Nueve
—No puedes acampar afuera. En eso no iba a ceder.
—¿Por qué no?
—Porque un saco de dormir no es suficiente.
—Te aseguro que es lo bastante cálido para esta época del año, y tiene mosquitera para la cara.
—No detendrá a un depredador de verdad. Como un lobo.
Ella resopló.
—Los lobos rara vez molestan a las personas a menos que se estén muriendo de hambre. Estamos a finales de verano. Todavía no estarán desesperados.
—Hay osos.
—También están gordos después de un verano abundante. Además, tengo mi...
—Ni se te ocurra decirlo.
—Campana.
Lo dijo. Y encima redobló la apuesta.
—Además, traje pimienta de cayena.
Mientras ella enumeraba las cosas más estúpidas que había oído en su vida, se dio cuenta de que solo había una forma de hacerla callar.
Aplastó su boca contra la de ella.
Ella jadeó, pero no lo apartó. Sus labios se suavizaron y se entreabrieron contra los de él. Las manos de ella buscaron su cuello y se aferraron a él. Se le escapó un gemido, casi un gruñido, mientras el deseo lo invadía. Le palpitaba por dentro.
La deseaba. Allí. En ese momento.
Una locura. Apartó la boca.
—Lo siento.
Le salió ronco.
—¿Por qué? Llevo todo el día esperando a que me besaras.
Entonces le tocó a ella agarrarlo y atraerlo hacia sí para presionar los labios contra los de él. Lo besó emitiendo pequeños sonidos de placer que lo volvían loco.
Ella acabó tumbada sobre el saco de dormir, él medio encima, con la boca incapaz de saciarse de ella.
Los movimientos de ella no impidieron que las manos de él siguieran explorando.
Las deslizó bajo la camisa para acariciar la piel suave.
Rozó las curvas redondeadas que contenía el sujetador.
Una mano entre las piernas de ella la hizo arquearse; su centro ardiente quemaba incluso a través de los pantalones.
Él frotaba, succionándole la lengua mientras la acariciaba, torturándolos a ambos al mantener la ropa puesta.
Ella gimió contra sus labios, y él forcejeó con la cremallera como no había hecho desde su primera vez. Deslizó la mano bajo las bragas y los pantalones hasta encontrar su centro. Húmedo y ansioso.
Su sexo se cerró en torno al dedo que él introdujo. Ella jadeaba en su boca y se mecía al ritmo de las embestidas de sus dedos.
Ella llegó al clímax con un estremecimiento que lo hizo gruñir y morderle el labio inferior. La habría tomado allí mismo, en ese instante, de no ser por el aullido.
Un aullido que no debería estar ahí.