Capítulo 25
N o prestaba atención a las doncellas que se turnaban para prepararme el baño por las mañanas.
Sin embargo, la repetición acababa entrenando al cerebro para reconocer patrones.
Ni siquiera habría necesitado recordar sus rostros para notar que la mujer que entró aquel día por la puerta no era ninguna de ellas.
Su físico destacaba. Y eso me permitió reconocerla de inmediato.
Llevaba el pelo grisáceo recogido en una coleta alta, dejando expuesta la quemadura que le cubría de rugosidades el lado izquierdo del rostro. La claridad del amanecer acentuaba todavía más la frialdad de su apariencia.
Se movió por la estancia como si yo no existiera, vertiendo agua en la bañera y disponiendo las telas limpias con gestos mecánicos.
Permanecí sentada al borde del lecho, esperando que delatara algún indicio de incomodidad, una mirada furtiva que confirmara que reconocía en mí a alguien capaz de desenmascararla.
No encontré nada. Me irritó que actuase con aquella serenidad, que tuviera la desfachatez de presentarse allí después de lo que había hecho.
—Fuiste tú quien me llevó la copa. Era yo quien tenía que haber quedado fuera de esa velada.
No detuvo las manos de inmediato. Ajustó el último pliegue de una toalla sin girarse hacia mí.
—Es posible.
Que no se tomase ni siquiera el esfuerzo de ocultarlo era una forma de burlarse abiertamente de mí.
Me puse en pie y avancé unos pasos hacia donde se encontraba.
—¿Averelle te pidió que lo hicieras?
Perfeccionismo había actuado como si supiera que el contenido de esa copa no era como el del resto. La doncella me sostuvo la mirada sin parpadear.
—Averelle es solo una marioneta que a veces tironea de los hilos que alcanza a ver, creyendo tener el control. Igual que tú.
Noté cómo la tensión me recorría la espalda.
—No soy como ella.
Aunque, ¿acaso no participaba en el juego de la Corte, igual que el resto?
—Es cierto. Tú perteneces a un escenario más amplio. —Hizo una pausa, como si evaluara hasta dónde podía llegar—. Eres el juguete personal del Gran Príncipe.
Las palabras impactaron con más fuerza de la que yo misma habría esperado.
La sujeté del brazo y tiré para impedir que se alejara.
Reaccionó al instante, girando sobre sí misma con un movimiento seco para zafarse de mi agarre.
Durante un breve instante forcejeamos en silencio, demasiado cerca la una de la otra, sus dedos tratando de desprenderse de los míos mientras yo me aferraba con más fuerza de la necesaria, impulsada menos por la razón que por la rabia de escuchar en boca ajena una verdad que me negaba a reconocer.
—Retíralo —gruñí entre dientes mientras acercaba el rostro al de ella.
Entonces me hundió los dedos en la espalda, justo sobre una de las heridas. Sentí que se me nublaba la vista. El dolor me dobló sobre mí misma con un jadeo involuntario. La solté y me alejé con pasos torpes.
Los ojos de la doncella viajaron de sus dedos a mi rostro. Aunque tenía la boca entreabierta, no pronunció palabra. Comenzó a retroceder, sin despegar la mirada de mí, y echó a correr en cuanto alcanzó el umbral.
Permanecí inclinada, con la respiración aún entrecortada.
Su huida no encajaba con la seguridad que había utilizado para provocarme.
Hablar así a una aspirante y después herirla podría ser fácilmente el motivo de que su lugar en palacio desapareciera con la misma facilidad con la que había entrado en mi dormitorio.
Salvo que tuviera el convencimiento de que sus actos no tendrían consecuencias.
Podía sentir cómo la sangre había empapado la tela, de modo que tuve que cambiarme para acudir al encuentro con Danayher en el que le entregaríamos nuestros regalos, que tendría lugar antes del desayuno.
Descarté la idea de decirle algo sobre lo sucedido.
Me resultaba humillante compartir que incluso alguien del servicio se sentía en potestad de señalar mi sumisión ante el Gran Príncipe.
Cuando llegué ante el despacho de la princesa, la caja de madera atrajo la atención de las demás, aunque solo Perfeccionismo evidenció —tapándose la boca para ocultar la risa— lo estúpida que le parecía mi elección.
Ella sostenía entre sus manos un cuaderno pequeño con una cubierta exquisita.
En las de Xytherel había un delicado reloj de arena que brillaba con cada movimiento, mientras que Empatía sostenía una pequeña figura con piedras preciosas engastadas.
Del brazo de Inseguridad colgaba un velo de seda fina de un tono naranja que recordaba al atardecer; las pequeñas cadenas de oro que lo adornaban repiquetearon cuando se giró para mirarme.
Me coloqué junto a ellas con el mentón alto y actitud confiada.
—Es fácil elegir una fragancia para la princesa cuando cuentas con ayuda —comentó Perfeccionismo como si retomase una antigua conversación.
—¿Quién piensas que la ha ayudado? —preguntó Empatía.
—El profesor Halvar, evidentemente. Su preferencia hacia ella es indudable. —Hizo una pausa y elevó una de las comisuras de los labios en una sonrisa de lado—. En todos los aspectos.
Entendí entonces que hablaban de Reputación, pues en el mercado también había insinuado que era su amante. Imaginé que se encontraba ya dentro, entregando a Danayher lo que al parecer era un perfume.
—Dudo que permitieran ese tipo de trampas —dijo Inseguridad.
Si pretendía sonar firme, su voz la había traicionado. Perfeccionismo la miró de arriba abajo, con una ceja enarcada. Señaló el velo que sujetaba.
—Igual que han permitido que tú recibieses consejo de Caelion, querida.
Arqueé las cejas en un gesto de confusión. ¿Caelion? ¿Qué tenía que ver con aquello?
Reputación salió del despacho y la voz de Danayher escapó a través del umbral para pronunciar mi nombre. Me obligué a apartar cualquier otro pensamiento.
Al entrar, sus ojos dorados se desviaron por un breve instante al zafiro que me descansaba sobre la piel pálida antes de centrarse en la caja entre mis manos. Enarcó una ceja; la expectación de su rostro era la de una niña ilusionada por recibir regalos.
La coloqué en el escritorio con delicadeza y activé con dedos temblorosos el mecanismo que permitía que se abriese. Sentí el peso de cada latido como el de los granos del reloj de arena que Xytherel había elegido.
—El otro día, dijisteis que cargabais con arrepentimiento por lo que le sucedió a mi pueblo, pese a que no estuvo en vuestra mano evitarlo.
El contenido de esta caja —levanté la tapa y la volví hacia ella— se usó para atribuirme una responsabilidad que tampoco era mía.
Para hacerme sentir culpable por haber sobrevivido.
Si lo deseáis, juntas podemos transformar ese significado.
Era consciente de que se trataba de un intento atrevido, pero sabía que, en las personas de buen corazón, la culpa seguía una lógica propia, basada en la creencia de que siempre existiría un gesto capaz de deshacer lo irreparable.
Si bien Danayher había puesto a mi disposición los documentos sobre mi raza para intentar saldar esa deuda, aún podía encontrar otras formas de cobrármela.
Aquella suponía también un favor hacia mí misma.
Era el único modo que tenía de apropiarme de mi historia y arrebatársela al Gran Príncipe.
Si se la entregaba a la princesa, aquella caja dejaría de ser un castigo al que acudir cada vez que fallase.
Danayher asintió, dándome su permiso para comenzar. De su interior saqué un zapato diminuto. Había tenido barro seco adherido, pero me había afanado en limpiarlo.
«Por más que corrieron, no pudieron huir —decía el Gran Príncipe cuando me obligaba a contemplarlo—. ¿Acaso crees que podrías escapar tú?».
Danayher extendió una mano y yo lo deposité sobre su palma. Antes de apartar la mía, le dije:
—Quiero que caminéis a mi lado, no sobre mí.
El siguiente objeto fue un silbato tallado en hueso. «La voz de tu pueblo era tan frágil que ya nunca volverá a sonar», acostumbraba a decir él; yo, en cambio, lo convertí en otra petición:
—Quiero que cuando mi voz se alce, sea escuchada.
Tomé entre las manos una pulsera de cuentas de madera. Cada pequeño abalorio estaba pintado de colores llamativos, con símbolos toscos dibujados sobre ellos. Danayher cogió con cuidado el hilo deshilachado. «Adornos pobres para criaturas sin valor».
—Quiero que, cuando me miréis, no veáis un adorno, sino a alguien digno de acompañaros.
Danayher alzó la mirada hacia mí. Tenía las cejas arqueadas y las comisuras de los labios inclinadas hacia el suelo. Los entreabrió apenas un instante y volvió a cerrarlos, como si se debatiera entre decir algo y no querer interrumpirme.
Deseé que lo hiciera para dejar de arder en vergüenza. Deseé que me pidiera que me fuese, que me salvase de continuar haciendo el ridículo. Pero todo cuanto hizo fue inclinarse hacia la caja para comprobar si ya estaba vacía.
A la vista solo quedaba una muñeca a la que, por muchos remiendos que tuviera, le faltaba un ojo.
La repulsión me trepó por la garganta cuando evoqué con claridad la voz del Gran Príncipe: «Una criatura rota para otra criatura rota».
Tensé la mano alrededor de la tela, que cedió bajo la presión hasta que el relleno estiró las costuras.
Danayher extendió el brazo por encima del escritorio y me rozó los dedos en una caricia.
Con reticencia, conseguí aflojar mi agarre.
—Ojalá todos contásemos con alguien dispuesto a remendarnos de forma incansable —susurró mientras la tomaba en su palma.
Allí estaba de nuevo, aquella sonrisa triste que no conseguía hacer que los ojos le brillasen. Al pensar en lo mucho que deseaba que Danayher me remendase, la vergüenza me envolvió como una tela fina que me dejaba expuesta por completo.
—¿Cuál es el mensaje que quieres transmitirme con ella? —preguntó con delicadeza.