Capítulo 23 #2
El duque rellenó la copa de Danayher con la misma premura con la que ella había apurado los posos.
La voz de mi padre me resonó en la cabeza: «Quien acompaña a un emperador puede protegerlo, pero también traicionarlo.
En el mundo del poder, los peores enemigos no se sientan frente a ti, sino a tu lado».
Aquel noble no buscaba divertirse; de lo contrario, habría vaciado las mismas copas que ella, incluso más.
Quería nublarle el juicio y soltarle la lengua para poder hablar en su nombre después.
No tardó en convocar otro motivo para beber con la misma naturalidad con la que lo hacía en tantas ocasiones. Demasiadas.
Di un paso hacia la mesa baja como si fuera a tomar un aperitivo de una de las bandejas olvidadas.
Fingí calcular mal hasta ro zar la base de la copa de la princesa.
El contenido se volcó de golpe. Danayher reaccionó al instante, apartándose hacia atrás.
La copa se estrelló en el suelo a sus pies, convirtiéndose en añicos a un palmo de sus sandalias.
El silencio fue tan denso como el vino que se había extendido por el mantel y había comenzado a gotear por un borde, formando un pequeño charco en el suelo. Unas gotas habían aterrizado también sobre el escote del vestido de la heredera.
Un noble sacó un pañuelo con rapidez; otro ofrecía ya el suyo con una inclinación exagerada; alguien más buscaba una servilleta entre los pliegues del servicio.
Retrocedí un paso.
—Perdonad… —murmuré.
Danayher no aceptó ninguno de los primeros ofrecimientos. Recorrió con los ojos brevemente el círculo de manos extendidas hasta detenerse en el anciano que vestía como un guardia. Había permanecido rezagado, sin insistir.
—Gracias, sir Odran.
Fue su pañuelo el que tomó. Un gesto pequeño, casi invisible entre el revuelo, pero revelador.
—Hay que ser extraordinariamente torpe —dijo entonces una voz seca— para provocar un espectáculo semejante.
Levanté la vista. El comentario venía del duque. Me observaba con una severidad apenas disimulada.
—Ha sido un accidente —intervino Danayher antes de que nadie más hablara.
Su tono era sereno, pero tampoco dejó espacio para discusión. No hizo ademán de tomar una nueva copa y rechazó con un gesto cortés la que le ofrecieron.
La conversación se reanudó poco después, aunque el ambiente ya no era el mismo.
Me aparté hacia el borde de la sala, procurando desaparecer entre las sombras de la pared.
Al hacerlo, crucé miradas con el caballero que atendía al nombre de sir Odran.
La inclinación de cabeza fue mínima, pero suficiente para hacerme comprender que no había sido la única que había advertido las intenciones del duque.
Intenté pasar desapercibida, fingiendo que no escuchaba las conversaciones desde aquella distancia en la que unos oídos humanos solo habrían percibido murmullos ininteligibles.
Sin embargo, no pude evitar levantar la cabeza cuando la anciana elevó la voz, distanciándose del volumen suave que había mantenido durante toda la velada.
—Conviene recordar ciertos gestos visibles de devoción.
Especialmente bajo la presencia de Orhal, alteza.
El pueblo encuentra consuelo en la fe y la tradición.
Altares, ofrendas, ceremonias…, señales que puedan ver con sus propios ojos.
—Dejó que las cuentas le resbalaran una a una entre los dedos—.
Hay gobernantes que lo comprenden bien. Incluso en tierras… menos piadosas que las nuestras.
Posó los ojos en mí. ¿Hablaba de Aesnovar?
La frase quedó flotando con estudiada ambigüedad. Algunos de los nobles asintieron, creyendo reconocer la alusión. Fue entonces cuando Danayher alzó la mirada. Mantenía los párpados entrecerrados y tenía un ligero rubor en las mejillas.
—Suena complicado. Que vean con sus propios ojos altares y ceremonias, quiero decir. —Hizo un mohín con la boca. La calma que esgrimía rozaba el desdén—. Si no me equivoco, el cierre de los altos templos a las clases bajas se realizó bajo el pretexto de esa tradición que menciona.
Recordaba aquella reforma. La habían incluido en el ejercicio de Historia que había tenido que realizar al poco de mi llegada. Había sido uno de los intentos de la madre de Danayher por mejorar la situación del pueblo.
—¿Qué propone, baronesa de Dorthen? Quizá podemos poner un altar en el centro de la plaza.
O celebrar las ceremonias de los ocho dioses junto al mercado.
—La anciana abrió los ojos con espanto. No solo las palabras de la heredera estaban resultando hirientes, también lo hacía su tono bronco—.
O ya que hace referencia a gobernantes de tierras menos piadosas, ¿tal vez se refiera a ese altar que el Gran Príncipe mandó levantar con el oro de los impuestos del sur?
Si construimos uno igual, es posible que brille tanto que el populacho pueda verlo desde el pie de la escalera.
—Tal vez, hermana —intervino Therenya con voz apaciguadora—, la baronesa se refiera a que algunos podrían llamar a ese tipo de actos «veneración».
—Yo lo llamo «vanidad». —Trazó un gesto vago con los dedos, como si apartara una mosca—. En Aesnovar no rezan a ningún dios. Sabes que ese altar fue construido con la imagen del Emperador.
La princesa menor tendió la mano hacia la heredera con ternura.
—No somos nadie para cuestionar la fe del resto.
—Y nosotros tenemos ocho dioses a los que venerar —convino la anciana.
Danayher soltó una risa histriónica.
—Si alguien cree que mi padre, o yo cuando le suceda, querríamos ver nuestro reino lleno de altares pagados con el hambre de nuestros súbditos…
Therenya tosió levemente, con la mirada clavada en su hermana. Había una petición en su expresión. Danayher cerró la boca de inmediato y aceptó la mano que seguía extendida hacia ella. Tenía los labios más apretados de lo que resultaba natural.
—No obstante —soltó un suspiro antes de continuar—, trasladaré al rey su sugerencia, baronesa. Bajo la influencia de Orhal hallaremos el equilibrio entre tradición y derroche.
La mujer forzó una sonrisa e hizo una ligera reverencia antes de dar un paso atrás.
—Tenéis razón, alteza. La fe verdadera no necesita vanagloriarse; le basta con no apartarse del camino.
Era en esa intimidad que disfrazaba una advertencia de consejo donde el dogma del clero salía a reducir. Y cuanto más conocía de Danayher, más me costaba visualizar cómo encajaban las piezas.