Capítulo 40
E l zafiro que tanto había alabado Danayher descansaba sobre mi pecho cuando la vi salir de la Cámara de la Princesa.
La elección de la futura Mariposa tendría lugar al día siguiente y, desocupada como estaba mi mañana, había dedicado las horas tras el desayuno a aguardar pacientemente en la galería de nuestros dormitorios.
Llegué a plantearme que la princesa hubiese abandonado sus aposentos a primera hora, si bien los dos guardias apostados en la puerta me indicaban que aún estaba dentro.
No habían hecho amago de preguntarme qué quería, ni de ofrecerme avisar a Danayher.
Actuaron como si no me encontrase allí, como una extensión más del vacío que la princesa tenía reservado para mí.
La luz del mediodía iluminó sus ojos dorados cuando me localizaron. Antes de que pudiese rodearme e ignorarme una vez más, di un paso adelante para tomar la palabra.
—Alteza. —Hice la reverencia oportuna y continué mi petición sin haberme erguido—: Dado que la selección está llegando a su fin, he venido a solicitaros el día que me prometisteis con vos. Me gustaría tener oportunidad de mostraros mi desempeño como Mariposa.
Tardé en recibir una indicación para levantarme y, al hacerlo, encontré desconcierto en su expresión. Vi claro que iba a rechazarme. Me habían asignado un papel irrelevante en aquel espectáculo cortesano y pretendían que lo cumpliese hasta el instante en que dejase de ser necesaria.
—De acuerdo —dijo entonces, y todos mis pensamientos se volatilizaron como hojas de papel consumidas por el fuego—. Acompáñame.
La sala era distinta a cualquier otra en la que hubiera estado dentro de la Corte Cisne. A diferencia de la amplitud ceremonial de los salones de audiencias, era reservada, con una mesa central de piedra clara que parecía pensada para sostener el poder en silencio en lugar de exhibirlo.
Therenya ya estaba sentada y a su espalda se encontraba una doncella con la espalda recta y las manos entrelazadas en un gesto de educada espera.
Tras mi reverencia, Danayher tomó asiento y el servicio depositó las bandejas y jarras de su almuerzo en la mesa auxiliar.
Mientras repasaba varias veces el lado desde el que debía servir cada elemento, notaba la tensión en las manos como si respondiesen a otra persona en lugar de a mí.
Ni siquiera era capaz de prestar atención a la pequeña conversación que se había iniciado entre las hermanas.
Las palabras de ambas murieron cuando una puerta lateral se abrió.
Nadie anunció al hombre que la atravesó y, puesto que Danayher ni siquiera levantó la mirada, interpreté que lo esperaban.
Con una precisión entrenada, el hombre tomó unos cubiertos y se deslizó entre platos: era el catador.
Observó, cortó y se llevó pequeñas porciones a la boca sin expresión alguna.
Cuando terminó, simplemente inclinó la cabeza y se retiró al fondo de la sala.
La sensación que dejó tras él no era de seguridad, sino de espera contenida.
A falta de órdenes o instrucciones, me esforcé por recordar las lecciones de la Maestra, los gestos que debían anticiparse, la forma en que el servicio se convertía en lectura constante del entorno.
Me volví buscando la mesa en la que habrían dejado la correspondencia de la familia real y me enfrasqué en la tarea asignada a la Mariposa: filtrarla antes de remitirla a su reina.
Comencé a revisar los sobres con cuidado. Había cartas administrativas e informes menores a nombre del rey regente. Seguí buscando el de Danayher cuando me topé con el de Therenya.
El papel era distinto. Más rígido. El sello no estaba colocado con la ostentación habitual de la Corte Cisne, sino prensado en lacre oscuro, sin ornamentos visibles más allá de una marca geométrica.
El reconocimiento trajo consigo una punzada en el pecho.
No era un símbolo que se anunciara, el Imperio rara vez se nombraba a sí mismo cuando podía evitarlo; no obstante, alguien que se había criado entre las paredes de su palacio podía identificar sin dudar aquel emblema.
Un rombo cerrado, demasiado limpio para haber pasado por manos intermedias, atravesado por una línea vertical.
Era una carta escrita por el Gran Príncipe en persona.
Una carta dirigida a Therenya.
Tomé solo las dos destinadas a la heredera y las dejé en la mesa, esforzándome por no mirar en dirección a la princesa menor. Danayher dio un asentimiento al ver los sobres.
—Las leeré luego en mi despacho. Ahora siéntate. —El silencio se estiró tiempo después de haber obedecido la orden—. Quiero hacerte tres preguntas. —Mi mente tardó en procesar que estuviese hablándome de nuevo—. Primera. ¿Cuál es el mayor error que has cometido?
El impulso inicial fue responder con algo seguro, que no revelara demasiado. Pero luego me recordé que mi tiempo en la Corte Cisne había llegado a su fin, y que mis actos ya no debían regirse por el deseo de impresionarla.
—Esperar demasiado de alguien —dije al fin.
Danayher no reaccionó.
—¿Y cómo lo arreglaste?
—Reduciendo mis expectativas.
Frunció los labios y pasó a la segunda sin transición.
—¿Qué harías si supieras que una decisión mía puede arruinar el reino?
Por un instante pensé en admitir que no lo sabía. Que no entendía por qué me estaba haciendo esas preguntas después de tanto tiempo de silencio. Sin embargo, esa era una respuesta demasiado honesta. Y me había cansado de regalar mi sinceridad a Danayher y recibir mentiras a cambio.
—Intentaría entender dicha decisión.
Danayher me observó durante unos instantes. Therenya se había quedado tan quieta que llegué a olvidar que se encontraba en la mesa con nosotras.
—¿Y si siguieras pensando que me equivoco?
Aquella respuesta, después de todo lo que había vivido en la Corte Cisne, sí la tenía clara, así que me permití concedérsela:
—Me aseguraría de que el daño no se extendiera más de lo necesario. Después, haría lo que estuviese en mi mano para sobrevivir a las consecuencias.
Danayher suspiró.
—La última. ¿A quién servirías si tu deber y tu conciencia se contradijeran?
Esa vez el recuerdo apareció antes que las palabras.
—Mi padre decía que el deber es la forma que tiene el mundo de decirte qué hacer —respondí—. La conciencia es la forma que tienes tú de responderle.
El aire del desierto pareció volverse más frío cuando Danayher comenzó a comer sin previo aviso.
* * *
El resto de la mañana y buena parte de la tarde transcurrieron entre preparativos para la celebración.
Comenzamos en los salones de costura, donde modistas y bordadoras sometieron a Danayher a una sucesión de pruebas y ajustes que parecían no terminar nunca.
Lejos de resultar tedioso, el proceso tenía algo hipnótico; se examinaba cada detalle con una atención que rozaba la obsesión.
A continuación, nos reunimos con la Maestra y con varios responsables del servicio para revisar el estado de los preparativos.
Durante horas se debatieron cuestiones que, a simple vista, parecían insignificantes: dos arreglos florales casi idénticos, distintos tipos de manteles, la distribución de los invitados o el menú.
Sin embargo, nadie se atrevía a tomar esas decisiones por ella.
El paseo por los jardines tampoco ofreció un respiro.
Nobles, oficiales y doncellas aprovecharon cada oportunidad para acercarse con preguntas, solicitudes o noticias que requerían atención inmediata.
Algunos encuentros duraban apenas unos instantes; otros obligaban a detener la marcha durante periodos más extensos o incluso a tomar asiento.
Lo más sorprendente era la facilidad con la que Danayher recordaba nombres, fechas y conversaciones anteriores.
Hacía que su capacidad para ostentar el cargo pareciese innata, en lugar de adquirida.
Cuando el sol comenzó a descender y el calor dio una tregua, volvimos a sus aposentos. El alivio se me asentó en el estómago al ver que me concedía regresar a su intimidad, aunque no me atreví a confiarme. Tenía que asegurarme de que me permitiría acompañarla hasta que se acostase.
Al entrar, busqué con la mirada la caja que le había regalado y la localicé en el mismo estante donde la había visto la última vez.
Danayher se dirigió de inmediato a su escritorio, pues su trabajo no concluía tras las puertas cerradas.
Revisó informes sobre cosechas, rutas comerciales y el estado de varios caminos.
Apenas terminaba un documento cuando ya tenía otro entre las manos.
Mientras tanto, me encargó responder parte de su correspondencia y revisar la agenda del día siguiente.
Lo único que puso fin a la jornada fue la aparición del servicio portando bandejas de plata.
Tras ellos se encontraba el catador. Al igual que había sucedido en la comida, bastaba un leve movimiento de los dedos de Danayher para que volviese a tomar bocado.
En un plato de frutas le hizo probar piezas distintas del mismo racimo.
En otro, varias porciones separadas de una misma preparación.
La precisión de sus elecciones era más reveladora que la presencia del hombre.
No confiaba en que el peligro fuese uniforme.
Como si llevase tanto tiempo estudiando venenos que hubiera aprendido a pensar igual que quien los vertía.
—Siéntate conmigo —me pidió cuando el catador abandonó la sala tras esperar un tiempo prudencial.
El tono me resultó familiar y dolió como una herida abierta. Hacía tiempo que no se dirigía a mí con la voz suave y el rostro expectante. En esa ocasión, no me preguntó nada. Solo siguió mis movimientos con sus ojos dorados y comenzó a picotear de los diferentes platos.
—¿Por qué me escogisteis como aspirante?
Era una pregunta que albergaba en el fondo de mi mente desde que me habían comunicado que viajaría a Eakheral para participar en aquella selección. Y no quería renunciar a la respuesta para siempre.