Capítulo 27
E s a noche mi mente había mantenido alejado al sueño.
«Potencial para rebelarse». Esa era la opinión que la Maestra tenía sobre mí, y la proposición de Silas solo se burlaba de ello.
¿Era eso lo que había visto el Gran Príncipe en mí?
Entonces ¿por qué me había convertido en un ser que solo sabía enseñar los dientes? Incapaz de serle leal.
Un sonido constante y rítmico me hizo incorporarme sobresaltada.
Lluvia.
Estaba acostumbrada a escucharla golpeando el cristal en las noches de ventisca, acompañada de los lamentos que el viento colaba entre las grietas de la piedra.
Siempre había encontrado reconfortante la seguridad de una cama, envuelta en pieles mientras fuera las gotas se congelaban antes de haber tocado el suelo.
Allí, en cambio, las ventanas eran un agujero abierto al exterior.
Nada impedía a la lluvia colarse en la habitación y, de hecho, cuando me acerqué al alféizar, mis pies descalzos encontraron la humedad del suelo.
El olor a petricor llegó con intensidad y una ráfaga fría me agitó la tela del camisón.
Las primeras gotas no se habían perdido en la arena de igual forma que lo hacían en la nieve.
Al tocarlas, el suelo pareció estremecerse y, durante un instante, un humo casi imperceptible escapó como un aliento atrapado.
No había tenido ocasión de conocer demasiado sobre los desiertos en mi vida, pero sí lo suficiente como para saber que la lluvia era un fenómeno insólito.
Contemplé la ciudad, silenciosa y a oscuras después de que el agua hubiera apagado por completo las brasas, y los jardines de palacio que se refugiaban tras los muros.
La lluvia repiqueteaba contra los toldos y salpicaba las hojas de las palmeras.
Desde aquella altura, no podía apreciar mucho detalle, aunque unos puntos anaranjados captaron mi atención bajo un cielo que comenzaba a clarear.
Se movían a través de los caminos de arena, y tardé en comprender que se trataba de unos faroles cuyas llamas titilaban mientras luchaban por mantenerse con vida.
Un grupo de personas avanzó a paso calmado, sin un aparente rumbo fijo, hasta detenerse junto al lugar en el que se agrupaban los cisnes reales.
Una figura se alejó del resto y se aproximó al murete.
No parecía importarle que la cortina de agua la golpease sin piedad, ni parecía haber sido sorprendida por ella, pues no buscaba cobijo.
Solo la familia real se movía con semejante séquito y solo uno de sus miembros afrontaba la vida con esa actitud sólida e impertérrita: Danayher.
Encontrado el origen de mi desvelo, lo más prudente habría sido regresar a la cama, pero las horas que había pasado en vela elaborando estrategias para demostrarle que no era una amenaza, ni para su reino ni para ella, me pesaban sobre los hombros.
«A Danayher no le gustan las demostraciones excesivas —había dicho Xytherel—. Le gustan las presencias constantes».
No estaba segura de poder serlo cuando ni siquiera era capaz de sostener mis propios pedazos, pero estaba dispuesta a hacer cuanto estuviera en mi mano para seguir viva.
Lo peor que podía suceder era que me rechazara y me viera obligada a vagar por los jardines empapada para simular que nos habíamos encontrado llevadas por el mismo afán de sentir la lluvia sobre la piel. Quizá cuando llegase ya se hubiera marchado.
Me calcé y me puse el vestido más grueso que encontré, de forma que cuando la tela blanca comenzara a transparentar no me hiciese sentir desnuda. En mi armario solo había una capa ligera, más decorativa que práctica, que me eché por los hombros.
La encontré en el mismo sitio, sentada sobre los semicírculos de piedra que llamaban «fuente».
El agua le había pegado el cabello negro al cráneo y había un mohín permanente en sus labios, bajo los que se acumulaban las gotas que caían hasta su regazo.
Allí descansaba un cisne que la princesa acariciaba distraída.
La seda naranja se había adherido a cada una de sus formas y no parecía importarle que el bajo de su vestido, en torno al que se arremolinaban más aves, se hubiera manchado de barro.
Estaba acostumbrada a que le cambiase el rostro cuando me veía, pero hacía tiempo que los ojos no le brillaban ante nada.
El único reconocimiento a mi presencia fue que sus iris dorados siguieran cada uno de mis pasos a medida que me acercaba.
Los soldados me miraron, dubitativos de si debían detenerme o permitirme acercarme.
Al no recibir ninguna orden, sir Odran hizo un gesto con la mano.
A su señal, los guardias se hicieron a un lado, formando un pasillo que atravesé hasta ella.
No sabía qué hacer o qué decir. Era Danayher quien comenzaba y ponía fin a nuestras conversaciones. Me incliné en una reverencia, no por protocolo, sino para obligarla a hablarme, aunque solo fuese para indicarme que podía erguirme de nuevo.
—Puedes unirte a mí, si lo deseas.
Se tomó su rato para pronunciar ese ofrecimiento. Por una vez no era una orden.
Me abrí paso entre los cisnes y aguanté estoicamente el miedo que me provocó que uno de ellos extendiese las alas en señal de protesta cuando le rocé con el tobillo. Tomé asiento junto a ella, aunque a una distancia prudencial.
El agua había formado charcos sobre la arena y las gotas arrancaban salpicaduras en la superficie.
Mis pies, dentro de las sandalias, estaban helados; aunque eso nunca había sido una sensación molesta, no me gustaba sentirme empapada.
Sin embargo, no mostré ningún gesto de incomodidad.
Compartí con ella el silencio de aquella noche que llegaba a su fin hasta que obtuve suficiente valor como para romperlo:
—¿Qué os sucede?
Danayher emitió un sonido que no supe discernir si era un suspiro o una risa.
—¿Una princesa no puede languidecer bajo la lluvia con expresión taciturna sin que se le achaque algún mal?
—No me remito solo a esta noche.
Las gotas se deslizaron por los mechones que le enmarcaban el rostro cuando lo alzó hacia mí. El amanecer había comenzado a despuntar en el horizonte y su luz iluminó los dos soles que tenía por ojos.
—Vaya, muy observadora. —Su tono no era burlón. De verdad parecía sorprendida—. El canto del cisne. Eso es lo que me ocurre.
Ladeé la cabeza, intentando buscar sentido a sus palabras. Tal vez era una expresión propia de Eakheral.
—Creo que no os entiendo, alteza.
En esa ocasión no me quedó duda de que lo que exhaló fue un suspiro.
—El canto del cisne es un último gesto que se muestra al mundo antes del punto final.
Una última gran obra. Se dice que los cisnes guardan silencio toda su vida para reservarse ese instante.
Como si la verdad solo pudiera decirse cuando no queda nada que perder.
Como si la claridad siempre llegase tarde.
Un momento breve en el que los errores, las decisiones, el pasado, cobran sentido, pero sin posibilidad de corregirlos.
Es hermoso, pero también irrevocable. —Cogió entre los brazos al cisne al que estaba acariciando y lo depositó sobre el suelo con el resto.
Se aclaró la garganta y se acomodó la falda, pese a que estaba tan mojada que apenas pudo despegársela de las piernas—.
Mi padre enfermó hace semanas y desde entonces su estado no ha hecho más que empeorar.
Recordé el aspecto frágil que el rey consorte había mostrado en el palco el día en que Danayher e Ysolde habían hecho la demostración de lucha.
De pronto las miradas ausentes, la apariencia distraída y las sonrisas tristes de la princesa adquirieron un sentido. Eso era lo que había estado guardando en su interior durante los últimos días. Me sentí cruel por experimentar alivio al conocer el motivo tras tanta incertidumbre.
—Es el final de la era que representaba mi madre —continuó—. Cuando mi padre muera, también lo hará el último pedazo que el mundo conservaba de ella: la voluntad de que su marido se ocupara del trono hasta que yo estuviese preparada para tomarlo.
—Eso no es cierto. —Parpadeó repetidamente ante la afirmación, que se me había escapado con más brusquedad de la deseada—. El último pedazo de vuestra madre seguirá vivo en vos. En vuestra voluntad de preservar su legado. Vos misma me lo dijisteis cuando me explicasteis el porqué de la mariposa.
—No estoy segura de estar a la altura de lo que eso requiere, Eira. Son necesarios muchos apoyos.
—Tenéis todo un reinado para conseguirlos. Los cambios requieren de paciencia para que puedan sustentarse sobre cimientos firmes.
La lluvia comenzó a amainar y deseé que las dudas de Danayher se disiparan con la misma facilidad con la que comenzaban a hacerlo las nubes.
La heredera se volvió para contemplar la imagen a nuestras espaldas.
Los cisnes, ante nuestra falta de atención, se habían sumergido en la masa de agua que habían dispuesto para ellos.
Dos de ellos se buscaban sin tocarse, deslizándose con una quietud engañosa que abría ondas suaves.
Sus cuellos dibujaban curvas lentas, casi idénticas, esbozando formas suaves que se repetían en un compás marcado.
Comenzaron a aletear con fuerza, manteniendo los cuerpos sobre la superficie sin llegar a emprender el vuelo ni salpicar.
Sus movimientos eran precisos, elegantes y simétricos.
Hasta que, por fin, se permitieron rozarse.
Ese gesto marcó el instante en que los dos cisnes dejaron de medirse, en que los dos ritmos se convirtieron en uno suave y acompasado.
Sus cabezas se encontraron y sus cuellos evocaron las líneas de un corazón, como el que el Gran Príncipe había plasmado una vez de niño, antes de perforar el papel con la pluma y reducirlo a jirones.
—Es la danza del amor —susurró Danayher con una sonrisa que, esa vez, parecía genuina—. Los cisnes encuentran un amor para toda la vida y cada año renuevan su vínculo con este cortejo.
No apartó los ojos de ellos mientras lo explicaba.
Su expresión se había dulcificado e, incluso con el maquillaje destrozado por la lluvia, estaba hermosa.
Recordé que había sido una de las preguntas que las aspirantes habían hecho antes de conocerla, y no comprendí cómo la respuesta no era unánime para todo el que pudiese verla. Su belleza era una trampa silenciosa.
La oferta de Silas estaba allí, suspendida entre nosotras, aunque no encontraba un lugar en el que posarse. Dentro de mí había una resistencia que no respondía a la razón, y no contemplaba siquiera la posibilidad de atravesarla.
En ese momento comprendí que el rechazo que había sentido hacia la propuesta no se remitía simplemente a que el Gran Príncipe hubiera intentado usarme como su herramienta privada. También me enfurecía que Silas hubiera hablado de la muerte de la princesa con aquella ligereza.
La idea de que Danayher dejara de existir abría dentro de mí un vacío que nada tenía que ver con la selección. La posibilidad de perderla me resultaba mucho más insoportable que la de regresar al Imperio, y me inquietó descubrir hasta qué punto me perturbaba imaginar un mundo sin ella.
Al encontrarme mirándola con una intensidad que me avergonzaba, la heredera me tomó la mano entre las suyas.
Tenía la piel helada y me preocupó que la exposición a la lluvia pudiera llegar a enfermarla.
No tuve ocasión de verbalizar mi inquietud, pues entrelazó nuestros dedos y tironeó de mí para que me inclinara.
Me rozó el oído con los labios y se le escapó el aliento en un susurro que me erizó la piel.
La intensidad de su voz me instó a que prestase atención a retener cada palabra.
Cuando se apartó, la miré a los ojos para cumplir la orden.
—Lo juro.
Su petición me persiguió durante mi vuelta al ala de dormitorios.
Pese a que la Cámara de la Princesa estaba en la misma zona que mis aposentos, me había invitado a adelantarme para volver a mi dormitorio, pues quería un momento a solas.
Al llegar al pasillo, encontré a Perfeccionismo apoyada en el marco de su puerta.
—¿Dónde has estado? —preguntó con la misma actitud demandante que usaba mi padre cuando me escabullía durante horas, con la diferencia de que su autoridad sobre mí comenzaba y terminaba en su tono.
—Disfrutando de la lluvia.
Continué el paso hacia mis aposentos sin detenerme. Su puerta se encontraba en el mismo lado que la mía, de modo que su ventana ofrecería unas vistas similares. No necesitaba más respuesta. No me cabía duda de que había presenciado mi encuentro con la princesa en el jardín.
En ese instante, sin embargo, subestimé la importancia que una situación así podía tener en una competición como la nuestra. Todos mis pensamientos estaban concentrados en las palabras que la princesa me había susurrado contra la piel:
«Quiero que me jures que, si alguna vez te pido algo injusto, me lo negarás».