Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

M e convencí de que esa misma tarde, cuando acudiese a sus aposentos para seguir revisando los documentos sobre mi raza, Danayher me ofrecería a mí pasar un día con ella.

Era la única forma que había encontrado de paliar el dolor que sentía en la boca del estómago y a cada instante estaba más impaciente.

La princesa me había permitido leer informes bélicos, aunque pronto comprendí que cuanto iba a obtener de ellos era una lista de los puntos débiles de mi raza. La forma en que algunas frases terminaban en el aire y algunos párrafos quedaban incompletos no dejaba lugar a dudas: faltaban páginas.

Danayher se puso en pie, pero no seguí sus movimientos con la mirada.

Tenía los ojos clavados en las líneas que surcaban el pergamino.

Detallaban un método de castigo militar que consistía en aislar al condenado en una caverna helada, donde debía sobrevivir con las mínimas atenciones.

Si lo lograba, se le consideraba purgado de cualquier agravio.

La familiaridad me hizo apretar los puños debajo de la mesa. Si aquella era una información con la que contaba Eakheral, sin duda formaba parte del conocimiento del I mperio de Aesnovar. Del conocimiento del Gran Príncipe.

Había usado una tradición de mi pueblo para castigarme.

Danayher depositó una copa ante mí. Era su forma de marcar el final de la sesión con lo que parecía haberse convertido en una rutina: un nuevo intento de enfriar su contenido.

Sentí la rabia recorriéndome el cuerpo como la cera derretida. En el momento en que más afectada me sentía, había decidido volverse hacia mí para pedirme que le sirviera de espectáculo.

—Estos textos solo hablan de cómo se debía derrotar a mi pueblo. No hay una sola mención a la forma en que ellos planeaban las ofensivas. ¿Acaso…?

Me detuve abruptamente para no continuar la frase que se me había formado con demasiada rapidez en la cabeza: «¿Acaso teméis lo que sería capaz de hacer si recordara mi verdadero filo?».

Danayher me observó, primero con extrañeza y después con irritación. Apartó la copa de mi lado y posó la mano en el lugar que había dejado libre para poder inclinarse hacia mí y evitar que le rehuyera la mirada.

—¿No te parece que ya me he arriesgado lo suficiente al poner ese conocimiento a tu alcance?

—Pero… —Moví las manos en el aire con frustración—. ¿De qué sirve si está sesgado? ¿Si seleccionáis meticulosamente la información que me proporcionáis? ¿O pensáis que no había notado que también faltaban páginas en el herbario?

Al verla fruncir el ceño, supe que debía haber cuidado la lengua. Danayher era la heredera de Eakheral; no podía cuestionarla como a una igual.

—A veces la cura y la herida nacen de la misma raíz.

Me observó desde arriba, con la mandíbula tensa, y marcó las pausas como si importaran tanto como las palabras. Tuve que contenerme para medir las mías, aunque no pude deshacerme del cinismo.

—Lo hacéis entonces por protegerme. ¿Es así?

Soltó un bufido cuando se apartó de mí en un gesto limpio. Rodeó el escritorio y rebuscó entre los papeles que guardaba dentro de uno de los cajones. Los dispuso ante mí girados, para que pudiera leerlos sin dificultad.

Uno de ellos contenía un canto tradicional, replicado en un lenguaje que yo desconocía.

Al final de esa misma página, había una anotación en una caligrafía diferente y en un idioma que tanto ella como yo comprendimos sin esfuerzo: «No son humanos, son bestias heladas». El contraste fue cortante, hiriente.

Otro de los manuscritos, en ese caso de corte eclesiástico, rezaba: «Son criaturas sin alma, condenadas a imitar la vida».

Ante mí había expuesto ilustraciones grotescas, cuerpos alejados del que yo poseía.

Parecían hechos de cristal quebrado, con ojos vacíos y miradas carentes de expresión.

Representaciones caricaturescas de lo que alguna vez habían sido.

Me alejé de la mesa en un acto reflejo y la espalda me rebotó contra el respaldo.

—A veces, disponer de toda la información es doloroso. —Danayher posó la mano sobre los documentos y los apartó antes de que pudiera leer más—. Así que sí, intentaba protegerte.

Esa fue la última vez que acudí a una sesión como aquella. Aunque no se debió a mi insolencia.

Crucé las puertas tras una disculpa y una reverencia, con una mezcla de vergüenza e irritación.

Para mi desgracia, al otro lado se encontraba Perfeccionismo.

Si me guiaba por su expresión, a medio camino entre la incredulidad y la repulsión, no me costaba imaginar que el día que había pasado con Danayher no había implicado entrar en la Cámara de la Princesa, tal y como nos había hecho creer.

Me lo tomé como una pequeña victoria. En ese momento no sabía que me quedaban pocas.

* * *

A pesar de que el ejército tenía como montura a los colmillos de escarcha, el transporte convencional en Eakheral se realizaba a caballo. Todas nosotras contábamos con experiencia en equitación, pero montar en el desierto conllevaba cierto desafío.

La arena cedía bajo los cascos incluso cuando parecía firme, y cada movimiento requería de anticipación.

El avance no era limpio, el galope perdía ligereza; un gesto demasiado brusco no corregía, desestabilizaba.

Sin embargo, el mayor enemigo era el calor, que fatigaba al animal con mayor facilidad.

Los caballos se habían ensillado de antemano, alineados bajo la sombra escasa de las caballerizas, que se localizaban cerca de la hondonada convertida en patio de armas.

Tenían un brillo inquieto en los ojos, con ese temblor leve en los flancos que no terminaba de desaparecer ni siquiera cuando permanecían quietos.

Montamos una a una. Cuando le llegó el turno a Xytherel, colocó el pie en el estribo y se impulsó con la misma precisión contenida de siempre.

Sin embargo, en cuanto su peso se asentó, el caballo reaccionó.

Los fuertes músculos de las patas se tensaron y el animal arqueó el cuello de forma antinatural.

Las orejas se plegaron hacia atrás y la primera sacudida llegó antes de que la aspirante hubiera podido siquiera sujetar las riendas.

Xytherel se inclinó hacia delante en un intento de ganar estabilidad, pero el caballo se encabritó con una violencia seca que la obligó a aferrarse a las crines.

El segundo envite le hizo perder el equilibrio.

No llegó a caer de inmediato. Se quedó colgando, aferrada con una pierna al lomo y con las manos a las bridas, pero el animal giró sobre sí mismo con un tirón brusco y la expulsó de la silla.

La aspirante cayó de lado con torpeza, sin tiempo para intentar protegerse la cabeza con los brazos.

El caballo avanzó un paso más, piafando sin control. Uno de los cascos descendió demasiado cerca del cuerpo inmóvil de Xytherel. Mi montura se removió y relinchó.

El ruido de las riendas tensándose llegó un instante después, cuando uno de los mozos logró sujetarlo con un tirón desesperado. A pesar de la resistencia inicial, consiguió que cediera lo justo para apartarlo.

El silencio que siguió fue denso, como si nadie terminara de asimilar lo que acababa de pasar. Xytherel seguía en el suelo, completamente quieta. Sin tratar de incorporarse, sin un gesto tardío de reacción.

—¡Que alguien haga llamar al sanador real! —ordenó la Maestra, aproximándose.

Algunas de las aspirantes habían avanzado un paso. Otras se habían quedado donde estaban, tensas, sin saber si intervenir. Yo había bajado de mi montura.

—¿Está…? —preguntó Empatía con los ojos verdes muy abiertos.

La Maestra se agachó junto a la candidata y le colocó dos dedos sobre el cuello.

—No, todavía tiene pulso. Dejad vuestras monturas en la caballeriza y regresad a palacio. Quiero la pista despejada para cuando acuda el sanador.

Ninguna opuso resistencia a la orden. Las aspirantes guiaron a sus caballos hacia la salida.

Empatía se giró mientras se alejaba con el resto para lanzar una mirada de preocupación en dirección a Xytherel.

Lo que me detuvo a mí, sin embargo, fue escuchar un susurro pronunciado por la voz de la Maestra; lo suficientemente bajo para que un oído humano no lo percibiera.

—No quiero que esto trascienda.

Al volverme hacia el origen del sonido, la encontré junto al mozo.

Este había conseguido calmar al caballo, aunque seguía sujetando las riendas con tensión.

La Maestra se aproximó y revisó con atención la manta que habían colocado sobre el lomo al ensillarlo.

Parecía estar comprobando algo concreto, más que realizando un examen superficial.

—Llévatelo y encárgate de que le desinfecten las heridas.

Me mantuve donde estaba un instante más, fingiendo que ajustaba las cinchas de mi caballo para no llamar la atención. Esperé a que el mozo que llevaba el animal encabritado me sobrepasara, de forma que fui la última en entregar las riendas.

Di un paso atrás, como si solo buscara dejar espacio.

Luego otro, girando ligeramente el cuerpo para no quedar alineada con la salida principal.

Seguí avanzando sin prisa, de modo que mi vestido blanco no captase la atención.

Pasé junto a uno de los postes hacia un lateral, por donde había visto desaparecer al caballo de Xytherel.

El sonido cambiaba allí. Se escuchaban menos voces, solo el roce de los animales y el golpe ocasional de un casco contra la madera.

Habían apartado y doblado la manta sin cuidado.

Me agaché como si comprobara la hebilla de la bota y aproveché ese ángulo para observar la tela.

Era más gruesa de lo habitual y, al darle la vuelta, encontré unas pequeñas puntas metálicas distribuidas de forma irregular.

Dispuestas para hundirse en la carne bajo el peso.

No había sido un accidente.

Enderecé la espalda despacio. La idea se asentó con una claridad incómoda.

Xytherel nunca había destacado especialmente en los ejercicios, solo en la interpretación musical, y ya había sido castigada por ello con la banqueta rota.

Había sido una presencia tranquila, que pasaba desapercibida a ojos de la princesa en la mayoría de las ocasiones.

Y, sin embargo, había sido el blanco de aquel sabotaje.

No había un margen seguro, y quien estaba detrás de aquella criba carecía de escrúpulos.

Durante un instante consideré decir algo. Pero no supe a quién, ni si hacerlo me perjudicaría.

Caminé a mi dormitorio con la cabeza gacha y la imagen del cuerpo inerte de Xytherel grabada en la memoria. La idea de que pudiera quedarse fuera de la competición no me consoló como esperaba, y me encontré preguntándome si a mi padre le habría decepcionado mi debilidad.

* * *

Lo último que esperaba al entrar en mis aposentos era encontrar a la doncella de pelo grisáceo sentada en una silla. Se puso en pie en cuanto me vio, pero no le di oportunidad de explicar qué hacía allí.

—Fuera —ordené furiosa.

Me hice a un lado y señalé la puerta. No obstante, cuando se aproximó no fue para salir, sino para cerrarla.

Apoyó la espalda contra ella y yo enarqué una ceja.

Todos los músculos del cuerpo se me pusieron en alerta.

Que su expresión no fuera amenazante no descartaba el peligro.

Los depredadores más fieros no necesitaban mostrar los dientes.

—Necesito hablar contigo.

—¿Para que puedas volver a insultarme? —Solté una risa cínica—. He dicho que te vayas.

—Sé que perteneces a la raza de los Hijos del Hielo.

—A pesar de que su voz era un susurro, me lancé a apartarla de la puerta—.

Sé lo que pasó con el lobo —continuó mientras permitía que le tirase del brazo para arrastrarla por la habitación—.

Al principio me negaba a creer que fuese algo más que una casualidad, pero el otro día te vi las heridas de la espalda.

La solté y la miré con extrañeza. No había sido cuestión de azar que clavase los dedos justo donde se habían encontrado las alas.

—¿Qué tiene eso que ver con…? ¿Cómo sabes…?

Pero tenía la respuesta ante mis ojos, al menos a la segunda pregunta.

La idea de que hubiera más personas como yo, después de lo que el Imperio había hecho a mi pueblo, me resultaba inconcebible hasta tal punto que había ignorado el parecido físico, e incluso la incapacidad para sudar y ruborizarse aquel día en la lavandería.

El aire se me quedó congelado en el pecho. Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo y me senté en el borde de la cama para buscar un punto de apoyo.

—¿Cómo es posible? —pregunté sin aliento.

—Eso ahora no importa. —Se arrodilló ante mí, buscándome los ojos—. Estoy aquí porque si pudiste controlar al lobo, puedes hacer lo mismo con los iskarths .

—¿Los iskarths ?

La doncella chasqueó la lengua.

—Los colmillos de escarcha. Las monturas reales. Si pudieras hacer que se doblegaran a tu voluntad…

—¿De qué estás hablando? Yo no controlé al lobo. Él decidió irse.

Soltó una risita.

—Puedo asegurarte que esas bestias no atienden a razones. Solo algunos eran capaces de dominarlos. Aquellos que desarrollaban alas. Si aprendieses a usar ese poder… Eres muy valiosa, Eira.

Me puse de pie con la respiración alterada. Cuando intentó sujetarme por la muñeca, le di un empujón que la envió de espaldas al suelo.

—He dicho que yo no hice nada. —Marqué cada palabra para que el mensaje calase—. No soy la persona que buscas.

Fui inmune a la mirada de desprecio que me dedicó mientras se levantaba.

—Pues eres la única a la que puedo recurrir.

Cuando por fin me quedé sola en la habitación, sentí que el techo iba a caerse sobre mí, que las paredes iban a comprimirse y asfixiarme. Alguien más había sobrevivido al genocidio.

Pero eso también significaba que alguien más conocía mi secreto.