Capítulo 38
H abía bastado con observar desde lo alto de la escalera a quienes transportaban la comida de las bestias para descubrir dónde mantenían encerrado al colmillo de escarcha.
Luego solo tuve que esperar hasta la noche, cuando el palacio estaba sumido en una calma engañosa.
La mayor parte de la actividad se concentraba en las cocinas, las dependencias del servicio y los puestos de guardia.
En cambio, la enorme hondonada en la que se ubicaba el patio de armas se encontraba silenciosa bajo la luz de la luna.
Desde arriba parecía una cicatriz abierta. Las terrazas escalonadas emergían de la oscuridad como gradas vacías. Me detuve unos instantes en uno de los niveles superiores, desde donde distinguí las siluetas de dos soldados que conversaban en voz baja apostados cerca de la entrada principal.
Descendí aprovechando las zonas más oscuras. La jaula estaba apartada del cercado donde se encontraban los demás ejemplares, junto a la pared rocosa que se elevaba en vertical sobre ella.
Noté que algo se tensaba dentro de mí al reconocer los dos puntos que brillaban en la oscuridad. Los ojos del animal estaban fijos en mí. No obstante, fueron los barrotes los que me impidieron avanzar.
Mi respiración se volvió más superficial mientras los contemplaba. Recordaba demasiado bien la impotencia de depender por completo de decisiones ajenas. Me dije que aquella vez yo estaba al otro lado. Que aquella vez era libre.
Pero ¿lo era?
Volví a sentir el hambre, el olor de la celda, la certeza de que iba a quedarme allí hasta que muriera.
El colmillo de escarcha avanzó el mismo paso que yo retrocedí. Su respiración era lenta y profunda. No apartó los ojos de mí y yo tampoco fui capaz de quitar los míos de él.
Avarne me había dado esa información porque quería que comprobase por mí misma aquella absurda historia sobre bestias obedeciendo órdenes. Intenté buscar en él algo que me permitiese creer que podía ser cierto, pero solo encontré un depredador. Uno enorme. Uno que de pronto enseñó los dientes.
El rugido estalló con tanta fuerza que sentí la vibración en los huesos.
Antes de que pudiera reaccionar, el colmillo de escarcha se lanzó contra los barrotes.
Retrocedí de forma instintiva, con el corazón amenazando con estallar.
Pese a que era consciente de que el ruido podría atraer a los soldados, fui incapaz de moverme.
El animal continuó observándome desde el otro lado de la jaula.
Aquella noche soñé con esos ojos.
* * *
Quizá fueron ellos los que me dieron el arrojo para volver dos noches después, o tal vez solo quería que dejasen de perseguirme cada vez que cerraba los míos.
Había intentado convencerme de que aquello era una estupidez.
De que la doncella se equivocaba y me había condenado a perseguir un espejismo cuando tenía problemas mucho más urgentes que resolver.
Sin embargo, mientras avanzaba por los pasillos vacíos del palacio, comprendí que no había sido capaz de dejar de pensar en la conexión imposible que había sentido con el lobo.
También había visto imágenes al mirar en los ojos de Sahr, el colmillo de escarcha de Danayher, y se me acababan las excusas con las que poder explicar la conexión entre ambos sucesos.
La adrenalina comenzó a recorrerme incluso antes de llegar.
El colmillo de escarcha estaba despierto y sus ojos volvieron a encontrar los míos de inmediato. Tuve que obligarme a seguir avanzando pese al escalofrío que me recorrió la columna. Mis costillas se convirtieron en barrotes para mi corazón, que amenazaba con escapárseme del pecho.
Cada parte de mí quería alejarse y precisamente por eso continué.
Recordaba lo que había sentido con el lobo: necesidad. La certeza de que, si fracasaba, moriría, y Danayher conmigo. Lo que me había llevado a interponerme entre ella y la bestia había sido una desesperación absoluta que había obligado a todo lo demás a desaparecer.
Extendí la mano y sus pupilas rajadas parecieron seguir el movimiento de los dedos temblorosos. Tragué saliva y la colé entre los barrotes.
Me convertí en la presa.
El gruñido llegó de inmediato desde lo más profundo de su pecho. Vi cómo los músculos de sus hombros se tensaban. El instinto me pidió apartarme, pero me obligué a permanecer quieta. Como con el lobo, se trataba de elegir qué miedo era más fuerte.
Y yo tenía pánico a seguir engañada.
El colmillo de escarcha se agazapó, preparándose para saltar. Apenas podía respirar, de modo que la palabra no llegó a abandonarme la boca. Solo se materializó en mi mente cuando el animal se impulsó sobre las patas traseras.
«Detente».
El colmillo de escarcha se quedó inmóvil, como si hubiese chocado contra una pared invisible. Observé la distancia que separaba sus fauces de mis dedos.
El miedo regresó con más fuerza. Solo que, esta vez, no iba dirigido al animal, sino a mí misma, a lo que era capaz de hacer.
Y a las represalias que podría traerme que otros llegasen a descubrirlo.
El Emperador y el Gran Príncipe me habían mantenido lejos de cualquier conocimiento sobre mi raza.
Mi padre seguramente también había sabido cuáles eran mis capacidades una vez comenzaron a crecerme las alas.
Habían decidido que el desconocimiento sería la mejor arma contra mí, pero Danayher, en su lugar, había optado por proporcionarme acceso a mi pasado. Solo que sesgado a su conveniencia.
Durante semanas me había aferrado a la idea de que me había ocultado aquella información para protegerme.
Era una explicación cómoda. Incluso generosa.
Sin embargo, mientras contemplaba al colmillo de escarcha quieto frente a mí, comprendí que había tratado aquel asunto como una cuestión de confianza entre nosotras cuando no lo era.
Los colmillos de escarcha no eran simples bestias.
Eran las monturas del ejército real. Una parte del poder militar de Eakheral.
Si yo podía imponerles mi voluntad, también podía volverlos contra quienes los montaban.
Y eso me convertía en una amenaza para el reino.
Danayher no había tomado aquella decisión como mujer.
La había tomado como futura reina.
* * *
Empatía estaba esperándome apoyada contra la pared del pasillo de nuestros dormitorios. Al verla, permití que me siguiera de vuelta al interior de mis aposentos y cerrase la puerta.
Extrajo una pequeña llave de entre los pliegues de la manga y me la depositó en la mano.
—La necesito de vuelta antes de la quinta hora de la tarde.
Más te vale asegurarte de que lo que vayas a hacer ahí dentro no me involucre.
—Sonó mucho menos resignada que la última vez que la había visto.
Había irritación genuina bajo las palabras—.
He tenido que pedir muchos favores para conseguirla.
Tomé la llave entre las manos.
—Las respuestas que encuentre nos ayudarán a ambas.
—La selección me da igual, Eira. Solo quiero que, si esto sale mal, no me arrastres contigo.
La dureza de sus palabras contrastaba con el nerviosismo que intentaba ocultar. No podía culparla por estar asustada. Yo misma empezaba a sospechar que la diferencia entre valentía y estupidez era mucho más pequeña de lo que había creído.
Y, en Eakheral, mucho más letal.
Antes de marcharse vaciló un instante.
—Sea lo que sea que estés buscando, espero que merezca la pena.
«Yo también».
Se alejó por el pasillo hasta desaparecer tras una esquina. Solo entonces abrí la mano y contemplé de nuevo la llave.
Era sencilla y discreta. Como muchas cosas peligrosas.
Pasé un par de horas observando con discreción los movimientos alrededor del despacho de la Maestra. Cuando finalmente la vi abandonar la sala para acudir al almuerzo, sentí el pulso acelerarse.
El despacho se encontraba en una zona relativamente tranquila de la torre, pero eso no significaba que estuviera desierta.
Varias personas cruzaban los pasillos cercanos y, aunque ninguna parecía prestarme atención, tuve la incómoda sensación de que todos podían leer mis intenciones con solo mirarme.
Cuando llegué a la puerta, descubrí que había apretado con tanta fuerza la llave que me había dejado marcado su contorno en la palma.
La introduje en la cerradura y cogí aire al escuchar el chasquido del mecanismo.
Disponía de poco tiempo antes de que empezaran a preguntarse el motivo de mi ausencia en la Sala de Aspirantes.
El despacho era más austero de lo que esperaba.
Después de tantos meses viendo a la Maestra moverse por la Corte Cisne como una figura casi omnipresente, había imaginado una estancia cargada de muebles ostentosos o algún indicio visible de la influencia que ejercía sobre el servicio a su cargo.
Sin embargo, lo que predominaba no era la autoridad, sino el orden.
Una gran mesa ocupaba el centro de la estancia. Sobre ella descansaban varios montones de documentos clasificados con una precisión casi obsesiva. Incluso el tintero y las plumas parecían colocados siguiendo algún criterio invisible pero inquebrantable.
Comencé por ahí, revisando la correspondencia más reciente. La mayoría eran asuntos administrativos: listas de suministros, peticiones de personal, horarios de actos, informes sobre necesidades de las aspirantes. Nada que justificara el riesgo que estaba corriendo.
Pasé a los cajones. Más documentos. Evaluaciones del profesor Halvar. Anotaciones sobre protocolos.
La frustración empezó a crecer.
Comencé a revisar los estantes que cubrían las paredes, llenos de archivos e informes etiquetados con una letra impecable. Había registros de décadas enteras de formación en la Corte. Informes sobre candidatas anteriores. Correspondencia diplomática. Inventarios.