Capítulo 40 #2
—Quería contar con candidatas extranjeras.
—Danayher encogió un hombro, sin apartar la mirada de la comida—.
Es una buena forma de establecer lazos con otros territorios y me permitía desvincularme de los intereses de las familias de Eakheral.
Me arriesgaba, por supuesto, a que fueseis espías, pero Ysolde había investigado a cada una de las nobles que se ofrecieron.
Excepto a ti. —Esa vez sí levantó la vista—.
La solicitud del Emperador llegó en el último momento.
Cuando pedí referencias, definieron tu relación con el Gran Príncipe como «estrecha».
—¿Y eso os pareció algo beneficioso?
Danayher se llevó la copa a los labios.
—«Beneficioso» no es la palabra. «Interesante», quizá.
Las demás candidatas llegaban acompañadas de una lista interminable de virtudes, alianzas y expectativas.
Tú, en cambio, estabas rodeada de incógnitas.
—Dio finalmente un largo sorbo—. Si el Gran Príncipe había considerado enviar lejos a alguien tan cercano, quería saber por qué.
Las amenazas evidentes suelen ser más fáciles de manejar que las ocultas.
Me esforcé por no tensarme, dudosa de si sus palabras intentaban evidenciar que conocía mis intenciones. La observé detenidamente, tratando de detectar cualquier rastro de sospecha. La princesa, sin embargo, devolvió la atención a su cena.
Dejé que el silencio se sentase también a la mesa, de modo que Danayher pudiese comer tranquila. Cuando los pedazos que se llevaba a la boca comenzaron a distanciarse y se limpió los labios con la servilleta, decidí realizar la otra pregunta que me corroía desde la primera prueba:
—¿Cuál fue la debilidad que escribisteis en mi sobre?
—Lealtad —dijo con simpleza. Como si fuese evidente.
Nunca me había considerado una persona especialmente leal. Siempre había sido recelosa, siempre había guardado secretos… Había llegado a dedicar pensamientos terribles a mi padre: la única persona en la que me había permitido confiar de forma ciega.
Recordé la frase que Danayher había subrayado en el libro.
—¿No la consideráis una virtud?
—La mayoría de las personas creen que su debilidad es aquello que las hace caer.
—Dobló la servilleta y la dejó sobre la mesa—.
Yo creo que es aquello que las hace doblegarse.
Cuando escribí ese sobre pensé que habías acudido por lealtad a él o al Imperio.
Luego comprendí que no me había equivocado en mi elección, aunque sí en el motivo.
—Me mantuvo la mirada mientras se ponía en pie—.
Si un enemigo intentara destruirte, sabrías defenderte.
Lo que me preocupa es lo que harías por alguien a quien amas.
—Extendió la mano hacia mí, en una invitación a seguirla, antes de que hubiera podido siquiera procesar su explicación—. Ven.
Danayher se dirigió al panel de madera que separaba la antesala de la Cámara de la Princesa de su dormitorio. Contuve la respiración cuando se detuvo para mirarme antes de desaparecer tras él.
Las paredes de su dormitorio estaban revestidas con madera oscura tallada y varias lámparas suspendidas proyectaban una luz cálida que suavizaba las sombras.
Un amplio lecho con dosel dominaba la estancia. Las cortinas, de un azul profundo bordado con hilos de plata, permanecían recogidas alrededor de los postes. Frente a ella se extendía una alfombra gruesa que amortiguaba los pasos y cubría buena parte del suelo de piedra pulida.
Danayher tomó asiento en el tocador y se llevó la larga melena negra hacia delante, para dejar descubierta la nuca. Evité tocarle la piel cuando solté el cierre del collar, al tiempo que ella se quitaba los pendientes.
En el Imperio, tocar las pertenencias de la Emperatriz era un privilegio reservado a muy pocas personas. Tocar a un miembro de la familia imperial era algo todavía más restringido.
Danayher, en cambio, se limitó a mirarme con fijeza a través del espejo.
Cuando terminé de quitarle las cadenas que le decoraban el cabello oscuro, lo cepillé y comencé a trenzarlo. Varias veces le rocé el cuello o los hombros mientras trabajaba, lo que me envió ligeros estremecimientos por los brazos.
Sabía que el siguiente paso era ayudarla con la ropa, pero, una vez se puso en pie, mis dedos vacilaron antes de acercarse a su espalda, donde una hilera de pequeños broches le ajustaba el vestido al cuerpo.
—¿Eira?
—Sí.
Podía percibir el calor que desprendía su piel incluso sin llegar a tocarla. Intenté concentrarme en cualquier cosa que no fuese la curva de su cintura o la forma en que el cabello se le mecía a la espalda.
Cuando terminé, la tela cayó al suelo y me apresuré a recogerla en cuanto sus pies escaparon de ella.
Debería haber retrocedido, pero durante un instante absurdo me descubrí observándole el cuerpo.
—¿Ocurre algo?
La pregunta estaba cargada de falsa inocencia.
—No.
Mi voz sonó extraña incluso para mí.
Danayher cogió el camisón que las doncellas habían dejado sobre las sábanas y lo sostuvo entre las manos.
Tomé la prenda y la abrí de modo que pudiese deslizar los brazos por las mangas.
Era un gesto práctico, casi cotidiano. Me dije que no significaba nada.
Sin embargo, mi pulso parecía empeñado en contradecirme.
Era demasiado consciente de la distancia que nos separaba.
O, más bien, de la ausencia de ella. Me afané en alisar los pliegues, en acomodar la tela junto al cuello.
Tragué saliva cuando se giró para quedar frente a mí.
Los pequeños botones recorrían la parte frontal del camisón y dejaban una franja de piel morena expuesta.
Esperé un instante, convencida de que comenzaría a abrocharlos por sí misma, pero Danayher no hizo ademán de tomar el relevo. La observé bajar la vista hacia la prenda y luego volver a alzarla hacia mí.
Comencé por abajo, concentrándome en la tarea con una dedicación casi desesperada.
Un botón. Luego otro. Después otro más. Mis manos dejaron de moverse con la soltura habitual mucho antes de llegar a la mitad.
Cuando alcancé los botones de su escote, levanté ligeramente la vista.
Un error. Danayher también me estaba observando con una expresión difícil de interpretar.
La distracción hizo que le rozara la curva de uno de los pechos y su aliento se entrecortó.
Retiré las manos y di un paso atrás con más rapidez de la necesaria. Algo parecido a una sonrisa le rozó la comisura de los labios, aunque su respiración seguía afectada.
Necesitaba distancia. Necesitaba aire. Necesitaba recordar por qué estaba allí.
Porque si esperaba más tiempo, acabaría encontrando una excusa para no hacerlo.
Me incliné en una despedida breve, sin aguardar a que ella me diese permiso para levantarme.
—Buenas noches, alteza.
Cerró los dedos alrededor de mi muñeca.
—No sé si quiero que ganes o si temo lo que serías capaz de hacer si perdieses.
La confesión me sorprendió más que el contacto.
—Entonces estamos en el mismo punto.