Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Abrí los párpados de golpe. Me volví hacia él, esperando encontrar en su expresión algún rastro de burla. No podía ser una propuesta en firme.

—Con total impunidad —repetí en tono escéptico. Aunque, en realidad, lo único que ocupaba mi mente era la palabra «asesina»—. ¿Qué significa eso?

—Nos permitirá casarnos. Tendremos un buen sustento y no contarás con una posición que te obligue a involucrarte en la Corte Imperial. Ya no podrá hacerte daño.

Me agarré al reposabrazos del banco. Noté cómo perdía el equilibrio. El Emperador no me había enviado a Eakheral por respeto a la memoria de mi padre, sino con la esperanza de convertirme en un instrumento que debilitase el poder de su Corona.

—¿Por qué querría volver?

Fue mi boca la que se movió, pero no reconocí las palabras como mías. El jardín que hacía unos instantes me había parecido hermoso se tambaleó ante mis ojos.

—Tú misma lo has dicho, Eira. Nada te asegura que seas la elegida.

—El tono calmado que había usado hacía un momento había desaparecido, sustituido por uno lleno de urgencia que hacía que las palabras se atropellasen las unas con las otras—.

Esta es tu oportunidad de conseguir un salvoconducto.

Si vuelves con las manos vacías, sabes que el Gran Príncipe no dudará en deshacerse de ti.

—¿Qué certeza tengo de que su decisión de no matarme no se base en el deseo de continuar atormentándome? ¿Crees que su palabra tiene algún valor?

Alzó la barbilla con solemnidad. Agitó las aletas de la nariz.

—No permitiría que volviese a hacerte daño.

Sentí la carcajada gestarse en el estómago y tuve que tragármela para que no me ascendiera por la garganta. Me puse en pie y lo observé desde mi altura.

—Y dime, ¿cómo podrías tú protegerme de un futuro emperador?

Pude ver el dolor posándose en cada una de esas facciones que tan bien conocía, pero no me importó.

Él había traicionado mi confianza al ofrecerme aquel embuste.

Era un necio si pensaba que el Gran Príncipe bendeciría nuestra unión.

Lo único que pretendía era provocar en Silas la impotencia de presenciar cómo destruía lentamente aquello que quería sin que pudiera hacer nada al respecto.

Era su castigo por haber osado desearme, de igual forma que había buscado dañar a mi padre por haberme convertido en parte de la Corte Imperial.

—No tienes que tomar una decisión ahora.

Medita su ofrecimiento y mientras tanto gánate la confianza de Danayher.

Mantente cerca de ella. Hay un pasadizo de servicio antes del panel tallado que comunica la antesala con el dormitorio de la princesa —dijo apenas moviendo los labios—.

No está sellado. Desemboca en una galería de mantenimiento.

Estará vacía durante la noche. —Hablaba como si estuviera comentando algo trivial, con la mirada fija en un punto indeterminado entre la vegetación.

Mi mente, entrenada durante años por mi padre, fue recopilando cada detalle, aunque yo sintiera que las palabras perdían el sentido según las pronunciaba—.

Si la sigues, encontrarás una escalera estrecha.

Da a un nivel inferior de servicio, junto a los conductos de agua.

Sigue el sonido. Te llevará hasta un canal de drenaje que atraviesa el muro exterior.

Es anterior a las últimas reformas. Nadie lo usa ya.

La cerradura de la reja está oxidada. Cederá si aplicas presión en el lado derecho.

Era imposible que él hubiese recopilado esa información. Aesnovar tenía un informante dentro de la Corte Cisne. Alguien con acceso a la Cámara de la Princesa.

Silas deslizó algo hacia mí sin mirarme. Una pequeña bolsa de tela. El sonido apagado de las monedas al chocar entre sí fue suficiente. No hice amago de cogerla.

—Con eso podrás pagar transporte una vez salgas de la ciudad. No te detengas en los alrededores. Cruza la frontera lo antes posible y una vez estés dentro del Imperio, escribe. No importa desde dónde. Nosotros nos encargaremos del resto.

¿Quiénes eran «nosotros»?

Tuve que contenerme para no retroceder un paso.

La persona que se encontraba ante mí había pasado de ser el aliado que había unido cada uno de mis pedazos rotos a formar parte de una confabulación encabezada por mi peor pesadilla.

No me servía como justificación que se preocupase por garantizar mi seguridad.

Dudaba que se hubiera mostrado tan dispuesto si fuese a otro hombre al que le hubieran prometido mi mano.

—Y evita los atajos fáciles —añadió entonces, como si fuera lo único que realmente le importara—. Nada de venenos en comida o bebida. —Eso sí me hizo mirarlo—. Danayher lleva toda la vida preparándose para reconocerlos.

El comentario cayó con una naturalidad inquietante. Miré a mi alrededor. Los naranjos seguían rodeándonos. La luz no había cambiado. Todo parecía igual que hacía unos instantes. Y, sin embargo, la estabilidad bajo mis pies había desaparecido.

Había sido tan estúpida al permitirme un momento de debilidad en su compañía. Me sentía como si estuviese siendo arrastrada por una riada.

No me resistí cuando me agarró la mano y depositó sobre la palma la bolsita de dinero. Al soltarme, el brazo me cayó junto al costado como si se tratase del de una muñeca de trapo. En eso me había convertido, despojada, una vez más, de todo tipo de humanidad.

Solo era una pieza más del Imperio. Incluso para el hombre que decía amarme.

—Sé que ha sido buena contigo, pero Danayher ya ha perdido esta batalla. Hay dos bandos y debes posicionarte en el ganador si quieres sobrevivir.

Entrecerré los ojos. ¿Se refería al conflicto entre la princesa y el clero?

—¿Qué quieres decir con que hay dos bandos?

—Ya has oído todo lo que necesitas saber.

Solté un bufido, incrédula.

—Entonces te deseo un buen viaje, Silas.

Hizo el amago de acercarse, como si la despedida exigiera algo más que palabras, pero el paso que retrocedí provocó que el gesto muriera antes de nacer.

Me fui sin volverme para mirarlo una última vez, insegura de lograrlo sin lágrimas en los ojos.

No sabía si lo que había sentido por él había sido amor, pero no había necesitado ponerle un nombre para que, al romperse, doliera.

Igual que dolía verle traspasar las mismas líneas que un día nos habían unido.