Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

L os jardines estaban contenidos dentro de muros altos que rodeaban el palacio.

Senderos de piedra pálida separaban parterres de arena rastrillada, donde crecían palmeras, adelfas y rosales bajos protegidos del viento.

El agua corría por acequias estrechas y silenciosas, alimentando estanques poco profundos que reflejaban la luz blanca del cielo.

Bajo una pérgola que proyectaba sombra fresca incluso a esa hora de la mañana, se encontraba Silas. Inclinaba la espalda ancha hacia el vallado en el que había apoyado los antebrazos, y observaba con curiosidad las aves que se mojaban las plumas en la distancia.

—Se llaman «cisnes» —le indiqué con una sonrisa.

El idioma de Aesnovar me pesaba de forma extraña en la lengua. Había comenzado a considerar el del reino como propio, y volver a utilizarlo me dejó un sabor amargo en los labios.

Se giró de inmediato con la boca entreabierta por la sorpresa y la respiración agitada.

Intentó mantener la compostura al ver a Therenya a mi lado, quien se había ofrecido a indicarme el camino hasta los jardines, y el pelo rubio ceniza le refulgió bajo el sol cuando se inclinó en una reverencia, ligeramente distinta a la que se utilizaba en Eakheral.

—Princesa Therenya, os presento a Silas Drask. Era uno de los hombres de mi padre.

Silas pronunció una única palabra para saludarla.

El corazón me dio un vuelco. Había usado el tratamiento utilizado en el Imperio para designar a las personalidades extranjeras que ocupaban el primer puesto en la línea sucesoria.

Tenía una intención muy concreta: el reconocimiento, aunque nunca la igualdad, pues ningún heredero se consideraba a la altura del Gran Príncipe Imperial, de la misma forma que ningún otro gobernador lo estaba del Emperador.

Aguardé a que Therenya le indicase su error, esperando que no me hubiese equivocado al juzgar su carácter.

—Es un auténtico lujo que se preocupen de esta forma por tu bienestar —dijo, en cambio, con una sonrisa. Me planteé que, al ser parte de un idioma extranjero, no hubiera entendido su significado—. Os dejo a solas. Estoy segura de que tenéis mucho de lo que hablar.

Durante nuestro paseo hasta allí habíamos rozado temas variados, como unos dedos acariciando la superficie del agua.

Había repetido en la mente la frase que había pronunciado mientras se interesaba por las comidas típicas del Imperio o los tejidos más populares.

«Quien aprende a ver más allá del lienzo entiende la verdad del poder».

La despedimos con una reverencia, la mía más inquieta que la de él.

Me alegré de que la herida que me había provocado el bofetón del guardia hubiese sanado por completo, pues los ojos azules de Silas se deslizaron con rapidez por mi cuerpo, buscando algún signo de malestar más allá de aquel que siempre me acompañaba.

Demostró recordarlo cuando evitó rozarme las heridas de la espalda al abrazarme.

El olor a cítricos fue sustituido por el del cuero curtido y el polvo cuando le hundí el rostro en el pecho.

Me permití destensar los hombros y soltar un largo suspiro.

Por primera vez desde que nos habíamos separado, sentí que podía bajar la guardia.

—Veo que te han tratado bien —murmuró contra mi pelo—. Tu respuesta a la carta no resultó convincente para el Imperio.

La breve calma que me había proporcionado su presencia se diluyó. Las dudas me aprisionaron el pecho y me cortaron el suministro de aire. Me aparté con brusquedad y él me persiguió la mirada con expresión disgustada.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Bajé el volumen de la voz hasta convertirla en un susurro que el viento no pudiese llevar hasta oídos indiscretos—. Me has puesto en una situación complicada al visitarme. Los dos sabemos que al Imperio no le importa en absoluto mi bienestar.

Silas era la única persona que sabía el sufrimiento que el Gran Príncipe me había causado.

Había jurado no repetirlo ante nadie, mucho menos ante mi padre; aun así, no me había atrevido a compartir algunos incidentes con él.

Solo Danayher conocía cuál había sido mi paradero durante las semanas que había permanecido cautiva.

—Deberías hacerlo. —Soltó un bufido y se pasó una mano por la mejilla llena de pecas—.

Cumplo órdenes directas de él, Eira. —Aunque tuvo la deferencia de no pronunciar ni su nombre ni su título, el escalofrío me recorrió la espalda de igual manera—.

Me pidió que viniese a asegurarme de que estabas bien y de que tu progreso en la selección era favorable.

—¿Por qué le importa? —Las palabras me salieron de entre los dientes como el silbido furioso de una serpiente.

—¿Podemos abordar ese tema más tarde? —Una tímida sonrisa volvió a asomar en las comisuras de los labios finos—. Mañana debo partir y quiero disfrutar de este instante. Todo en lo que puedo pensar es en la alegría que me produce ser a quien ha enviado.

—¿Mañana? ¡Pero si acabas de llegar!

—No se trata de una visita, solo de la entrega de un mensaje.

«Pues entrégamelo entonces», quise demandarle. Me obligué a apartar la rabia a un lado. Había recorrido un largo viaje y no merecía un mal recibimiento por cumplir las órdenes de un tirano. Señalé el pequeño banco de madera.

—Siéntate. Debes de estar agotado.

—Tranquila, he podido descansar brevemente. —Aun así, aceptó mi ofrecimiento—. Llegué bien entrada la noche, aunque las calles estaban llenas. Pensé que habría algún festejo.

A pesar de la temperatura, la calidez de su cuerpo me resultó reconfortante.

—Esta ciudad duerme tarde. El día aquí pertenece al sol, no a las personas.

—No hace falta que lo jures. —Se pasó la mano por la frente para quitarse las gotas de sudor—. No consigo acostumbrarme al aire. Es asfixiante, se queda atascado en el pecho. ¿Cómo vivís aquí sin buscar sombra a cada paso?

Me encogí de hombros.

—Se aprende. El calor no se combate, se evita. Nadie camina deprisa al mediodía, las audiencias importantes son al amanecer o al anochecer, el mercado abre a última hora de la tarde… Supongo que el desierto enseña paciencia.

—Eso me alivia. —Soltó una risita—. La princesa necesitará mucha contigo.

—¡Oye!

Le golpeé el brazo con el puño. Él lo pasó por mis hombros y me estrechó contra su cuerpo. Sentí un vacío en el estómago cuando me soltó, pese a que sabía que no era prudente arriesgarnos a que alguien viese cómo de cercanos éramos.

—Therenya no es la mujer a la que aspiro a servir.

—Lo sé —dijo él, algo confundido por la aclaración—. Estoy al tanto de que el nombre de la heredera es Danayher.

—¿Entonces por qué has usado el tratamiento reservado para los sucesores?

Su expresión se transformó de la calma al horror. Clavó los ojos en el suelo, que recorrió con rapidez mientras, imaginé, rememoraba la conversación en su cabeza.

—¿Crees que se habrá ofendido?

Aunque hubiera considerado que sí, sonaba tan angustiado que lo habría negado.

—Lo dudo. Es posible que ni siquiera conozca el significado del término. En Eakheral ambas reciben el tratamiento de «alteza», sin distinción.

—Si ha reparado en ello, al menos podría decirse que es indulgente. ¿Qué hay de su hermana? ¿Lo es también?

—Es… —me mordí el labio mientras buscaba la palabra adecuada— impredecible. Como caminar sobre arena suelta; no sabes qué paso será firme.

—¿Ensayas lo que vas a decir como hacías en el Imperio?

Me volví hacia él con el ceño fruncido.

—¿Tanto se notaba?

Esa vez fue él quien se encogió de hombros con una mueca burlona.

—A veces respondías antes de que terminasen de hablarte.

—Porque si hubiera dudado, habrían creído que soy estúpida.

—O habrían creído que piensas.

Sacudí la cabeza reacia a darle la razón.

—No creo que nadie en una corte valore eso.

—Un gobernante sí.

Suspiré. Quizá no necesitaba aliento, sino a un amigo que me mostrase esa compasión que detestaba cuando procedía del resto.

Que se sentara a mi lado, en el pozo de barro en el que me encontraba, y lamentase mi destino con la misma fuerza con la que lo hacía yo.

Si el dios al que mi raza había adorado hubiera existido, estaba segura de que habría permitido que muriese con el resto de mi pueblo.

—Solo va a elegir a una, Silas. Y puedo asegurarte que no voy a ser yo. No soy una persona que deje huella. Cuando alguien se ha detenido a echarme un segundo vistazo, siempre ha sido con repugnancia en los ojos.

—Creo que deberías dejar de intentar impresionarla.

Enséñale que no eres una simple aspirante intentando conseguir una buena posición a cambio de halagos, sino alguien en quien puede apoyarse.

—Hizo una pausa y permitió que su mano se acercase a la mía, que reposaba en el banco.

Me rozó en un gesto discreto pero tierno—.

Tu padre siempre decía que la confianza no nace de la perfección, sino de la previsibilidad.

Di un puntapié a una pequeña piedra.

—Recuerdo sus enseñanzas, pero no siempre son fáciles de llevar a la práctica.

Echaba de menos la sensación de protección que siempre me había brindado.

Incluso en los peores momentos, cuando se ausen taba y yo me convertía en el pasatiempo favorito del Gran Príncipe, sabía que a su regreso encontraría un refugio donde lamerme las heridas.

Hasta que volvió la última vez. Dentro de una caja de madera.

Pensar en el hijo del Emperador reavivó mis dudas. El reencuentro con Silas había resultado sanador, una pizca de familiaridad en un entorno que, a pesar de las semanas que habían pasado, seguía resultando desconocido; sin embargo, no podía seguir obviando el motivo que le había traído hasta allí.

—Dime qué estás haciendo aquí, Silas.

Soné más cansada de lo que pretendía.

—El Gran Príncipe tiene una oferta para ti. —¿Hasta dónde estaba dispuesto a seguirme con tal de que siguiera formando parte de sus retorcidos juegos? Cerré los ojos y aguardé a que continuara. Lo hizo en un susurro—: Asesina a la princesa Danayher y podrás regresar a Aesnovar con total impunidad.