Capítulo 30
L a segunda historia del libro hablaba de un rey joven que nunca había estado solo.
Valeron no caminaba sin que alguien lo acompañara, no hablaba sin que alguien lo escuchara, no decidía sin que antes lo hubieran orientado. La Corte de Elyndor lo envolvía con precisión, ajustando cada uno de sus gestos hasta que no quedó nada que pudiera considerar suyo.
Entonces llegó la amenaza de una guerra.
No como una batalla inmediata, sino como una certeza que se iba cerrando poco a poco, obligándolo a elegir dentro de un margen que otros habían definido por él.
Cada opción lo empujaba en la misma dirección: obedecer, mantenerse firme, sacrificarse si era necesario.
Valeron empezó a ejecutar pequeñas desviaciones.
Sugirió nuevas rondas de negociación aun cuando sabía que fracasarían.
Pospuso decisiones urgentes alegando prudencia.
Envió emisarios donde otros habrían enviado ejércitos y ordenó estudios e informes para tratar problemas que exigían una respuesta inmediata.
Cada decisión parecía insignificante por separado, pero todas tenían el mismo propósito: Valeron necesitaba tiempo. Tiempo para preparar una salida. Tiempo para imaginar una vida que no perteneciera a la Corona. Tiempo para convencerse de que todavía era posible escapar.
No actuó movido por la ambición ni por el deseo de perjudicar a su reino; sus decisiones surgían del terror y la desesperación al sentirse atrapado.
No obstante, las consecuencias no distinguían entre intenciones y resultados.
Mientras él aplazaba decisiones, la posición de Elyndor se debilitó y los enemigos aprovecharon cada demora.
Había antepuesto su libertad al deber que juró cumplir.
Y eso, concluyó el autor, era una forma de traición.
—Ese libro. Danay siempre lo llevaba encima.
Therenya se encontraba al final de la galería, donde había vuelto a encontrar un espacio tranquilo para leer en uno de los alféizares.
Antes de que pudiera ponerme en pie para ejecutar la reverencia pertinente, su sombra se cernió sobre la página abierta.
Estaba tan cerca que pude oler el perfume dulzón de su cuello.
—Se negaba a prestármelo, así que cuando un día lo dejó descuidado sobre uno de los bancos del jardín, lo cogí.
—Curvó los labios en una sonrisa distraída—.
Podría haber aprovechado para leerlo, pero estaba tan molesta que preferí escondérselo.
Tendría… ¿ocho años, quizá nueve? Lo coloqué entre otros, en la biblioteca privada de mi padre.
—¿Tardó en volver a encontrarlo?
Estaba sorprendida de que Therenya hubiera decidido compartir ese recuerdo conmigo. Era la segunda vez que me contaba una anécdota. Me pregunté si se habría convertido en una nueva rutina entre nosotras. ¿Tendría alguna con el resto de las candidatas?
—Más de lo que a ella le habría gustado, pero menos de lo que yo esperaba. La vi volver sobre sus pasos dos veces. Pensé que preguntaría al servicio, pero no habló con nadie hasta que lo encontró.
—¿Y qué hizo entonces?
Me parecía útil conocer el temperamento que había usado con su propia hermana, aunque hubieran pasado años desde aquello.
—Lo ojeó durante un momento. Supongo que comprobaba que fuese su ejemplar. —Se encogió de hombros—. Luego se lo metió debajo del brazo y se dirigió a una de sus lecciones.
Fruncí el ceño.
—¿Ya está?
—Ya está. —La sonrisa se ensanchó—. Aunque no volvió a dejarlo fuera de su alcance.
Incluso se lo colocaba en el regazo cuando comíamos con nuestros padres.
—Bajó el tono, como si quisiera compartir conmigo una confidencia—.
A madre le ponía nerviosa que lo posara sobre el mantel tras haberlo apoyado en otra decena de lugares.
Bajé la vista al cuento. El pulso se me había acelerado tras conocer la importancia que tenía para Danayher. ¿Por qué había decidido dármelo a mí? Me preocupó no estar a la altura del análisis que podría esperar de él.
—Tal vez pensó que había sido el servicio quien lo había colocado allí.
—No. Sabía que había sido yo. Pero estaba acostumbrada a mis bromas, así que se había vuelto muy paciente. Aunque también celosa con sus pertenencias más preciadas, como has podido comprobar. Me sorprende que haya decidido prestarlo. ¡Vas a poder leerlo antes que yo!
—Si queréis, puedo resumiros las dos historias que he leído —ofrecí con torpeza.
Therenya soltó una carcajada. Me tomó del brazo y me invitó con un suave tirón a bajar las piernas del alféizar.
—Pasea conmigo.
Cerré el libro con más cuidado del necesario antes de ponerme en pie.
Caminamos sin un rumbo aparente, si bien pronto me di cuenta de que Therenya elegía de forma consciente los giros que toma ba.
Los pasillos se abrían en tramos amplios, donde la luz se filtraba sin llegar a calentar.
La princesa no habló de inmediato. Dejó que el silencio se asentara entre ambas, como si también formara parte de la conversación.
—Tu acento no es de aquí —observó al fin—. Tampoco tus rasgos.
No había juicio en la observación. Solo una precisión tranquila.
—Vengo de Aesnovar.
Therenya asintió, como si ya lo supiera. Posiblemente así fuera.
—Se nota en cómo eliges las palabras. Más directas. Menos… adornadas.
—En el Imperio no sirve de mucho adornar las intenciones.
—Lo sé. En la frontera se mezclan las lenguas y las costumbres. Los comerciantes cruzan las montañas todos los meses y no solo traen consigo mercancía, también historias, tradiciones, formas de hacer y de pensar.
Los pasos de la princesa eran cortos, aunque su estatura no era mucho menor a la mía. Me vi obligada a ajustar el ritmo para no sobrepasarla.
—¿Estuvisteis mucho tiempo allí? En la frontera.
—Me fui cuando tenía diez años para formarme en uno de los grandes templos.
—Según tenía entendido, eso implicaba que habían transcurrido ocho desde entonces—.
Aunque el territorio de la frontera forma parte de la Corona, es tradición entregárselo a la segunda hija de la reina, así que fue una forma de asentar también mi derecho sobre el territorio. Resulta extraño estar de vuelta.
—¿Es un regreso definitivo?
—Al menos por el momento. El Consejo quiere que esté cerca de mi hermana durante la transición que seguirá a su coronación. Luego, mi destino será voluntad de Danay.
—Debe de ser complicado adaptarse a tantos cambios.
Me tocó el brazo para avisarme de que tomaríamos el siguiente giro.
—No importa dónde estés. Al final, la corona siempre pesa lo mismo.
—Se giró hacia mí y por primera vez me miró de forma más directa—.
He tenido que formarme con la misma exigencia que ella.
Si por cualquier motivo tuviera que cumplir mi papel como reemplazo, ya no habría tiempo para aprender.
—Therenya desvió la vista hacia las ventanas a nuestra izquierda, como si el tema ya no requiriera más atención—.
Ser la segunda no cambia los sacrificios que se esperan de ti. Solo cuándo te toca demostrarlos.
Tras la última esquina, alcanzamos el lugar al que nos había estado dirigiendo. La luz se volvió más suave, tamizada por paneles altos que dejaban pasar el sol sin permitirle imponerse del todo. El aire también era distinto.
Me detuve al poner un pie dentro, lo suficiente para que la comparación surgiera sin pedir permiso.
En Aesnovar, los invernaderos eran estructuras cerradas, casi herméticas, donde cada brote se protegía del frío exterior.
Los tallos eran más largos, las hojas más abiertas, como si hubieran aprendido a aprovechar cada resquicio de luz.
En el palacio de Eakheral, era diferente.
Avancé despacio, recorriendo con la mirada las hileras irregulares, los pequeños canales de agua, la forma en que la humedad se concentraba solo donde era necesaria.
Un leve crujido me hizo alzar la vista.
En una de las ramas más altas, donde la sombra era más espesa, se encontraba lo que parecía ser un búho oculto entre las hojas. Tenía las plumas recogidas y la cabeza ligeramente hundida entre los hombros.
Había visto un ave similar en el palacio imperial de Aesnovar.
Asomada a través de un ventanal que daba a los jardines, la había visto cortar el viento helado que me azotaba la piel.
No había podido observarla con atención, pero recordaba un plumaje marrón y blanco como el que estaba contemplando en aquel instante.
—Ese es Arkh —indicó Therenya—. Como supongo que ya os habrán explicado, cada mujer de la familia real elige un animal. El búho fue mi elección. No vestirán la Corte con él, pero sí me permitieron tener uno. Viaja conmigo a todas partes.
—Es precioso —dije en voz baja.
—Pues deberías verlo despierto.
El parecido con su hermana era evidente.
En los rasgos, en la línea de la mandíbula, en la forma de los ojos…
Sin embargo, bastaba una sonrisa para romperlo.
La de Danayher era difícil de ver, pero, cuando conseguía rajar la contención que la caracterizaba, resultaba fluida, como agua que encontraba una salida.
La de Therenya era más fácil de captar, pero también más comedida. Como una puerta entornada.
—Te he traído aquí —dijo posando una mano sobre el dorso de la mía— porque creo que es un lugar más acogedor para continuar tu lectura.
Entreabrí la boca y me tomó unos instantes de más usarla para responder:
—Muchas gracias, alteza.
Cerró los dedos alrededor de mi brazo, en un apretón cómplice. Al soltarme, comenzó a caminar hacia la salida. Se volvió una última vez, con una expresión divertida en el rostro.
—Cuando lo termines, tal vez acepte ese resumen que me ofreciste antes.
Su ausencia dejó un silencio pesado, apenas roto por el sonido del agua de riego. Busqué el refugio de un árbol frutal y apoyé la espalda contra el tronco áspero. Acaricié la encuadernación tosca, recordando la historia de Valeron.
No era la corona en sí lo que lo había atrapado, sino todo lo que exigía sostenerla; la falta de libertad que convertía cada gesto en una obligación y cada elección en una renuncia.
Pensé en Danayher, en la precisión con la que se movía y elegía las palabras. Incluso sus sonrisas más sinceras se convertían en una decisión deliberada en público. Cada error convertido en una decepción; en una amenaza.
Pensé también en Therenya. En su forma de permanecer dentro de los límites sin tensarlos, de moverse sin oponerse abiertamente a nada, pero sin llegar a diluir su voluntad.
Si había una jaula de oro, ambas estaban dentro. Solo que no la habitaban del mismo modo. No sabía cuál de las dos se parecía más a Valeron. O si la comparación, en realidad, era inevitable para cualquiera que no pudiera apartarse del deber.
Si alguien entendía lo que significaba no poder elegir sin consecuencias, esa era yo.
En la última página de ese segundo cuento, había una línea escrita en una caligrafía distinta. Era ligada, de trazos curvos y altos. Debía de pertenecer a una joven Danayher.
«¿Qué corona pesa más, la que se lleva o la que se desea?».