Dos
Qué mañana tan agradable y soleada. Meadow pudo contemplarla en todo su esplendor durante el trayecto al Rancho del Lobo Blanco, un lugar precioso enclavado en el bosque.
El aire olía de maravilla nada más salir del coche.
Pino y vegetación en pleno crecimiento. Su madre le había dicho que eso no era una descripción, pero para Meadow lo resumía a la perfección.
Las abejas zumbaban. Las ramas crujían. Los sonidos de la naturaleza. Se sentía completamente en paz y no pudo evitar sonreír cuando la puerta de la casa se abrió antes de que pudiera llamar.
Sorprendida, se aferró con fuerza a su carpeta y gorjeó:
—Hola. ¿Cómo está? Me siento de maravilla. Este lugar es absolutamente maravilloso.
—¿Qué quiere? —gruñó un hombre hermoso con ojos del color ámbar más impresionante, que ella solo pudo ver porque se puso de puntillas. Le sacaba más de una cabeza, lo cual no era difícil. Fruncía el ceño de forma imponente, aunque eso no le restaba atractivo.
Nunca había entendido de verdad lo de quedarse pasmada hasta ese momento, lo que la llevó a balbucear:
—¿Es usted psíquico?
Él parpadeó. Pestañas pecaminosamente largas y oscuras, de aspecto tan sedoso como su cabello, que llevaba recogido y dejaba al descubierto un rostro de rasgos afilados.
—¿Qué?
—Debe de ser psíquico. Abrió la puerta como si supiera que yo estaría ahí.
Le dedicó una sonrisa radiante. ¿Sería cosa del karma?
Su desagrado se intensificó.
—Se llama ventana, joder. La vi cuando salía de su coche. Si es que a esa cosa se le puede llamar coche.
Su desdén era evidente.
Pero Meadow llevaba aguantando esa actitud desde que lo compró.
—¿A que es adorable? Por eso lo compré, en parte, pero no es solo mono. ¡Nunca tengo problemas para aparcar y no se imagina lo barato que sale mantenerlo!
—¿Porque lo guarda en el bolso y lo lleva a cuestas? —dijo con sorna.
Ella se echó a reír.
—Es usted gracioso.
Eso solo hizo que frunciera el ceño aún más.
—No soy gracioso, y los coches no tienen que ser adorables.
—Seguro que es usted de los de camioneta.
Asintió para sí. Una cosa que había aprendido desde que dejó la comodidad de la ciudad era la cantidad de gente que tenía esos monstruos tragagasolina.
Se apoyó en el marco de la puerta.
—Sí. Un V8 del copón donde me caben dos de sus cochecitos de juguete en la caja.
—Supongo que una camioneta es más práctica, teniendo en cuenta que esto es un rancho de verdad.
—¿En contraposición a...?
—Uno falso.
—Ni quiero saberlo. ¿Piensa ir al grano en algún momento? ¿Qué quiere?
—Me encantaría hablar con el dueño de la propiedad, por favor.
Según sus averiguaciones, antes era Tomas Silla, pero cuando falleció, se la dejó a su sobrino, Amarok Fleetfoot, que no tenía absolutamente ninguna presencia en internet.
—¿Por qué?
—Tengo un asunto muy importante que tratar con él.
Se aferró a los bordes de la carpeta y se meció sobre los pies. Había sido arriesgado venir hasta aquí sin haber encontrado ni un teléfono ni un correo de contacto.
—¿Alguno de los peones del rancho la ha dejado embarazada?
Abrió la boca de par en par, sorprendida.
—No.
Pero el simple hecho de que lo preguntara...
—¿Eso pasa a menudo?
En lugar de responder, le lanzó otra pregunta.
—¿Vende equipo o suministros agrícolas?
—No, yo...
—Entonces no tenemos nada de qué hablar.
Hizo ademán de cerrar la puerta, pero ella no había llegado hasta allí para rendirse tan fácilmente.
—Por favor, escúcheme.
—No me interesa su discurso de ventas.
—No es un discurso de ventas, es más bien una petición. Una petición inofensiva, se lo juro. No le costará nada.
—No me interesa.
—Pero si ni siquiera me ha escuchado.
No pretendía hacer pucheros, pero el labio inferior se le adelantó sin querer, y él bajó la mirada hacia sus labios.
—Da igual lo que quiera. La respuesta es no.
Lo dijo en un tono firme que indicaba que iba en serio, pero Meadow estaba decidida.
—Le juro que no interferiré con usted ni con su rancho. Solo necesito acceso al arroyo que atraviesa su propiedad.
Por fin captó toda su atención.
—¿Por qué?
—Por Weaver.
Se apresuró a explicar.
—Weaver es un castor albino muy raro al que llevo estudiando y documentando desde que nació en un santuario. Hace poco le pusieron un rastreador y lo soltaron en libertad, lo cual fue aterrador. Se crio en cautividad. No es como los demás castores.
—¿Roe madera?
—Sí, cuando estaba con nosotros, pero ahora que está en libertad, no sabemos qué hace.
Por no hablar de que su color lo hace muy visible.
Como es tan especial, me gustaría documentar su evolución, pero solo puedo hacerlo con su permiso, ya que el rastreador indica que ha elegido estas tierras como hogar.
—Si llegó hasta aquí, parece que le va bien.
—Si es que es él. Puede que algo se haya comido el rastreador.
Odiaba decirlo, pero tenía que saberlo.
—No está muerto.
—¿Lo ha visto?
No respondió, pero ella lo notó.
Dio una palmada de alegría.
—¡Eso es increíble! ¿Y si me deja solo unos días para buscarlo? Quizá...
—No.
—Pero...
—N. O.
La puerta se cerró de golpe en sus narices.