Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—El privilegio que me habéis proporcionado es pago suficiente, alteza.

Danayher le dedicó una sonrisa dulce y depositó la moneda sobre la mano que aún tenía extendida. Los dedos de la heredera rozaron brevemente su piel manchada.

No prestó atención al corro que se había formado a nuestro alrededor, sino que siguió avanzando como si no se hubiera producido ninguna interrupción.

Lo que no pudo ignorar fueron los gritos que vinieron momentos más tarde.

Eran muchos; superpuestos, confusos. El murmullo habitual de la plaza se quebró, como una tela rasgada.

Los vendedores empezaron a apartarse de sus puestos, algunos tirando mercancía al suelo en la prisa.

La gente corría hacia los soldados que nos acompañaban, huyendo de una amenaza que pronto se hizo presente.

Un lobo descomunal, blanco y de grandes colmillos, caminaba entre los tenderetes, destrozando algunos bajo sus grandes patas.

Nunca había visto una criatura de aquel tamaño, de pelaje claro, erizado sobre el lomo, y ojos a medio camino entre el azul y el gris.

Brillaban con una intensidad casi humana y, cuando se posaron sobre nosotros, pude ver un destello blanco de soslayo.

Cobardía había echado a correr en dirección contraria, presa del pánico.

El guardia de pelo cobrizo colocó a Xytherel tras él mientras la multitud retrocedía. Al principio pensé que se trataba de simple estrategia. Entonces vi la forma en que rozó su antebrazo para reconfortarla.

El lobo abrió las fauces. Las mesas se volcaban a su paso y la gente retrocedía en desorden, empujándose unos a otros para alejarse de sus colmillos. Inseguridad se quedó paralizada a pocos pasos de la bestia. El animal avanzó hacia ella mostrando los dientes en un gruñido bajo.

Dio un zarpazo que estuvo a punto de golpear a la aspirante. Reaccionó a tiempo y en su lugar la pata cayó sobre unos ciudadanos que quedaron tendidos en el suelo. Por un momento, deseé que le hubiese acertado. Ser capaz de esperar aquello me asustó más que aquel animal.

Los soldados alzaron las lanzas casi al unísono, formando una barrera irregular frente a la princesa.

Algunos ya habían desenvainado las espadas de hoja curva, dudando entre avanzar o contener a la multitud que se deshacía a su alrededor.

Nosotras nos replegamos instintivamente en torno a Danayher, cerrando filas más por reflejo que por verdadera utilidad.

El lobo volvió a embestir y un grito seco, ahogado a medias por el caos, se quebró bajo aquel gesto. Danayher aprovechó la apertura entre dos soldados y se deslizó antes de que alguno pudiera sujetarla.

—¡Alteza!

—Apartaos —ordenó.

La vi dirigirse hacia uno de los puestos volcados, las telas desparramadas por el suelo. Arrancó de un tirón la cuerda gruesa que sujetaba uno de los toldos y se la enrolló rápidamente en la mano.

El lobo giró la cabeza y se fijó en un grupo de personas atrapadas entre dos mesas caídas. Gruñó y bajó el cuerpo, preparando el impulso.

Danayher echó a correr. Rodeó al animal y le obligó a dividir la atención. La cuerda describió un arco rápido en su mano y la lanzó hacia el cuello de la bestia con la intención de retenerle antes de que cargara.

Durante un instante pareció funcionar. La cuerda le rozó el cuello, llegó a tensarse… Pero el lobo reaccionó con violencia. El tirón fue seco. El cuerpo de Danayher se vio arrastrado hacia delante e impactó con dureza contra el suelo.

Quedó a los pies de la bestia.

El tiempo no se detuvo, pero algo en mí sí lo hizo. Más que un pensamiento claro o una decisión consciente, fue una certeza inmediata. Si el lobo se abalanzaba, no habría nada entre ambos.

Los soldados se adelantaron, pero yo los dejé atrás. Escuché voces, pasos, órdenes que no terminé de entender. Llegué antes que ellos junto a la princesa. El lobo lanzó un gruñido de advertencia. No me detuve. Mi sombra se cernió sobre Danayher cuando me interpuse entre ambos.

La necesidad densa y firme de que no la tocara me permitió permanecer en el sitio.

Sus ojos fríos se clavaron en los míos y un fugaz pensamiento me cruzó la mente: «Con el mismo hielo que hay en sus ojos se esculpió mi cuerpo». Entonces el aliento que me quedaba se escapó en un suspiro breve, casi incrédulo. El lobo se había detenido.

El pecho subía y bajaba con respiraciones rápidas, como si estuviera conteniendo algo más que el impulso de atacar.

Y, sin apartar la mirada de la mía, comenzó a descender.

Primero las patas delanteras, luego el resto del cuerpo, hasta quedar completamente apoyado sobre la arena del mercado.

La cabeza se inclinó después, despacio, en un gesto que evocaba una de las reverencias que habíamos practicado con la Maestra.

Sentí un hormigueo en la mano que me obligó a extenderla. Un sentimiento de familiaridad se apoderó de mí y, siguiendo un impulso, apoyé la frente contra su cuello, con su pelaje y el nacimiento de mi pelo fundiéndose, ambos del mismo color.

El contacto llegó antes que la comprensión: una presión detrás de los ojos, un pulso ajeno que no seguía mi ritmo. No tuve tiempo de apartarme. Las imágenes acudieron solas, como si hubieran estado esperándome.

Vi nieve. Removida, sucia.

Sentí el aire. Seco, áspero.

Escuché gritos. Desesperados, agónicos.

Olí la sangre. Densa, metálica.

Quise apartar la mirada.

Había fuego en los márgenes, extendiéndose sin prisa, devorando lo que encontraba a su paso sin distinguir qué era hogar y qué no.

No era una escena completa. Eran retazos. Algo que se deshacía en cuanto intentaba sostenerlo. Un cuerpo cayendo. Manos que no reconocía. Rostros que no llegaba a fijar antes de desaparecer. La silueta de las montañas recortándose contra el cielo.

Percibí el abandono. La tristeza.

—No lo hiráis —supliqué. Me avergonzó el esfuerzo que me requirió aguantar las lágrimas—. No supondrá una amenaza. Se irá de aquí y no causará más daño a la gente de Eakheral.

El lobo se irguió lentamente y comenzó a alejarse entre los puestos derribados.

Al volverme, me encontré con la mirada de oro de la princesa. Dos guardias la habían ayudado a levantarse y permanecían firmes a su lado. Pensé que me observaría escandalizada, pero esa expresión solo estaba presente en los rostros del resto. En el de la princesa solo había curiosidad.

—Su Alteza, las palabras de esta muchacha no nos aseguran que esa bestia no ataque de nuevo —advirtió uno de los guardias.

La princesa alzó una mano sin dejar de mirarme.

—Acompañarás a los soldados a las afueras de la ciudad y te asegurarás de que se vaya —me ordenó.

El soldado frunció el ceño, claramente disconforme.

—Pero, princesa…

—No todas las criaturas que parecen una amenaza merecen morir —continuó con calma—. Algunas solo necesitan que dejen de golpearlas.

Al decirlo, me sostuvo la mirada un instante más largo de lo necesario. Luego se volvió hacia el resto de los soldados.

—Y aseguraos de que expulsan a esa cobarde —añadió con frialdad—. No quiero volver a verla entre mis aspirantes.