Capítulo 42 #2
El miedo con el que pronunció aquellas palabras me dejó claro que tras ellas había una certeza. No estaba especulando.
—¿Marcharnos adónde?
Una chispa de esperanza le cruzó el rostro.
—No somos las únicas. Hay más supervivientes al genocidio.
Sentí que el aire se me detenía en los pulmones.
—¿Qué?
—Algunos lograron escapar antes de la masacre. Otros llevaban años ocultos cuando ocurrió. Han permanecido dispersos, sobreviviendo como han podido, esperando que apareciera alguien capaz de reunirlos. —Tenía los ojos llenos de súplica—. Esperándote a ti.
Retrocedí un paso negando con la cabeza.
—¿A mí? No.
—Con lo que eres capaz de hacer… todavía tenemos una oportunidad de dejar de escondernos. De no doblegarnos más.
La posibilidad de dejar de pertenecer a otros, de no tener necesidad de huir, despertó una llama en mí, si bien también trajo consigo un cansancio tan profundo que casi dolía.
—¿Y volver a empezar? —pregunté en un susurro.
Cada vez que encontraba un lugar al que aferrarme, el mundo volvía a arrebatármelo. Danayher me había prometido un nuevo comienzo en la Corte Cisne. Uno a su lado.
—No quiero volver a huir. —Mi voz sonó mucho más frágil de lo que pretendía—. No quiero pasar el resto de mi vida buscando otro refugio que también acabaré perdiendo.
Avarne aflojó el agarre con el que aún me sujetaba el brazo. Los ojos le brillaban con una tristeza serena, pero sabía que el orgullo no iba a permitirle suplicar. Agradecí que no lo hiciera.
—Ven a verme esta noche si cambias de opinión. Después, ya no creo que me encuentres en este palacio.
Dejé que se marchase y me coloqué las joyas en aparente silencio. Pese a que solo se escuchaba el sonido del aire, mi cabeza estaba llena de ruido.
Supervivientes.
Era imposible.
Abandoné mis aposentos distraída, con el pulso todavía acelerado y unas estúpidas ganas de llorar a las que ni siquiera lograba dar nombre. Tal vez por eso no reparé en el guardia que se había adelantado por el pasillo hasta apostarse cerca de mi puerta.
—Señorita —me llamó al verme pasar de largo—. Su Alteza Danayher desea verla.
En el breve tramo entre mis aposentos y la Cámara de la Princesa, me asaltó el temor de que se hubiese arrepentido de la indulgencia que me había mostrado la noche anterior.
Los sucesos habían sido caóticos. Tal vez había hablado movida por la conmoción.
Quizá, al quedarse sola, había comprendido el alcance de lo que significaba confiar en alguien que había intentado asesinarla.
Aún estaba a tiempo de condenarme a muerte.
Antes de apartar la cortina que daba a la antesala, tuve la tentación de huir.
La estancia se encontraba en silencio, bañada por la luz dorada de la mañana. Los grandes ventanales estaban abiertos hacia el balcón, dejando entrar una corriente cálida que hacía ondular las cortinas como si respirasen.
Danayher estaba apoyada en la balaustrada de piedra y contemplaba la capital que se extendía a sus pies.
Los tejados de arenisca se deslizaban por aquel océano inmóvil de dunas como si hubieran brotado de la propia arena.
Las torres rodeadas de pasarelas, los jardines suspendidos y las cúpulas claras atrapaban la luz del sol hasta convertir toda la ciudad en un mosaico de ocres, marfiles y reflejos dorados.
Desde aquel balcón era imposible no sentirse pequeña.
—Alteza —murmuré con una reverencia.
El viento le agitó algunos mechones cuando se volvió con rapidez.
—Acércate —pidió al tiempo que extendía una mano hacia mí.
Coloqué la palma sobre la suya y mi corazón reverberó con fuerza cuando ella entrelazó nuestros dedos.
A pesar de que sus facciones conservaban el cansancio de la noche anterior, la dureza que había esperado encontrar no estaba allí.
Al contrario. Había algo extrañamente vulnerable en sus ojos; recorrieron mi vestido y una de las comisuras de sus labios se alzó.
—Anoche… —comenzó, dejando escapar con lentitud el aire—. Creo que seguía demasiado conmocionada por todo lo que había ocurrido. No llegué a decirte lo verdaderamente importante. —Sentí que los músculos se me tensaban—. Agradezco a los dioses que el veneno no fuese letal.
Me sorprendió que mencionase a los dioses, cuando siempre se había mostrado tan alejada de la fe, si bien el desconcierto se diluyó entre mis dedos al ver que Danayher alzaba la mano libre hasta mi rostro.
Clavó los ojos dorados en mis labios y recorrió el inferior con el pulgar.
Aunque el gesto tuvo la delicadeza de una caricia, el efecto que provocó en mí fue devastador. Se me escapó un jadeo contra su yema.
—Me alegro mucho de que sigas viva, Eira.
La vida me había preparado para los golpes y la desconfianza, no para la ternura. Formé un puño a mi costado, luchando por quedarme quieta.
—Tengo que advertiros. Sobre vuestra hermana.
Los labios de Danayher se fruncieron en una mueca. Bajó la mano, aunque no me soltó.
—Puede esperar. Necesito explicarte algo antes de que las doncellas vengan a ayudarme con los preparativos.
—Pero… Es importante. Planea…
Danayher alzó la mano para pedir mi silencio.
—No hay nada relacionado con Therenya que sea más importante que lo que tengo que decirte.
Lo dudaba, pero su palma seguía apuntándome, así que no tuve más remedio que morderme la lengua hasta hacerla sangrar.
—Los Cronistas de Ciclo han establecido a Khoren, el Latido Inefable, como dios en Presencia.
Como uno de los dioses del Pulso, justifica cambios acelerados, ascensos imprevistos, decisiones pequeñas que desencadenan avalanchas…
—Sacudió la cabeza—. Pero si elegí esta fecha para celebrar este evento es porque quien nos acompañará realmente esta noche es Shyr, la Balanza. Pertenece, junto con Orhal…
—A los dioses de la Trama —susurré perdida.
¿Por qué Danayher se empeñaba en contradecir a los Cronistas de Ciclo? Lo mismo había sucedido con Meyra, la Resonancia Inversa.
Comprendí demasiado tarde que la había interrumpido, pero Danayher asintió y continuó antes de que hubiera podido disculparme:
—En la política de Eakheral suele temerse a los dioses del Umbral por representar finales de fase.
Sin embargo, los más peligrosos son los dioses de la Trama.
Ellos son los que determinan qué perdurará, qué se sostendrá y qué se derrumbará.
—Nunca la había visto tan seria en lo que a la religión respectaba—.
Shyr nos enseña que, para ganar, se debe entregar un equivalente.
Todo exige un sacrificio. Y hoy me veré obligada a hacer el mío.
—Escuchamos el sonido de la puerta y Danayher se giró sobresaltada.
Rodeó con ambas manos la mía, que aún sostenía, y susurró con urgencia—: Esta noche, más que nunca, necesito que confíes en mí.