Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Mi primer pensamiento fue que el Gran Príncipe se habría asegurado de que mi muerte fuese lenta y angustiosa, de modo que no me sorprendía que el efecto tardase más de lo normal en llegar. Pero había algo mucho más propio de él, y mis ojos comenzaron a abrirse con horror al comprenderlo.

Solo había una cosa que le habría complacido más que verme renunciar a mi propia vida: que lo intentase con la herramienta que él había dejado a mi alcance y descubriera que no podía apagar mi sufrimiento.

«Nada de venenos en comida o bebida —había dicho Silas—. Danayher lleva toda la vida preparándose para reconocerlos».

No dudaba de la veracidad de sus palabras, pero la advertencia había procedido del Gran Príncipe. La única persona que sabía que había viajado a Eakheral con veneno en una caja.

Las tres permanecimos en silencio hasta que Milenka pudo confirmar que cualquier veneno conocido debería haberme matado para entonces.

—Gracias por tu ayuda, puedes volver a tu dormitorio —concedió Danayher, que parecía no haber dormido en días.

Permaneció apoyada en el marco de madera hasta que la silueta de la chica se perdió entre las sombras. Entonces cerró la puerta. No necesitó hacer preguntas. Le bastó una leve elevación de las cejas para indicar que quería una explicación.

Ordenar las palabras me requirió varios intentos. Permaneció de pie frente a mí, sin interrumpirme, mientras le explicaba el acuerdo que el Gran Príncipe había impuesto a cambio de un salvoconducto.

—Silas me dio instrucciones para abandonar la Cámara de la Princesa. Eran muy concretas, solo podían venir de alguien de dentro.

Vi cómo la atención de Danayher se afilaba.

—¿Qué instrucciones?

Repetí el recorrido de memoria. El pasadizo del servicio, la escalera, el canal de drenaje, la reja. Apenas había terminado cuando ella negó con la cabeza.

—Es imposible. Esos túneles ya no existen. Los accesos se tapiaron durante el reinado de mi abuela.

El aire me abandonó los pulmones. Cabía la posibilidad de que el Imperio contase con información desactualizada, pero Danayher confirmó mis sospechas cuando susurró:

—Querían asegurarse de que no sobrevivieras. De que ninguna de las dos lo hiciéramos.

Tenía razón. Yo era un cabo suelto.

Aun así, había algo, quizá una profunda ingenuidad, que me decía que no había sido una mentira del Gran Príncipe. Su plan siempre había sido recuperarme. Una herramienta rota podía repararse. Una perdida, no. Y yo era una que había dedicado años a afilar, hasta moldearla a su gusto.

—Vuelve a tu habitación, Eira. No vamos a poder resolver nada más esta noche.

Pude ver que levantaba de nuevo la barrera con tanta claridad como si fuese física. Aquel día había sido una tregua, un acercamiento puntual motivado por su palabra, que había cumplido incluso sabiendo que intentaría matarla.

Y precisamente eso último fue lo que me llevó a preguntar:

—¿No vais a expulsarme?

¿Tan necesario era seguir actuando? ¿Aquella pantomima estaba por encima de su propia seguridad?

Danayher negó con la cabeza.

—Sé lo que la desesperación provoca en las personas, igual que soy consciente de que yo misma te empujé a ella con mi distancia. —Cerró los ojos y se masajeó las sienes antes de responder—. Pero, lo creas o no, trataba de protegerte.

Intenté que el aire que solté sonase como una risa incrédula, pero se asemejó más a un resoplido.

—¿Igual que ocultándome mi influencia sobre los colmillos de escarcha?

Había llegado a mi límite. Cuando sus cejas pasaron de representar una expresión de confusión para fruncirse, no provocó nada en mi interior.

—No solo soy Danayher —dijo más derrotada que molesta—. Soy la futura reina de Eakheral. Mis motivaciones están divididas. Aunque sé que lo que te hice estuvo mal, mi deber era…

Soltó un suspiro y, antes de que pudiese buscar las palabras adecuadas con las que continuar, me adelanté:

—Lo entiendo. —Lo había hecho desde el momento en el que había logrado contener al animal—. Al menos la parte de los colmillos de escarcha. —Entrecerré los ojos—. El por qué haberme retirado la palabra me protegía es algo que no logro comprender.

Danayher se apoyó en el borde de la mesa. Tamborileó con las manos sobre la misma mientras evadía mi mirada.

—Fui descuidada y mi cercanía te marcó como el siguiente objetivo del sabotaje. Ya viste qué hicieron con Celharine, que era, en apariencia, la rival más fuerte y… temía que pudieras seguir un destino similar.

Me levanté de la silla y me acerqué a ella con el ceño fruncido y muchas preguntas. Verbalicé la más urgente:

—¿No sois vos quien lo ha orquestado?

La máscara de tristeza que le había cubierto el rostro al mencionar la muerte de su amiga de la infancia se resquebrajó por el horror y la confusión.

—¡No! ¡Claro que no! ¡Intento impedirlo! —Se acercó un paso más, devolviendo su voz a un susurro—. Mañana… pretendo elegir a Mayrah.

¿Empatía?

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies, al igual que todas las certezas sobre las que creía haber estado caminando en los últimos días.

—Mayrah se ha marchado —dije con un tono seco empapado de resquemor.

—Lo sé. Hablé con ella. Mañana volverá para la selección.

—Se acercó todavía más, hasta que su rostro quedó frente al mío.

Extendió el brazo, como si quisiese alcanzarme la mano, pero a medio camino lo devolvió a su lugar junto a su costado—.

Quiero que tú también te quedes. No como mi Mariposa, sino como parte de mi Corte.

«Quiero que caminéis a mi lado, no sobre mí», me dijiste en la prueba de los obsequios.

—Me sorprendió que recordase las palabras exactas—.

Y eso pretendo. Mantenerte a mi derecha, no bajo mis órdenes.

La miré buscando algún indicio de que estuviera mintiendo, pero su rostro tenía aquella expresión de sinceridad desesperada y cruda que había esgrimido cuando me había pedido que confiase en ella el día en que me había interrogado por la muerte de Celharine.

Como si su decisión llevase tiempo tomada.

¿Cómo podía haber estado tan equivocada sobre ella?

Me sentía tan reacia a creer que Danayher estuviera dispuesta a concederme incluso más que aquello por lo que había estado luchando que no llegué a sentir felicidad. Solo desconcierto.

—Entonces ¿quién? —pregunté con urgencia.

—Ahora lo mejor que puedes hacer es descansar. —Me dedicó una suave sonrisa que me indicó que la primera que necesitaba dormir era ella—. Mañana todas las piezas encajarán en su lugar. Ten paciencia, Eira.

Pero ya había tenido demasiada.

Mi cerebro no dejó de trabajar mientras ascendía por las escaleras hacia mi dormitorio.

Si Danayher no había orquestado aquello, solo había otra persona a la que podía pertenecer la caligrafía de las notas.

La única que había tenido en su poder el cuento de Tres traiciones para Elyndor que tanto había atesorado Danayher. Pese a que había asegurado no haberlo leído.

Therenya.

Según había relatado, cuando Danayher lo había encontrado se había limitado a ojearlo un momento. «Supongo que comprobaba que fuese su ejemplar».

En realidad, lo que había analizado era el mensaje que su hermana menor había dejado para ella. Uno que evidenciaba sus pretensiones de conseguir el trono.

«¿Qué corona pesa más, la que se lleva o la que se desea?».