Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

L a mañana de la selección me despertó un murmullo de voces.

Abrí los ojos confusa y tardé en comprender que había tres doncellas en mi habitación, en vez de la única que solía atenderme cada mañana.

Se desplazaban de una punta a otra de la sala con una coordinación impecable.

Mientras una preparaba el agua para el aseo, otra se encargaba de las joyas y los adornos del pelo.

La tercera estaba extendiendo el vestido que llevaría esa noche.

Había tardado en poder conciliar el sueño. Mi cerebro se había empeñado en recrear cada conversación que había tenido con Therenya. Le había entregado mi confianza sin los reparos que había tenido con Danayher, y la facilidad con la que le había permitido engañarme me resultaba humillante.

Había caído en el mismo error que siempre habían cometido conmigo: subestimarla.

En cuanto su nombre me acudió a la mente, me incorporé, lo que hizo que las doncellas por fin reparasen en mí.

—Id a buscar a Avarne —pedí con un tono imperativo.

Las tres intercambiaron una mirada.

—Hoy todo el servicio está redistribuido, señorita. Seguramente esté ocupada con…

—Id a buscarla.

La doncella que sostenía el vestido vaciló.

—Señorita, me temo que…

—He dicho que la traigáis.

No me hizo falta alzar el tono. La firmeza bastó para que una de ellas abandonase mis aposentos tras una inclinación de cabeza.

Despaché también a las otras dos, pues no había forma de ocultarles las heridas de las alas si me ayudaban a asearme y vestirme.

Me ocupé yo misma de ambas tareas, aunque me resultó complicado atar los corchetes de la espalda.

La seda era grisácea, en lugar del blanco puro que solo se me había permitido vestir hasta el momento.

La tela caía en una línea continua desde los hombros hasta rozar el suelo, formando una silueta estilizada que apenas se abría al caminar.

Hilos de plata recorrían la tela como las nervaduras de unas alas, naciendo en el cuello y extendiéndose por el torso antes de llegar a un cinturón que simulaba unas ramas entre las que se ocultaban pequeñas mariposas.

Las únicas joyas preparadas junto al vestido eran discretas: unos pendientes de perlas blancas y un brazalete estrecho grabado con el emblema de la Corona. No había collar, lo que me hizo comprender que Danayher quería que llevase el zafiro.

Avarne cruzó el umbral con la respiración acelerada y una mirada que me acusaba sin palabras de haber perdido el juicio.

—¿Sabes el caos que hay ahí fuera? No puedes hacer que vengan a buscarme cada vez que…

—Lo sabías.

Avarne frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

La miré fijamente.

—Sabías que quien estaba detrás del sabotaje era Therenya.

Su reacción distó de la impasibilidad que había mostrado cuando había evidenciado saber la implicación de la Maestra. Tensó la mandíbula y ensanchó las aletas de la nariz.

Estaba cansada de pasarme días persiguiendo respuestas para que quienes las tenían decidieran por mí qué debía o no saber. Apreté los puños.

—¡Respóndeme!

Avarne dio un paso en mi dirección y habló en un susurro lleno de frustración:

—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que te dijera que una de las personas con más poder de este reino intentaba decidir quién se sentaría junto a la heredera? ¿Para que fueras corriendo a acusarla? Nos habrían matado a las dos.

Negué con la cabeza.

—No habría sido tan estúpida como para relacionarte.

Avarne se pellizcó el puente de la nariz con una sonrisa irónica en los labios.

—No se trata de eso. Therenya habría sabido que era yo quien te lo había contado.

Cogió un butacón que había colocado junto a la ventana y lo arrastró hasta ponerlo frente a la cama, en la que yo tomé asiento. Se dejó caer sobre él con un suspiro cargado de dramatismo y vi en la determinación con la que me miró que por fin estaba dispuesta a ser sincera.

—Ya te había visto antes de que llegases a Eakheral. Estuve unos años infiltrada en la Corte Imperial. Como doncella. —Guardó silencio para que las palabras se asentasen entre nosotras—. Allí fue donde conocí a Therenya. Visitaba con frecuencia al Gran Príncipe desde la frontera.

Sentí un pellizco incómodo. Él nunca me había hablado de ella. Nunca la había visto en los salones imperiales.

—¿Para qué? —pregunté con más fiereza de la que pretendía.

Avarne se encogió de hombros.

—No siempre eran visitas oficiales. A veces simplemente permanecían horas hablando mientras recorrían el palacio. Yo acabé sirviéndoles en varias ocasiones.

Recordé la presencia de aristócratas de Aesnovar en la velada en la que Therenya había regresado a la Corte Cisne. El consejero Havel de Osprey había comentado que su asistencia les había sorprendido.

Entonces otro pensamiento me asaltó. Aquel búho que había visto desde el ventanal que daba a los jardines… Su plumaje marrón y blanco me había recordado al de Therenya. ¿Y si siempre había sido el mismo?

—La princesa se fijó en mí —continuó Avarne, devolviéndome a aquella habitación—. Empezó a solicitarme como su doncella personal cada vez que viajaba al Imperio. En una de aquellas visitas le pidió al Gran Príncipe llevarme consigo cuando regresara a la frontera.

Me quedé inmóvil.

—¿Y él aceptó?

Una sonrisa amarga le cruzó fugazmente el rostro.

—Sí. Ni siquiera preguntó quién era. Le bastó con que ella me quisiera. —Bajó la vista—. Si hubiera tenido la curiosidad de comprobar qué doncella estaba entregando, quizá habría visto el parecido. —Me miró de soslayo—. Therenya sí lo vio. Empezó a hacer preguntas y a indagar.

—¿Entonces sabe lo que eres?

Avarne me sostuvo la mirada.

—Y también lo que eres tú. El Gran Príncipe debió de contárselo.

La mujer que llevaba meses moviendo los hilos de la Corte conocía desde el principio aquello que yo había tratado de ocultar desesperadamente. Lo había sabido incluso antes que Danayher. Sabía que le había mentido cuando había preguntado por el incidente del lobo.

—Therenya me enseñó a leer y a escribir para poder enviarme a la Corte Cisne. Necesitaba a alguien dentro del palacio que pudiera observar sin levantar sospechas.

Las piezas comenzaron a ordenarse con una claridad casi dolorosa. Por eso el sabotaje había empezado antes de que Therenya regresase de la frontera. No había necesitado estar presente. Ya tenía unos ojos entre aquellas paredes de piedra. Azules, como los míos.

—¿Por qué? —pregunté inclinándome hacia ella—. Si sabías que tenía afinidad con el Imperio que masacró a nuestra raza… ¿por qué la ayudaste?

—Porque no era como el Gran Príncipe, ni como el Emperador.

O, al menos, eso creía. —Desvió la mirada hacia la ventana—.

Recuerdo pensar que era la primera noble que me miraba como si fuera una persona.

Cuando descubrió lo que era, no me entregó a Aesnovar.

Me prometió que, si colaboraba con ella, el Imperio no volvería a hacerme daño.

La habitación se quedó en silencio.

¿Podía acaso culparla? ¿No había confiado yo en Danayher por el mismo motivo? Para alguien que había vivido bajo la sombra del Gran Príncipe, cualquier mano tendida parecía una salvación.

—Lo que tardé demasiado en comprender es que hay personas que no necesitan parecer monstruos para hacer monstruosidades.

—Se encogió de hombros con expresión triste—.

Y cuando quise darme cuenta… ya no podía marcharme.

Me puso al cargo de la Maestra para que la ayudase a redactar las instrucciones para el servicio.

Digamos que esa mujer no comulga con las ideas transgresoras que Danayher planea llevar a cabo en su reinado.

En cambio, para ella Therenya personifica la tradición que tanto valora el clero, así que le es profundamente leal.

Urdimos juntas la manipulación para conseguir que Velhyra fuese seleccionada como Mariposa.

—¿Por qué Velhyra?

—Porque es manipulable. Y su familia le debe favores a Therenya.

La aspirante había defendido la historia de que había sido su familia quien le había pedido un favor a Caelion para que la recomendase a la heredera, pero la verdadera interesada había sido Therenya. ¿Había traicionado Caelion a Danayher?

—¿Y qué tengo que ver yo con todo esto? ¿Por qué Therenya se acercó a mí? ¿O hizo lo mismo con todas las aspirantes?

Los labios de Avarne se fruncieron en un rictus que evidenció su reticencia a contestar.

—La Maestra le dijo a Therenya que tenías potencial para rebelarte. Y Therenya conocía la propuesta que el Gran Príncipe te había hecho a cambio de asesinar a su hermana.

Cerré la mano en un puño alrededor de las sábanas.

Yo había leído esas palabras. ¿Significaba eso que el documento que Ysolde había llevado a Danayher, el que la heredera había escondido de la vista de su hermana, no había ido dirigido a ella, sino a Therenya?

Ella tenía que ser la informante del Imperio. La que había dado unas indicaciones falsas sobre pasadizos de huida que ya no existían. Me había empujado con sus engaños a no ver más salida que el asesinato de Danayher para luego deshacerse de mí.

Pensé en Silas, utilizando el título reservado para los herederos al saludarla.

Therenya había conspirado con el Gran Príncipe para hacerse con el trono de Eakheral.

Y conocía a ambos lo suficiente como para saber que no habrían dejado el destino de la Corona del Desierto en mis manos.

Estaba segura de que habían urdido una estrategia que no estuviese condicionada por la muerte de la princesa.

Debía advertirla.

—Tengo que hablar con Danayher —dije con la mirada ausente, poniéndome en pie más por inercia que por convicción.

Apenas había dado un paso cuando Avarne me sujetó del antebrazo con urgencia.

—No, tenemos que marcharnos.

La miré sin comprender.

—¿Marcharnos?

—Sí, juntas. Llevo años esperando una oportunidad como esta. Tras la selección, yo dejaré de serle útil. —Se le quebró la voz por primera vez desde que había entrado en la habitación—. Sé demasiado. He visto demasiado. Solo seré un cabo suelto.