Capítulo 34
L a primera sorpresa fue descubrir una nueva edificación fuera de las torres de palacio. La segunda, que la persona que había enviado a una doncella a buscarme no fuese Danayher.
Therenya estaba arrodillada dentro de aquel pequeño templo.
No parecía estar dedicado a ninguno de los ocho dioses en concreto, o, más bien, no de forma permanente.
Había en él una neutralidad estudiada: paredes lisas, relieves apenas insinuados y el incienso que, según el Ajustador, estaba reservado para la familia real.
Orhal. El Tejido Silente.
Su presencia se sentía en la forma en que el espacio rechazaba cualquier intento de desajuste. Como si la tradición no necesitara mostrarse para imponerse, como si el hilo ya estuviera trazado y todo lo que quedaba fuera resultara incorrecto.
Al escuchar mis pasos, Therenya se volvió hacia mí con una pequeña sonrisa.
—No me esperabas a mí, ¿verdad? —Se carcajeó mientras se levantaba para recibirme—. Me temo que es complicado encontrar a Danay aquí. Antes era muy devota, ¿sabes? Veníamos juntas a rezar con frecuencia, acompañadas de nuestra madre. Sin embargo, hace unos años cortó su relación con la fe.
—¿Por algo en concreto? —Abrí los ojos al darme cuenta de que la pregunta se me había escapado de la boca antes de que hubiera pasado un filtro de prudencia—. Perdón, no es asunto mío.
—No te disculpes. No tendría problema en decírtelo si lo supiera.
No hemos hablado del tema. Supongo que ahora que he regresado podremos tratarlo en algún punto.
—Se encogió de hombros con ligereza, como si fuese un asunto que no le despertaba inquietud—.
El Consejo confía en que mi presencia ayude a acercar posturas entre el clero y mi hermana.
—Volvió a reír—. Creo que me sobrestiman.
¿Tan irrevocable era ese alejamiento de la religión? ¿Qué había sucedido para que la opinión de Danayher hubiera cambiado de forma tan tajante? Ninguna de aquellas preguntas era adecuada, de modo que solo pude asentir.
—Para mí la fe fue esencial mientras estuve en la frontera. Dejó de ser algo en lo que creer para convertirse en algo a lo que volver cuando no tenía a nadie más.
Therenya me posó la mano sobre el brazo brevemente, en un gesto que había parecido más distraído que consciente.
Luego se volvió hacia el altar, sobre el que reposaba un único hilo metálico, tensado entre dos soportes.
Se encontraba ligeramente descentrado respecto al altar, pese a recorrerlo de un lado al otro, pero en una perfecta alineación con la sala.
—Reza conmigo, Eira.
Su petición me pilló desprevenida, pero, antes de que pudiera reaccionar, Therenya volvió a ponerse de rodillas con una disciplina casi militar. Yo, en cambio, alterné mi peso de una pierna a la otra, sin saber si debía agachar la cabeza o voltearme para darle intimidad.
—¿No te arrodillas? —inquirió al cabo de un rato, girando la cabeza para poder mirarme con las cejas arqueadas.
—En mi tierra, el pueblo solo se arrodilla ante el Emperador.
—¿Y en Eakheral ante quién estarías dispuesta a hacerlo?
Me tomé un tiempo para contestar, evaluando si su pregunta escondía alguna trampa.
—Ante vuestra hermana.
Dio un cabeceo casi imperceptible, que preferí interpretar como aprobación.
—¿No veneráis a los dioses allí?
Negué con suavidad.
—En Aesnovar no hay deidades propiamente dichas, sino concepciones que rigen la esencia humana.
—Deslicé los dedos sobre mi propia muñeca, más por hábito que por intención—.
Se dice que hay tres voces. Piel, sangre y hueso.
No se les pide nada. No escuchan. No conceden.
Están ahí como un referente para no olvidar en qué parte de ti estás apoyándote cuando decides y evitar inclinarte demasiado hacia una.
—¿Qué ocurre si sucede?
Therenya seguía girada hacia mí y la curiosidad que pude verle en los ojos me hizo darme cuenta de que las preguntas iban a continuar. Decidí acercarme a ella, sin salvar la distancia que dictaba el protocolo, para que pudiese mirarme frente a frente.
—No hay una penitencia. Son tus actos futuros los que deben enmendar el exceso. Lo más grave no es fallar, sino negar en qué has fallado. Si tus faltas son reiteradas, es la justicia del Emperador quien se encarga de castigarte.
—Entonces ¿tampoco oráis?
Deslicé los ojos por el techo de piedra mientras intentaba encontrar la explicación más adecuada.
—Más que de una plegaria, se trata de un recordatorio. Suelen hacerse al principio del día o antes de tomar una decisión importante.
—Enséñame cómo.
La petición no llegó envuelta en desafío ni en burla. Precisamente por eso tardé un instante en reaccionar.
No era algo con lo que estuviera familiarizada, pero había visto a mi padre ejecutarlo en incontables ocasiones.
—Se debe encontrar una superficie firme. La piedra del suelo es perfecta para ello. —Me senté a su lado. Ella permaneció de rodillas, con una sonrisa escueta—. Hueso.
Elevé una mano, despacio, apoyando la yema de los dedos en la piel del cuello. El contacto fue ligero, suficiente para notarlo.
—Piel.
La otra mano descendió hasta el pecho, donde el pulso se dejaba sentir sin esfuerzo.
—Sangre.
Aguardé a que ella imitara mis gestos en silencio.
—Hay que notar cuál pesa más. Si uno se impone, los otros dos se quedan atrás.
—¿Qué significa cada uno?
—Un exceso de piel, superficialidad y manipulación; un exceso de sangre, temeridad; un exceso de hueso, rigidez e incapacidad de cambio.
Therenya agachó la cabeza, aún con las manos colocadas. Descubrí que cuando sus sonrisas eran tristes, sí me recordaba a Danayher.
—Entonces no necesito meditarlo mucho. Ya sé la respuesta.
Estoy aterrada ante la idea de lo que está por venir.
Por eso he venido aquí hoy. —Su voz se volvió un susurro.
Alzó los ojos marrones hacia mí y el ceño fruncido que los coronaba aportó una intensidad extraña a su mirada—. Y por eso quería compañía.
«¿Por qué yo?», quise preguntarle. Pero Therenya volvió a agachar la cabeza. Esa vez, las manos cayeron sobre el regazo.
—Supongo que tengo exceso de hueso, porque no concibo que mi padre pueda dejarnos. Y eso me hace sentir egoísta. Desde que enfermó, me he debatido entre desear su curación y rogar para que cese su sufrimiento.
—Entonces pedid fuerza para soportar lo que suceda.
La franqueza de mi respuesta me sorprendió tanto como a ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pese a que los labios se le curvaron en una sonrisa tímida.
—Para no haber rezado nunca, no se te da nada mal —dijo tras contener un sollozo.
Pero la realidad era que sí lo había hecho. Había repetido las mismas frases hasta desgastarlas. Esperaba que el dios de Therenya fuera más indulgente.
—Ni siquiera he tenido fuerzas para ir a visitarlo —confesó—. Por un lado, es lo que más deseo, pero por otro… Sé que verle despojado de toda su vitalidad me destrozaría. Todos los años que he pasado lejos pesan como losas. Me siento como una niña asustada ante la idea de perderle.
La vergüenza que empapaba su tono fue lo que me hizo decidirme a intervenir.
—Conozco ese desamparo. En Aesnovar el clima impide que nada prospere, de modo que cultivan las plantas en invernaderos.
Cuando mi padre se ausentaba por alguna campaña, dejaba la orden de que se llevasen flores a mi dormitorio.
En cuanto morían, el servicio las reemplazaba por otras nuevas.
A veces, al recordarle, también vuelvo a ser la niña que iba a recibirle con una flor a su regreso.
Y eso no me hace débil, solo evidencia que fue un buen padre.
La princesa extendió una mano para coger la mía, a la que dio un leve apretón.
—Gracias por tus palabras y por tu compañía. Me esforzaré en equilibrar mi hueso. —Mis labios imitaron a los suyos cuando su sonrisa se ensanchó—. Y en recompensar el bien que hoy me has hecho.
* * *
En mi primera visita a aquel enorme vestidor, una colección de vestidos infantiles había captado mi atención.
Los tamaños variaban, a medida que la edad había ido cambiando el cuerpo de las princesas, pero había una constante que me hizo preguntarme el porqué de la decisión: el color.
Naranja para Danayher y rojo oscuro para Therenya.
A cada una de las tres aspirantes presentes se nos entregó un vestido en diferentes tonos de naranja, hechos de gasa vaporosa. Un verdadero obstáculo para nuestro cometido: coser el dobladillo. Siempre debíamos estar preparadas para un caso de emergencia.
—Pertenecen a la princesa —dijo la Maestra de Aspirantes—, así que tratadlos con el mimo que merecen. Esta noche, usará el que mejor remendado esté. —Disfrutó unos instantes de nuestra tensión—. Podéis comenzar.
Extendí la falda sobre mi regazo con cuidado.
Era una tela ingrata, tan fina que casi se deshacía entre los dedos.
Enhebré un hilo de seda, apenas un tono más claro, y doblé el bajo dos veces.
Lo justo para que el peso no marcase línea.
Me esforcé en dar puntadas invisibles, muy separadas, mordiendo solo un hilo de la trama cada vez.
Si atravesaba más, se notaría; si tensaba, se ondularía.
Mi mano fue acostumbrándose al ritmo, motivada por la imagen que alimentaba mi mente.
Danayher avanzando por la estancia con la gasa del color del atardecer rozándole las piernas al caminar; las mangas, abiertas hasta el antebrazo, agitándose con cada mínimo gesto.
Pensé en cómo la luz del fuego quedaría atrapada en los pliegues y en cómo el tono acompañaría al bronceado de su piel.
Di la siguiente puntada con más cuidado del necesario. No quería que el más mínimo error se interpusiera. Sería mi vestido el que llevase esa noche.
A dos mesas de distancia, Inseguridad murmuraba para sí:
—Es mejor reforzar el borde, ¿no? Para que no se suelte…
A juzgar por el grosor, había doblado el bajo más de dos veces; demasiado para una tela así.
La puntada atrás dejaba un rastro rígido en cada avance, como una fina cicatriz.
Cambió el hilo, descosió, volvió a coser.
Cada incisión de la aguja dejaba pequeñas perforaciones en la seda, como puñaladas en la carne.
Por más que mirase a su alrededor, solo podía copiar gestos que no lograba entender del todo.
Y aquel tejido no perdonaba a aquellos que solo aspiraban a que la técnica les llegase por contagio.
Empatía fue la primera en presentar su trabajo. La Maestra sostuvo el vestido al contraluz y lo dejó caer. La gasa descendió limpia, obediente solo a su propio peso y sin memoria de la aguja.
—Correcto —dijo.
No «excelente». No «bien». No parecía una palabra a la altura de vestir a una futura reina.
Perdí seguridad en mi resultado, pero no demoré la entrega. La Maestra revisó el dobladillo con los dedos, despacio, como si buscara un fallo que no terminaba de aparecer. Anotó algo en su tablilla y colocó la prenda sobre el respaldo de la silla más cercana en lugar de en la mesa, con el otro.
—Un buen resultado —fue cuanto dijo, aunque suficiente para hacer a Empatía apretar los dientes.
A mi derecha, Inseguridad cosía por tercera vez, murmurando para sí misma: «No, así no». Para cuando se puso en pie, la Maestra ya estaba torciendo el gesto.
—Demasiado peso —sentenció sin alzar la voz mientras la aspirante se retorcía las manos con nerviosismo—. Esto no resistiría una velada.
La mujer dejó el vestido sobre el de Empatía mientras el mío permanecía apartado. Un sirviente lo recogió con cuidado. Un mensaje que no necesitaba explicación.
—Ahora redactad unas instrucciones de lavado adecuadas para cada prenda.
Por supuesto, las lavanderas tenían un mayor conocimiento que nosotras, pero era nuestro deber señalar cualquier necesidad específica que pudiera pasarles desapercibida debido a la carga de trabajo.
Anoté la indicación que debía acompañar siempre a una prenda de la princesa: «No debe entrar en contacto con prendas usadas por rangos inferiores»; y una advertencia de que no se tensara ni colgara por el bajo.
El dobladillo había sido remendado con premura y cualquier peso podía deshacerlo.
Me aseguré de añadir la indicación más importante: la prenda debía estar lista para esa misma noche.
Ver a Danayher vestirla fue una auténtica recompensa.
La luz se filtraba a través de la gasa naranja y le teñía la piel de un tono más cálido, como una llama contenida.
Le marcaba la línea de las caderas sin ceñirlas, insinuaba la longitud de las piernas sin dibujarlas del todo.
Había algo en la forma en que la tela se separaba y volvía a encontrarse que obligaba al ojo a seguirla, incluso contra la voluntad.
Pero yo sabía dónde debía centrar la vista.
El dobladillo seguía la línea de los tobillos con una limpieza casi insolente.
Ni una tensión indebida ni una ondulación traicionera.
Sentí una satisfacción breve, punzante, que se deshizo al comprobar que no pretendía dedicarme ni una mirada de reconocimiento.
Nos había convocado al anochecer, sin protocolo escrito ni advertencias previas. Solo una invitación breve, pronunciada con esa calma que siempre ocultaba una intención. «Una velada íntima en la que poder conocernos mejor».
La sala estaba dispuesta para la conversación. Una mesa baja, alargada, rodeada de cojines en lugar de sillas. Luz cálida y tenue que suavizaba los rasgos. Las copas ya estaban servidas cuando entramos; el aroma del vino se mezclaba con el de la cera caliente y las especias de la cocina palaciega.
Therenya también estaba presente, aunque se mantenía al margen y solo intervenía cuando se la apelaba de forma directa. Permitió que su hermana fuese el centro de atención.
Danayher rio ante un comentario. Se acercó para escuchar mejor una anécdota trivial. Hizo preguntas breves y amables y agradeció las respuestas.
Su atención se movía por la mesa como una corriente suave que evitaba mi orilla con una exactitud cruel.
Cada vez que la heredera se inclinaba hacia otra aspirante, sentía el tirón seco en el pecho, una expectativa absurda que no encontraba dónde posarse. Esperé una mirada casual. Un gesto mínimo.
Lo máximo que recibí fue una pequeña sonrisa de consuelo por parte de Therenya, que claramente había notado la frialdad con la que me evitaba.
Probé el vino. Me supo amargo.
Danayher. Una persona capaz de dártelo todo para luego arrebatártelo.
Clavé las uñas en la palma de la mano bajo la mesa. Primero para anclarme. Luego para no moverme. La piel cedió con docilidad; el dolor era limpio, manejable. El vacío, cuidadosamente emplatado, no. El vacío era una habitación pequeña y sin puerta.