Alfa desatado (Manada salvaje nº 1) Cinco
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Cinco

¿Qué demonios?

Amarok miró a la pequeña dormida y quiso seguir maldiciendo.

Menos mal que había decidido seguirla para asegurarse de que llegara sana y salva a su hotel.

Aunque se había entretenido discutiendo consigo mismo más de la cuenta, por eso llegó justo cuando Muerto y Más Muerto ya se la estaban llevando.

Para colmo, los muy cabrones la habían drogado.

Eso no era lo único por lo que iban a desaparecer esa noche. Una cosa era ser pesado e insistente con las mujeres. ¿Drogarlas e intentar violarlas? Eso ya era cruzar una puta línea.

Miró a Wes y Bowie, tirados inconscientes en el pavimento. Habría que ocuparse de ellos, pero no podía dejar sola a la mujer.

Un mensaje de texto y tanto Hammer como Asher estaban a su lado. No necesitaron explicaciones. Podían ver el crimen.

—¿Quieres que la lleve a su habitación? —ofreció Hammer.

Amarok sabía que podía confiar en Hammer. El hombre jamás se aprovecharía. Pero esto era algo que Rok tenía que hacer él mismo.

—Yo me encargo de ella. Vosotros ocupaos de estos imbéciles. —Porque aunque no fuera el Alfa de una manada oficial, aquel era su pueblo. Su gente. Su responsabilidad. Incluso los visitantes.

Con delicadeza, la tomó en brazos y luego miró el albergue. No podía entrar por la puerta principal. Eso provocaría demasiadas preguntas y probablemente acabaría con la policía presentándose. Pasar la noche en una celda no era precisamente su idea de diversión.

Lo mejor era usar la entrada trasera, que estaba cerrada con llave, pero rebuscando en el bolsillo de la chaqueta de ella encontró su tarjeta.

Bip. Estaba dentro sin tener ni idea de en qué piso se alojaba ella ni en qué habitación. Joder. Eso significaba asomar la cabeza por cada puerta de la escalera y olfatear el pasillo hasta dar con el correcto. Siguió su olfato hasta la habitación de ella y entró.

Cerró la puerta con el talón y se dirigió a la cama para depositarla.

Apenas se movió, murmurando en su sueño drogado. Tendría que dormir hasta que se le pasara. Se dio la vuelta para marcharse, pero entonces reparó en los zapatos y la chaqueta de ella.

Estaría bien.

No dejarías así a uno de tus amigos. Era igual que las veces que había cuidado de Lochlan, el más viejo del rancho con sus más de cuarenta años, un hombre atormentado por su pasado.

Los zapatos fueron fáciles de quitar, pero el abrigo requirió moverla, tirar de sus brazos para liberarlos y luego quitárselo. El resto de su ropa —sujetador, vaqueros— tendría que quedarse puesto. No quería que se despertara y entrara en pánico, preguntándose qué podría haber pasado.

No pasó nada porque había llegado justo a tiempo para rescatarla. ¿Unos minutos más? Mejor no pensarlo.

Mi héroe.

Si ella supiera. Estaba lejos de ser un héroe, aunque tampoco fuera un villano.

Rok se había convertido en un hombre que no toleraba gilipolleces.

Bastaba con ver cómo había manejado a Wes y Bowie.

Eso sí, sus hombres no los matarían a sangre fría, pero sí los dejarían tirados en lo más profundo del bosque.

Desnudos y con solo su ingenio, del cual, entre los dos, no tenían mucho.

Técnicamente podían sobrevivir y encontrar la salida.

A menos que algo hambriento los encontrara primero.

Como un lobo.

Observó a la mujer en la cama, durmiendo plácidamente. Sus delicados rasgos eran un recordatorio de que no pertenecía allí. A juzgar por el equipaje junto a la puerta, planeaba volver a casa.

Él también debería irse, pero permanecía clavado en el suelo.

Una vez que cruzara esa puerta, no volvería a verla.

Guiado por un impulso que no comprendía, regresó al lado de la cama.

¿Y si se despertaba aturdida? ¿Asustada?

¿Y si reaccionaba mal y vomitaba? Había gente que había muerto ahogada en su propio vómito.

Joder.

Como la habitación solo tenía una cama y la silla parecía incómoda como el demonio, se sentó en el suelo, de espaldas a la puerta. Sacó el móvil y envió otro mensaje.

Voy a quedarme para asegurarme de que se le pasa el efecto.

Recibió un emoji de pulgar arriba como respuesta. Debería dormir, pero en su lugar se encontró recordando la página web que ella había anotado. La cargó, y lo primero que vio fue un banner de ella con el castor, mejilla con mejilla, ambos enseñando los dientes en una sonrisa.

No. No iba a hacer esto. Se guardó el móvil en el bolsillo, cerró los ojos y se obligó a dormir. No lo había conseguido del todo cuando ella se removió y murmuró:

—No me encuentro bien.

En segundos, estaba a su lado. La llevó al baño y le sujetó el pelo mientras vomitaba. Cuando terminó, le limpió la boca y la cara con un paño tibio y le dio un vaso de agua.

—Enjuágate y escupe —ordenó.

Aún no había dicho nada, pero hizo lo que le dijeron: se enjuagó y escupió varias veces antes de coger el cepillo de dientes para lavarse. Entonces él la dejó sola en el baño. Salió unos minutos después. Pálida. Un poco temblorosa.

—Vuelve a la cama. —Se apresuró a guiarla cuando su primer paso tembloroso la hizo tambalearse. Ella se metió bajo las sábanas y cerró los ojos en cuanto su cabeza tocó la almohada.

Pensó que se había dormido de inmediato, pero entonces la oyó decir:

—Gracias.

Por alguna razón, aquello le enfadó. No el agradecimiento, sino el hecho de que ella hubiera necesitado que él la protegiera. ¿Qué clase de mundo permitía que la gente abusara de los más débiles?

El mismo que permitía que un alfa golpeara a su hijo por el simple hecho de existir.

Unas horas más tarde, tras otro episodio de vómitos y una vez que lo peor de la droga hubo pasado, consideró que era seguro marcharse.

Tenía que hacerlo. La rabia en su interior iba en aumento. Dura. Intensa.

Solo una cosa la aplacaría.

Su aullido se oyó a kilómetros a la redonda.

El lobo blanco, una leyenda en aquellas tierras, estaba de caza.