Alfa desatado (Manada salvaje nº 1)
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Uno
—Alguien se ha meado en las frambuesas de la valla del pasto norte. —Amarok lo había notado durante un recorrido por la propiedad.
—No. Las frambuesas no. —Darian sonaba muy contrariado.
Todos en el rancho sabían que había estado pendiente de la mata, esperando a que maduraran.
Se habían retrasado por culpa de una primavera y un verano tardíos.
Ahora que entraban en otoño, la última vez que alguien las revisó estaban de un rosa oscuro, casi listas para recoger.
Nadie iba a perderse el pastel invertido de frambuesa de Poppy. Ni sus tartas, que se te hacía la boca agua. Menos mal que Amarok hacía mucho ejercicio desde que ella había llegado y los malcriaba con su excelente cocina.
Asher, el alborotador de sonrisa fácil, saltó de la barandilla y extendió las manos.
—Bah, solo es meo. No es para tanto. Enjuágalas y listo. No puede ser peor que lamerte los huevos.
El ceño fruncido que Darian le dedicó debería haberlo fulminado en el acto.
—No todos somos unos pervertidos.
—Es natural. Todos los animales lo hacen. Al menos los limpios, los que disfrutan echando un polvo. ¿Cuándo fue la última vez para ti? —Asher fingió pensar un segundo antes de exclamar—: Hace mucho. Eso explica que te niegues a lamerte las partes.
Antes de que aquello degenerara en pelea, Amarok —actual propietario de la mata de frambuesas y de las más de ciento veinte hectáreas a su alrededor— frunció el ceño.
—Si vais a pelear, id a algún sitio donde no haya plantas. Astra dijo que desollaría al próximo que pisoteara alguna.
Una advertencia que había lanzado mientras afilaba el cuchillo. Solo un idiota molestaría a Astra, muy embarazada y con las hormonas disparadas.
—¿Está mirando? —Asher miró atrás con temor. Desde que le raparon el pelo por podar un arbusto cuyas ramas rozaban el coche, sabía que era mejor no tocar ni una sola hoja de sus plantas.
—Siempre está mirando —gruñó Amarok, aunque sin mala intención.
Astra era como una hermana para ellos. Igual que Poppy y Nova, aunque no compartieran sangre. En el rancho, la familia era la gente en la que confiabas.
—Volviendo al meo. ¿Alguna idea de quién ha sido? —preguntó Amarok. No había sido ninguno de ellos, y no solo porque conocieran el olor de los demás. Nadie que viviera en el Rancho del Lobo Blanco —el nombre que su tío le puso cuando Amarok se mudó allí de adolescente— haría algo tan cabrón.
—Lugar raro para que un excursionista se pierda —comentó Asher.
El rancho estaba tan alejado de todo que nadie venía nunca por allí. Los rumores de lobos en la zona también ayudaban.
—Quien meó había comido espárragos, el olor está contaminado —gruñó Amarok.
Asher hizo una arcada.
—Qué asco. —Todos conocían el efecto que tenían en la orina.
Eso indicaba planificación, lo que hizo que Darian arqueara las cejas.
—¿Los osos están tanteando nuestros límites otra vez? —El año anterior habían tenido problemas con unos cuantos osos salvajes que querían expandir su territorio.
Aprendieron la lección rápido cuando los lobos que mantenían a raya a los excursionistas los persiguieron mucho más allá de sus límites.
—Podría ser —concedió Amarok—. Aunque los espárragos indicarían que están saqueando el huerto de alguien. No conozco ninguno en la zona aparte del nuestro, y nosotros no cultivamos esa mierda asquerosa. —Porque ninguno de ellos soportaba el olor de su orina después.
—¿Y las huellas?
—Es lo más jodidamente raro. —Darian negó con la cabeza—. Quien meó, de alguna manera, borró sus huellas de entrada y de salida.
Lo que significaba que la marca era un mensaje. Una advertencia, quizás. Pero ¿de quién?
De pie junto al ventanal del salón, Asher soltó de pronto:
—¿Big Betty ha dado a luz? —Big Betty era el nombre de su camioneta Ford diésel, pintada de un rojo cereza brillante con una gruesa franja blanca horizontal en el centro.
—¿De qué coño hablas? —Amarok miró por la ventana. Un coche híbrido moderno estaba aparcado en la entrada. Era un utilitario pequeño de dos puertas, del mismo tono que su camioneta de trabajo, y tan silencioso que no lo había oído subir por el camino.
—¿Quién coño está tan loco como para conducir uno de esos por aquí? —Darian se quedó boquiabierto. Y con razón. No vivían precisamente en una zona civilizada del norte de Alberta—. Esa cosa se cruza con un bisonte o un alce y queda hecha chatarra.
Desde luego. Aunque, para ser justos, prácticamente nada sobrevivía a un choque con los animales salvajes que vagaban por la zona.
—¿Cuántos hámsteres crees que lleva corriendo bajo el capó? —Asher nunca se tomaba nada en serio.
—No muchos, teniendo en cuenta que la conductora es diminuta.
Y así era: la mujer que salía del coche no podía medir más de metro y medio, quizás unos centímetros más.
Pero tenía curvas. Los vaqueros se le ceñían a unas caderas redondeadas y la camiseta se le pegaba a las tetas.
Buenas tetas, debía añadir Amarok. Él lo sabría.
A sus treinta y tres años, había mirado unas cuantas. Y mordido y lamido más de unas pocas.
—¿Alguien sabe quién es? —preguntó Darian.
No recibían visitas a menudo en el rancho.
Carretera rural solitaria en medio de la nada, justo como les gustaba.
A cuarenta minutos del pueblo más cercano, si es que se podía llamar pueblo a Fort Mackay.
Desde que el petróleo se fue a pique en Alberta, destrozando la economía del norte, había más negocios cerrados que abiertos.
—Es mona. —Asher se pasó los dedos por el pelo.
—Es una desconocida —gruñó Amarok.
Llevaba una carpeta, y Darian dijo:
—¿Crees que es testigo de Jehová?
—Joder, sí. Yo me encargo de ella. —La expresión de Asher se iluminó. Empezó a quitarse la camiseta. Su forma de lidiar con los evangelistas que llamaban a la puerta era desnudarse y preguntarles si querían comulgar con él en plena naturaleza.
Amarok —a quien sus amigos llamaban Rok— había pensado que ya habían acabado con los evangelistas pesados y demás. ¿Qué parte de «prohibida la venta ambulante» no entendían? Vivía en medio de la nada. Era ridículo.
—Yo me encargo —dijo mientras la mujer menuda subía los escalones hacia la extensa casa del rancho. Había sido propiedad de su tío, y Rok la había heredado como único familiar que quedaba.
Rok abrió la puerta de golpe antes de que ella pudiera llamar y casi la cerró de un portazo cuando el olor de ella lo golpeó como un mazazo en el estómago.
Mía.