Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

»El Emperador presionó a mi padre, quien accedió a ocuparse del problema a cambio de una promesa: nunca me haría daño por mi condición, ni permitiría que otros lo hicieran en su lugar.

El Emperador apreciaba profundamente a mi padre y la labor que desempeñaba para el Imperio, de modo que accedió.

Fue ese juramento el que permitió que yo fuese enviada aquí tras su muerte, en lugar de ser ejecutada.

»Mi padre cortó las alas con sus propias manos.

—Tragué saliva, tratando de mantener el recuerdo a raya—.

Quería asegurarse de que era rápido y conocía la compasión de su propio ejército.

Las heridas que visteis después de mi encierro son lo que queda de ellas.

Permanecen siempre abiertas… —Agaché la cabeza y me observé los dedos.

Una gota roja se deslizó por el índice y aterrizó sobre la tela blanca de mi vestido—. Siempre sangrantes.

La princesa extendió la mano para evitar que siguiese ensañándome con mis dedos. Observó las heridas, haciéndome girar la muñeca con delicadeza.

—¿Puedo verlas?

No había indecisión, tampoco una curiosidad morbosa.

Estaba muy seria y había una emoción más, una que nadaba en el oro líquido de sus ojos y que no pude interpretar.

Di un cabeceo como respuesta y ella se puso en pie y rodeó el sillón hasta colocarse detrás.

Me incliné hacia delante y aparté el pelo blanquecino para que pudiera hacer el vestido a un lado.

Sentí cómo el vello se me erizaba en torno a las dos largas zanjas que cruzaban la zona de las escápulas. Allí donde sus yemas me recorrieron la piel.

—Sé lo que vuestro reino opina sobre la magia —susurré—. Y también sé que aquellas culturas que la temen se alegraron de que Aesnovar pusiera fin a la existencia de mi raza.

El calor que habían dejado los dedos de Danayher desapareció cuando retiró la mano. Escuché un largo suspiro, aunque no me volví a sostenerle la mirada.

—No puedo hablar por el clero, pero sí puedo asegurarte que mi madre no celebró la decisión del Imperio.

—Pensé que aquello era una excusa carente de valor, hasta que comprendí que no buscaba justificarse.

Caminó hasta colocarse frente a mí y me observó con la solemnidad propia de una futura reina que había tomado la siguiente decisión—.

No hay forma de compensarte lo sucedido, pero sí puedo asumir la parte de culpa que tuvo Eakheral.

Estás en lo cierto al afirmar que el pensamiento que defiende nuestra sociedad solo propicia que crímenes así se lleven a cabo con absoluta impunidad.

Los lugares gobernados por el miedo terminan confundiendo prudencia con crueldad.

—Se dirigió hacia el sillón con gesto derrotado y se quedó sentada en el borde, con la espalda erguida y las manos entrelazadas sobre el regazo—.

Quiero poner a tu disposición los documentos que he consultado.

Tienen información sobre tu pueblo que es posible que conozcas, pero estoy segura de que habrá algo nuevo que puedas aprender.

Concertaremos citas para que los consultes.

La observé con atención durante un instante, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. El Gran Príncipe nunca me hubiera permitido quedarme tras lo que había contado.

—Pero en Aesnovar decían… Ese conocimiento está prohibido.

—Ningún conocimiento debería estarlo. Que cerremos los ojos no evita que la magia exista. Tú eres la prueba de ello. No entender aquello que tememos solo nos hace más débiles. La ignorancia puede explicar un error. No pienso permitir que justifique un segundo.

* * *

Danayher tardó varios días en llevar a cabo su propuesta; tantos que había comenzado a pensar que se trataba de una promesa vacía.

La espera había estado salpicada de preguntas acerca de lo ocurrido con el lobo que había decidido ignorar, y también de lecciones cada vez menos frecuentes. Tras una de ellas, una de las doncellas se aproximó para indicarme que la princesa me esperaba.

Cuando alcanzamos el piso en el que se encontraba el despacho de Danayher, mis pies hicieron amago de continuar.

La mujer, sin embargo, siguió ascendiendo por la escalera de caracol.

Nuestro destino fue el pasillo de los dormitorios, lo que me contrarió una vez pasamos de largo la puerta que pertenecía al mío.

Los guardias no nos dirigieron un segundo vistazo. Uno de ellos tan solo se inclinó y golpeó con los nudillos el cristal de la puerta de doble hoja. La voz de Danayher sonó amortiguada, pero permitió distinguir con claridad un «Adelante».

Aparté, dubitativa, las cortinas de suave seda que se encontraban tras el umbral.

Tenía un recuerdo vago de aquella antesala, que había presenciado en la noche de nuestra primera prueba.

No era grande. No había tapices ni adornos superfluos, solo la piedra desnuda y algunas piezas cuidadosamente elegidas como un cuenco de metal trabajado, una daga ceremonial apoyada sobre una mesa estrecha o un jarrón con flores frescas.

Al final de la estancia, las paredes se estrechaban ligeramente, como si quisieran guiar hasta el panel de madera que la separaba del dormitorio.

Tras él apareció Danayher, aunque con una apariencia diferente a la que era capaz de reconocer.

La tela de su vestido era más ligera y clara.

No había bordados, solo la caída limpia del tejido, ceñido en la cintura con un lazo sencillo.

El escote, más abierto de lo que en público nunca se había permitido, dejaba ver la línea firme de su clavícula y el inicio de un pecho sin cadenas ni joyas.

Cuando caminó hacia mí, los mechones de pelo que se le habían desprendido de su recogido descuidado se le balancearon en torno a la cara, suavizando sus facciones.

En las manos sostenía unos pergaminos, que extendió sobre el escritorio, donde reposaban una jarra de agua y dos copas preparadas.

—De verdad espero que te sirvan, Eira —me dedicó una sonrisa, pero parecía triste—. Siéntate. Si tienes alguna pregunta, no dudes en avisarme.

Posó la mirada en el suelo, como si estuviese reorganizando sus pensamientos, y luego se dirigió al otro lado de la mesa, donde se puso a revisar sus propios documentos acomodada en un butacón.

Me tomé la libertad de llenar uno de los vasos.

Ni siquiera el agua fresca deshizo el nudo que sentía en la garganta.

Temía lo que pudiera encontrar en aquellas líneas de caligrafía cuidada.

En Aesnovar, todo cuanto me habían enseñado sobre mi raza habían sido historias distorsionadas que la hacían merecedora del exterminio.

Me obligaban a repetir aquellas infamias, por denigrantes que fuesen, y a aceptar que lo que les había ocurrido había sido justificado.

No estaba segura de poder soportar que Danayher pusiera a mi alcance ese tipo de calumnias.

Por suerte, las primeras impresiones distaron mucho de mis antiguas lecciones.

Eakheral había recogido mucha información sobre la raza que habitaba cerca de sus fronteras.

Mi lectura avanzó lenta, pues utilizaban términos elevados que en el idioma del reino no me resultaban tan familiares, pero no permití que eso me desanimara.

Aquella era la excusa perfecta para pasar más tiempo a solas con la princesa.

Mientras mis ojos recorrían las explicaciones y los dibujos que representaban los tipos de edificaciones en las que mi pueblo había habitado, me pregunté si alguna otra aspirante habría tenido el privilegio de visitar la Cámara de la Princesa.

Pasé las páginas con avidez, contemplando cuántas temáticas diferentes contenían. Cuando encontré la sección que hablaba sobre la religión, me detuve. Mi padre siempre había sido escueto con los datos que compartía conmigo, pero había considerado que no era adecuado mantenerme apartada de la fe.

«Es bueno tener algo en lo que creer», había dicho, y puesto que la religión de las Tres Voces no resonaba en mí, había intentado acercarme a mis raíces.

Me había hablado de un dios que no había creado a su pueblo en el calor de su vientre, sino que lo había esculpido en el hielo eterno, soplando un alma helada en su interior.

Durante años, le recé cada noche. Mis plegarias variaban.

A veces solo le pedía que mi padre volviese a salvo de la última campaña a la que el Emperador lo había enviado.

Otras, cuando las garras del Gran Príncipe se me hundían con saña en la piel, le suplicaba que me permitiera reunirme con mis verdaderos padres.

Todas fueron ignoradas y me sentí más desamparada que cuando había decidido no depositar mi confianza en nadie.

Pude leer como, cuando un bebé nacía, se le dejaba tendido sobre un bloque de hielo toda la noche. Si sobrevivía al frío, se consideraba que había sido aceptado por los ancestros. Entonces se escribía su nombre verdadero sobre la nieve y luego se borraba, para que solo el dios lo recordara.

Me quedé atascada en esas líneas, condenada a releerlas una y otra vez.

Con cada repetición, el sentimiento de pérdida iba calando más y más hondo, hasta que el escozor en los ojos me ancló al presente.

No iba a permitirme llorar delante de Danayher.

Ni siquiera sabía cuál era el nombre que mis padres habían elegido para presentarme al mundo, mucho menos el que habían reservado solo para su dios.

—Enfrentarte a tu pasado puede ser duro —me sobresalté al escuchar la voz de la princesa—, si bien estoy segura de que podrá darte un sentido de pertenencia.

«Pertenencia». Hasta la palabra me resultaba ajena.

Había aprendido a moverme entre mundos sin dejar huella en ninguno.