Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Quiero que cuando el resto me vea como una criatura rota, seáis vos quien me reconozca entera.

—Agaché la cabeza, demasiado azorada como para sostenerle la mirada.

Había ensayado cada una de aquellas frases, cuidando con minuciosidad el equilibrio entre petición y exigencia.

Las siguientes palabras, sin embargo, escaparon a borbotones de mi boca—: No sois la culpable de lo que me falta, pero podéis elegir sostener lo que queda.

Inspiró hondo y el aire se quedó un instante contenido antes de salir.

—No puedo imaginar por lo que has pasado, pero puedo asegurarte que mientras estés bajo mi protección, te mantendré a salvo. Tienes mi palabra.

Asentí con torpeza, todavía incapaz de mirarla.

En un primer momento, me costó discernir si era sincera o se debía a la mera cortesía.

Al alzar la vista, sin embargo, me encontré con la verdad.

La tensión de sus dedos sobre la tela de la muñeca había cambiado.

La sostenía con más firmeza, como si temiese que pudiesen arrebatársela.

Parpadeó despacio y el rastro húmedo desapareció de esos ojos que me rehuían la mirada.

—Gracias por haber compartido esto conmigo, Eira. Significa mucho para mí. Es un recuerdo de una realidad desagradable y triste, pero puede ser valioso si se honra en lugar de usarse como una cadena.

Tensó apenas los labios al final de la frase, en un intento breve de cerrar algo que no debía abrirse.

Su agradecimiento me resultó amargo, pues no había sido totalmente sincera con ella.

—Podéis quedárosla —murmuré mientras cogía los objetos que había dejado sobre la mesa.

Los guardé sobre la tela que cubría el fondo de la caja.

Una que había colocado para ocultar el compartimento que habían tallado en la madera.

Al bajar la tapa, habría podido asegurar que escuché el vial tintinear.

El chasquido me indicó que se había activado el mecanismo, uno que no pretendía enseñarle a la princesa.

No quería que pudiese ver el peor obsequio que el Gran Príncipe me había hecho nunca.

El verdadero motivo por el que había convertido aquella caja en un objeto de castigo.

«Para el día en que comprendas que deberías haber muerto con ellos».

* * *

A la mañana siguiente, la doncella que acudió a mis aposentos para prepararme el baño volvía a ser la de siempre. Nunca había interactuado con ella, y tal vez por eso su cara mostró estupor cuando le pregunté si había alguna zona en el palacio donde hubiera retratos de la familia real.

En el palacio imperial había una galería llena de los rostros de aquellos que habían precedido al Emperador, e imaginé que el palacio de Eakheral no sería una excepción.

No obstante, cuando la doncella quiso saber si me refería a los cuadros en los que habían inmortalizado a las antiguas reinas, me descubrí respondiendo: «Al de Danayher. Me refiero al de Danayher».

Sin sus indicaciones, nunca habría encontrado aquella salita.

La disposición de los sillones, que se orientaban los unos hacia los otros sin llegar a enfrentarse, dejaba un espacio central que invitaba a la conversación más que a la formalidad.

En uno de los rincones había un pequeño clavecín, pero la capa de polvo que cubría las teclas me indicó que hacía tiempo que nadie las tocaba.

Sobre una mesa junto a la ventana, donde podían aprovecharse las horas de más luz, encontré un bastidor con la tela a medio trabajar.

El hilo seguía enhebrado en la aguja, pero el dibujo se interrumpía en un punto inacabado.

Allí no había polvo acumulado, pero sí esa ligera pátina que dejaba el tiempo cuando nadie lo interrumpía.

No había olor reciente a té, ni flores frescas que llenaran el elaborado jarrón. Los cojines se hundían de una forma uniforme, como si llevaran demasiado tiempo sin ser recolocados.

La habitación parecía congelada, aguardando a una persona que claramente ya no iba a volver. A la misma que presidía el cuadro que había ido a buscar.

Era un retrato familiar en el que la reina Rimeyah ocupaba el centro, sentada erguida, con una firmeza que incluso la pintura no lograba suavizar del todo. Su marido se encontraba a su espalda y una versión más joven de sus hijas ocupaba cada lado.

Danayher estaba adelantada; lo suficiente como para que la mirada se dirigiera hacia ella sin esfuerzo. Había algo en la tensión de su postura que ya reconocía. Incluso ahí, inmóvil, parecía decidida.

Therenya, en cambio, tenía el cuerpo ligeramente girado, como si no terminara de someterse a la composición. Su expresión era suave, abierta.

Aquellas representaciones no se asemejaban tanto como habría esperado. O quizá lo hacían, pero no de una forma evidente. Era en los rasgos donde se encontraba el parecido: la línea de los ojos, la forma de la boca. Pero bastaba una inclinación mínima para que esa similitud se diluyera.

Y, aun así, no podía dejar de mirarla. Danayher.

Deslicé la mirada por los detalles: la caída del tejido, la posición de las manos, la forma en que la luz caía sobre el rostro y borraba cualquier rastro de dureza. La mirada era menos intensa, pero también más inaccesible.

No sabía si eso la hacía más real o menos.

—Fue un día largo.

La voz llegó desde la puerta. Realicé la reverencia nada más verla, con más rapidez de la necesaria. Therenya no respondió al gesto. Se colocó a mi lado sin prisa, lo suficientemente cerca como para compartir la visión del cuadro.

—Nos hicieron repetir la postura varias veces. Admito que yo no se lo puse fácil. No paraba de moverme. Tenía calor, la tela me picaba… Danay, en cambio, aguantó de forma estoica. Aunque estaba tan concentrada que el artista tuvo que pedirle que sonriera un poco para parecer más cercana.

Devolví la mirada a la obra.

Danayher no sonreía. O lo hacía de una forma tan contenida que resultaba difícil llamarlo así. Había una especie de distancia intencionada en ella.

—¿No quiso hacerlo? —me atreví a preguntar.

La respuesta fue inmediata.

—No. Le dijo que, si quería una sonrisa, tendría que pintarla en otra persona.

No pude evitar alzar las cejas. Therenya dejó escapar una risa breve.

—No perdió los modales al decirlo, si bien tampoco dejó margen a réplica.

Admiré su firmeza, pues yo no fui capaz de negarme a las correcciones del pintor.

Decía que parecía… distraída. Pero había una ventana abierta detrás de él desde la que se veía el patio.

—Se encogió apenas de hombros. Esa vez su sonrisa fue un poco más visible—.

Era más interesante que mantener la cabeza quieta durante horas.

Él ajustó la postura, la mirada… todo lo necesario para que encajara.

Me pareció identificar un deje de irritación en su tono.

—¿Os molestaron esos ajustes?

—En absoluto. Estoy segura de que las visitas que madre traía aquí ni siquiera reparaban en mi presencia en el cuadro.

Padre y yo ocupábamos un papel secundario.

—De modo que ese pequeño paso al frente de Danayher era intencionado—.

La gente tiende a fijarse en quien ocupa el centro.

Eso deja más espacio para observar sin ser observada.

—El comentario cayó con una ligereza que no llegaba a tener—.

Por eso mi madre insistió en que no nos situáramos demasiado cerca de ella.

Recuerdo que intenté apoyar igualmente la mano en el respaldo de su sillón.

Eso es algo que el pintor también se encargó de eliminar.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Por qué os pidió eso?

—El retrato no debía dar la impresión de que dependíamos de su presencia para sostenernos.

—La frase quedó flotando un instante—. Quizá para entonces ya sabía que iba a dejarnos —añadió sin cambiar el tono, si bien la sonrisa se quebró para convertirse en una mueca—.

Murió ese mismo invierno. Después de eso, Danay dejó de discutir. Y yo dejé de distraerme tanto.

Therenya se acercó y rozó el marco dorado con las yemas de los dedos.

—Los pintores de la Corte —continuó, como si el inciso sobre su madre no hubiera existido— tienen la costumbre de suavizar aquello que podría resultar incómodo mantener en el tiempo. Quien aprende a ver más allá del lienzo entiende la verdad del poder.

Repetí aquella frase en mi cabeza e intenté buscarle un sentido. En la Corte Cisne no había palabras que se pronunciasen a la ligera. Me giré hacia Therenya por inercia, como si pudiera encontrar las respuestas en su rostro sereno. Sus ojos viajaron a un punto detrás de mí.

No supe decir si la doncella que aguardaba en la puerta acababa de aparecer o si llevaba tiempo allí. Tampoco cuánto había escuchado.

—Señorita Eira, tiene visita. Si me acompaña.

Lo supe de inmediato.

Silas.