Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 33
76%

Capítulo 33

S i algo habían intentado inculcarnos era que la Mariposa de Danayher debía ser una extensión de su voluntad. Una figura que mantuviese el orden sin imponerlo; capaz de delegar, pero también de ejecutar llegado el caso.

Me bastó la escueta explicación de la Maestra: «Hoy vamos a simular una recepción de visitantes extranjeros», para saber que ese sería el objetivo del ejercicio.

Quedábamos cuatro candidatas, o cinco si contábamos a Xytherel.

De su estado, solo sabíamos que se encontraba estable y que había despertado, pero no teníamos información sobre cuándo se recuperaría o si seguiría formando parte de la selección.

A pesar de que Empatía había intentado visitarla, no se lo habían permitido.

El aire en la sala ya estaba cargado antes de que entráramos.

En la mesa lateral había dispuestas bandejas de comida que no seguían un orden aparente, de igual forma que tampoco lo hacían las copas. La alfombra estaba levemente desplazada hacia un lado y rompía la distribución de los sillones bajos.

Entré sin colocarme en una posición visible, con las palabras de Therenya demasiado presentes. «La gente tiende a fijarse en quien ocupa el centro. Eso deja más espacio para observar sin ser observada».

La primera tarea de una Mariposa era estudiar el espacio. Vi las entradas, dos principales, otra lateral más estrecha que podía destinarse al servicio. Y los obstáculos…

Perfeccionismo se movió y cortó el hilo de mis pensamientos.

—El flujo principal será aquí —dijo al tiempo que señalaba un camino imaginario que atravesaba la sala—. Y la princesa puede colocarse aquí a esperar.

Lancé una mirada a la Maestra, que nos observaba en silencio desde uno de los rincones.

No parecía molesta ante el liderazgo que Perfeccionismo había tomado de forma unilateral.

Imaginé que podía ser la intención. Evaluar quién detectaba el vacío de autoridad y si conseguía llenarlo.

De igual forma que en el ejercicio de lavandería, cuando me habían seguido a mí.

Nadie se mostró dispuesto a cuestionar la lectura que el tono de Perfeccionismo había convertido en estructura.

Pese a que no llegaron a moverse para obedecer, pude ver cómo el resto dejaban de pensar por sí mismas.

De haberlo hecho, habrían identificado que el eje que había marcado no absorbía el tránsito natural de la sala, sino que lo forzaba a cruzarse en un punto estrecho donde ninguna trayectoria podía mantenerse sin interrumpir otra.

Sin embargo, no intervine. Su error quedaría evidenciado tarde o temprano y sería ahí cuando podría proponer una corrección sin que fuese vista como un intento de desacreditarla.

En la preparación de elementos materiales, el orden empezó a romperse de otra manera. Perfeccionismo pidió a Empatía que contase las copas, envió a Inseguridad a recolocar la alfombra y me asignó la tarea de reorganizar las bandejas de comida. No eran sugerencias, eran órdenes.

La simetría empezó a imponerse sobre la utilidad. Vi cómo se desplazaba un mueble lateral para «alinear el conjunto», o cómo se me pedía que dispusiera los alimentos por colores, aunque eso supusiera mezclar entrantes con postres.

A pesar de que Empatía había alineado las copas con cuidado, Perfeccionismo movió sin su permiso algunas de forma casi imperceptible.

La Maestra salió de la sala para, según dijo, poder apreciar el resultado final. El espacio quedó en una quietud extraña, como si al desaparecer su mirada se hubiera aflojado una tensión invisible. Perfeccionismo no tardó en recuperarla.

—Bien. Empezamos.

Nos dispusimos según las posiciones que había marcado. No había invitadas todavía, solo nosotras y el servicio, que simulaba sus trayectorias. Nuestro papel no era desplazarnos libremente, sino acompañar, sostener, anticipar sin interferir. Aun así, el sistema exigía que entendiéramos los tiempos.

Di el primer paso cuando correspondía, ajustando mi posición a una Danayher que aún no estaba presente. El recorrido era limpio en apariencia, pero no tardó en quebrarse.

—No. Empezad otra vez.

Nos detuvimos y volvimos a colocarnos.

—Te has adelantado. —Señaló a Inseguridad.

La aludida retrocedió medio paso, lo suficiente para invadir el espacio de Empatía. Perfeccionismo chasqueó la lengua y avanzó hacia ella, tomándola por el hombro para girarla físicamente.

El contacto fue breve, pero bastó para romper el ritmo. A partir de ese momento, ninguna se movió sin mirarla antes.

Obedecí cada indicación sin filtrar, incluso cuando contradecía la anterior.

Si me pedía avanzar, avanzaba. Si me ordenaba detenerme cuando ya había iniciado el gesto, lo cortaba sin corregir la posición.

El resultado eran interrupciones limpias, fallos que no nacían de una ejecución incorrecta, sino de una sucesión de instrucciones que no podía sostenerse.

«Más rápido». «Así no». «Espera».

Las órdenes se superponían, hasta que una fue dirigida exclusivamente hacia mí.

—Si alguna invitada se aproxima antes de tiempo, la detienes tú.

Supe de inmediato que estaba aprovechando la ausencia de la Maestra.

Esa indicación suponía una invasión directa del espacio de la princesa.

Interceptar a una invitada no solo rompía el protocolo: implicaba asumir una autoridad que no nos correspondía.

Asentí con los labios fruncidos y en el último ensayo ocupé la posición que me había indicado.

Cuando la Maestra regresó, se colocó en el lugar que Perfeccionismo había reservado para la princesa, para interpretar su papel en aquel teatrillo.

Varias doncellas entraron tras ella, simulando ser invitados.

Me alegré de no ver entre ellas a la mujer que había asegurado pertenecer a mi misma raza.

Su presencia alteró el espacio de inmediato. Lo que hasta entonces había sido un ensayo contenido pasó a exigir continuidad. Al principio funcionó, pero en cuanto el servicio comenzó a moverse para simular la reposición, los cruces empezaron a cerrarse sobre sí mismos.

—Ella primero. —Una doncella se adelantó—. No, detente. Tú espera.

Cada corrección generaba una nueva desviación. Las aspirantes y las sirvientas empezaron a mirar más a Perfeccionismo que al espacio que tenían delante.

No obedecí la orden que me había indicado para tratar de dejarme en evidencia, de modo que fue ella quien acabó bloqueando el paso de una invitada con el cuerpo, obligándola a detenerse en seco.

Precisamente lo que había esperado que hiciese yo.

La Maestra torció el gesto desde su posición, apenas un matiz, pero suficiente para que decidiese pasar a la acción.

En lugar de seguir el recorrido marcado, abrí el arco de mi paso y deslicé con disimulo un sillón para ensanchar una de las vías laterales. Empatía lo aprovechó sin mirarme, deslizándose por esa apertura.

Me desvié hacia la mesa lateral, aprovechando que los invitados aún no la habían alcanzado, y la moví. Sin necesidad de indicación, el servicio dejó de cruzar por el centro y empezó a desplazarse por el perímetro.

Perfeccionismo trató de intervenir, pero su intento fue inútil en un sistema que había dejado de necesitarla. Vaciló. Por primera vez, ya nadie la miraba.

—¡Bien! ¡Fin del ejercicio! —anunció la Maestra.

El servicio abandonó la sala de forma escalonada—.

Aunque habéis conseguido el resultado esperado, el camino hasta él ha sido demasiado accidentado para mi gusto.

—Inclinó la cabeza en mi dirección, aunque su expresión era severa—.

Eira ha sido un buen ejemplo de que, a veces, es preferible seguir vuestro propio criterio en lugar de cumplir órdenes de forma rígida.

Sobre todo cuando esas órdenes han sido lanzadas sin juicio.

—Clavó los ojos negros en Perfeccionismo.

Pude ver con satisfacción cómo sus mejillas se enrojecían—.

Por suerte, cuando una de vosotras se convierta en la Mariposa de la princesa, recibirá la mayoría de las instrucciones de su boca.

Repetiremos más ejercicios de este tipo.

Esperadme en la Sala de Aspirantes para almorzar.

Perfeccionismo no se unió al coro de asentimientos.

Los tirabuzones rubios enmarcaban una expresión de profundo odio y tuve el honor de que fuera dirigida solo a mí.

No le di oportunidad de que me increpara.

Ni siquiera cuando pronunció mi nombre entre dientes detuve mi avance.

Me escurrí entre el resto y recorrí el camino hacia la sala.

No contaba con que antes de entrar me sujetara por el brazo y me obligara a encararla.

—No te pedí que improvisaras.

Le dediqué una sonrisa lobuna.

—No lo hice, simplemente enmendé tus errores. Se trataba de un trabajo en equipo, ¿no?

—Eres patética, Eira. —No se molestó en bajar el tono, de modo que las otras dos aspirantes se giraron hacia nosotras con sorpresa—.

Crees que eres astuta, que humillándome destacarás.

Pero el único motivo por el que alguien te miraría dos veces es que supieras abrir bien las piernas.

—Entrecerró los ojos y una sonrisa amenazadora se le extendió por los labios finos cuando traté de zafarme de su agarre—.

¿Es así como pretendes ganarte el favor de la princesa?

Ignoré los gritos ahogados de las demás.

Di un paso hacia ella y cerré la mano en torno a su brazo para apartarla.

Perfeccionismo no retrocedió. Al contrario.

Elevó el mentón y me empujó de vuelta. El contacto rompió mi contención.

Perdí el control: la golpeé en la cara y noté que sus dedos se me clavaban en el hombro.

—¡Basta! —gritó una voz que reconocí sin esfuerzo.

Intenté volverme hacia su origen y esa distracción se cobró mi equilibrio. Antes de que hubiera podido incorporarme, el peso de Perfeccionismo cayó sobre mí. El aire se me quedó atrapado en el pecho. Empujé, pero no conseguí desplazarla.

—Mírate —escupió, inclinándose apenas—. Ni siquiera sabes…

No le dejé acabar la frase. La siguiente palabra se convirtió en un aullido de dolor cuando le clavé los dientes de forma instintiva en el hombro. Sentí la tela ceder primero y después la piel. El sabor metálico llegó casi de inmediato, caliente, real.

Aproveché la sorpresa para girarme, pero no llegué a incorporarme. Unas manos cayeron sobre mí antes, tirando hacia atrás, separándonos a la fuerza.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. El impulso de responder estaba ahí. Era familiar. Peligroso. Y, gracias a Danayher, ya no se encontraba contenido.

Sentí la magia agitarse, buscando una salida.

—¡He dicho basta!

Su severidad tuvo un efecto inmediato. Dejé de resistirme. Las manos que me sujetaban aflojaron su agarre. Me incorporé despacio, con el labio manchado y el sabor a sangre en la punta de la lengua.

Danayher nos observó desde arriba con las facciones crispadas.

—Cuando doy una orden, la obediencia no es opcional. Poneos en pie, ¡ya!

Clavé la mirada en el suelo, maldiciéndome por haberme dejado llevar de esa forma. Perfeccionismo, en cambio, se posicionó a mi lado con la barbilla alzada en actitud desafiante.

—Deberás abandonar el palacio al alba.

El corazón me dio un vuelco. Levanté la cabeza con la misma rapidez que si hubiese sido activada por un resorte. Sin embargo, no era a mí a quien miraba la princesa.

—Una vez más, el mundo recompensa la cercanía al poder en lugar del mérito. Este es un sistema tan corrupto como el resto. —Perfeccionismo chasqueó la lengua—. Y me habéis hecho partícipe hasta que he dejado de resultar útil.

Me tensé al escucharla. Acababa de evidenciar que ella había sido cómplice de aquella farsa. Busqué la reacción de Danayher con la mirada, pero su rostro seguía igual de impenetrable.

—Te equivocas —rebatió—. Tu expulsión se debe a que esta Corte prefiere a perros leales que muerden a aquellos que fingen estar amaestrados para luego gruñir a su amo.

—El cuerpo de Danayher estaba rígido. Reconocí la aspereza en su tono.

Era la misma que había utilizado para dirigirse a los guardias tras mi encierro—.

No pienso tolerar que se me vuelva a faltar al respeto.

Ni que las confesiones que comparto sean aireadas sin ningún recato.

Se alejó de nosotras para pasearse junto a las otras dos aspirantes, que contemplaban la escena con los ojos muy abiertos.

—Desde el principio formasteis parte de una prueba. Una de confianza. Y tú —señaló a Perfeccionismo con un gesto perezoso de la barbilla— has demostrado no ser digna de ella. Abandona esta sala.

Tenía claro que no iba a resistirse como había hecho Ambición. Se marchó con la espalda recta y la dignidad tan alta como su ego.

Danayher no dijo nada más. El pecho aún se le movía al ritmo de su respiración agitada cuando se dirigió a la salida. La seguí con la mirada, preguntándome si la petición de adentrarme en los aposentos del marqués a recuperar sus pendientes también había sido parte de esa prueba de confianza.

La única que se acercó a mí fue Empatía, pero no le permití entablar conversación. Tomé asiento en una de las sillas, con la cabeza clavada en la madera, hasta que la Maestra apareció con el servicio detrás.

Me había quedado sola con las aspirantes de Eakheral.