Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Entonces encontré una sección sin identificación.

Una anomalía tan minúscula que estuve a punto de pasarla por alto.

Los pergaminos eran tan pequeños que más bien merecían el nombre de «nota».

Tomé la primera y leí: «Evita nuevas interferencias.

La situación ya ha requerido demasiadas correcciones».

Cogí con rapidez la segunda, con el corazón adquiriendo un ritmo cada vez más acelerado. «Confío en que se elimine cualquier rastro de traición antes de la elección final». Una tercera rezaba: «Una lesión no debe alterar el calendario previsto». Estaba claro que hablaban de Xytherel.

No obstante, lo que hizo que mis dedos se quedasen rígidos en torno al papel no fue el contenido de esas misivas. Fue la letra. Reconocí aquella caligrafía ligada, de trazos curvos y altos. La había visto antes. En la página de un libro.

Tres traiciones para Elyndor .

La hoja me tembló ligeramente entre los dedos.

«¿Qué corona pesa más, la que se lleva o la que se desea?», había escrito una joven Danayher al final de la segunda historia.

Sentí que el mundo se balanceaba.

No. No podía ser.

Bajé la vista de nuevo hacia la hoja, buscando alguna diferencia que hubiera pasado por alto. Algo que demostrara que estaba equivocada.

La letra seguía siendo la misma.

Durante semanas había buscado una mano oculta detrás de los sabotajes. Nunca había contemplado la posibilidad de que la respuesta fuese tan sencilla.

Danayher.

Recordé el momento en que Perfeccionismo había evidenciado haber participado en aquella manipulación antes de ser expulsada. Pensé que la princesa había estado demasiado enfadada como para reaccionar cuando, en realidad, la falta de emoción se había debido a que ya lo sabía.

No había ninguna confabulación para colocar a una candidata en un puesto ventajoso. Solo se trataba de la heredera asegurándose de que la aspirante seleccionada era aquella que quería a su lado.

Pero ¿para qué representar aquella farsa? Era la futura reina, podría haber elegido a quien quisiera como su Mariposa.

Entonces un nombre me acudió a la mente, como si alguien me lo hubiese susurrado al oído.

Caelion.

Él era quien había recomendado a Inseguridad, y una velada rodeada de los nobles de Eakheral me había bastado para entender que su palabra jamás habría bastado.

No importaba cuánto apreciara Danayher a su amigo, para la mayoría de la Corte Cisne seguía siendo un bufón extravagante.

Si la princesa hubiera fundamentado su decisión en aquella opinión, los clanes la habrían cuestionado.

En cambio, si conseguía que Inseguridad superase una selección de once aspirantes… Nadie podría dudar de su legitimidad.

Sin embargo, ¿por qué incluir a Celharine, su amiga de la infancia, en la selección? No creía que la tristeza que había mostrado tras su muerte hubiese sido fingida. ¿Quizá había sido un error de cálculo? ¿Tal vez alguien había actuado al margen de sus órdenes?

Sentí que el despacho se volvía más pequeño. Se me aceleró la respiración.

Me negaba a creer que Danayher hubiese sido capaz de condenar a Celharine. Aunque, ¿no había estado a punto de morir también Xytherel? Me alegré de haberla animado a huir. Si hubiese confesado sus sospechas a la heredera…

Volví a bajar la mirada hacia la última nota y esa vez su significado sí llegó a traspasarme. «Confío en que cualquier rastro de traición sea eliminado antes de la elección final».

Traición.

Mayrah.

Dejé las notas con todo el cuidado que me permitieron los dedos temblorosos y lancé una última mirada a la habitación para asegurarme de no haber trastocado aquel orden enfermizo.

Eché a correr en cuanto escuché el chasquido de la cerradura tras girar la llave.

Las aspirantes estaban ya sentadas en la mesa y me disculpé entre murmullos bajo la atenta mirada de la Maestra.

Los criados comenzaron a servir los platos y bastó con mover mi silla hacia atrás cuando iban a llenar el de Empatía para que parte del contenido de la bandeja acabase derramándose sobre su vestido.

La aspirante se apartó de golpe, tocando la tela empapada con una exclamación ahogada.

El sirviente se deshizo en disculpas mientras yo me ponía de pie.

—Lo siento mucho —farfullé—. Deja que te acompañe a cambiarte.

Empatía alzó la vista y pude ver el estallido de rabia que hizo que comenzase a articular una negativa. Detuvo los labios, sin embargo, al ver la intensidad con la que la estaba mirando.

—De acuerdo.

Permitió que la sujetase del brazo y la condujese por los corredores, alejándonos cuanto podíamos del comedor al tiempo que la conversación se reanudaba a nuestras espaldas. Tras un par de giros, Empatía tiró del brazo para soltarse.

—¿Se puede saber qué ha pasado?

Su irritación era genuina. No era descabellado que pensase que me habían descubierto en el despacho de la Maestra. Le entregué la llave con rapidez, obligándola a cerrar la palma con la otra mano.

—Van a por ti.

La reacción no fue la que esperaba. No vi asomo de sorpresa o de incredulidad. Era como si aquella posibilidad hubiera estado esperando en algún rincón de su cabeza desde hacía tiempo.

—¿Qué encontraste exactamente?

Le expliqué cuanto había visto. Las notas.

Las alusiones veladas a las candidatas. La caligrafía de Danayher…

A medida que hablaba, la expresión de Empatía se volvía cada vez más sombría.

Y entonces la comprensión se me asentó en el estómago con un peso desagradable.

Ella no necesitaba ser elegida. No iba a poner su vida en riesgo por las simples pretensiones de convertirse en Mariposa.

En lugar de buscar una manera de protegerse, estaba ideando un plan de huida.

Lo vi en sus ojos con una claridad imposible de confundir. Había visto aquella mirada antes. En Xytherel. En Avarne.

Pero si Empatía se marchaba, solo quedaríamos Inseguridad y yo. Y eso significaba que todavía tenía tiempo. Me necesitaban para interpretar el número final.

No habría una selección si solo quedaba una candidata.