Capítulo 32
L as preguntas de las asistentes se mezclaron. Cada una formulaba una distinta, pero todas tenían algo en común: la confusión. «¿Desde cuándo?». «¿Por qué nadie nos ha avisado?». «¿Se recuperará pronto?».
Era sorprendente que el rumor de la enfermedad del rey no se hubiera filtrado antes. Había sido la Maestra quien lo había anunciado formalmente en el desayuno, junto con la indicación de que participaríamos en una ceremonia religiosa que velaba por su recuperación.
Permanecí en silencio, pues el sentimiento que me invadía no era la sorpresa.
Era la molestia. Hasta entonces había sido la única aspirante que contaba con esa información.
Resultaba evidente que, a partir de entonces, las candidatas empezarían a vigilar más de cerca el estado de ánimo de la princesa.
Mi pequeña ventaja había desaparecido.
La Maestra comenzó a repartir tareas. Nuestra función era demostrar que comprendíamos cómo sostener la imagen de la heredera incluso en el contexto religioso, o más bien «en especial», dada la mala relación que tenía con el clero.
Empatía fue asignada como portadora de las ofrendas, Inseguridad se ocuparía del incienso y Perfeccionismo sería la encargada del ramo de flores que llevaría Danayher.
—Eira.
Alcé la vista.
—Te ocuparás de colocar la capa de la princesa antes de la entrada.
Asentí sin responder.
La sala elegida para la ceremonia no había sido concebida como un espacio de culto. Aun así, la habían transformado con la suficiente habilidad como para que la función original quedara difuminada bajo capas de simbolismo cuidadosamente dispuesto.
Los ventanales habían sido cubiertos con velos translúcidos que apagaban la luz exterior hasta convertirla en una claridad grisácea y uniforme. El olor a incienso impregnaba el aire con una densidad casi adormecedora.
En el extremo principal se había levantado un altar provisional de piedra negra pulida.
El símbolo central había sido sustituido por una estructura metálica compuesta por varios círculos incompletos entrelazados entre sí, de cuyos bordes colgaban finos hilos de plata tensados como parte de un tejido invisible.
Supuse que, ya que no nos habían advertido, seguíamos bajo la influencia de Orhal, el Tejido Silente.
A ambos lados del altar se extendían filas de asientos destinados a los miembros de la Corte y a los invitados de mayor relevancia. Más atrás, casi absorbidos por las sombras de las paredes, permanecían los espacios reservados al servicio y a las figuras de menor rango.
Hasta que llegase Danayher, nuestro cometido era mezclarnos con los invitados.
Localicé mi objetivo en un primer vistazo.
Al igual que en la velada en la que tuvimos que actuar como parte del servicio, iba ataviada con un vestido morado, el color del luto en Eakheral.
Estaba rodeada de mujeres, que murmuraban tras los velos que les cubrían la boca.
Me coloqué cerca de ella, mirando a mi alrededor como si comprobase que todo se encontraba en su sitio.
Si no conseguía captar su atención, pretendía contentarme con escuchar.
Ella, sin embargo, tardó un solo instante en reparar en mi presencia.
—Una de las aspirantes.
Asentí.
—Eira.
—Ya conozco su nombre. —Aquello no me sorprendió tanto como debería. A esas alturas sospechaba que buena parte de la Corte lo hacía. Se tocó el pecho con una mano llena de pesados anillos—. Yo soy la señora Odhalis.
—Lo sé —mentí. No recordaba su nombre, pero sí los motivos que habían captado mi interés—. Una de las Cisnes de la antigua reina.
Sonrió complacida por el reconocimiento. Desplazó la mirada por el resto de las candidatas, que conversaban con diversos grupos.
—Cada vez sois menos. A estas alturas, la selección hacía tiempo que había terminado para nosotras.
Aunque entiendo que si solo va a tener una Mariposa, la princesa quiera asegurarse de tomar la decisión correcta.
Es una elección crucial. —Soltó una risa al ver mi expresión de sorpresa—.
¿No lo esperaba? La persona que ocupe ese puesto verá cosas que nadie más verá.
Escuchará conversaciones que nunca llegarán al Consejo.
Estará presente cuando los nobles y los diplomáticos ya se hayan marchado.
Una asistente real puede determinar el éxito o la caída de un reinado.
Podría haberse tratado de falsas pretensiones, de un afán de ensalzar una posición que ella misma había ocupado.
No obstante, sus palabras se alineaban con las piezas que llevaba tiempo encajando.
Quien pretendía amañar la selección lo hacía porque sabía que la de la Mariposa era la posición más valiosa.
La única capaz de influir directamente sobre la futura reina.
—Por eso las familias prestan tanta atención a este proceso —continuó—. Cada una de vosotras llega acompañada de una historia. Algunas más complejas que otras.
—¿Como Mayrah?
La noble arqueó una ceja.
—Veo que habéis oído los rumores.
—Solo fragmentos. Acerca de que su familia arrastra una mancha difícil de borrar.
Guardó silencio unos instantes.
—Su tío fue acusado de traicionar a la reina Rimeyah. Era uno de los consejeros reales y, durante la Rebelión de los Nueve Sellos, cuando la situación llegó a su punto más crítico, pactó a espaldas de la reina.
—¿Sin su permiso?
La mujer asintió y unos rizos negros le cayeron sobre la frente.
—Movió hilos para permitir que quienes habían desafiado a la reina conservaran sus cargos.
—Arrugó la nariz con desagrado—. Mientras, aquellos que habían permanecido leales a la Corona durante meses perdían fortunas.
O a familiares. Y, al final, se les dijo que todo había sido en vano.
—Suspiró y se inclinó hacia una de las mesas a nuestra espalda para tomar una copa y dar un largo trago—.
La autoridad de Rimeyah quedó profundamente dañada.
Los edictos tuvieron que ser retirados y ella proyectó una imagen de debilidad al permitir que otros decidieran.
—Entonces ¿por qué elegir a su sobrina como parte de la selección?
La señora Odhalis soltó una risita contra el cristal de la copa.
—Porque Su Alteza siempre ha tenido una preocupante tendencia a fijarse en las personas que otros descartan.
No estuve segura de si había sido una alusión directa hacia mí, ya que sus ojos se movieron hacia la entrada.
Allí pude ver un destello dorado, el de unas cadenas adornando una melena negra.
La Maestra de Aspirantes me hizo un gesto con la mano para que me acercase, lo que no me dejó más remedio que despedirme de la noble con una inclinación de cabeza apresurada.
Danayher estaba de pie en la cámara anexa, mientras dos doncellas le ajustaban la cola del atuendo ceremonial.
Tomé la capa entre las manos y avancé hacia ella.
El tejido era pesado, bordado con hilos oscuros que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.
La elevé para colocársela sobre los hombros y, en el instante en que me aproximé lo suficiente, Danayher giró apenas el rostro.
El gesto bastó para que su aliento me rozara el cuello.
Me estremecí de una forma que el frío no podía provocarme, y toparme con sus ojos fijos en mí solo empeoró mi agitación.
No aparté las manos del broche mientras terminaba de fijarlo, aunque tuve que controlar la tensión de los dedos para que no resultara evidente.
Entonces Perfeccionismo apareció junto a nosotras y yo me aparté varios pasos, azorada.
Sostenía un ramo ceremonial, que tendió a la princesa.
Tallos oscuros, pétalos afilados y hojas estrechas como pequeñas cuchillas.
Los murmullos comenzaron antes siquiera de que Danayher lo mirara, sin intención de tomarlo.
—Déjalo a un lado.
La aspirante palideció, pero no dudó en obedecer.
—¿En qué estabas pensando? —Escuché que preguntaba Empatía en un susurro.
—La Maestra dijo que confiaba en mi criterio. Pensé que a la princesa le gustaría algo que representara su fortaleza.
Empatía cerró los ojos un instante.
—En Eakheral, esas flores pueden interpretarse como un desafío en lenguaje cortesano.
—O una amenaza —añadió Inseguridad en voz más baja.
Perfeccionismo cuadró la mandíbula, con las aletas de la nariz dilatadas.
—Basta. —La voz de la Maestra cortó el murmullo con precisión—. Buscad vuestros asientos. —Antes de que hubiera podido avanzar con el resto, pronunció mi nombre—. Olvidé el estandarte ceremonial. Ve al guardarropa y tráelo.
Eché a correr en cuanto estuve segura de que ningún invitado me vería.
La tela del vestido que nos habían asignado para la ceremonia me llegaba hasta los pies y dificultó mis zancadas, pero eso no hizo que redujese el paso.
Recorrí las galerías hasta el guardarropa, que localicé, más tarde de lo que me habría gustado, en una de las alas menos transitadas.
El estandarte descansaba apoyado contra una pared, junto a otras piezas utilizadas durante festividades y ceremonias. Era más pesado de lo que aparentaba. Lo tomé y emprendí el camino de regreso.
A medida que me aproximaba, el silencio de los corredores fue desapareciendo. Primero llegaron las voces y después el eco grave de una plegaria colectiva que se extendía a través de las puertas cerradas de la sala ceremonial.
Se me aceleró el pulso.
Había empezado.
Cuando extendí la mano hacia el picaporte, con la respiración acelerada, una voz se alzó a mi espalda.
—Lo siento, pero las puertas no pueden abrirse hasta que termine el oficio.
Sir Odran estaba apoyado en la pared, con aquella vestimenta ajada que recordaba a la Guardia Real.
Apreté con más fuerza el asta del estandarte. La Maestra me había enviado sabiendo que no llegaría a tiempo. ¿Había sido una prueba? ¿Debería haberme negado? ¿Haber priorizado la ceremonia?
Sir Odran extendió una mano.
—Dádmelo. Yo me encargaré.
Vacilé un instante antes de entregárselo.
—No parece muy importante si han podido empezar sin él.
El caballero me sostuvo la mirada.
—No todo lo importante ocupa el centro de la sala.
Aquello me hizo fruncir el ceño, recordando las palabras de Therenya.
Ninguno de los dos habló durante un rato. Un murmullo amortiguado escapaba del interior, pero no era suficiente para llenar el silencio incómodo.
—¿A usted también lo han dejado fuera?
Sir Odran miró las puertas.
—No. Pero prefiero aguardar hasta que finalice. Mi presencia no es requerida. Hace tiempo que dejó de serlo.
La respuesta me descolocó. No sonó amarga, tampoco resignada. Era la simple constatación de un hecho.
—¿Por qué estáis aquí, entonces?
Guardó silencio un momento, como si estuviera recordando algo.
—Porque la princesa sonríe distinto cuando yo estoy en la puerta.
La sencillez de la respuesta me descolocó. Había esperado algo relacionado con el honor. Con el deber. Incluso con el orgullo o el sacrificio. No encontré ninguna de ellas. Solo afecto.
No era tan distinto de lo que se esperaba de una Mariposa.
El oficio se prolongó todavía un rato más. Cuando las puertas finalmente se abrieron y los asistentes comenzaron a abandonar la sala, el caballero ya había desaparecido en el interior con el estandarte.
Permanecí donde estaba, aguardando al resto de las aspirantes. La Maestra fue una de las últimas en salir. Posó la mirada sobre mí de inmediato. Pensé que preguntaría por el retraso, si bien en su lugar su expresión se suavizó en una sonrisa indulgente.
—El deber ante todo —dijo.
La observé alejarse sin responder. Las palabras parecían amables; sin embargo, ella había pasado junto al guardarropa aquella misma mañana para recoger la capa ceremonial que yo había colocado sobre los hombros de Danayher.
Resultaba difícil creer en los descuidos cuando procedían de alguien que había dedicado años a enseñar que cada detalle tenía un propósito.