Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

L legué acompañada de la Maestra de Aspirantes y de Inseguridad, que llevaba un vestido idéntico al mío.

Los nobles se agolpaban al pie de la enorme escalera, frente a las puertas del Gran Salón, a la espera de que la presencia de la heredera les permitiera acceder a él.

Ocupaban cada espacio disponible, distribuidos en pequeños grupos que apenas lograban disimular su impaciencia bajo capas de protocolo y cortesía.

El murmullo constante de conversaciones superpuestas llenaba el aire como el rumor lejano de la tormenta que estaba gestándose sin que lo supiéramos.

No había ninguna voz que se elevase sobre el resto y, como si de una marea se tratase, los ojos se desviaban de forma constante de sus interlocutores a la gran escalinata esperando encontrar en ella a la princesa.

Los míos, en cambio, buscaban a Empatía.

Al hallarla, me di cuenta de que, de no haber sabido que se encontraría allí, me habría resultado imposible localizarla; había cubierto su vestido grisáceo, idéntico al mío, con una capa azulada.

En el breve instante en que nuestras miradas se cruzaron, mientras ocupaba el lugar que la Maestra nos había señalado, me regaló una sonrisa cómplice que alcanzó sus grandes ojos verdes.

Cuadré los hombros e intenté mantener la respiración tranquila mientras Inseguridad, a mi lado, se toqueteaba las mariposas del cinturón.

A nuestro alrededor, la Corte Cisne parecía contener el aliento a la espera del verdadero motivo por el que se nos había congregado allí, pues todos sabíamos que aquella ostentación no podía deberse únicamente a la selección de la Mariposa.

Fue entonces cuando un grupo de no más de veinte personas hizo su aparición por una de las múltiples puertas.

Sus pieles pálidas y sus cabellos claros destacaban en la gama de dorados, marrones y negros que salpicaba la habitación.

Los nobles de Eakheral tendían a vestir como si quisieran ser observados.

Brocados, capas pesadas y joyas destinadas a exhibir linajes enteros.

Las prendas de ese grupo, en cambio, se construían alrededor de líneas limpias y estructuras rígidas que obligaban a mantener una postura impecable.

Pese a haberse visto despojados de las pesadas pieles para adaptarse al clima del desierto, reconocí la disposición exacta de las cadenas de rango y los discretos emblemas angulares cosidos en los puños.

Aristócratas de Aesnovar.

Había demasiados para tratarse de enviados diplomáticos. Parecía…

Un séquito.

Mi mirada saltó de un rostro a otro. A algunos los reconocí; pertenecían a familias demasiado cercanas al núcleo del poder imperial como para haber sido enviados a una celebración cualquiera. Sentí una presión desagradable instalándose bajo las costillas.

Busqué en las reacciones de los clanes la misma sorpresa y desconcierto que debía de evidenciar mi rostro. Entonces me topé con el de Ysolde, que sonreía complacida. Dejé de lado cualquier protocolo y me acerqué a ella con zancadas largas.

—¿Qué está pasando? —demandé con la voz más autoritaria que había usado desde que había llegado a Eakheral. Quizá en toda mi vida.

El pigmento verdoso que le decoraba los párpados refulgió con la misma fuerza que su cabello rojo cuando bajó la mirada hasta mis pies. Me recorrió el cuerpo subiendo hasta mi rostro, como si estuviese decidiendo si merecía la pena responderme.

—Hoy van a cambiar muchas cosas.

—¿El rey ha muerto? —pregunté sin aliento.

Eso le provocó una carcajada. A nuestro alrededor los murmullos se acrecentaron.

—No, pero Danayher sí está de luto —respondió al tiempo que devolvía la mirada al frente.

La aludida había aparecido en lo alto de la escalinata.

No importaba cuántas veces la hubiera visto ni cuántas personas llenaran la sala. Cuando estaba presente, la atención terminaba organizándose a su alrededor con la misma inevitabilidad con la que el agua busca una pendiente.

Llevaba un vestido ajustado y de pronunciado escote.

La seda negra le caía desde los hombros como tinta derramada.

Las cadenas doradas le trazaban constelaciones sobre la piel y la pieza metálica de la cintura parecía contener, por sí sola, toda la luz que el vestido se negaba a reflejar.

Desde los hombros caían dos amplias extensiones de tela oscura que sustituían a las mangas y colgaban a ambos lados del cuerpo, enmarcándola como si el resto del mundo fuese un simple telón de fondo.

Al comenzar a descender, la tela, adornada con detalles anaranjados, se extendió sobre los escalones como las alas de una mariposa nocturna.

La multitud contuvo el aliento. Y yo con ella.

—Agradezco vuestra presencia esta noche.

—Su voz se deslizó por el silencio expectante—.

Durante generaciones, Eakheral ha depositado gran parte de su estabilidad en las personas que han estado dispuestas a servirlo por encima de sus propios intereses.

La lealtad es una cualidad que apreciamos profundamente.

También lo son el sacrificio, la responsabilidad y la capacidad de pensar más allá del presente.

—Hizo una breve pausa, en la que pensé que introduciría la selección de la Mariposa—.

Sin embargo, ningún reino prospera aislándose del mundo que lo rodea.

—Sentí que algo se tensaba dentro de mí—.

Durante demasiado tiempo hemos entendido la fortaleza como una cuestión de fronteras.

Como si mantener distancia fuese siempre la mejor forma de proteger aquello que valoramos.

Pero las fronteras también pueden convertirse en muros que terminan limitando a quienes los construyen.

Supe el territorio al que se dirigía el discurso antes de que pronunciara su nombre.

—Eakheral y Aesnovar han compartido siglos de desconfianza, disputas y rivalidad.

Hemos heredado historias que nos enseñaron a observarnos con recelo.

Y, sin embargo, también hemos compartido comercio, conocimiento, cultura y largos periodos de paz que rara vez reciben la misma atención que los conflictos.

El Imperio volvía una y otra vez a sus labios, no como una referencia casual, sino como un eje alrededor del cual giraba su intervención.

Podía parecer que era solo política, una mención más dentro de una diplomacia construida con cuidado.

Pero había escuchado suficientes discursos en Aesnovar como para reconocer cuándo alguien estaba preparando a una audiencia para una idea difícil de aceptar.

—Ha llegado el momento de preguntarnos si debemos seguir definiendo nuestro futuro por las diferencias que heredamos o por las oportunidades que tenemos delante.

Se me aceleró el pulso antes de que otra silueta se uniese a ella en lo alto de la escalera. El aire se volvió irrespirable.

El Gran Príncipe.

No.

No podía estar allí.

El pensamiento apareció con una desesperación infantil.

Había millas, fronteras, ejércitos y montañas entre nosotros.

Había reconstruido mi vida entera alrededor de esa distancia.

Cada paso que había dado había tenido un único propósito: alejarme de él.

Tuve el impulso irracional de esconderme, como si todavía fuese la niña a la que había torturado a su antojo.

Sentí que sus ojos grises, fríos como el hielo, se clavaban en mí, provocándole aquella sonrisa cruel a la que estaba acostumbrada.

—Hay ocasiones en las que la prosperidad no depende de lo que dos naciones son capaces de conseguir por separado. —Danayher apoyó una mano sobre la barandilla de la escalinata—. Sino de aquello que son capaces de construir juntas.

No estaba hablando de alianzas comerciales o militares, sino de una unión mucho más difícil de deshacer una vez anunciada.

Busqué a Therenya y la encontré de espaldas a mí, en la base de la escalinata.

Llevaba años tejiendo una red entre la Corte Cisne y el Imperio y había aguardado a que su presa terminara enredándose en ella.

Ante mis ojos estaba el plan que habían urdido para no depender de mi capacidad para asesinar a la heredera.

Una…

—Boda —farfullé con incredulidad.

¿Por qué Danayher estaba colaborando?

Pese a no haberme dirigido a nadie en particular, Ysolde respondió con un tono de diversión:

—Y adivina a qué princesa escogió el príncipe.

Me volví hacia ella con los ojos desorbitados.

—No.

Danayher y el Gran Príncipe cruzaron miradas cuando la heredera entrelazó un brazo con el de él. Una sonrisa rajó sus rostros y sentí esa misma brecha deslizándose en mi interior, con la lentitud insoportable de un corazón que se agrieta mientras intentas sostenerlo.

Mi primera reacción no fue el miedo.

Fue una decepción tan profunda que me dejó sin aire.

Sus ojos dorados me buscaron. Sus labios se movieron, dibujando unas palabras mudas que no pude comprender. Apenas veía tras el muro acuoso que me entorpecía la visión.

Recordé cada vez que había pronunciado con miedo el nombre del Gran Príncipe en su presencia. Las cicatrices, tanto las visibles como las ocultas, que le había mostrado.

«No puedo imaginar por lo que has pasado, pero puedo asegurarte que mientras estés bajo mi protección, te mantendré a salvo. Tienes mi palabra».

Su palabra no valía nada.

Había traicionado cualquier lealtad y por fin entendí a qué se había referido al señalarla como mi debilidad. Llevaba toda mi vida buscando motivos para perdonar a aquellos que me habían herido. Sin embargo, ya no podía seguir buscando justificaciones que defendieran a Danayher.

La Corte Cisne comenzó a aplaudir y el sonido me atravesó como una burla.

El Gran Príncipe había ideado la forma de arrebatármela también a ella. Como todos aquellos objetos bellos que había destrozado por el mero placer de que no pudiera disfrutarlos más.

El zafiro tintineó contra el suelo de piedra cuando me lo arranqué del cuello.

Mi único pensamiento mientras me abría paso entre la gente era que debía encontrar a Avarne. «Ven a verme esta noche si cambias de opinión. Después, ya no creo que me encuentres en este palacio».

Antes de alcanzar las puertas por las que había aparecido el séquito de Aesnovar, alcancé a ver un destello rojo atravesándolas. El color de Therenya.

No había sido la mariposa quien había caído en la trampa de la araña.

Danayher había tejido los hilos.