Capítulo 22
L os zapatos me hicieron rozaduras antes siquiera de haber alcanzado la periferia de la capital. Caminé tras los soldados, como si se tratase de una procesión encabezada por aquel lobo. A nuestro paso, los ciudadanos salieron corriendo o se quedaron paralizados observándonos con ojos desorbitados.
El animal se volvió una única vez hacia mí, como si quisiera comprobar que todavía seguía tras él.
El resto del trayecto lo hizo sin detenerse ni prestar atención a nada que no fuese la arena que se extendía bajo sus garras.
Me decepcionó que no se girase una vez alcanzamos la amplitud del desierto y me sentí estúpida por anhelar una especie de despedida.
Mientras se alejaba, deseé poder indicarle el camino de vuelta a las montañas, aunque ni siquiera yo conocía la ruta más directa.
Tuve la certeza de que moriría de sed o de hambre antes de poder regresar a su hogar. Quién sabía cuántos días llevaba vagando desde que se había extraviado. ¿Habría atacado Aesnovar su guarida y se había visto obligado a huir?
Su marcha me dejó un vacío extraño que me persiguió todo el camino de vuelta y que solo intensificó las punzadas que notaba en los pies con cada escalón.
Permití que me escoltaran hasta el despacho de Danayher.
Una voz en la cabeza me decía que quizá debería haberla dejado enfrentarse sola a la bestia.
Si la hubiese matado, me habrían enviado de vuelta al Imperio, pero cuando atravesase esa puerta y me negase a darle las respuestas que iba a exigirme, estaría en la misma situación.
Parecíamos haberla interrumpido en su paseo por la estancia.
—Espero que estés segura de lo que estás haciendo —dijo cuando nos quedamos solas—. No quiero que mi pueblo sufra por haber sido clemente con esa bestia.
—No volverá, alteza.
No me invitó a sentarme. Todo cuanto hizo fue observarme con severidad. Como esas primeras veces, cuando aún no sabía que tenía múltiples rostros.
—Supongo que si te preguntase qué ha ocurrido sería en vano.
Recordé las expresiones de horror con las que me habían observado justo antes de emprender la vuelta al palacio.
Podía imaginar su desconcierto ante lo que habían presenciado.
No solo aquella enorme criatura había detenido su senda de destrucción para inclinarse ante mí.
Yo había apoyado mi frente contra su pelaje, como si se tratase de un animal domesticado.
—Me temo que ni yo misma llego a comprender lo sucedido.
—No voy a seguir tolerando evasivas, Eira.
Tratar con Danayher se sentía como caminar sobre hielo fino. Notaba las grietas cuando ya estaba encima, a punto de ser engullida por la helada oscuridad.
Me quedé callada, porque esa vez, aunque lo desease, no podía darle una respuesta.
Aún recordaba las imágenes difusas que había presenciado.
Había sido una sensación similar a la que había experimentado con aquel colmillo de escarcha, aunque el contenido de la visión había sido mucho más crudo.
Tragué saliva cuando la idea que llevaba ya un tiempo rondándome volvió a acapararme la atención.
¿Y si se trataba de recuerdos del genocidio?
Danayher se colocó al otro lado del escritorio y apoyó las manos sobre la madera. Tenía los hombros hundidos, pero su mirada estaba encendida.
—Podría obligarte a responder.
—La respuesta sería la misma, alteza.
—Sé que no eres humana, Eira.
Un estremecimiento me recorrió el cuerpo antes de que pudiera pensar. Sentí las piernas temblar, los músculos tensarse sin control. El mundo pareció encogerse a mi alrededor y todo cuanto pude sentir fue el frío de un miedo insistente y absoluto trepándome por la garganta.
Siguió hablando, pero su voz quedó engullida por un fuerte pitido en los oídos. Me esforcé por escucharla, aunque pareciese que su voz llegara desde debajo del agua.
—Llevo días recorriendo la biblioteca en busca de información que pudiese explicar que la celda estuviese congelada aquella mañana.
—Su tono fue perdiendo el tinte de enfado para cubrirse de algo parecido a la emoción—.
Pero fue consultando a unos escribas que encontré unos pergaminos que hablaban sobre una antigua raza de hielo que habitaba hace años en las montañas que nos separan de Aesnovar.
Pensé que era imposible, pues dicha raza había sido aniquilada por el Imperio, pero lo que ha sucedido con ese lobo…
—Se interrumpió, como si estuviese recordando algo—.
Por fin le he encontrado sentido. Lo que no entiendo es cómo puedes estar viva.
Retomó el paseo por la estancia, pasando los dedos por los cachivaches metálicos cuya utilidad aún no había comprendido. Me apoyé sobre el escritorio para no perder el equilibrio.
—¿Cómo pudiste criarte en Aesnovar? ¿Eras una prisionera? ¿Una refugiada? ¿Hay más supervivientes?
No logré escuchar el resto de las preguntas. La habitación comenzó a dar vueltas, como los aros metálicos que giraban en torno a las esferas de cristal en la mesa contigua.
—¿Eira? ¿Te encuentras bien?
Me estremecí cuando me posó las manos sobre los hombros.
Me costaba comprender cómo toleraba siquiera tocarme, pero permaneció allí, a mi espalda.
Una presencia firme, cálida, que me ancló lentamente hasta que volví a sentir que el suelo era firme bajo mis pies.
No necesitó palabras para conseguir que mi respiración se acompasase a la suya.
Su roce continuó por mi brazo y mi costado hasta que estuvo frente a mí. Tenía las cejas arqueadas; las comisuras de los labios apuntaban al suelo. Habría podido afirmar que estaba preocupada, pero esa emoción parecía impensable ante lo que había descubierto.
Llevaba días barajando la idea y, aunque me sorprendía que no hubiera sido suficiente para expulsarme, le había dado la confirmación que necesitaba para hacerlo.
—¿Quieres sentarte? —preguntó y yo asentí torpemente.
Se arrodilló frente a mí y me posó una de las manos sobre el muslo.
—Necesito que seas sincera conmigo. Puedo ser comprensiva con… —hizo un gesto con la mano libre que nos abarcaba a ambas— esto. Pero no puedo seguir tolerando que me mientas y ocultes información. —Hizo una pausa y lanzó un suspiro al techo, frustrada por mi silencio—. Quiero protegerte, Eira.
Levanté la cabeza. Quise creerla con más desesperación de la que era prudente y mi rostro debió de evidenciarlo. Me apretó la piel con la mano, las cejas se arquearon más. Allí, arrodillada ante mí, parecía estar suplicando.
—Pero necesito entender qué está pasando —continuó—. Necesito saber si Aesnovar ha enviado a esa bestia para hacer daño a Eakheral. Si has sido tú. No puedo poner a mi pueblo en peligro.
Noté la angustia en la forma en que terminó la frase.
«Si no pretendiese ayudarme, me habría echado ya», razoné. Mi única oportunidad era contarle lo que necesitaba saber.
—No puedo responder a vuestras preguntas acerca del origen del lobo. Solo puedo responder ante el mío.
—Hazlo, pues.
Mantuve la cabeza gacha y empecé a juguetear con las cutículas mientras encontraba las palabras. Igual de vulnerable que cuando le había contado mi peor momento con el Gran Príncipe.
—No conozco mucho sobre mi raza y lo que sucedió, solo aquello que mi padre convino compartir conmigo.
Era un bebé cuando el Imperio de Aesnovar decidió enviar a sus tropas a las montañas que lo separan de Eakheral y buscar a mi pueblo.
Masacró cada aldea que encontró y mató a todos sus habitantes sin importar género ni edad.
»El ataque fue liderado por Urthal del Estandarte Kestrel, líder de los ejércitos del Emperador, más conocido como el Máximo Ejecutor del Brazo Imperial.
Él estuvo presente en el asalto de una de las principales aldeas.
Él fue la espada que ejecutó a mis padres.
Cuando me llegó el turno, agarró mi pequeño cuerpo con una de sus manos. La otra se quedó inmóvil.
—¿Por qué? —quiso saber Danayher al ver que estaba teniendo dificultad para continuar.
Recordaba las palabras de mi padre adoptivo narrando aquella historia.
Al principio, cuando era muy pequeña, le pedía que lo hiciera decenas de veces, como si se tratase de uno más de los cuentos que el Imperio contaba acerca de sus hazañas y conquistas.
Aquellas eran las versiones que recordaba con más bondad, antes de que se volvieran amargas por el entendimiento.
Había descrito con ternura la forma en que mis ojos azules buscaron los suyos.
Cómo, pese a que me retorcía inquieta, no había roto en llanto.
Me había hablado del repiqueteo de su espada al caer una vez se descubrió incapaz de rebanarme con ella el cuello, de la manera en que había apartado uno de los mechones casi blancos de mi pequeño rostro y yo le había sujetado con fuerza el pulgar.
—Sintió compasión por mí —fue cuanto dije.
Puede que me viera obligada a destripar mi historia, pero no iba a desnudar mi corazón—.
Suplicó al Emperador que me permitiera quedarme.
Prometió criarme en las costumbres del Imperio y asegurarse de que nunca fuese una amenaza.
El Emperador se mostró reacio al principio.
Temía que pudiera vengarme, de modo que le prohibió explicarme cuál era mi origen.
Me crie en la Corte Imperial, donde la mayoría de los aristócratas, al igual que yo misma, desconocían que no era la hija biológica del Máximo Ejecutor del Brazo Imperial.
Una línea roja se extendió por mi dedo cuando tiré con demasiada fuerza de una de las pielecillas. Sentí el escozor antes de que la sangre manase. Seguí haciendo lo mismo en un dedo diferente.
—Las explicaciones llegaron después, pues a medida que crecía, lo hicieron también unas alas en la espalda.
—Levanté la mirada y pude ver cómo los ojos de Danayher se habían abierto por la sorpresa—.
Al principio eran pequeñas, de forma que mi padre me ayudaba a ocultarlas bajo una capa.
Cuando se hicieron más grandes, comenzaron a suscitar rumores e incomodidad.