Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Siete
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Siete

Como si no bastara con lo que imaginaba cada vez que ella decía la palabra castor, ¡encima lo había besado! ¿Por qué demonios tuvo que hacer eso?

El roce de sus labios en su piel le quemó durante todo el camino a casa.

Un viaje largo, porque no solo le había dado permiso para estudiar a un maldito castor, sino que también había esperado a que cargara aquel ridículo cochecito —de forma impresionante, había que reconocerlo—.

Estaba convencido de que no cabría todo y, cuando lo hizo, de que probablemente volcaría.

Pero ella consiguió ponerlo en marcha y Rok lo siguió.

No era de extrañar que condujera respetando el límite de velocidad.

Seguro que también cantaba con la radio.

Desde luego, hablaba mucho. Normalmente eso lo habría vuelto loco, pero ella se mostraba tan entusiasmada con todo...

Como hombre que era, no pudo evitar preguntarse si sería igual de apasionada en la cama.

Seguro que podría darle tanto placer que la dejaría sin aliento.

Solo pensarlo lo puso jodidamente duro. ¿Qué tenía ella que lo atraía tanto? ¿Que lo fascinaba hasta el punto de decir que sí a su petición? Él nunca decía que sí. Ella lo había calado como un hombre de «no» y no parecía intimidada. La mujer no le tenía ningún miedo.

Ningún miedo en absoluto.

Ella pensaba que era un héroe. Un buen tipo. Alguien a quien podía abrazar y besar como si nada. Eso había desatado una desconcertante reacción en cadena en su interior que ahora hacía que la deseara más que nunca.

Quizás debería simplemente follársela y acabar con aquello. Hundirse entre sus muslos hasta que ella se apretara con fuerza alrededor de su polla mientras se corría.

Se estremeció como un crío inexperto y sin control solo de pensarlo. Y de pronto se sintió aterrorizado. ¿Y si una vez no bastaba? ¿Y si...?

Apretó los labios. No iba a pensarlo porque no creía en eso.

Meadow finalmente llegó a su entrada sin que la fauna salvaje se llevara su coche.

Le había preocupado que un Sasquatch decidiera que quería un cochecito Hot Wheels brillante.

Según su tío, ya había pasado una vez. El conductor escapó.

El coche no sobrevivió: lo hicieron rodar colina abajo como un juguete.

Aunque no había nadie fuera, su llegada no pasó desapercibida. Le llegó un mensaje.

¿Qué pasa? ¿Por qué ha vuelto la señora del hámster?

¿Cómo explicar que había cambiado de opinión? Ella debería estar volviendo a la ciudad en ese mismo momento. Estaba lista para irse. Pero él abrió la boca. Ahora la tendría por allí toda la semana. Se quedaría en su casa porque no podía dejarla dormir fuera.

Quizás debería irse de acampada durante ese tiempo. ¿Y dejarla sola con los chicos y Nova? Los celos lo asaltaron, ardientes y feroces. No tenía sentido.

Los contuvo mientras escribía. Meadow va a revisar al castor. Asegúrate de que todos sepan que deben mantenerse alejados de esa zona.

Meadow, ¿eh? A continuación venía una ristra de emojis burlándose de Rok.

Se le tensó la mandíbula y dudó en responder porque su atención quedó atrapada cuando Meadow salió del coche para estirarse. Al levantar los brazos, la camisa se le subió lo suficiente como para dejar a la vista una franja de piel. Una franja que pedía a gritos ser lamida.

Estaba comportándose como un pervertido mientras Asher esperaba respuesta.

Escribió: Me sentí mal por sus problemas en el pueblo. Pensé en compensárselo. Pulsó Enviar demasiado rápido y se arrepintió de inmediato.

Sobre todo porque Asher no dio la respuesta esperada. Debería haberse burlado de lo blandengue que se estaba volviendo Rok.

En cambio: El camino junto al cobertizo de leña está despejado, pero no debería ir sola la primera vez.

Asher tenía razón. Aunque solo era una caminata de veinte minutos, quedaría lejos de cualquier ayuda si se topaba con algo demasiado estúpido para reconocer territorio de lobos.

Asher volvió a escribir: ¿Quieres que la lleve yo?

No. La llevo yo. Lo tecleó tan rápido que parpadeó.

¿No se supone que deberías estar con el papeleo?, le recordó Asher.

Reece, el tipo que hacía que todo funcionara como un reloj, insistía en que revisaran los detalles más aburridos.

Puede esperar. La llevo yo.

Era la única respuesta que aliviaba sus celos irracionales, que no iba a cuestionar en ese momento. Debía de ser la luna llena acercándose, que lo tenía raro.

Saltó de la camioneta con un golpe sordo de botas. Llevaba los cordones desatados, así que podía quitárselas de una patada.

Meadow metió la mano en el coche, entre la pila de cosas que lo llenaba. Con un impresionante movimiento de Jenga, sacó un jersey y un gorro.

—¿Tienes repelente? —preguntó, acercándose a ella con los pulgares enganchados en las trabillas del cinturón.

—Sí —asintió—. Aunque normalmente no me comen.

Entonces es que no había conocido al lobo adecuado.

Mal. Tenía que sacar la mente del arroyo.

Ella se inclinó hacia el interior, agachándose de una forma que lo obligó a apartar rápidamente la mirada de su trasero, porque aquello lo llevaría directo a pensamientos para mayores de dieciocho.

Salió con una bolsa y la balanceó.

—También tengo pomada por si me pican.

Él la ayudaría a frotársela, aunque todo el mundo sabía que la saliva servía en caso de apuro. Le lamería cada centímetro del cuerpo.

Y ahí iban otra vez sus pensamientos.

Miró hacia el bosque.

—Hay un sendero desde aquí hasta el arroyo. Son unos veinte minutos andando.

—Fantástico. ¿Te importa si uso tu baño primero? No me va eso de mear en el bosque y luego ir cargando con el papel en una bolsa —arrugó la nariz.

La suya también. Los hombres lo tenían mucho más fácil a la hora de mear.

—Claro que puedes usarlo. El baño está justo al lado de la puerta principal, y hay otro junto al lavadero de la cocina.

—¡Genial! —Se fue dando saltitos hacia el baño, y él se quedó mirándole el trasero. Ningún hombre habría podido resistirse a ese dulce bamboleo.

Le sonó el móvil. Sin palabras, solo un emoji babeando.

Levantó el dedo medio. Ni un momento de intimidad.

Para cuando Meadow salió, había tenido tiempo de sobra para arrepentirse de su invitación y ensayar un discurso para echarse atrás.

Un discurso que murió en cuanto ella se acercó sonriendo.

—Vaya papel pintado que tienes ahí dentro.

Se refería a los recortes de periódico de hacía décadas, recortados y pegados a la pared. Daban para una lectura entretenida mientras uno hacía sus cosas.

—Oye, sobre el castor...

—Ya me imagino lo que vas a decir, está claro que eres un amante de los animales. No molestaré a Weaver. Te lo prometo. Sé de sobra que no debo andar trasteando en los hábitats ni ensuciar sus zonas de caza. No me meteré en medio. Palabra de scout.

Se llevó la mano al corazón.

Decirle que no ahora era como darle una patada a un cachorro adorable. Suspiró.

—No tires basura.

—Eso ni hace falta decirlo.

—No te alejes de esa zona.

—Me ceñiré al sendero, tranquilo.

¿Podría dejar de ser tan jodidamente dócil?

Antes de que pudiera decir algo que por fin le borrara la sonrisa, un quad apareció rodeando la casa, conducido por Darian, sin casco y con cara de pocos amigos, lo cual no era raro.

La mayoría de los del rancho eran unos cabrones gruñones, salvo Asher, que era el más cabrón precisamente cuando sonreía.

Darian se detuvo y saludó a Meadow con un gesto de cabeza. Apagó el motor y desmontó diciendo:

—Tú debes de ser la cazadora de castores de la que tanto he oído hablar.

—¡No soy cazadora! Dios mío. Yo nunca podría matar nada. Grabo vídeos y estudio para compartir una experiencia de aprendizaje completa con todos los que aman a esos hermosos y majestuosos castores tanto como yo.

Por alguna razón, ni él ni Darian se rieron a pesar de ser lo más ridículo del mundo. ¿Cómo iban a hacerlo cuando ELLA LO DECÍA COMPLETAMENTE EN SERIO?

Estaba loca y era tan jodidamente adorable que dolía todavía más.

Darian se mantuvo serio.

—Es un tipo interesante. Entiendo que quieras estudiarlo. ¿Te apetece compañía? ¿Alguien que conozca el terreno?

Un momento, ¿estaba Darian ligando con su Meadow?

Rok lo fulminó con la mirada.

—Yo me quedaré cerca de ella para asegurarme de que no se meta en líos.

—Eso debería hacerlo otro, porque tú tienes cosas que hacer.

—Ya me encargaré del papeleo luego —gruñó.

—No luego. Te necesitan ahora.

Darian le lanzó una mirada elocuente que dejaba claro que no se trataba de asuntos rutinarios.

—No puede ir sola.

Darian abrió la boca, pero antes de que pudiera ofrecerse de nuevo, Rok se giró y señaló hacia Lochlan, que salía del taller.

—Loch, tú acompañarás a Meadow.

El épico ceño fruncido de Lochlan se intensificó al doble.

—Que te jodan. No soy ningún niñero.

—Oh, no hace falta que molesten a nadie por mí. Me las apaño muy bien en el bosque —intervino Meadow.

—Como menciones esa campana... —amenazó él.

—La llevo encima. Y practiqué haciéndola sonar bien fuerte.

Sonrió con picardía.

¿Estaba de coña? La risa de Darian confirmó que sí.

—Por suerte para ti, no hay osos en esa zona. Pero no te conviene alejarte mucho. En cuanto pierdes de vista el arroyo y el sendero, es muy fácil desorientarse —dijo Darian.

—¿La mandas a la presa nueva? —Lochlan se acercó de pronto hacia ellos.

—¿Pasa algo? —preguntó.

—El agua todavía baja con fuerza por la tormenta de hace dos días.

—No pensaba meterme en el agua —respondió Meadow.

—Sigue siendo peligroso. Joder.

Lochlan gruñó.

—Tienes suerte de que me apetezca pescar. Echaré el sedal y la vigilaré mientras juega a ser exploradora. Vamos.

—¡Gracias!

Dio unas palmadas.

—Solo tengo que coger un par de cosas.

Mientras Lochlan ponía los ojos en blanco, ella abrió el maletero.

A Rok le dolió físicamente ver la falta de espacio. Darian soltó en un suspiro:

—¿Cómo coño lo sacó sin tirarlo todo al suelo?

Porque estaba loca. Y él también.

—Luego nos vemos.

Se alejó con Darian. «No mires atrás».

Difícil cuando ella canturreó:

—¡Gracias otra vez, Rocky! ¡Eres el mejor!

Hizo una mueca, sin saber qué era peor. El cumplido o el puñetero nombre.

Darian soltó una carcajada.

—¿Rocky? Alguien ha dejado huella. ¿Qué pasó? Supongo que tiene que ver con que dejaran tirados a Wes y Bowie más allá del barranco. Asher y Hammer me lo contaron cuando volvieron.

A cuatro patas, ya que decidieron dejarle el camión a Rok en el pueblo.

—La agredieron y la drogaron.

No hacía falta añadir nada más.

Darian guardó silencio un momento antes de decir:

—Así que por eso no volviste anoche.

—Estaba bastante ida. Solo quería asegurarme de que estuviera bien.

—Y luego la llevaste a desayunar.

Hizo una mueca. Alguien los había visto y había ido con el cuento. Malditos pueblos pequeños. Era un milagro que él y los del rancho consiguieran guardar algún secreto.

—Tenía hambre.

—¿Por qué no admites simplemente que te gusta?

Gustar se quedaba corto para el infierno que lo consumía cuando ella estaba cerca.

—Es mona.

Darian se rió por lo bajo.

—Por eso la mandaste con Lochlan. Ese hombre odia todo lo mono.

¿De verdad? Porque al final había ido por voluntad propia. Incluso se había ofrecido. ¿A qué venía eso? Seguro que Lochlan no tenía ningún interés en Meadow. Nunca les hacía caso a las mujeres.

Pero Meadow era diferente...

—¿Estás escuchando?

—¿Qué?

—Deja de pensar con la entrepierna un momento. Tengo que enseñarte algo.

—¿Me vas a decir qué es, o es una sorpresa? —murmuró con un deje de sarcasmo.

—¿Recuerdas que el otro día alguien meó en las frambuesas y no dejó rastro?

—Sí. ¿Encontramos más meados?

—No exactamente.

Estaban ya lejos de la casa, dirigiéndose a los huertos que cuidaban los que tenían buena mano con las plantas, o sea, Astra y Gary.

—Poppy me mandó a buscar verduras para la cena. Así fue como encontré la huella.

No hacía falta preguntar. No era de ninguno de ellos.

—¿Qué puedes decirme de ella?

—Mírala tú mismo.

Darian señaló uno de los bancales bien cuidados. La tierra oscura y húmeda, las hojas verdes y frondosas en hilera. Claramente marcada en la tierra había una huella de cinco dedos.

—¿Sin zapatos? —Rok se agachó, pero ni acercándose más captó ningún olor.

—Eso no es lo único. Solo encontré una huella.

—Imposible. —Miró alrededor—. Tiene que haber algo más.

—Ya busqué. —Dado que Darian no era ningún novato rastreando, eso significaba algo.

—Tiene que haber algo. Todo el mundo deja un rastro. —Las huellas podían ser fáciles de ocultar, pero el olor, la presencia, tendían a persistir.

—Nada, de ahí el misterio.

Rok pasó los dedos por el suelo. Había grava entre los bancales elevados. Si alguien caminaba por ahí, no dejaría huella.

Se dirigió al borde más cercano al bosque y siguió buscando. Se encontró con todo tipo de olores normales: conejo, ardilla, ardilla listada, mapache, zorro.

Ningún aroma intenso y terroso de oso. Nada humano. Solo los olores de aquellos con los que vivía.

La huella era un misterio. Uno que no le gustaba porque solo podía significar una cosa.

—Alguien nos está jodiendo.