Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

E n la Corte Imperial no había tenido amigos.

Si conocía el concep to había sido porque mi padre me lo había explicado.

El Empera dor había sido una especie de amigo para él o, al menos, en la medida en la que su posición lo permitía.

Supongo que en algún momento albergó la esperanza de que el Gran Príncipe se convirtiera en una figura similar para mí.

Quizá llegó a pensar que lo era, a juzgar por la cantidad de tiempo que pasábamos jun tos.

O quizá sabía la verdad, pero su vínculo con el Emperador requirió que mirase hacia otro lado.

Pensaba que los años de soledad me habrían curtido. Que lo sucedido con Silas me habría enseñado que la decepción necesitaba expectativas para existir; que, si no volvía a confiar en nadie, el dolor no tendría lugar en el que posarse.

Y, sin embargo, allí me encontraba. Apoyada en uno de los árboles del invernadero que me había enseñado Therenya, mientras deseaba poder compartir con alguien la desesperación que sentía.

Las aspirantes con las que había entablado conversaciones más largas eran Xytherel y Empatía, y ambas se encontraban lejos de poder atender mis lamentos.

El soldado, según me había dicho Avarne, también había huido, y los pasillos se habían llenado de comentarios al respecto.

Junto con Reputación y la aspirante del Reino Lacustre de Loryss, que se había marchado por sus discrepancias con la religión, ya eran cuatro candidatas que abandonaban la selección por voluntad propia, lo que no dejaba en buen lugar a la heredera.

Aunque yo no pretendiese irme, era consciente de que mi viaje de regreso estaba programado.

Solo debía aguardar a que Danayher me lo notificase.

Tal vez había pedido a Silas que deshiciera el tramo de viaje que había recorrido, de modo que fuese él quien me acompañara y no tuvieran que proporcionarme siquiera escolta.

Contemplé los retazos del plumaje del búho de Therenya que las hojas verdes me permitían entrever.

«Me esforzaré en equilibrar mi hueso. Y en recompensar el bien que hoy me has hecho».

Esas habían sido sus palabras antes de que mis esperanzas comenzaran a quebrarse.

No habíamos tenido ocasión de hablar desde que había perdido el contacto con Danayher, pero siempre que habíamos coincidido había tenido una sonrisa cálida reservada para mí.

Sabía que aspirar a la compañía de una princesa era una pretensión que no podía permitirme. Pero, de igual modo que había conseguido propiciar encuentros casuales con Danayher, podía provocar lo mismo con su hermana.

Solo tuve que aguardar dos días a que el sol alcanzase el punto en el que se había encontrado cuando me había hecho llamar para que la acompañase a rezar.

En esa segunda ocasión, la encontré arrodillada ante el mismo altar.

Sobre él había un espejo rajado. No necesité una explicación para comprender que el dios Orhal había abandonado la Corte Cisne.

Therenya se giró al escuchar mis pasos. Había esperado ver sorpresa en su semblante, o quizá molestia por el atrevimiento; sin embargo, todo cuanto me dedicó fue una pequeña sonrisa.

—Eira.

Separó las manos antes de incorporarse con calma, como si no tuviera prisa por abandonar la posición en la que la había encontrado. Cuando estuvo en pie, la estancia pareció más pequeña.

—Esperaba tu visita.

Aquella afirmación me desconcertó. ¿Tan necesitada me mostraba ante el resto? Ladeó la cabeza y me sentí expuesta, más que si me hubiera hecho una pregunta directa.

—Intuyo que el dios en Presencia ha cambiado —comenté para desviar la atención de mí.

La princesa se volvió hacia el espejo y asintió.

—A raíz de hacerse pública la enfermedad de mi padre, los Cronistas de Ciclo tuvieron una reunión extraordinaria que duró días. Determinaron que la diosa en Presencia era Elyndra, la Fisura. —Le temblaron las comisuras de los labios en un amago de sonrisa—. No sé si estás familiarizada con ella.

—Recuerdo que pertenece, junto a Savor, a los dioses del Umbral, que representan los cambios de fase.

Therenya volvió a asentir, aunque esa vez con más vehemencia.

—Bajo su dominio, los roles tradicionales colapsan, en contraposición a lo que sucede bajo la influencia de Orhal que hemos arrastrado durante bastante tiempo.

Cuando ella está en Presencia, algo se rompe para que algo nazca.

Su aparición es la señal inequívoca de que el mundo se prepara para un nuevo equilibrio.

—Extendió una mano hacia mí, con la palma vuelta hacia el techo—.

El primer cambio lo tendremos en dos días, cuando Danay haga pública su decisión.

Aunque quizá nos acompañe un nuevo dios para entonces.

Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. La Maestra no había determinado cuándo sucedería el evento exactamente y acababa de obtener mi respuesta: en dos días.

—He notado que ya no pasas tardes en la Cámara de la Princesa —señaló ignorando la expresión de horror que debía de haberse adueñado de mis facciones—. Pero no te has rebelado. Has decidido resignarte.

Fruncí el ceño confusa.

—No he sido yo quien lo ha decidido. Su Alteza no me dirige la palabra.

—Y eso ha bastado para que te rindas. Igual que esas cobardes que han huido. —Su acusación estaba llena de reproche—. Vas a dejar que esa inútil que no sabe ni cuándo inclinar la cabeza se convierta en su Mariposa.

Alcé las cejas cuando se refirió a Inseguridad en esos términos. Su contundencia me invitó a creer durante un breve instante que había algo que aún no hubiese contemplado. Que todavía podía hallar la forma. Pero no era así, y la simple idea de verbalizarlo hacía que me doliera el pecho.

—No hay nada que pueda hacer.

—Mi hermana no ha tenido reparos a la hora de expulsar a las candidatas no aptas. Mi familia valora el filo, no solo los modales. Es precisamente ese carácter el que has de utilizar para recuperarla.

—Ya la confronté. Le pregunté si había hecho algo mal.

Abrió los ojos, aunque no supe si por la sorpresa o por la curiosidad.

—¿De veras? ¿Y qué te respondió?

Recordaba las palabras como si las acabase de pronunciar.

—Que no había nada que tuviese que reparar. Que no dependía de mí.

Y por fin había entendido a qué se refería. La decisión estaba tomada. Lo había estado desde el principio. Yo solo había sido un títere más en aquel teatrillo.

—Debes seguir insistiendo. La asistente de la reina es el último filtro de cordura. No solo es Danayher quien necesita una sombra leal a su lado, también el reino. Y esa sombra deberías ser tú, Eira.

No entendía qué había hecho para ganarme su favor, ni por qué abogaba por mí, pero en aquel momento no me lo cuestioné. Sentí la congoja retorciéndose en el pecho y pronuncié las siguientes palabras con voz lastimera:

—Es difícil ser su sombra cuando evita estar cerca de mí.

«Y cuando ya ha decidido a quién quiere a su lado».

Formó un pequeño mohín con los labios antes de curvarlos en una sonrisa triste.

—No creo que te evite. Tal vez te acostumbró a una cercanía que no era propia de su posición y ahora está enmendando ese error.

Extendió la mano y me acarició con ligereza la mejilla. Sentí un calor en la piel que no se debía al roce de sus dedos, sino a la humillación de percibir de forma tan flagrante su lástima.

—Danay siempre ha sido el centro. —Se paseó por la pequeña sala con pasos lentos—.

No porque ella lo impusiera, sino porque así se había establecido.

Madre decía que eso evitaba conflictos. Cuando cada pieza acepta su posición, el conjunto se sostiene sin fricciones.

La reina es el núcleo al que el resto se aferra, y mi hermana fue criada para eso. Para ser el punto al que todo vuelve.

El dedo de Therenya se deslizó por los bordes de cristal rajado, sin llegar a cortarse.

—Pero eso no hace que deje de ser humana.

Es capaz de sentir fascinación y también de dejarse llevar por ella.

Hubo una temporada en la que se encaprichó con una de las chicas del servicio.

Tendría unos catorce años. —Una leve exhalación, casi la sombra de una sonrisa—.

La siguió durante días. Se sentaba con ella en sus ratos libres y le hacía preguntas para conocerla más.

»Durante un tiempo, todo giró en torno a eso.

Comía en el comedor del servicio y se escapaba de las lecciones.

Pero cuando dejó de interesarle, volvió exactamente al mismo punto.

La otra chica no. Todavía recuerdo las miradas lastimeras que lanzaba a Danay cada vez que se cruzaban.

Lo mismo sucedió con Celharine. De niñas eran inseparables, pero su vínculo se enfrió cuando llegó Ysolde.

—¿Por eso Danayher había permitido que Celharine muriese sin importar que fuese su amiga de la infancia?

¿Con tanta facilidad olvidaba la princesa?

—. Y ahora ya ves, a ella también la mantiene lejos de la Corte Cisne, enfrascada como está en tareas diplomáticas.

La atención no es lo mismo que el desplazamiento.

El eje puede inclinarse, pero nunca abandona el centro.

La frase se asentó con una familiaridad incómoda. Algo en la cadencia, en la manera de cerrarla, resonó en mi interior. La misma estructura. La misma manera de reducirlo todo a una única lógica. Durante un instante, vi otra sala. Escuché otro idioma. Otra voz.

La que ocupaba gran parte de mis pesadillas.

—Incluso como Mariposa, hay distancias que jamás podrás recortar. Las reinas no aman. Las reinas poseen. Y tú no eres una excepción, Eira. Cuanto antes entiendas esa realidad, menos sufrirás aquí.

Amor.

La palabra quedó suspendida entre nosotras sin que yo la reconociera como propia.

No comprendía qué había llevado a Therenya a sacar esas conclusiones, de igual forma que tampoco lograba encontrar sentido al dolor que me produjo la realidad que había plasmado, en la que no había cabida para sentimientos, solo una jerarquía de la que ya se me había excluido.

El recuerdo de las manos de Danayher sosteniendo las mías no tardó en imponerse sobre cualquier otro pensamiento.

Evoqué su aliento rozándome la oreja. Las sonrisas pícaras.

Lo único que me quedaba era observar a Danayher desde la distancia, como la doncella que Therenya había mencionado, hasta que me pidiera que me marchara.

¿En qué momento había empezado a esperar algo diferente?

En Aesnovar, incluso cuando el Gran Príncipe había decidido convertir mi existencia en una lección cruel, había existido una dirección hacia la que me veía empujada. Una forma de ser reconocida, aunque fuera como objeto de corrección.

En Eakheral no me quedaba nada. Solo silencios y miradas que evitaban posarse en mí.

Había dejado de ser el punto de atención que inclinaba el eje.

Me había convertido en un miembro irrelevante de su Corte.

Y aquellas personas que no ocupaban un papel definido no se sostenían dentro del sistema.

No había inercia que las protegiera, ni estructura que las mantuviera en pie.

Si nunca había tenido un lugar en Eakheral, debía recuperar el que Aesnovar me había ofrecido antes de que fuese tarde.

Aunque ese lugar fuese a los pies del Gran Príncipe.