Capítulo 24
L os documentos que me había proporcionado Danayher contenían mucha información que se me antojaba irrelevante. No era algo que le verbalizara, por supuesto, pues consideraba que sería insultar su buena voluntad, pero no dejaba por ello de ser decepcionante.
Había observado cómo seleccionaba con cuidado los manus critos que me tendía, para guardar después el resto en un cajón.
A medida que pasaban los días, había comenzado a albergar la duda de si los datos interesantes se encontrarían en ellos, aunque tal vez era mi forma de negarme a aceptar que no había nada interesante que narrar sobre mi pueblo.
«Quizá por eso a nadie le importó que borraran su existencia», había dicho una voz muy parecida a la del Gran Príncipe en mi cabeza. Desde entonces, había intentado no pensar demasiado en ello.
No todo era anodino. Había datos que, más que por su utilidad, había aprendido a valorar por el calor que me hacían sentir en el pecho.
Quizá era eso a lo que se había referido Danayher cuando había hablado de pertenencia.
Había podido ver mapas antiguos, que mostraban los picos de la formación rocosa y los lagos de las tierras del hielo con nombres que ya no existían.
Había encontrado una frase, cuya tinta había acariciado con la punta de los dedos: «El hielo nunca olvida quién lo quebró».
Había aprendido detalles como el golpecito que daban con la parte conexa de la cuchara contra la mesa para agradecer los alimentos, o que evitaban decir «sí» y «no» de forma directa.
Incluso había intentado aplicarlo, aunque Danayher no siempre me permitía andarme con rodeos.
Aquel día, como tantos otros, se encontraba sentada tras su escritorio, enfrascada en los documentos que Ysolde había llevado a sus aposentos poco después de que hubiera comenzado nuestra sesión.
Las puertas se habían abierto con un sonoro chasquido y la mujer había entrado como si aquel fuese un espacio al que acostumbraba a acceder.
No había habido presentaciones entre nosotras ni reverencias a la princesa.
Tampoco había sido anunciada, a diferencia de como había sucedido con Therenya, pero sí la tuteó de la misma forma en que lo había hecho ella.
—Lo que habías solicitado. Ven a verme luego.
Danayher no se molestó por recibir una orden. Asintió con seriedad y se apresuró a revisar los pergaminos antes de que Ysolde hubiera terminado de abandonar la sala.
Había sido una ingenua al albergar la esperanza de que esos momentos a solas sirvieran para acercarme a ella. La única evidencia de que reparaba en mi presencia eran sus peticiones para que le acercase un cojín o para que le sirviera agua de la jarra que descansaba a mi lado.
En esa ocasión, me solicitó que le acercase vino.
Indicó con una mano un aparador en el que guardaba unas botellas.
Cerré los dedos en torno a la de vidrio más claro.
Me acerqué hasta el butacón en el que se encontraba sentada y percibí cómo su atención se desplazaba hacia mí.
Incliné la botella con cuidado. El hilo blanco descendió limpio hasta que cerró los dedos en torno a mi muñeca en un gesto preciso y firme.
—Solo la comida y el agua se sirven por la izquierda.
Me quedé inmóvil, con la botella suspendida en el aire y el pulso atrapado bajo su palma. Su agarre no dolía, pero tampoco cedía. Levanté la vista y me encontré atrapada en su mirada dorada. No había dureza en su expresión, tampoco indulgencia. Solo atención. Concentrada únicamente en mí.
El calor me subió por dentro con una violencia inesperada. No se debía a la vergüenza por la corrección, sino a un motivo más disparatado. La necesidad de sentirme vista después de días de indiferencia.
—Tenéis razón, alteza. Lo lamento.
—Sirve otra copa para ti —dijo cuando me posicioné a su derecha y terminé de llenar su cáliz— y enfría su contenido hasta dejarlo en el punto perfecto.
Durante un instante no entendí la orden. No por lo que pedía, sino por lo que implicaba.
Magia.
En Aesnovar, cualquier desliz como el que había cometido en la celda habría supuesto la muerte.
El control que mi padre me había obligado a ejercer hacía que ese poder me pareciese ajeno.
Y, sin embargo, Danayher lo requería como si fuese algo natural.
Clavé la mirada en ella, buscando en su expresión algún indicio que me revelase que se trataba de una trampa.
No encontré nada más que una atención firme que no dejaba espacio para una negación.
Tragué saliva y tomé la copa con cuidado.
El cristal estaba tibio entre mis dedos, que se cerraron a su alrededor.
Busqué la magia donde recordaba haberla sentido por última vez, en un recoveco profundo de mi interior que no pensaba que fuese a querer despertar de nuevo.
No estaba allí. Solo había una quietud, espesa e incómoda, como si alguien hubiese barrido aquella esquina hasta dejarla irreconocible.
Tragué saliva y me esforcé en escarbar más hondo, en tantear a ciegas y en apartar las capas que había colocado con los años: el miedo, el hábito, el control…
Entonces algo se rompió. Sin permiso, sin contención, la sentí desbordándose antes de que pudiera comprender lo que era.
Para cuando quise sujetarla, ya era tarde.
Sentí el frío filtrándose desde dentro, una sensación conocida y ajena al mismo tiempo. La copa estalló con un chasquido seco. El vino helado se deslizó entre los fragmentos de cristal, goteándome sobre la piel. Me quedé inmóvil, con la respiración contenida, esperando el grito, el castigo.
Danayher no se movió. Su mirada descendió durante un instante al desastre antes de volver a mí.
—Paciencia. —No había reproche en sus palabras, pero tampoco la diversión o la curiosidad que la caracterizaban. Se puso en pie y rodeó el escritorio sin dejar de mirarme—. Cuando uno se apresura, comete errores más fácilmente.
Buscó en un aparador un pañuelo que me tendió para que pudiese limpiarme. Me aparté del charco sobre el que flotaban los pedazos de cristal rotos y dejé huellas húmedas sobre la piedra con las sandalias.
—No te preocupes —dijo mientras volvía a tomar asiento—. Luego ordenaré que lo limpien. Es parte del proceso.
—¿Alteza? —Uno de los guardias asomó la cabeza tras la cortina de seda—. Su hermana desea…
Unos pasos lo interrumpieron. La heredera alargó la mano hacia los documentos que se hallaban extendidos ante mí y los apiló bajo los que ella había estado consultando. Para cuando Therenya hizo su aparición ante nosotras, Danayher ya había colocado la bandeja que sostenía la jarra de agua encima.
—Danay, ¿con qué estás ocupando esta preciosa tarde?
Frenó en seco al verme y luego deslizó los ojos al estropicio que continuaba a mis pies. Tras recibir mi reverencia, me dedicó una sonrisa de lado similar a las que había visto en ocasiones en el rostro de Danayher.
—Eira, ¿cierto? —Arqueé las cejas por la sorpresa de que conociera mi nombre—. En todo el palacio se habla de tu valor al interponerte entre aquella bestia y mi hermana.
—Solo cumplí con mi deber.
—Admito que se asemeja más al de un soldado que al de una Mariposa. —Se encogió de hombros, como si no le diese demasiada importancia—. Mi hermana no ha querido contarme cómo lograste hacer que se fuese. Quizá tú puedas darme los detalles interesantes.
Si Danayher había decidido no contárselo, no iba a ser yo quien le proporcionase más información. Sabía lo peligroso que era que se propagase la verdad. No necesité tomarme mi tiempo para buscar una respuesta que fuese a la par convincente y respetuosa. Danayher intervino antes.
—¿Para que puedas ir repitiéndolos entre los cortesanos? —La heredera sacudió la cabeza y soltó una pequeña risa—. Ya te dije que nadie tiene claro lo que pasó, ni siquiera Eira. El animal decidió irse y es lo que importa. ¿Qué haces aquí, Nya?
Therenya se acercó a nosotras y tomó asiento de un salto sobre el escritorio. Se inclinó hacia atrás para poder mirar a su hermana con una sonrisa juguetona.
—Estaba aburrida y escuché voces. —La princesa menor había sido ubicada en el mismo pasillo en el que se encontraban nuestros dormitorios y la Cámara de la Princesa—. Últimamente parece que prefieres la compañía de Eira a la mía.
Se volvió hacia mí y me guiñó un ojo con lo que, imaginé, era complicidad.
—Si no te he invitado a pasear hoy, es porque tenía entendido que estarías reunida con el duque de Velth.
La imagen de aquel hombre corpulento y vestido al completo de negro me acudió a la mente, donde su nombre siempre estaría vinculado a los múltiples intentos de emborrachar a Danayher. A Therenya se le escapó una risa musical que trató de contener en un gesto delicado de la mano.
—No se te escapa nada. Ha sido precisamente esa reunión la que me ha dejado en este estado de sopor. Ya sabes cómo es el duque.
—No, en realidad le conozco muy poco. Eres tú la que siempre se ha codeado con él.
Danayher se puso en pie y se colocó ante su hermana, cuyas piernas cruzadas aún colgaban desde el borde de la mesa.
Extendió la mano hacia el collar que lucía Therenya.
La piedra estaba estriada en tres capas claramente delimitadas.
Una de un gris azulado, otra de un ámbar tan frío que parecía casi dorado y otra de un blanco sucio con grietas rojizas.
Era un mineral popular entre la Corte Imperial de Aesnovar.
Se llevaba engastado en todo tipo de joyas, incluso en broches masculinos, aunque yo nunca había visto uno de cerca.
Hasta donde tenía entendido, estaba reservado para ocasiones concretas, y mi padre nunca había llevado uno.
—¿Y este colgante? ¿Es nuevo?
Therenya se llevó la mano a él y abrió los ojos por la sorpresa.
—Había olvidado que lo llevaba puesto. —La frase apenas fue un hilo de voz. Se llevó las manos a la nuca y se apresuró a quitárselo. Danayher retiró su agarre, si bien mantuvo el ceño fruncido—. Me lo regaló un comerciante en la frontera.
«Debía de ser un comerciante muy rico», pensé.
—Ten cuidado. Lucir joyas que no siguen el estilo de la Corte Cisne podría molestar a algunos clanes.
La princesa menor hizo un mohín al tiempo que se guardaba la piedra en uno de los pliegues del vestido de tela vaporosa y rojiza.
—Tienes razón, pero yo no tengo un surtido tan selecto como el tuyo.
Las cejas de Danayher se elevaron.
—Oh… Puedes elegir una que te guste de mi propia colección, si es lo que deseas. —Agarró la muñeca de su hermana y con un leve tirón la apartó del escritorio—. Ven.
—¿Me dejarás coger la que quiera?
—Claro.
—¿No me dirás «No, cualquiera menos esa»? —refunfuñó Therenya mientras ambas se alejaban hacia el panel de madera tallada que separaba la antesala del dormitorio.
—Que no…
Me quedé quieta junto al escritorio, moviendo las manos en gestos torpes sin saber si se esperaba de mí que abandonase la estancia o que esperase allí.
Incliné el cuerpo para poder contemplar mejor el lugar donde las había visto desaparecer, pero solo escuchaba sus voces y risas amortiguadas.
Observé mi alrededor, sin tener un lugar concreto en el que detener la vista, hasta que mis ojos llegaron al escritorio.
La bandeja no cubría por completo los documentos que había estado consultando.
En la parte expuesta a la vista, encontré un nombre.
El mío.
Estaba escrito con una caligrafía que reconocí rápidamente, pues la veía cada mañana en la lista de aspirantes. Pertenecía a la Maestra.
«Eira: difícil de medir. Contiene más de lo que muestra. Potencial para rebelarse».
Sentí el pulso bailándome en la garganta y golpeándome los oídos. Leí el resto de las frases visibles, tratando de encontrarle un significado distinto al que resultaba evidente.
«Xytherel: llega tarde a las conclusiones, pero observa lo que otras pasan por alto. Sabe más de lo que dice».
«Velhyra: no impone su presencia y actúa con cautela. Eso la hace fácil de subestimar». ¿Quién era Velhyra?
«Hel’vessa». No pude ver la frase que acompañaba al nombre y tampoco lo reconocí de inmediato.
Si seguía el estilo de los nombres de Eakheral, el que más se asemejaba era Velhyra, de modo que, supuse, debía de tratarse de Inseguridad, mientras que Hel’vessa pertenecía a Reputación.
«Potencial para rebelarse». ¿Contra quién? ¿Contra el reino? ¿Contra Danayher? ¿Eran ese tipo de comentarios los que hacían que Danayher desconfiase de mí y de las intenciones del Imperio al enviarme como aspirante?
El sonido de las voces de las princesas me obligó a levantar la cabeza con celeridad. Mantuve la espalda recta y la mirada fija en una veta oscura de la pared mientras las escuchaba acercarse. Entrecrucé las manos contra los muslos para que no pudieran ver que me temblaban.
—¿Qué opinas sobre mis nuevas joyas, Eira? —preguntó con diversión Therenya.
Se llevó las manos al pecho y enmarcó con los dedos largos y finos el collar que reposaba sobre la piel morena.
Luego, la mano derecha viajó hasta la oreja, de la que colgaba un largo pendiente a juego.
Continuaba repitiendo las palabras que acababa de leer en aquel pergamino en la mente, pero me esforcé en encontrar un comentario a la altura.
—Destaca con el rojo de vuestros vestidos, alteza.
Los labios, más gruesos que los de Danayher, se estiraron en una sonrisa complacida. Tenía las mejillas sonrosadas por pura emoción.
—Eso pensaba yo.
Era mi momento para intentar salir de allí y aclarar las ideas.
—Si no se me necesita para nada más, alteza —me incliné para realizar la reverencia protocolaria—, os dejo a solas.
—De acuerdo, Eira. Deberías ponerte el colgante que te pedí que conservases. También destaca con el blanco de tus vestidos.
—De acuerdo, alteza.
No sonrió. Permaneció con aquel gesto comedido que llevaba días luchando por interpretar.
Recordé aquella velada. No había sido mi vestido a lo que había hecho alusión entonces, sino al azul de mis ojos.
Pese a su comentario, esa misma noche había colocado la joya junto al resto para que a la mañana siguiente las doncellas se la llevasen.
Cuando había vuelto a mis aposentos tras las lecciones, sin embargo, había encontrado el zafiro sobre mi tocador.
Desde entonces, había descansado allí, sin que yo me decidiese a ponérmelo.
Ya no tenía más remedio que hacerlo, pero lo luciría de igual forma que portaba el broche de mariposa: como algo prestado, no propio.
Hacía tiempo que había decidido no asumir ninguna posesión como tal.
El Gran Príncipe se había encargado de destrozar las flautas, las joyas, las cajas de música, los juguetes, las figuras…
Cualquier objeto del que me hubiera encariñado o que admirase por su belleza.
Lo único que me había permitido conservar con el paso de los años había sido la caja de madera.
«Nada que toquen tus manos merece durar», decía él.
Que así fuera.