Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 36
81%

Capítulo 36

E l almuerzo transcurrió entre conversaciones dispersas y una tensión que se había vuelto habitual a medida que la selección se acercaba a su final.

—¿Es cierto que la acompañaste a todas sus reuniones? —preguntó Empatía.

Inseguridad asintió sin demasiado entusiasmo.

—Fue un día agotador. Se me cerraban los ojos mientras la ayudaba a prepararse para acostarse.

Registré en la mente esa información. Podía estar mintiendo, como imaginaba que había hecho Perfeccionismo al decir que había visitado la Cámara de la Princesa, pero su tono monótono me resultó más genuino que el que había utilizado nuestra antigua oponente para pavonearse.

No era ningún secreto que en los últimos días Danayher había mostrado una preferencia por Inseguridad. Lo que me sorprendió fue que ella no pareciese satisfecha.

—Tienes la cara de alguien que acaba de recibir malas noticias —comenté.

—Quizá porque no todo el mundo considera esa prueba un premio.

Las cejas de Empatía se arquearon con preocupación.

—¿Tan mal fue?

—No. —Inseguridad bajó la vista hacia su plato—. Solo fue… esclarecedora.

La elección de palabras me llamó la atención.

—Que te haya escogido es un privilegio. Piensa en tu familia —dijo Empatía con una sonrisa sincera—. Deben de estar encantados. Es la recompensa a su esfuerzo por conseguir que te recomendaran a la princesa.

Inseguridad se tensó visiblemente.

—Sí. Mi familia quería que tuviera una oportunidad.

La respuesta fue tan seca que la conversación se apagó de inmediato, a diferencia de mis pensamientos.

Recordé el ataque de Perfeccionismo en la entrega de regalos a Danayher. Había acusado a Inseguridad de haber recibido ayuda de Caelion para elegir el suyo.

—¿Fue Caelion? —pregunté de forma directa. Solo quedábamos tres aspirantes sentadas a la mesa. El tiempo de las sutilezas había terminado—. ¿Él te recomendó?

Inseguridad asintió sin levantar la mirada de su plato.

Antes de que pudiera indagar más sobre el asunto, la Maestra de Aspirantes reclamó nuestra atención con un carraspeo.

—Tengo un anuncio para vosotras. —Su expresión parecía más satisfecha de lo habitual—. En unos días se celebrará una recepción extraordinaria. Allí, Su Alteza presentará ante la Corte Cisne a su Mariposa.

Empatía ahogó un grito. Inseguridad se removió en su asiento. Yo me quedé inmóvil.

«Unos días». Salvo que algo cambiase, eso era cuanto me quedaba en la Corte. Tras ese evento, no volvería a contemplar el rostro de Danayher.

Era irónico que la idea me atormentase con más fuerza que la posibilidad de volver a estar ante el Gran Príncipe.

Me giré instintivamente hacia la lista donde la Maestra actualizaba las actividades diarias de cada aspirante. Repasé cada línea sin necesidad de forzar la vista.

Eira.

Mayrah.

Velhyra.

Y Xytherel.

Observé su nombre unos instantes, con el murmullo de Empatía e Inseguridad de fondo. Pese a lo ocurrido, continuaba formando parte de la selección. Lo que significaba que aún éramos cuatro.

Sabía que no era prudente poner a una de ellas en mi contra, pues no tenía la certeza de cuál era aquella a quien pretendían favorecer. No obstante, era más peligroso seguir actuando con pasividad cuando todo aquello que me permitía quedarme en Eakheral se desmoronaba a mi alrededor.

Solo una de nosotras iba a conseguir ese puesto.

Y tenía que ser yo.

* * *

Tras preguntar al servicio, descubrí que la Corte Cisne reservaba habitaciones próximas a la enfermería para que los nobles que requerían reposo prolongado pudiesen descansar lejos del bullicio de las residencias principales.

Xytherel se encontraba en una de ellas.

La ventana estaba cubierta con una cortina tupida para evitar que entrase el calor de la tarde y varios libros descansaban sobre una mesa cercana.

Arqueó las cejas al verme entrar.

—Eira —pronunció mi nombre con evidente sorpresa.

Parecía encontrarse bien, aunque uno de sus brazos estaba inmovilizado por una férula ligera.

—¿Cómo te encuentras?

—Aburrida.

La respuesta me arrancó una sonrisa involuntaria.

—Podría ser peor.

—Eso es lo que todo el mundo me repite.

El hecho de que pusiese los ojos en blanco hizo que se me ensanchara la sonrisa.

Solo podía verla como una oponente, más aún después de haber comprobado que seguía formando parte de la selección; aun así, de igual forma que nunca había sentido simpatía por aspirantes como Ambición, Reputación o Perfeccionismo, Xytherel me despertaba sentimientos contradictorios.

Tal vez fueron dichos sentimientos los que me llevaron a tomar asiento junto a su cama. O quizá fue la contradicción la que hizo que me inclinara hacia ella para susurrar:

—Lo que sucedió con el caballo… Pusieron puntas metálicas bajo la manta para que se clavasen en el lomo del animal al subirte. No fue un accidente.

Una sonrisa amarga le apareció en los labios.

—Lo sé.

Eso provocó que fuese yo quien la mirase con extrañeza. Xytherel se recostó en las almohadas con un largo suspiro y, durante un momento, mantuvo la mirada clavada en el techo.

—No conozco los detalles de lo sucedido —explicó cuando sus ojos, oscuros como la mancha que le cubría parte del rostro, se centraron en mí—, pero sí sé quién lo provocó.

Si hubiera reaccionado antes, no estaría aquí tumbada.

Pero esa es mi condena. Llegar siempre un latido tarde, como si el mundo respirase más rápido que yo.

—Soltó un bufido y su sonrisa tensa desapareció—.

Estoy segura de que es lo que Danayher escribió en mi sobre, en la primera prueba.

—No creo que esa sea tu debilidad —confesé con sinceridad. A decir verdad, no había logrado descubrir cuál era—. Si has conseguido destapar quién está detrás de esta farsa, ya vas por delante de muchos.

Incluso de mí.

Negó con la cabeza. Parecía muy cansada.

—Desconozco quién está detrás. Es un entramado con varias capas, como todo en esta Corte. Lo único que sé es que la Maestra está amañando la selección, y que descubrirlo es lo que me ha traído aquí.

Señaló la habitación con un gesto vago.

Aquella información no me provocó una reacción extraordinaria. Era una sospecha sostenida en cada vez más fundamentos, si bien confirmarla se sentía distinto. Asfixiante.

Después del asesinato de Celharine, había resultado evidente que quien pretendía manipular la selección carecía de escrúpulos, pero tener ante los ojos las consecuencias de haber indagado demasiado era una llamada a la prudencia.

—Pensé en decírselo a Danayher, pero… —Torció el gesto—.

Es delicado. No estoy segura de cómo se tomaría semejante acusación.

—Conocía esa duda. Xytherel tenía tanto que perder como yo si la enviaban de vuelta a casa—.

Si te lo he contado a ti es porque has sido sincera sobre lo que ocurrió —hizo una pausa en la que pareció meditar si debía continuar— y porque creo que corres el mismo peligro que yo.

Me incliné todavía más hacia ella en un acto reflejo.

—¿Sabes a qué aspirante pretenden beneficiar?

—No, pero tengo claro que no eres tú. Reconozco en mí misma la desesperación que veo en tus ojos.

—Se encogió de hombros, como si estuviese hablando de un tema trivial en vez de desnudando mi interior—.

Si supieras que han amañado la selección en tu favor, no tendrías tanta urgencia por quedarte.

—Volvió a suspirar y me miró con los ojos húmedos—.

No sé qué hacer, Eira. Tengo miedo de salir de esta sala y reincorporarme a la competición.

Mi siguiente exhalación salió entrecortada. Por primera vez desde que nos conocíamos, no vi en ella a una competidora.

Solo a una muchacha asustada.

—Deberías marcharte.

Parpadeó.

—¿Qué? Sabes lo que me espera en mi hogar.

«Un hombre que solo sabe comportarse cuando hay alguien mirando». Recordaba sus palabras. Negué con la cabeza.

—Deberías marcharte de Eakheral —aclaré—. Con él.

Xytherel se quedó inmóvil.

—¿Con quién?

—Sabes perfectamente con quién.

Pude ver como, pese al jadeo inicial, estaba barajando la posibilidad. Precisamente porque compartíamos la misma desesperación, sabía que a veces las ideas más disparatadas se convertían en la única salida.

—No esperaba que dijeras eso.

—Yo tampoco —admití con sinceridad.

La confesión le arrancó una pequeña sonrisa, cansada pero sincera.

—Gracias, Eira.

La gratitud de Xytherel dejó tras de sí una incómoda sensación de calidez.

Quise reírme por la ironía de la situación.

Había logrado el propósito de aquella visita; sin embargo, mi intención había sido usar a aquel soldado como extorsión, no como salvación.

Esperaba que él estuviese a la altura de las circunstancias.

«Si les das compasión, te arrancarán los ojos».

Mi padre me había enseñado aquella lección con la misma firmeza que a empuñar un cuchillo. Lo que nunca me dijo era que negársela a todo el mundo tenía un precio.

Porque apartar a cualquiera capaz de herirte también significaba arrancarse partes de una misma.