Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

A varne, la doncella que pertenecía a mi raza, entró con cuidado en mi habitación.

Puesto que estaba asignada a la sección del servicio encargada de las prendas de la familia real y de las aspirantes, habíamos ideado un sistema de comunicación al comprender que depender de encuentros casuales era demasiado arriesgado.

No era nada sofisticado. Bastaba con pedir pequeños ajustes para mis prendas o señalar que alguna parte se había descosido.

Tarde o temprano mis comentarios llegaban a sus oídos.

La doncella cerró la puerta tras de sí.

—No puedes abusar de esto. Empiezan a preguntarse por qué tus vestidos necesitan tantos retoques. Con nuestro parecido físico es cuestión de tiempo que saquen conclusiones.

Me dejé caer en la cama.

—No creo que importe. En unos días la competición habrá acabado.

Aquello pareció desarmar parte de su enfado.

—¿Por la selección? —preguntó en un tono mucho más suave.

Asentí. Avarne tomó asiento junto a mí en el colchón. Desde mi posición podía apreciar en su rostro un deje de preocupación.

—Hay mucho secretismo en los pasillos —comentó—. Ni siquiera al servicio nos han dicho qué sucederá en el evento, pero es algo más grande que el simple anuncio de quién será la Mariposa, Eira.

Me incorporé para poder mirarla directamente a los ojos.

—Necesito que me ayudes.

No hubo necesidad de aclarar con qué. La tensión de sus músculos evidenció que sabía a qué me refería, aunque fue su ceño el que me dio la respuesta antes que sus labios.

—Eira…

—Sé que la Maestra está detrás.

El silencio fue la reacción más reveladora de todas.

Avarne cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos parecía agotada. No como alguien atrapado en una mentira, sino como alguien cansado de cargar con ella.

—No puedo ayudarte.

—¿Por qué?

Una sonrisa amarga le cruzó fugazmente el rostro.

—Porque no tengo poder para desentenderme de este sabotaje.

—Antes de que pudiera formular ninguna pregunta, continuó—: ¿Recuerdas la copa?

Cuando la Maestra me envió a ver a Milenka, intenté hablar con ella.

Le dije que no me parecía bien lo que estaba sucediendo.

—Aunque ya hablaba en susurros, su voz descendió todavía más—.

Que ya era bastante grave seguir eliminando aspirantes como para obligarme a participar.

Como castigo, me enviaron a mí al salón.

Me expusieron ante decenas de ojos, aunque eso me pusiese en peligro.

Tardé un momento en ser capaz de hablar.

—¿Has dicho «eliminando»?

La pregunta pareció incomodarla. Durante un momento contempló la ventana, como si valorara cuánto debía contarme.

—La Maestra vertió todo el vial, aunque el tónico estaba pensado para varios usos. En esa alta dosis, podía ser mortal. Si esa muchacha solo se desmayó, es porque debió de tomar poco.

Por un instante, mi mente quiso seguir aferrándose a la versión de los hechos que había aceptado hasta entonces: una aspirante indispuesta, una copa adulterada, un desmayo oportuno. Solo cuando la doncella me sostuvo la mirada me enfrenté a la realidad.

No habían buscado perjudicar a una candidata en una de las pruebas. Habían intentado eliminarla de la competición por completo.

Sentí una punzada desagradable en el estómago, si bien no podía decir que me hubiese pillado desprevenida. Solo había necesitado unas semanas en la Corte Cisne para comprender que el asesinato no era algo que se reservase para el Imperio.

No obstante, por mucho que Perfeccionismo nunca hubiera despertado en mí simpatía, no me parecía el tipo de persona capaz de arrebatar la vida a otra a sangre fría.

—¿Averelle sabía qué contenía esa copa?

Avarne negó con la cabeza.

—Imaginó que no era una bebida normal cuando se la ofrecí, de modo que intentó que otra cayera en la trampa.

Como hiciste tú. —Soltó un suspiro—. Fue útil durante un tiempo.

Recibía instrucciones y las ejecutaba. Hasta que empezó a hacer preguntas al comprender que no era a ella a quien querían beneficiar.

—Necesito saber quién es la favorecida —pedí con una repentina urgencia.

Cerró la mano en torno a mi muñeca con tanta fuerza que temí que sus dedos dejasen marcas en mi piel pálida.

—¿Es que no has escuchado lo que acabo de decir?

Te matarán. Lo único que te ha protegido hasta ahora es la distancia que Danayher ha interpuesto entre vosotras.

—Me quedé helada. ¿Ese era el motivo por el que la princesa se había alejado?

La pregunta quedó en el aire cuando me tiró del brazo y me acercó el rostro—. No tienes posibilidades, Eira.

«Sí. Si descubro quién está detrás, Danayher me recompensará. Al final, la última decisión la tiene ella».

No expresé el pensamiento en voz alta. Aunque fuese contra su voluntad, Avarne estaba íntimamente implicada, y su supeditación a la Maestra podía ser un impedimento para el plan que había elaborado tras la conversación con Xytherel.

Solo necesitaba saber con quién de las dos, Empatía o Inseguridad, podía contar para ejecutarlo.

Posé una mano sobre la que todavía me sujetaba, ejerciendo presión con suavidad para que aflojase su agarre.

—No voy a rendirme sin intentarlo.

Parecía debatirse entre seguir tratando de convencerme o aceptar la inutilidad del esfuerzo.

—Velhyra —dijo tras soltarme y apartar la mirada.

Inseguridad.

Pensé en la falta de entusiasmo tras haber tenido el privilegio de pasar un día con Danayher. La tensión en los hombros. La expresión angustiada que había mostrado al escuchar que la decisión estaba próxima. Nada de eso encajaba con la imagen de alguien a punto de obtener lo que deseaba.

—Entonces ¿por qué parece tan desgraciada?

Avarne se puso en pie.

—Porque no todo el mundo quiere convertirse en la herramienta de otra persona.

La respuesta me recordó demasiado a mí misma. Demasiado al Gran Príncipe. Demasiado a todo lo que intentaba dejar atrás.

Cuando volvió a hablar, lo hizo desde la puerta.

—He oído otra cosa. Dos machos de colmillos de escarcha pelearon hace unos días. Tienen a uno de ellos aislado en una jaula por las noches. Sin vigilancia.

No necesitó decir más. Comprendí de inmediato la intención tras sus palabras. Una oportunidad para confirmar que había interferido en las acciones de aquel lobo.

La doncella agarró el pomo.

—Todavía podemos marcharnos, Eira.

«¿A dónde?», quise preguntarle, pero desapareció por el pasillo.

Yo permanecí inmóvil mucho tiempo después de que se hubiera ido, observando el espacio vacío que había dejado tras de sí. Nunca había usado el plural.

* * *

Encontré a Empatía en una de las galerías cerca de los dormitorios. La luz de la tarde atravesaba los arcos y le dibujaba franjas pálidas sobre la piel. Estaba sola, apoyada en la balaustrada de piedra mientras observaba a varios sirvientes cruzar las pasarelas que conectaban las torres.

—Necesito un favor.

Volvió la cabeza hacia mí.

—Eso suena preocupante.

—Necesito entrar en el despacho de la Maestra.

Me miró como si hubiera perdido el juicio. El rechazo llegó antes de que terminara de exponer mi idea.

—No. Y no insistas. —Devolvió la mirada al exterior—. Si quieres colarte en el despacho de una de las personas más poderosas de la Corte Cisne, prefiero no conocer los detalles.

Había previsto su respuesta. Empatía llevaba toda la selección caminando con pasos cuidadosos. Había aprendido a medir cada palabra, cada gesto y cada alianza. No era la clase de persona que se lanzaba voluntariamente hacia un problema.

—La ventaja que está consiguiendo Velhyra también te afecta.

—¿A mí? —Soltó una sonrisa sardónica—. Yo no tengo ninguna posibilidad de salir elegida. Sé que conoces la historia de los Yssen. Una de las damas que acompaña a la señora Odhalis me dijo que estuviste hablando con ella sobre el tema.

Puse los ojos en blanco. Por supuesto, en la Corte Cisne no había cabida para los secretos.

—El criterio de Danayher no se rige por lo que otros creen. Si ella te eligió, es porque vio algo en ti que…

—Es porque ella sabe lo que pasó en realidad —me interrumpió.

Fruncí el ceño. Empezaba a cansarme de las capas de medias verdades que se apilaban en aquel palacio.

—¿Qué quieres decir?

Empatía suspiró y se volvió hacia mí, apoyando la espalda en la columna que enmarcaba el ventanal.

—Mi tío no traicionó a la reina. Durante la Rebelión de los Nueve Sellos, la situación era mucho peor de lo que aparece en los registros.

La reina había aceptado retirar los edictos, pero sabía que no bastaría para detener a quienes se habían levantado contra ella.

Además, las concesiones que permitían aplacar su descontento habrían enfurecido a quienes le habían sido fieles.

—Recordé las palabras de la señora Odhalis: «Movió hilos para permitir que quienes habían desafiado a la reina conservaran sus cargos»—.

Si las hubiera hecho públicas, sus aliados se habrían sentido traicionados.

—Y si no lo hacía, corría el riesgo de perder el reino. —Asintió—. Así que tu tío…

—Asumió la culpa. Se presentó como el responsable de las negociaciones.

—¿La reina se lo pidió?

—No. —La respuesta llegó sin vacilar—. Lo hizo por iniciativa propia.

Había solo un puñado de motivos que llevarían a una persona a actuar así, y algo en su voz me hizo sospechar a cuál de ellos se podía atribuir aquel acto heroico.

—¿La amaba?

Empatía volvió a mirar por la ventana. El viento agitó ligeramente los pliegues de su vestido blanco.

—La gente prefiere la historia de la traición. Es más sencilla.

Podía entenderlo. A los humanos les cuesta comprender las escalas de grises; prefieren ceñirse a la condena o al engrandecimiento. Un hombre ambicioso suscitaba menos preguntas que uno dispuesto a destruir su reputación para proteger a otra persona.

—¿Danayher sabe eso?

Empatía se rio.

—Lo sabe todo.

Pensé una vez más en aquella maldita cita. «Quien traiciona por amor no compromete su lealtad, se la entrega a un nuevo dueño».

—Y ahora que ya conoces la historia completa —añadió aún sin mirarme—, sigo sin pretender ayudarte.

Avancé hacia ella hasta apoyarme a su lado en la balaustrada. Pese a que no había querido recurrir a las amenazas, no me había dejado otra opción.

—Me debes un favor.

Eso sí consiguió que me devolviese la atención, si bien lo hizo con una ceja enarcada y las comisuras de la boca apuntando al suelo.

—No te debo nada.

—Puedo pensar en una persona que no estaría de acuerdo.

Empatía se quedó inmóvil. No necesité hacer una alusión directa a Obediencia. La expresión de su rostro confirmó que estaba reviviendo el día en que Obediencia estaba recogiendo sus cosas para irse de Eakheral y yo las había encontrado juntas.

—Eira…

Usó el mismo tono que entonces. Cuando me había pedido con urgencia fingir que no había visto nada.

No estaba segura de que en la familia Yssen viesen con buenos ojos lo sucedido: Empatía era la última descendiente de su linaje.

Sin embargo, tenía la certeza absoluta de que, si un rumor así llegaba a la Confederación de Kharrûn, podía costarle la vida a Obediencia.

A diferencia de Eakheral, allí no toleraban ese tipo de relaciones.

Aunque su romance hubiese sido breve, sabía que Empatía jamás dejaría abierta la posibilidad de perjudicarla.

—Ayúdame a entrar en ese despacho y no volveré a usarlo en tu contra. Por favor.

Durante un momento nos observamos en silencio. La resignación apareció en sus ojos verdes antes incluso de que respondiera.

—Voy a arrepentirme muchísimo de esto.