Capítulo 31
A l ver esa mañana mi nombre escrito junto al de Danayher en la lista de aspirantes, agradecí que me hubiera asignado una lectura corta, pues tendría que verla a primera hora de la tarde.
Aproveché el tiempo entre la última lección de la mañana y el almuerzo para terminar el tercer cuento.
Después de los dos anteriores, esperaba otro relato sobre decisiones imposibles; otro nombre cargando con el peso de una situación que no había elegido.
Pasé las primeras líneas con rapidez, deteniéndome solo cuando no reconocía alguna palabra.
Sethera había sido enviada a eliminar a una criatura maldita. El pueblo de Elyndor la temía, y eso bastaba para justificar el viaje y el desenlace evidente. Había leído suficientes versiones de esa historia como para anticipar el final antes de alcanzarlo.
Sin embargo, cuando Sethera la encontró, la trama dejó de avanzar en la dirección esperada. Seguí leyendo, esa vez con más atención.
La criatura no reaccionó con violencia ni tampoco parecía cumplir con aquella descripción que infundía tanto miedo.
Entonces Sethera se cuestionó la orden que había recibido.
Más que de un acto heroico, se trataba de una decisión torpe, humana.
De igual forma que lo fueron sus acciones posteriores.
Decidió esconder a la criatura, la observó, aprendió de ella.
Y entonces comprendió que lo único que la convertía en peligrosa era un relato distorsionado, repetido por bocas que jamás habían presenciado su comportamiento.
Tuve que detenerme un instante.
No porque no entendiera la historia. Sino porque lo hacía demasiado bien.
A medida que la criatura crecía, fue volviéndose más útil, más consciente.
Cuando llegó la amenaza de la invasión que tanto el rey Valeron como el caballero Lyren habían ignorado, fue quien inclinó la balanza.
No por obediencia ciega a Elyndor, sino por la confianza que Sethera había depositado en ella.
Sin embargo, un pueblo nunca cambia. Al menos no lo suficiente. A nadie pareció importarle lo que aquella criatura hubiese hecho, ni el mal que había evitado. Daba igual su valor. Lo que pesaba era que, a sus ojos, siempre había sido un monstruo.
Sethera pagó el precio de su idealismo. No reconocieron su hazaña, no celebraron su logro. Todo cuanto importaba era que no había cumplido su misión. Y tendría que ser otra mano quien la completara.
Noté la humedad antes de reconocerla y fue el escozor tras los ojos lo que le dio nombre. Apreté los párpados con fuerza para que las lágrimas no llegaran a derramarse.
Pensé en mi pueblo y también en aquella doncella, que había roto todo cuanto creía conocer sobre el exterminio del Imperio. Pensé en lo rápido que todo se había reducido a una única idea y en lo fácil que había resultado convertirnos en algo que debía desaparecer.
Si alguien hubiera dudado… Si alguien hubiera cuestionado la decisión…
Danayher no había llegado a tiempo de intervenir cuando todavía había margen para mirarnos y no ver un enemigo; sin embargo, no se había planteado ni por un instante hacerme daño.
No era un equivalente a Sethera, pero se parecía lo suficiente como para no poder ignorarlo.
Cerré el libro con cuidado. Los dedos que aferraban la encuadernación temblaban.
No pude prestar atención a ninguna conversación durante el almuerzo y a duras penas logré escuchar la lección de tareas administrativas.
Solo para cuando tomé asiento en aquel sillón con el que había terminado familiarizándome, había conseguido recuperar suficiente control sobre mí misma.
Danayher se encontraba en el suyo, escribiendo en un cuaderno que reconocí.
Era el que Perfeccionismo le había obsequiado.
Sentí un pinchazo de envidia en el estómago, hasta que al apartar la mirada vi sobre una de las repisas la figura de un colmillo de escarcha con piedras preciosas engastadas que le había regalado Empatía.
Localicé el reloj de arena de Xytherel antes de toparme con mi caja.
Saber que también había decidido llevársela a sus aposentos me concedió un instante de calma. Hasta que la heredera cerró el cuaderno y alzó los ojos dorados hacia mí.
Pensé que me pediría expresar mi opinión sobre la lectura, o resumírsela, pero sus preguntas fueron muy diferentes:
— Tres traiciones para Elyndor es un libro que plantea que toda lealtad es una forma de renuncia. Quiero que te posiciones. ¿Cuál de ellas justificas? ¿Cuál condenas?
El libro aún seguía en mi poder, posado sobre mi regazo. Apoyé la mano sobre la cubierta, sin abrirlo de nuevo.
—El rey Valeron es el más fácil de condenar.
—Levanté la vista para medir su reacción antes de continuar—.
No toma una decisión concreta e irrevocable.
Es algo progresivo. Se convence de que no tiene alternativa hasta que ya no queda nada que sostener.
Dice que no tiene elección, pero la tiene, aunque crea que es una simple marioneta.
Traiciona antes de que lo obliguen a hacerlo.
Se adelanta al miedo para no tener que enfrentarlo.
—Eso era lo que me resultaba insoportable—.
No puedo justificarlo. No cuando hay quienes de verdad no tienen libertad y aun así no ceden.
Pensé en Silas, que sí había sacrificado sus principios trasladándome aquella propuesta disparatada.
—Por eso lo condeno. —La afirmación se sostuvo sin necesidad de reforzarla, aunque noté, al decirla, que no era tan firme como habría querido—.
No porque no entienda esa desesperación.
Sino porque la entiendo demasiado bien. —Alcé la vista apenas un instante antes de apartarla de nuevo—.
Y porque sé en qué te convierte si la dejas decidir por ti.
Danayher asintió, pero su postura recostada, con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas en el regazo, no me indicó que tuviera intención de intervenir.
—Lyren, en cambio, sí tomó una decisión definitiva. Comprometió la seguridad de un reino por una sola vida. Si su amada hubiera muerto antes de su llegada… ¿de qué habría servido?
El argumento era claro. Casi cómodo. Fue entonces cuando la voz de Danayher se impuso:
—¿Crees entonces que el amor te hace débil?
La frase subrayada me volvió a la mente sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando ese momento. «Quien traiciona por amor no compromete su lealtad, se la entrega a un nuevo dueño».
Recordé un ave surcando el cielo. El frío en las manos mientras ajustaba las correas. La paciencia con la que esperaba a que el halcón volviera.
—Mi padre decía que el halcón no volaba por amor. Volaba por quien lo alimentaba.
Recordaba sus palabras: «Confía en quien vuelve por voluntad, no en quien obedece por hambre».
—La necesidad puede hacer que alguien te siga.
Puede incluso mantenerlo cerca. Sin embargo, no hará que se quede cuando deje de necesitarte.
Solo el afecto lo hace. Así que no, no considero el amor una debilidad.
La lealtad que deriva de él es la más genuina que existe, pero también la menos fiable.
Por eso no justifico a Lyren, pero tampoco puedo condenarlo como a Valeron. En cuanto a Sethera…
El nombre no me resultó tan fácil de colocar como los otros dos. Podía ver a Danayher leyéndome con la misma facilidad que aquel libro de niña.
—Si me aferro al pragmatismo sé que podría preguntarme: «¿Merece la pena arriesgar tanto por justicia?
¿El camino de la rebeldía trae algo más que soledad y rechazo?
». Pero sabéis bien que entiendo por qué no obedeció.
Que todos crean algo no lo convierte en cierto.
—Tragué saliva antes de continuar—: Y ella decidió actuar en consecuencia.
Aunque no garantizase nada. Aunque no evitase el rechazo.
Aunque no pudiera hacer que los demás comprendieran la realidad que tenían ante sí.
Creo que eso precisamente hace su elección más valiosa.
La hizo a sabiendas del precio que iba a pagar.
Sin esperar nada a cambio. Así que la justifico a ella.
Si bien, para mí, la verdadera traición de esa historia no la había ejecutado Sethera, sino el pueblo de Elyndor.
—No creo que esa respuesta os haya sorprendido. —Pese a que no confirmó mis sospechas, Danayher no se molestó en disimular la sonrisa—. ¿Me asignasteis esta lectura por ello?
—No exactamente. Me pareció que podrías encontrar interesantes las anotaciones.
—Tenía presente la frase que había subrayado en la primera historia y también la que había escrito en la segunda, pero no sabía qué quería que extrajera de ellas—.
Y que te permitiría conocerme mejor. Fue mi libro favorito durante mucho tiempo.
La vi servir el vino, en vez de solicitar que lo hiciera yo.
Me sorprendí al ver el color. Era la primera vez que la veía beber tinto.
Recortó la distancia para tenderme una copa y se quedó inclinada, deslizando los ojos por mi rostro con una intimidad que me hizo desechar la idea de mencionar la conversación que había tenido con Therenya.
Solo estábamos ella y yo, y eso era suficiente.
Di un sorbo para ganar tiempo y poder decidir cómo quería dirigir la conversación.
—A otras candidatas les habéis permitido todavía más cercanía.
Danayher no se apartó, aunque entrecerró los ojos con suspicacia.
—Veo que esas otras candidatas no se han quedado calladas.
—No sabía si había concedido el honor a alguien más que a Perfeccionismo, pero la molestia implícita en su tono me confirmaba que me favorecía haber hablado en plural—.
¿No te parece suficiente el tiempo que te permito pasar en mi dormitorio?
Cerré los dedos con más fuerza alrededor del cristal.
—No me parece suficiente su duración.
—Si eso es lo que quieres —ladeó la cabeza y su voz sonó como un ronroneo—, entonces pídelo de forma adecuada.
Tragué saliva.
—Quiero pasar un día con vos.
Danayher se mordió el labio sin dejar de sonreír y señaló con la barbilla mi copa.
—Déjala a la temperatura perfecta y tendrás la oportunidad.
Alcé la copa con decisión. El líquido oscuro osciló antes de asentarse. No necesité buscar la magia, tan solo la esperé.
A diferencia de otras veces, no se presentó como una grieta impredecible. Era más bien una corriente baja y constante. Me había acostumbrado a su presencia y ya no exigía ser liberada con tanta fuerza que pudiera desbordar el cauce.
Permití que siguiera su curso hasta la superficie de mi piel y la contuve allí, midiendo su peso antes de permitir que se extendiera de forma uniforme. Lo sostuve un instante más, calibrando el límite, y entonces aparté la copa.
Danayher la cogió en cuanto hice amago de ofrecérsela. Había una sonrisa de satisfacción que fue cubierta cuando el cristal le tocó los labios. No apartó los ojos dorados de los míos mientras bebía.
—Entender dónde está el límite es esencial.
—Bajó la mirada a mi boca y volvió a subirla antes de que hubiera podido procesarlo—.
Sin embargo, a veces cuesta no sobrepasarlo.
Detenerse a tiempo es lo único que evita errores.
—Sentí cómo el corazón se me aceleraba mientras daba otro sorbo.
Se recostó contra el sillón y dejó la copa en la mesita—. Tendrás ese día conmigo.
Mi pulso continuó desbocado durante mi camino hasta la Sala de Aspirantes.
Por primera vez desde que había llegado a aquel palacio, tenía algo cercano a una certeza.
Danayher había accedido con facilidad a concederme una prueba que me colocaba en una posición favorable.
La esperanza era más peligrosa que un filo bien afilado, y la sentí burbujear bajo la piel mientras una pequeña sonrisa se me extendía por el rostro.
En ese momento olvidé cualquier confabulación. Olvidé que habían matado a una aspirante y que lo habían intentado con otra. Olvidé la propuesta que me había hecho Silas en nombre del Gran Príncipe.
Me sentía imparable.
Y eso debería haberme hecho desconfiar.