Capítulo 28
M e negué a volver a ver a Silas Drask.
A la mañana siguiente, una doncella vino a buscarme para llevarme a su encuentro tras una de las lecciones de Retórica y Conversación.
«Trasládale mis disculpas, pero ahora mismo estoy demasiado ocupada para recibirle.
Dile que le deseo un próspero viaje». Los mensajeros no necesitaban grandes despedidas.
Si ese era el papel que había decidido ostentar, ese sería el trato que recibiría por mi parte.
Por supuesto, a Danayher no se le escapaban ese tipo de detalles.
—Había programado nuestro encuentro para la tarde para que tuvieras tiempo de despedirte del soldado imperial.
Me encogí de hombros, como si no le diese importancia al asunto.
—No quería robar más tiempo a mis labores de aspirante. El que me concedisteis ayer ya abusaba de vuestra generosidad.
—Puedo imaginar lo difícil que resulta estar lejos de casa; si puedes tener un mínimo contacto familiar, no seré yo quien te lo niegue. Espero que la visita resultase fructífera.
Sabía que intentaba obtener información, pero nunca había tenido tanto reparo a la hora de hablar. Cualquier desliz a oídos de Danayher era peligroso.
Había impuesto entre nosotras una distancia más formal, en contraste con la vulnerabilidad que había mostrado la noche anterior.
—Fue agradable.
Danayher cabeceó ligeramente como asentimiento.
—Pasemos entonces al asunto que nos atañe.
Se giró hacia la mesita. Sobre ella descansaba un libro, algo bastante insólito en Eakheral, pues no solían encuadernar sus manuscritos.
—Puesto que en la quinta prueba cada aspirante me dio un obsequio, he querido corresponderos de la misma forma. Cada una recibiréis una historia diferente, que deberéis comentar conmigo en unos días.
Era de un tamaño menor a los que acostumbraba a consultar en la Biblioteca Imperial, y tenía una cubierta sobria en comparación con los adornos dorados o plateados que usaban allí. Unas letras grabadas sobre el cuero suave me indicaron el título: Tres traiciones para Elyndor .
La conversación no se alargó, pues Empatía e Inseguridad aguardaban en la puerta del despacho para recibir sus respectivos libros. Llevada por la curiosidad, paseé por aquella ala en busca de un lugar con buena luz en el que poder echarle un vistazo.
La galería se abría en una curva suave, siguiendo la forma de la gran torre.
Los ventanales, altos y estrechos, se repetían a intervalos regulares y dejaban entrar una luz que alargaba las sombras sobre el suelo.
Me senté en el alféizar de uno de ellos, recogiendo las piernas contra el pecho y apoyando la espalda en el marco.
Observé el vacío a mi derecha y el pellizco que sentí en el estómago fue más un ancla a la que aferrarme que una molestia.
Al ojear el libro, confirmé que constaba de tres historias.
Unas páginas me bastaron para comprender que se trataba de un libro para niños.
La pluma era ligera, con un lenguaje sencillo que agradecí, pues mi dominio del idioma era limitado.
Me pregunté si ese sería el motivo de que me hubiera asignado aquella lectura, aunque una parte de mí temía que fuese una burla.
Traté de apartar la incomodidad y me concentré en Lyren, el protagonista del primer cuento.
Tenía una estructura como tantos otros. Un caballero enviado a contener una invasión a su reino.
Un deber claro, una orden directa y una enorme grieta que estaba a punto de cambiarlo todo: el nombre de una mujer.
Su amada había sido secuestrada y eso bastaba para torcer el rumbo de cualquier relato.
Lyren no albergaba demasiadas dudas. El texto enseguida lo mostraba desertando con aquella lógica tan limpia que seguían las historias que defendían que el amor lo justificaba todo.
Continué leyendo, anticipándome al siguiente paso antes de que ocurriese; el rescate, el peligro, el reencuentro, la idea implícita de que sus faltas serían perdonadas si el final era el correcto.
Entonces me topé con una línea que había sido subrayada con firmeza: «Quien traiciona por amor no compromete su lealtad, se la entrega a un nuevo dueño».
La leí varias veces, primero buscando su sentido en el texto, y luego el motivo por el que Danayher había decido señalarla.
No suavizaba la decisión de Lyren, no la justificaba.
La desnudaba. La convertía en algo más preciso.
Deslicé los dedos con una sensación incómoda en el pecho sobre el trazo que la princesa había esbozado.
* * *
Las lecturas acapararon el tema de conversación del almuerzo.
Cada aspirante hablaba de las tramas de sus libros y de lo que habían entendido de los fragmentos que habían tenido tiempo de leer.
Había reflexiones pulidas, conclusiones seguras, incluso alguna frase que sonaba demasiado perfecta como para no haber sido ensayada antes de pronunciarla.
Las elecciones de Danayher eran muy diferentes no solo en el contenido, sino en la intención.
El de Xytherel estaba lleno de giros y de decisiones calculadas que parecían responder a una lógica interna más que a la emoción.
A Reputación le habían asignado uno más directo, casi esquemático, con escenas claras y pocos rodeos, pensado para que nada importante se perdiera en la forma.
El de Inseguridad, por lo que había alcanzado a escuchar, giraba en torno a un error condicionante, como si obligara a mirarse a una misma desde la duda.
Perfeccionismo había recibido algo más técnico, donde cada avance dependía de tomar decisiones sin margen de fallo.
Empatía, por su parte, había mencionado en más de una ocasión lo que un personaje no decía, o lo que otro parecía evitar, como si lo importante estuviera en lo que quedaba fuera del texto.
El mío no era complejo; tampoco especialmente extenso.
La historia avanzaba sin rodeos, desnuda de artificio.
Había algo incómodo en esa sencillez, como si no ofreciera dónde esconderse, y me avergonzó la simpleza con la que habría podido describirlo.
Quizá las aspirantes que habían nacido en Eakheral incluso lo reconocieran como parte de sus lecturas cuando eran infantes.
Opté por mentir y negar haberlo empezado para no tener que darles explicaciones.
No obstante, había otro elemento diferenciador: aquella línea subrayada. No me cabía duda de que mis oponentes habrían presumido de contar con anotaciones de la propia princesa en sus lecturas. De igual forma que Perfeccionismo estaba a punto de alardear de su nueva ventaja:
—Danayher estuvo conmigo mientras hojeaba mi manuscrito. Me hizo preguntas mientras leía. Sobre lo que veía, sobre lo que entendía.
Una pausa breve. Suficiente para dejar que el resto de la sala terminara de acomodar la información.
—Y después… —añadió con una ligera inclinación de cabeza— me pidió que pasara el día con ella. Como parte de las pruebas. Incluso pude visitar la Cámara de la Princesa.
El comentario no buscaba respuesta, pero la generó igual.
—¿El día con ella? —preguntó sorprendida Empatía—. ¿Por qué?
—Dijo que quería ver cómo me adaptaba al entorno habitual de una Mariposa.
—¿Qué hicisteis? —preguntó Inseguridad. Llevaba rato sin participar de forma activa en la conversación, pero su interés parecía haberse renovado.
—La acompañé en sus tareas diarias y en sus reuniones. También tuvimos tiempo para conversar. No sobre el libro, exactamente.
Hablaba sin prisa. Cada frase caía con una seguridad que no buscaba impresionar, dando los detalles justos para provocar un efecto, pero al mismo tiempo no revelar información útil. Me irritaba concederle el mérito. La inquietud se me había instalado en el estómago.
—Supongo llama a todas —comentó Reputación, que seguía sin hablar el idioma de Eakheral con soltura.
Buscó en nuestros rostros confirmación, pero detuvo los ojos en el de Perfeccionismo, que la observaba con una sonrisa condescendiente.
—Dudo que la princesa quiera desperdiciar su tiempo. Se limitará a elegir a las que más posibilidades tengan.
—¿Te lo ha dicho ella? —preguntó Inseguridad con voz titubeante.
Perfeccionismo ladeó la cabeza, sin perder la sonrisa. Nos observaba como si fuésemos pupilos y ella, nuestra maestra.
—Es evidente. Cada acto aquí está sujeto a juicio, no solo lo que ocurre durante nuestras lecciones o pruebas. Los vínculos con figuras de autoridad siempre generan interés. Aunque no siempre positivo.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Empatía.
Ella no había estado presente durante la conversación en la que Perfeccionismo había desencadenado el rumor sobre la cercanía entre Reputación y el profesor Halvar. Sin embargo, no estuve segura de contar con toda la información cuando respondió:
—No me corresponde a mí dar más detalles. Tenemos a dos aspirantes que pueden hablar desde su propia experiencia.
Xytherel no tardó en pronunciarse:
—Los rumores —dijo con calma contenida— suelen hablar más de quien los repite que de quien los protagoniza.
Eso me hizo imaginar que había sucedido una conversación previa entre ellas.
En el mercado, el vínculo entre Xytherel y el soldado al que había llamado por su nombre de pila me pareció evidente.
Estaba claro que tampoco había pasado inadvertido a ojos de Perfeccionismo, pero había preferido no exponerlo de forma directa.
¿Se debía a que el rumor sobre Xytherel era real en lugar de obra de su propia invención?
—Y, aun así —respondió Perfeccionismo—, hay interpretaciones distintas para una misma realidad, según quién la observe.
—Y otras que se fuerzan cuando no encajan con lo que se desea ver. —Nunca había visto a Xytherel tan seria ni hablando con tanta seguridad—. Eso no convierte suposiciones en realidades.
—No —concedió Perfeccionismo—. Pero sí puede explicar las dudas de la princesa sobre las motivaciones de ciertas candidatas y las compañías que las sustentan.
Xytherel tenía razón. A veces los rumores decían más de quien los repetía que de quien los protagonizaba. Pero también era importante qué se elegía compartir y qué se decidía no mencionar.
Empatía alternó la mirada entre ambas durante su intercambio, con una clara expresión de incomodidad.
—¿Y quién es la segunda? Has dicho «dos aspirantes».
—Creo que ya sabéis la respuesta.
Las miradas se clavaron en Reputación, que ni siquiera se había dado por aludida.
—¿Con quién? —La voz de Reputación sonó cortante—. Si mancillas nombre, hazlo claro.
Perfeccionismo sostuvo su mirada sin pestañear.
—Con el profesor Halvar.
Reputación soltó una risa breve, incrédula.
—Absurdo.
—¿Lo es?
La pregunta no procedió de Perfeccionismo. La Maestra de Aspirantes había intervenido. Todas las miradas se desplazaron hacia ella. Su expresión permanecía serena, aunque había desaparecido cualquier rastro de indulgencia.
—No hace falta que esgrimáis insinuaciones veladas —dijo—. Danayher ya tomó una decisión al respecto.
Reputación se tensó.
—¿Respecto qué?
—Al objeto perteneciente al profesor que apareció entre tus pertenencias.
El silencio se volvió absoluto. Nuestros rostros expresaban la incredulidad que sentíamos. Todos menos el de Perfeccionismo, que observaba a la Maestra como si hubiese hecho un comentario acerca de la comida.
—¿Qué?
La palabra apenas salió de los labios de Reputación.
—Se encontró durante una inspección rutinaria de los aposentos. La princesa decidió no iniciar una investigación formal porque no existían pruebas suficientes para extraer conclusiones. No te afectará.
Aquello era favorable para Reputación. No iban a expulsarla. Sin embargo, que la simple posibilidad se hubiera servido sobre la mesa ponía en tela de juicio su honor.
—No importa que no haya hecho impropio. Importa que la gente habla. En días todos saben. Y cada cosa hago bien, dirán es por eso. Mi familia lleva generaciones con nombre. No voy dejar que cambie por selección.
La Maestra observó a la joven durante unos instantes.
—Nadie te está pidiendo que te marches.
Reputación realizó una inclinación impecable.
—No. Solo colocáis en posición donde quedarme perjudica más.
La acusación quedó suspendida entre ambas. Esperé una réplica que nunca llegó y la ausencia resultó más elocuente que cualquier defensa.