Capítulo 41
E scuché el ruido de las sábanas mientras recorría la Cámara de la Princesa apagando las lámparas a mi paso. Puede que para Danayher la prueba hubiese terminado, pero para mí el verdadero reto apenas había comenzado.
Me dirigí a la puerta con la misma naturalidad con la que había realizado el resto de las tareas de la jornada. La entreabrí lo justo para dirigirme a los guardias apostados al otro lado.
—La princesa ha ordenado que no se la moleste salvo emergencias —susurré.
Ambos asintieron sin mostrar sorpresa. Estaba bastante segura de que no era la primera vez que Danayher solicitaba no ser interrumpida en compañía de una mujer.
—¿Necesita algo más, mi señora?
Negué con la cabeza y cerré con suficiente fuerza para que el sonido resonase en la estancia.
Crucé la antesala sin hacer ruido y me refugié en el rincón más alejado de la puerta. Allí, entre una estantería y el muro, la luz que se colaba por las ventanas apenas alcanzaba las sombras, que formaban un pequeño ángulo muerto.
Me senté en el suelo, recogiendo las piernas contra el pecho.
Entonces comenzó la espera.
Al principio solo escuché sonidos dispersos.
El crujido ocasional de la cama. Una copa apoyándose sobre una superficie de madera.
El silencio absoluto tardó en llegar y, aun cuando lo hizo, no me moví.
Mi padre me había enseñado que la quietud no implicaba ausencia de peligro.
En muchas ocasiones, señalaba precisamente una amenaza agazapada.
El tiempo se alargó hasta que pude distinguir la respiración de Danayher a través del panel. Primero irregular y luego más profunda. Nunca había agradecido con tanta vehemencia tener una vista y un oído fuera de las limitaciones humanas.
Conté cien latidos y solo cuando la cadencia permaneció inalterable me puse en pie con lentitud.
Mis piernas protestaron tras tanto tiempo encogidas y tuve que apoyar una mano sobre la estantería para recuperar el equilibrio.
Había memorizado la balda en la que se encontraba mi caja, de modo que pude buscarla a tientas hasta que mis dedos se toparon con los familiares relieves.
Contuve la respiración mientras activaba los mecanismos, pendiente de escuchar si alguno de los chasquidos provocaba una reacción en Danayher.
Para cuando conseguí levantar la tapa, las inspiraciones profundas de la princesa contrastaban con el ritmo frenético de mis pulsaciones.
Busqué bajo los objetos el compartimento que había cubierto con tela y sentí el frío del vidrio contra las yemas. Me deshice el moño con los dedos y cogí la jeringuilla que Milenka me había proporcionado antes del desayuno.
Esa había sido mi forma de cobrarme el favor que me debía, junto con un somnífero lo suficientemente potente para sedar a un hombre de la complexión de mi padre adoptivo, y en suficiente cantidad para que sirviera para más de una persona.
Extraje ese segundo vial, más grande y alargado que el que había encontrado en la caja, de entre los pliegues del cinturón que se me ceñía con fuerza a la cintura.
Danayher había dejado encendida una lámpara en el rincón, cuya llama estaba convirtiéndose ya en brasas. La luz tenue me permitió ver su silueta entre la tela bordada.
Cada paso era un latido; cada respiración, un grito ahogado en la garganta.
Había visto a Danayher luchar en la arena.
La idea de forzarla para que tragase el veneno se me había antojado ridícula desde el principio, de modo que la única forma de conseguirlo era anular por completo su voluntad.
Introduje la jeringuilla en el vial del somnífero, siguiendo las instrucciones precisas de Milenka, y observé cómo el líquido ascendía con lentitud por las paredes de cristal.
A pesar de todo, cuando estuve lo suficientemente cerca como para contemplar su rostro, sentí algo romperse dentro de mí. O, tal vez, siempre había estado roto.
La rabia que me había alimentado se desmoronó y lo único que quedó en mi pecho fue una tristeza tan profunda que me costó respirar. Habría preferido odiarla, porque eso habría hecho que matarla resultase más sencillo.
Había podido mantenerme firme mientras sentía que ya la había perdido. Esa noche, sin embargo, había sentido un atisbo de esperanza envuelto entre caricias veladas, alimentado por la breve atención que había vuelto a dispensarme.
La punta de la aguja quedó suspendida sobre la piel del cuello.
Pensé en los colmillos de escarcha, en la información que Danayher me había ocultado; en Celharine y en Xytherel, que habían sufrido las consecuencias de aquella farsa; pensé en las notas dirigidas a la Maestra, y en la frase con aquella misma caligrafía en el libro que me había prestado, como si quisiera que yo misma llegase a aquella conclusión para poder burlarse.
Pero, justo en ese momento, otra anotación de ese mismo libro me acudió a la mente.
«Quien traiciona por amor no compromete su lealtad, se la entrega a un nuevo dueño».
¿Podía llamarse traición a mi incapacidad de matarla? ¿Acaso alguna vez mi lealtad había pertenecido al Gran Príncipe? ¿A quién se la había entregado, entonces?
Danayher había dicho que era mi debilidad y empezaba a comprender que tenía razón, porque daba igual cuánto daño me hubiese hecho.
Imaginé sus ojos perdiendo ese brillo frío que contrastaba con el dorado, como si alguien hubiese soplado una llama que no debía apagarse nunca.
Pensé en su piel suave, tornándose en un tono más pálido y llevándose el color de sus mejillas.
Visualicé su sonrisa, desdibujándose hasta quedar reducida a una línea sin vida.
La firmeza de su gesto, la forma en que sostenía el aire incluso en silencio, la manera en que su sola presencia parecía ordenar el espacio alrededor, su voz, su risa.
Entonces lo supe.
No era capaz.
No podía matarla.
Aquella certeza llegó acompañada de otra aún peor: si lo hacía, él habría ganado. Volvería a pertenecerle. Todo habría terminado exactamente donde comenzó. Seguiría siendo una pieza más dentro de sus planes, un arma que empuñaba a voluntad.
Prefería morir.
Cualquier cosa antes que regresar a él.
Aparté la aguja del cuello de Danayher y abrí la mano izquierda. La escasa iluminación arrancó un destello del tapón plateado que sellaba el vial que había sacado de la caja. Sin vacilación, dejé la jeringuilla en el suelo y destapé el veneno.
«Para el día en que comprendas que deberías haber muerto con ellos», había dicho el Gran Príncipe.
Ese día había llegado.
No recordaba la última vez que había llorado. Tras beber hasta la última gota, las lágrimas llegaron, silenciosas al principio, aunque pronto se volvieron imposibles de contener. Me cubrí el rostro mientras intentaba recuperar una respiración que ya no me obedecía.
—Dime que aún estoy viva porque así lo has decidido.
La voz me obligó a levantar la cabeza.
Danayher estaba sentada en el borde del lecho. No parecía confundida ni sorprendida. Me observaba con una serenidad que hizo que el nudo de la garganta se cerrara todavía más.
No intenté apartarme cuando se arrodilló frente a mí.
Sus manos se entrelazaron en mi espalda y trajeron el calor que le faltaba a mi cuerpo, derritiendo mi corazón helado. La sensación fue tan extraña que no supe cómo reaccionar. Sentí que estaba a salvo.
Me sentí en casa.
Cerré los ojos y enterré el rostro en el hueco de su clavícula. Noté sus dedos deslizarse por mi cabello.
«Llora rápido —me había dicho mi padre hacía cientos de noches—. Luego no habrá tiempo» .
Me había encontrado sollozando a escondidas después de una visita del Gran Príncipe. Él sabía mejor que nadie que, en el Imperio, cada lágrima era una prueba de que habías dejado de resistir, una grieta que otros no dudarían en agrandar.
«Nadie debe ver lo que cargamos por dentro. Eso es lo que realmente importa».
Me aferré a la tela de su camisón. La voz convertida en un hilo.
—Danayher… —Fue la primera y la última vez que pronuncié su nombre—. Me he tomado el veneno.
* * *
Danayher sacó a Milenka de la cama.
Agradecí que la princesa estuviera demasiado alterada como para notar el pánico con el que la muchacha me miró. Parecía lo suficientemente inteligente como para haber comprendido quién había sido el objetivo del somnífero que le había pedido.
Conseguí llegar por mi propio pie a la sala de remedios, donde Milenka corrió hasta su mesa con el vial, para entonces vacío.
Primero lo olió y a continuación introdujo un instrumento con el que raspó el cristal. Recorrió las estanterías y ojeó algunos de sus libros. Volvió a la mesa para observar los restos secos de veneno con una lupa y luego los sumergió en una sustancia.
Danayher me había acercado una silla, aunque yo no notaba nada particular en mi cuerpo.
—Date prisa —le ordenó, si bien su voz sonó temblorosa, no imperativa.
Una parte de mí sabía que no lograría encontrar el antídoto a tiempo. Otra, en cambio, deseaba aferrarse a cualquier esperanza de mantenerme con vida.
Milenka suspiró y dejó el vial sobre la mesa antes de volverse.
—T-todos los compuestos q-que he identificado son i-inocuos.
—¿Qué quieres decir? —demandó Danayher.
—D-de ser veneno, e-excede mis c-conocimientos.
Danayher me miró angustiada. Antes de que pudiese decir algo, Milenka se aproximó a mí.
Me apoyó dos dedos en la cara interna de la muñeca y movió los labios mientras contaba en silencio.
A continuación, me sujetó el mentón y me giró el rostro hacia la luz de la lámpara.
Clavó los ojos castaños en los míos, examinándolos con determinación.
Me puso una mano en la frente con los labios fruncidos y me pidió enseñarle la lengua.
—¿S-sientes t-temblor? ¿M-mareos?
Negué a cada pregunta y terminó por apartarse. Miró a la princesa.
—N-no lo entiendo. S-si hubiera ingerido v-veneno, d-debería tener s-síntomas. N-no tiene n-ninguno.