Capítulo 35
N o hubo un aviso; tampoco una palabra fuera de lugar o un gesto que bastara por sí solo para explicarlo.
No sabía en qué momento había cambiado todo. Ni qué había hecho para provocarlo. Lo único constatable era la distancia, tan presente como si fuera corpórea.
Danayher se había desplazado lejos de donde yo podía alcanzarla.
Evitaba mi compañía. No solo no me invitó a más sesiones en las que consultar los documentos sobre mi raza, sino que continuó sin ofrecerme pasar un día con ella, pese a habérmelo ganado.
Antes, Danayher me sostenía la mirada un instante más de lo necesario, como si evaluara algo que no decía en voz alta. No obstante, en las breves ocasiones en las que habíamos coincidido después, su atención se había deslizado por mí sin detenerse.
Me descubrí repitiendo conversaciones enteras en mi mente, intentando encontrar una frase concreta, una respuesta distinta, algo que pudiera haber virado la dirección sin que yo lo viera.
La posibilidad de que estuviera enfadada por que hubiese acudido a rezar con Therenya era una constante que cada vez cobraba más fuerza. Como si se tratase de una elección propia y no de una petición que no habría podido rechazar sin ofender a una princesa.
Empecé a fijarme en detalles que antes no importaban. El momento exacto en el que apartaba la vista. La forma en que terminaba una frase antes de lo habitual si estaba cerca. El orden en el que nombraba a las aspirantes.
Nada de eso era una respuesta. Pero era lo único que tenía.
Intenté buscar sus elogios y, cuando eso tampoco funcionó, repetí fallos por los que anteriormente había sido amonestada.
Solté una mentira obvia en su presencia, pero la princesa se limitó a seguir la conversación como si mi intervención no hubiera sucedido.
En un ejercicio de escritura, introduje un error evidente en una de las cartas.
Cuando Danayher las ojeó, no dedicó un segundo vistazo a la mía.
Ese profundo vacío me aplastó y tuve que morderme el labio hasta sangrar.
Me odié por necesitar una reprimenda que no llegaba.
Y, aun así, seguí intentándolo.
Con correcciones perfectas. Con silencios adecuados. Con la expectativa ridícula de que, si hacía todo bien, algo volvería a colocarse en su sitio. Al final, la única motivación que quedó fue no darles un pretexto para poder expulsarme. Como si Danayher necesitase uno para imponer sus deseos.
Comencé a recorrer las galerías de los pisos superiores de las torres de palacio, con intención de propiciar un encuentro a solas con Danayher. Al no dar resultado, me dirigí a la hondonada.
Descarté rápidamente la presencia de la princesa desde lo alto de la escalera. Sin embargo, seguí descendiendo escalón a escalón, motivada por una razón muy distinta.
Los colmillos de escarcha.
Me acudió a la mente el nombre que la doncella había usado. Iskarths . Ni siquiera estaba segura de saber pronunciarlo bien, pero intenté replicar el sonido que recordaba y la palabra me hizo cosquillas en la lengua. Era la primera que escuchaba en el idioma de mis padres.
«Los colmillos de escarcha. Las monturas reales.
Si pudieras hacer que se doblegaran a tu voluntad…
». La seguridad con la que había hablado me confundía.
«Si aprendieses a usar ese poder… Eres muy valiosa, Eira».
Nadie me había descrito así antes. Quizá por ese motivo no podía quitarme aquella conversación de la cabeza.
Descendí por las terrazas que conducían hacia la parte baja de la hondonada, con la vista clavada en aquellas criaturas que disfrutaban de la sombra tras el murete de piedra.
No llegué a pisar la arena.
—No puede continuar. —Uno de los guardias avanzó hacia mí con el semblante serio—. La princesa Danayher ha dado orden de que no se acerque a las monturas.
No «las aspirantes».
No «nadie».
Sentí cómo el pulso se me aceleraba, siguiendo el ritmo de mis pensamientos, al tiempo que la comprensión se abría paso entre ellos.
Danayher sabía lo que era capaz de hacer. Y había decidido ocultármelo.
Recordé las páginas faltantes, los párrafos que terminaban en frases inacabadas, y también la justificación que la heredera había dado para dichas omisiones: «A veces, disponer de toda la información es doloroso».
Había limitado cuánto podía conocer sobre mi pueblo y después se había asegurado de que jamás llegara a descubrirlo por accidente. ¿Podía seguir llamando a aquello protección?
Quería creer que sí, pero eso no impedía que me sintiese traicionada.
Todas aquellas conversaciones. Todas las veces que Danayher había medido sus palabras. Las preguntas sin responder. La paciencia calculada con la que siempre parecía observarme.
Lo había sabido desde el principio.
Y yo lo había tenido delante y había sido tan estúpida como para obviarlo. Ella misma había mencionado al lobo. Aquel suceso había sido la confirmación que había necesitado para reconocer mi origen. Igual que la doncella.
Empecé a buscar a Danayher por cada rincón.
La constancia jugó a mi favor y, finalmente, una tarde la encontré en una de las galerías.
La luz entraba en un ángulo que remarcaba el contorno de su figura con una claridad que yo no necesitaba para reconocerla.
Estaba revisando unos documentos, con la espalda apoyada contra una de las columnas.
—Alteza —dije antes de inclinarme en una reverencia.
—Eira.
Mi nombre sonó preciso en sus labios. La palabra justa para permitirme levantarme. Durante un instante, pensé que diría algo, que me preguntaría al menos qué quería. Mi postura indicaba que no había sido un saludo cordial.
Di un paso hacia ella, suplicante, y entonces desvió la mirada hacia una doncella que recorría con rapidez la galería.
Tras responder a la reverencia que le hizo, sus ojos no volvieron a mi rostro, sino que viajaron directamente al documento.
Me quedé allí un patético instante de más, hasta que fue evidente que no iba a recuperar su atención.
No me di por vencida. Quizá hubiera sido mejor.
—¿Alguna de mis acciones o palabras os ha ofendido? De ser así, me gustaría que me dierais la oportunidad de enmendarlo.
No fue tan cruel como para ignorar la apelación directa.
—No hay nada que tengas que cambiar ni reparar —dijo sin mirarme. No cuestionó el motivo de mi pregunta. Era perfectamente consciente de cómo nuestra relación había cambiado—. Esto no depende de ti.
Y con aquella simple frase erradicó toda posibilidad de consuelo o comprensión. Me dejó allí, quieta, sin ser vista. Sin una causa. Sin una reparación posible. ¿Por qué me mantenía en el palacio entonces?
Desde ese momento, empecé a verla de otra manera. No como alguien a quien seguir. No como alguien en quien confiar. No como alguien que pudiera defenderme.
Dejé de esperar momentos favorables. También de buscarlos.
Empecé a escucharla de otra forma. Ya no buscaba lo que podía mejorar. Las palabras que antes podrían haber provocado incluso una sonrisa en el rostro de la heredera habían comenzado a caer sin eco.
Cuanto más tiempo pasaba, menos alternativas me quedaban. La rueda continuaba girando, sin importar quién quedase debajo en la próxima vuelta.
Me di cuenta de lo fácil que era aceptar cualquier distancia cuando existía durante el tiempo suficiente. Lo rápido que el silencio se convertía en norma si nadie lo interrumpía. El poco esfuerzo que suponía para la princesa mantener aquella barrera que había levantado con sus propias manos.
Como si yo fuera la única que seguía recordando una versión de algo que ya no existía.
* * *
Recordaba el camino hasta el comedor del servicio. Parecía que hubiesen pasado años desde que lo había recorrido para indagar sobre el asesinato de Celharine. Y seguía sin saber qué le había sucedido.
En esa ocasión, sin embargo, iba buscando otro tipo de respuestas.
No sabía en qué departamento del servicio estaba asignada, pues la había visto tanto en la lavandería como sirviendo aquella copa en la fiesta y en mi dormitorio. Mi única opción para encontrarla era una zona común.
El lugar cambiaba por completo según la hora. A veces rebosaba ruido y movimiento; otras, quedaba reducido a unas pocas figuras agotadas inclinadas sobre cuencos de sopa tibia.
La primera vez solo encontré doncellas de lavandería. La segunda, ayudantes de cocina y varios rostros que reconocí del ala oeste. La tercera vez permanecí demasiado cerca de la entrada y una supervisora terminó preguntándome si me había perdido.
La esperanza de cruzarme con ella me había abandonado, incluso me había planteado si evitaba deliberadamente dejarse ver cuando, al asomarme durante uno de los cambios de turno, la distinguí al fondo de la estancia.
El cabello grisáceo destacó de inmediato entre el resto. Me quedé quieta en la puerta, dudosa de si acercarme, y fue la atención que otras doncellas me dedicaron la que hizo que terminase girándose hacia mí.
Su reacción fue inmediata. Los dedos se le tensaron alrededor de la copa que sostenía en la mano. Se incorporó tan deprisa que movió el banco y a las doncellas que estaban sentadas sobre él.
Llegó hasta mí cruzando la estancia con pasos rígidos. La quemadura del rostro parecía todavía más tirante bajo la luz amarillenta de las lámparas.
—No deberías estar aquí —murmuró apenas llegó a mi altura.
Pasó de largo, en una invitación muda a que la siguiera lejos de oídos indiscretos. Caminé unos pasos por detrás, recorriendo pasillos con los que no estaba familiarizada.
—Intenté acercarme a los colmillos de escarcha —dije sin rodeos en cuanto se detuvo para encararme—. No pude, pero te creo. Creo lo que me contaste.
Pude ver cómo algo parecido al alivio y al miedo se mezclaban durante un instante en su expresión.
—No deberías haberte expuesto así. —Extendió la mano y me sujetó del brazo, mirando a nuestro alrededor con nerviosismo—. Ya trataron de exterminarnos una vez. No te conviene que nadie sepa de lo que eres capaz. No sabemos qué podrían hacer con esa información.
Curvé los labios en una sonrisa peligrosa.
—Ocultármela.