vives en la ciudad? —La pregunta demostraba que había prestado atención durante la cena mientras ella hablaba con los demás.
—Lo tiene todo cerca. Amigos. Familia. Mi trabajo —hizo una mueca.
—Parece que eso último no va tan bien.
—Lo es. Lo era. Últimamente tenemos problemas porque los animalistas creen que deberíamos cerrar.
—Por lo que oí en la cena, tu santuario ayuda a animales abandonados o heridos.
—Así es, y con eso están de acuerdo. Pero creen que en cuanto los curamos deberíamos soltarlos en la naturaleza —miró hacia delante, hacia donde se oía el arroyo, y añadió—: Antes pensaba que estaban equivocados. Pero si Weaver, que nació en cautividad, puede lograrlo, puede que tengan razón.
—No necesariamente. Es un arma de doble filo. Por un lado, la libertad tiene su valor. Poder vagar y hacer lo que quieran. Pero por otro, la naturaleza es peligrosa. No se trata solo de conseguir comida y refugio, sino también de protegerse de los depredadores y el clima.
—Entonces, ¿cómo sabemos cuál es la respuesta correcta?
—No la sabemos. Pero te diré que, como alguien que trabaja con animales en cautividad, la mayor diferencia está en cómo los tratas. Si los tratas bien, no es una prisión.
Una respuesta con la que estaba de acuerdo.
—Según lo que he investigado, el rancho cría varios tipos de animales. Alpacas, bisontes y ovejas. Una mezcla curiosa.
Él se encogió de hombros.
—Los dos últimos son herencia de mi tío.
—Reece dice que fue él quien te convenció para criar alpacas.
—Sí. Son las que de verdad dan dinero hoy en día.
—¡Y tan monas! —Siempre sonriendo para la cámara. Le dedicó una sonrisa y lo pilló mirándola.
Sus ojos ámbar destellaron cuando la luz de la linterna los iluminó, y por un momento le recordó a un animal salvaje.
—¡Me has dejado ciego! —se quejó.
—Lo siento. Supongo que debería pasar a modo sigiloso ahora que estamos cerca —apagó la luz y parpadeó un momento para que sus ojos se adaptaran.
—Quédate cerca para que no te caigas al agua otra vez —gruñó.
Obedeció, pegándose a sus talones, así que cuando él se detuvo, ella chocó contra su espalda y rebotó. Aterrizó de culo con un «uf».
Él se volvió, su silueta recortada contra la luz de la luna.
—¡Venga ya! ¿Estás bien?
—Sí. Es que soy torpe —le tendió la mano y él tiró de ella para levantarla. Pero en lugar de soltarla, la atrajo hacia sí.
Ella alzó la barbilla para mirarlo. Su mirada intensa hizo que se lamiera los labios.
—Ten cuidado —dijo, y se alejó.
No se le acercó en toda la hora siguiente mientras ella hacía fotos, hasta que por fin vio a Weaver en carne y hueso cuando salió nadando de su madriguera. Había crecido aún más desde la última vez que lo vio.
Se le saltaron las lágrimas de alegría cuando murmuró:
—Weavie, cariño.
Él cambió de dirección y nadó hacia ella. Salió del agua, se acomodó en su regazo y dejó que lo acariciara mientras ella canturreaba feliz.
Cuando por fin se alejó nadando, ella se volvió hacia Rok con los ojos húmedos.
—¡Se acordó de mí!
—Diría que causas ese efecto en todos los que conoces.
Un cumplido que la hizo sonrojarse.
Como había predicho, el castor se preparaba para una larga noche de roer. Desenrolló su saco de dormir en un lugar desde donde podía observar. Rok se fundió entre las sombras, y ella supuso que montaba guardia. O quizá, a pesar de todas sus quejas sobre el peligro, se había marchado.
Aunque lo dudaba. Aquel hombre tenía un fuerte instinto protector.
Cuando por fin apareció, lo hizo a su espalda para susurrarle:
—Es tarde. Hora de dormir.
Ella volvió la cabeza para mirarlo.
—Lo siento. Debería haberte dicho antes que te fueras, porque voy a pasar la noche aquí.
—Ni de coña.