Seis
Meadow se despertó con la boca pastosa, pero podría haber sido peor. Recordaba perfectamente a aquellos hombres insistentes de la noche anterior. Cómo la habían drogado con intenciones siniestras.
Y luego el rescate del hombre más guapo que había conocido en su vida.
Echó un vistazo y vio que la habitación estaba vacía. El Sr. Fleetfoot se había ido, pero recordaba que se había quedado el tiempo suficiente para asegurarse de que estaba bien. Le había sujetado el pelo mientras vomitaba. No era de extrañar que hubiera huido.
Hizo una mueca mientras se quitaba los vaqueros y el sujetador; las marcas que le habían dejado en la piel durante la noche le dolían al tacto.
La ducha le sentó de maravilla, y cepillarse los dientes eliminó el sabor agrio.
Todavía tenía la cabeza un poco nublada, pero el café y la comida probablemente lo arreglarían.
Tenía tiempo antes de dejar la habitación.
Decidió armarse de valor e ir al restaurante con su macabra exhibición en lugar de salir del albergue. Al bajar a la planta principal, vio que estaba casi desierta, salvo por un hombre.
Se le iluminó el rostro con una sonrisa.
—¡Sr. Fleetfoot!
Él pareció sorprendido, aunque se acercó a ella.
—Me llamo Amarok. Rok para los amigos.
Rok. Le gustaba. Fuerte. Fiable. Igual que él.
—Y yo soy Meadow. Meadow Fields.
Un nombre que siempre hacía que la gente pusiera los ojos en blanco. Aunque a sus padres les parecía gracioso.
—Qué alegría verte. Gracias por tu ayuda anoche.
Su expresión se ensombreció.
—No me des las gracias por hacer lo correcto.
—Fuiste más allá de lo esperado.
Solo su madre se había quedado a su lado cuando tenía el estómago revuelto.
—Bah.
Frunció el ceño. Era el tipo de hombre al que no le gustaban los cumplidos.
—¿Qué te trae por aquí esta mañana?
Él hizo una mueca.
—Tú.
Una sola palabra y sintió un calorcito por todo el cuerpo.
—Qué detalle, viniendo a ver cómo estoy. Como puedes ver, ¡estoy bien, gracias a ti! Aunque tengo hambre. ¿Tienes hambre?
Parloteó sin poder contenerse. Había algo en este hombre...
—Sí. Supongo que podría comer.
Se pasó una mano por el pelo mientras miraba el mostrador del restaurante.
—¿Podríamos ir a otro sitio?
—¡Por favor! Ese lugar es espeluznante.
Casi lo suplicó.
Un amago de sonrisa asomó en sus labios.
—Vamos. Conozco un sitio.
La condujo afuera pero, en lugar de caminar, se dirigió hacia una camioneta enorme. Tan grande que ella miró con recelo la altura intimidante hasta el asiento del pasajero.
De pie detrás de ella, él se rio entre dientes.
—¿Necesitas que te ayude a subir?
—Si no es molestia.
De inmediato, sus manos le rodearon la cintura y la levantó. No hubo nada inapropiado en el contacto, y sin embargo ella contuvo la respiración y sintió un hormigueo.
Él cerró la puerta de un portazo y subió al asiento junto a ella. Olía a bosque. Fresco y limpio.
La camioneta arrancó con un rugido potente.
—Madre mía, qué ruidosa.
—Porque funciona con caballos de fuerza, no con hámsteres.
Lo dijo tan serio que tardó un momento en darse cuenta de que bromeaba.
Ella se rio.
—No menosprecies a mi Mariquita. Puede que sea pequeña y silenciosa, pero es fiable y, lo mejor de todo, respetuosa con el planeta.
Él resopló.
—Hasta que llegue una tormenta de nieve y no te encuentren hasta primavera.
—Uso el transporte público o trabajo desde casa esos días.
—Eso no es una opción por aquí.
Comentó mientras conducía unos minutos hasta un restaurante anexo a una casa. Mama's Grits decía el cartel pintado a mano.
El interior tenía muebles desparejados, la mayoría desgastados y tambaleantes sobre el suelo inclinado.
La comida era deliciosa y abundante. Ella no pudo terminar la suya, pero Amarok sí.
El hombre podía comer, pero no hablaba mucho, así que ella pasó la mayor parte del desayuno acaparando la conversación, contándole de todo y de nada.
En serio. Debía de pensar que era aburridísima, y sin embargo se pasó toda la comida mirándola fijamente.
Cuando intentó pagar, él gruñó. Literalmente gruñó:
—Yo invito.
Luego volvieron a subir a su camioneta. La emoción de que la alzara en brazos fue igual de intensa. Solo cuando llegaron al albergue, él finalmente dijo:
—He estado pensando.
—¿Sí?
Ella lo miró y sus ojos se encontraron.
—Yo...
Sacudió la cabeza y apartó la mirada antes de decir:
—Estaba pensando que si de verdad tienes tantas ganas de estudiar al castor, puedes hacerlo. Pero solo una semana.
—¡En serio!
Chilló, aplaudió y dio saltitos en el asiento.
—Sí, en serio, pero con algunas reglas para mantenerte a salvo.
—Lo que tú digas.
—No aceptes tan rápido.
—Haría cualquier cosa por mi castor.
—Jesús.
Siseó él.
—¿Eres religioso?
—No. Pero por lo visto estoy loco.
—Más bien eres maravilloso.
Emocionada, se abalanzó sobre la consola central y lo abrazó. No fue ninguna sorpresa que él se pusiera rígido. Ella siguió apretándolo de todos modos. Cuando se apartó, gorjeó:
—¿Cuándo puedo empezar a jugar con mi castor?
Él tosió y se giró.
—Hoy, supongo.
—Genial. Hago las maletas y voy para allá. Gracias.
Por impulso, se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla y susurró:
—Eres el mejor. Mi castor y yo te lo agradecemos.
Luego saltó de la camioneta y corrió al albergue antes de que pudiera cambiar de opinión.