Capítulo 23
E l pasaje que nos ordenaron copiar era largo y denso, de esos que se enroscaban en sí mismos y castigaban al que osase confiarse.
Las letras del manuscrito debían ser finas; el ritmo, constante.
No había cabida para un error, salvo que se quisiera comenzar de nuevo.
Los profesores se habían aficionado a limitar el tiempo en el que debíamos completar las tareas, y no habría sido un problema de haber sabido de cuánto disponíamos.
«La Mariposa nunca sabe cuándo otra tarea más urgente requerirá su atención», era la justificación que había usado el profesor Halvar.
Mi resultado fue bueno. Más que bueno. La caligrafía era elegante sin parecer forzada, segura sin resultar ostentosa. Y era precisamente la seguridad de una de mis contrincantes la que quería poner a prueba.
Levanté cada hoja ante los ojos, como si buscara otro ángulo de luz, y las fui disponiendo sobre la madera. Me reservé la que tenía el acabado más impecable, cuando la muñeca aún no había comenzado a dolerme, para colocarla lo más cerca posible de Perfeccionismo, que estaba sentada a mi izquierda.
—¿Te importa si dejo mis pergaminos aquí un momento? —le susurré—. La tinta aún está fresca.
No esperé su respuesta. Tenía lo que quería.
Su distracción, su atención, su inquietud.
No solo había terminado antes que ella, había puesto ante sus ojos un material con el que comparar su trabajo.
Vi cómo enderezaba la espalda, cómo sus pupilas se deslizaban por mis líneas para luego recorrer las suyas.
Reanudó su trabajo con una energía distinta.
Corrigió una letra. Luego otra. Arrugó una hoja. Empezó de nuevo.
Era arriesgado, pero suficientemente inocente como para que no pudiese achacárseme como deliberado. Quería comprobar si contaba con impunidad, si era ella la persona a la que alguien había señalado como ganadora sin importar a quién se tuviera que eliminar en el proceso. Y, sobre todo, cómo.
Cuando el profesor anunció el final de la clase, no necesité volverme para saber que ella no había terminado.
Recogí mis pergaminos y los entregué con premura.
Desde que había revisado la lista de aspirantes esa mañana, había ubicado el momento concreto en que mi trayectoria se cruzaría con la de Danayher.
Nos había convocado a todas en su despacho justo después de aquella actividad, aunque no sabíamos para qué.
Era irrelevante, pues cualquier ocasión permitía ser vista y recordada.
El resto de las candidatas parecía opinar lo mismo, por supuesto.
Lo vi en los silencios tensos, en la forma en que se arreglaban los vestidos, en cómo miraban continuamente a la puerta esperando que nos permitiesen atravesarla.
Danayher no levantó la vista ante nuestras reverencias. Tenía unos pergaminos extendidos en el escritorio y el aire se había tensado como si alguien hubiera tirado de una costura. Pasó las páginas, despacio. Demasiado despacio. El rasgueo de cada una de ellas sonaba como una sentencia.
Cogió una de las hojas y la deslizó hacia delante. No necesitó alzar la voz. Su tono gélido fue suficiente.
—¿Por qué no está terminada?
Los hombros de Perfeccionismo se tensaron.
—A mitad del proceso comprendí que el manuscrito no alcanzaba la elegancia necesaria. Preferí comenzar de nuevo.
Sentí una satisfacción breve, casi cruel. Era una respuesta ambiciosa que se escudaba en esa búsqueda de exigencia que Danayher le había recriminado en la carta de la primera prueba. Justo el tipo de error que la princesa disfrutaba diseccionar.
Sin embargo, Danayher apiló todos los manuscritos y los dejó a un lado. Un sirviente se apresuró a cogerlos. Cruzó las manos sobre la mesa.
—Os he hecho llamar porque quiero que asistáis conmigo a una velada privada que ha organizado el duque de Velth.
Ha acompañado a mi hermana en su viaje desde la frontera, por lo que contamos con su presencia en la Corte durante un breve periodo de tiempo.
—La tela de su vestido negro se onduló alrededor de la cintura cuando se puso en pie—. Si me seguís…
El salón estaba orientado hacia el oeste, pensado para las horas en que el día empezaba a declinar.
En ese momento de la tarde, la luz entraba oblicua por tres arcos abiertos que daban a una terraza estrecha.
El sol caía directo, solo suavizado por celosías de piedra tallada que descomponían la claridad en retículas doradas sobre el suelo.
En el centro se habían dispuesto pequeñas mesas de madera oscura que sostenían bandejas de fruta cortada, jarras de vino especiado y cuencos de metal con dátiles y frutos secos.
Era una sala pensada para pocas personas. Para una de esas veladas íntimas en las que la nobleza fingía relajarse mientras cada palabra seguía pesando lo mismo que una reunión concurrida en pleno día.
En cuanto entramos, la princesa Therenya se acercó con una sonrisa en el rostro y tomó la mano de su hermana como bienvenida.
Tras ella se encontraba el hombre de cabello ralo blanco como la nieve que nos había acompañado en el mercado.
Siguió cada movimiento de Danayher en silencio, pero no se aproximó como el resto a saludarla.
Me esforcé por no encogerme cuando la mirada de la marquesa de Rethor se clavó en mí. El pinchazo que sentí en la herida que aún tenía en la cara evidenció el disgusto que me produjo encontrarla allí, sujeta del brazo del descarado de su marido.
En esa velada no se esperaba que Danayher evaluase nuestra capacidad para desenvolvernos, de modo que las aspirantes revoloteábamos alrededor de la heredera como la Mariposa que aspirábamos a ser.
Solo hubo dos excepciones.
Perfeccionismo se había abierto paso entre los cuerpos y las mesas y había terminado hablando con un hombre al que no había visto nunca.
Por otro lado, la anciana que había entablado conversación con Reputación y conmigo en la última velada parecía haber captado la atención de Inseguridad.
Toqueteaba con nerviosismo una cadena de cuentas de hueso. Pude contar ocho.
Me pareció significativo comprobar que Empatía y Xytherel habían preferido asistir de forma pasiva a la conversación de Danayher con el que parecía ser el anfitrión. No descarté que se tratase de una falta de afinidad con los asistentes a aquella reunión.
El duque de Velth era un hombre corpulento que vestía por completo de negro.
Un brillo metálico me llamó rápidamente la atención al verlo gesticular y, al centrar la vista, comprobé que su mano era de metal.
Los dedos eran rígidos, sin ninguna capacidad para articularse, de modo que cuando señaló a Therenya lo hizo con toda la mano.
—Quienes hemos servido lejos de la capital valoramos a quien entiende el precio de la seguridad del reino. Vuestra hermana siempre mostró una sensibilidad especial en ese aspecto.
—Ponéis mayores virtudes en mi persona de las que merezco, Serrik —dijo Therenya con una sonrisa. Al mirar hacia su hermana, puso los ojos en blanco y negó con la cabeza—. No le hagas ni caso. Mi labor allí ha sido simple y llanamente lo que se esperaba de mí.
—Estoy segura de que el duque de Velth habla con exactitud de tus virtudes.
No me pasó inadvertida la diferencia entre la apelación por su nombre de pila y por su título.
—Brindemos por ellas. —El hombre levantó un cáliz en su mano sana—. No sería una verdadera velada si la copa de vuestra alteza permaneciera intacta.
Danayher imitó el gesto con cortesía, si bien cuando llegó el momento de beber, fue ella quien dio un largo sorbo. El noble apenas se mojó los labios antes de apartar el vino.
Fue un gesto que se repitió a medida que entraba la noche.
Con la naturalidad de quien cumple una cortesía, el duque no dejó de procurar que la copa de la heredera estuviera siempre llena, mientras la suya permanecía apenas intacta.
Encontraba siempre un motivo para alzarlas de nuevo, y Danayher bebía un poco más en cada ocasión.
Hasta que finalmente fue ella la que tomó la iniciativa.
Cuando mantuvo su cáliz, lleno de vino blanco, en alto, recordé aquel mismo gesto ejecutado por el Gran Príncipe.
«Brindemos por la extinción de los Hijos del Hielo», había dicho, pronunciando con sorna el título.
El placer con el que me había escrutado cada palmo del rostro en busca de una reacción me revolvió las tripas incluso en aquel momento, años después y con una montaña entre nosotros.
—Brindemos por el marqués de Rethor —dijo Danayher arrastrando levemente las palabras.
Pese a que el aludido levantó la cabeza con incredulidad, se apresuró a participar—, cuyo clan ha contribuido con tanta generosidad a los intereses de Eakheral…
Que la prosperidad siga fluyendo limpia y sin sombras, y que cada moneda brille con la honestidad que siempre le ha caracterizado.
Hubo murmullos de asentimiento entre los presentes, envidiosos del honor que suponía haber sido señalado.
Irónicamente, los únicos que no parecían estar disfrutando eran los marqueses.
Él soltó una risa forzada y, tras una inclinación de cabeza, murmuró un «Me halagáis, alteza» antes de dar un sorbo.
Su esposa, en cambio, había perdido el color de su piel tostada.
Supe entonces que la felicitación estaba envenenada.
Mientras Danayher bebía, me dedicó una mirada por encima del cristal. Más allá de los agravios que el marqués hubiera podido provocar a la Corona con sus actividades mercantiles, había una venganza personal en sus palabras. Se me encogió el corazón. No supe cómo sentirme al respecto.