Capítulo 21
T e nía la sensación de que los días se sucedían sin control, con una rutina asfixiante que hacía que una jornada se fusionara con la siguien te y que me había hecho perder la noción del tiempo que llevaba en palacio.
No saber cuántas pruebas tendríamos que enfrentar solo fomentaba la incertidumbre y el hecho de que no hubiera una candidata expulsada por cada una convertía en inestable el suelo que pisábamos.
La Maestra nos había indicado cuál sería la siguiente. Cada una de nosotras debería realizar un pequeño obsequio a la princesa. No necesariamente costoso, sino más bien significativo.
Por ese motivo, Danayher nos invitó a acompañarla en un paseo por el mercado de la capital.
«Necesito un poco de aire —había alegado—. Después de tantos días entre los muros de palacio conviene recordar que el reino existe más allá de las galerías y las audiencias».
Lo dijo con una sonrisa breve, como si fuera un capricho inofensivo. Pero en su voz había una tirantez que no había estado allí hacía unos días.
Nuestra escolta estaba formada por nueve soldados, entre los que se encontraban los dos guardias que habían acompañado a Danayher hasta la celda en la que había permanecido cautiva.
A nuestra salida de los muros de palacio, la princesa iba en el centro de la formación, junto a un hombre de constitución ancha y cabello ralo blanco como la nieve.
Pese a su edad, lucía una vestimenta similar a la de la Guardia Real.
Para desesperación de nuestros protectores, esa alineación duró hasta que llegamos al mercado.
Se extendía por una plaza irregular que se protegía del sol por medio de lonas tensadas de colores tan vibrantes como el de los productos que exhibían sus puestos.
El olor a especias, a fruta y a cuero recién curtido se colaba entre los cuerpos que frenaban nuestro avance.
Los vendedores pregonaban sus mercancías con voces que se superponían a las de su competencia con el golpeteo rítmico del herrero de fondo.
Danayher se escurrió entre los soldados, con la corpulenta figura del caballero anciano pisándole los talones a pesar de su cojera. No le importó que le suplicara que regresase, ella ya observaba con ojos brillantes el tenderete más cercano.
El bullicio no tardó en transformarse en un murmullo de incredulidad cuando los ciudadanos repararon en su presencia.
Algunos se inclinaron en profundas reverencias, otros se apartaron de su camino con rapidez.
Sin embargo, había algo que compartían las miradas despiertas y las sonrisas tímidas: una admiración que subyacía en cada gesto, en cada movimiento.
Todos parecían conocer su identidad. Incluso los niños daban tirones a las faldas de sus madres y la señalaban con entusiasmo.
En Aesnovar, el pueblo desconocía cómo era el Gran Príncipe.
Nunca se había tomado la molestia de pasear entre ellos o de atender personalmente sus ruegos.
Solo sus ropajes lo habrían delatado como un aristócrata de alto rango, pero nadie habría podido afirmar que se trataba del heredero.
Hasta que no ascendiese al poder y el Imperio se llenase de símbolos con su rostro, su apariencia era un misterio.
En la capital, en cambio, el semblante de Danayher y sus ojos dorados eran familiares.
Quizá en todo el reino fuesen capaces de reconocerla.
La princesa respondió con inclinaciones de cabeza y saludos. A aquellos más atrevidos, les rozó las manos que tendían o les dedicó alguna palabra breve. Todo en ella eran sonrisas y amabilidad, pero su actitud no parecía formar parte de una visita ceremonial; tampoco de una espontánea.
Se movía con rapidez, como si necesitara caminar más que comprar.
Los soldados trataban sin mucho éxito de acortar las distancias con ella, empujando a los viandantes para no perderla de vista, aunque a mí me pareció imposible que eso ocurriera.
Brillaba como una piedra preciosa entre la multitud.
Mantenía las manos cruzadas detrás de la espalda, y solo en ocasiones concretas se extendieron para examinar una pieza.
Traté de vislumbrar todo aquello que captara, aunque fuera durante un breve instante, su interés.
La vi detenerse ante un puesto de cuchillos. No cogió ninguno, pero pasó un dedo por el filo de una hoja corta, probando el equilibrio.
Se inclinó a observar una caja de madera con bisagras de latón. No preguntó el precio. Solo la abrió, comprobó el interior y la volvió a cerrar.
Se paró frente a una mujer que vendía pan. No dijo nada durante un momento; solo escuchó lo que tenía que contarle, con la cabeza ligeramente inclinada, como si aquella conversación fuera la actividad más estimulante con la que podía llenar ese momento.
Sin embargo, al llegar frente a un puesto que exhibía bonitas vajillas, su rostro cambió. Cogió algunas teteras y tazas, y las examinó de cerca con expresión triste.
—A Celharine le encantaba el té —murmuró Xytherel—. La princesa solía regalarle juegos completos.
Me volví hacia la candidata. Parecía ser una explicación dirigida solo a mí, pues el resto de las aspirantes estaban más pendientes de los artículos que nos rodeaban que de Danayher.
Algunas de ellas correteaban por el mercado con una determinación casi desesperada.
Empatía regateaba con un vendedor de cerámica; Reputación examinaba un collar de plata con atención.
Yo estaba perdida. No buscaba un regalo bonito.
Quería que la hiciera detenerse o recordar algo que había perdido.
Entre las mesas cargadas de mercancías intentaba imaginar qué objeto podría decirle a la princesa que la entendía, que le prestaba atención.
Que conocía sus gustos, su historia, sus necesidades.
Que había entendido algo que las demás todavía no habían visto.
Pero eso solo suponía engañarme a mí misma.
Danayher seguía siendo un misterio. Allí, entre el polvo del mercado y las voces del pueblo, cualquier definición o rumor que hubiera oído sobre ella parecía demasiado simple.
La heredera hablaba poco de sí misma. Era impredecible, de humor variable.
No dejaba que las emociones se quedaran demasiado tiempo en la superficie.
Era como mirar un lago y saber que el fondo se encontraba a más profundidad de lo que aparentaba desde la orilla.
—¿Creéis que estará buscando un obsequio para la princesa —Perfeccionismo señaló con la barbilla a Reputación, que se encontraba examinando unas telas con determinación— o para su amante?
—¿Su amante? —La pregunta de Xytherel sonó demasiado aguda y atrajo por un momento la atención de un soldado de pelo cobrizo.
—Oh, ¿no os habéis enterado? —Perfeccionismo se llevó una mano al pecho, como si se encontrase profundamente consternada—.
Al parecer, el profesor Halvar se ha fijado en ella.
No es de extrañar que en el último ejercicio de Protocolo recibiese las mejores joyas para elaborar el conjunto con el que vestiría a Danayher.
—¿Crees entonces que tiene ventaja sobre el resto? —quiso saber Inseguridad, inclinándose para poder mirar a Perfeccionismo con sus ojos de cervatillo.
Los bucles rubios le rebotaron sobre los hombros cuando los encogió.
—Es evidente.
Siendo una aspirante que daba tanta importancia al prestigio y a la imagen de su familia, no parecía descabellado que Perfeccionismo se hubiese inventado ese romance.
Sin embargo, de ser cierto, había un claro favoritismo que podría perjudicarme.
En cualquiera de los casos, me convenía que el rumor ganase fuerza.
—No es lo único que podría reportarle un privilegio —añadí con calma—. La noche en que regresó la princesa Therenya, el consejero Havel de Osprey comentó que uno de sus compañeros tiene una vinculación cercana con el sultanato del que procede.
Xytherel y Perfeccionismo abrieron mucho los ojos. Inseguridad bajó la vista al suelo y parpadeó, sumida en sus pensamientos. Cobardía, en cambio, parecía haberse perdido gran parte de la conversación y observaba las expresiones horrorizadas del resto con confusión.
Los breves intercambios cargados de ansiedad y sospecha murieron cuando alcanzamos a Danayher, que se había detenido ante un hombre sentado en una caja de madera gastada.
Los soldados más cercanos tenían una mano posada sobre la empuñadura de su arma, pero ella parecía completamente relajada.
Extendió la pierna, dejando que un bonito zapato dorado surgiera de debajo de la tela de su vestido anaranjado.
Lo apoyó en un soporte metálico y el hombre procedió a frotarlo con un cepillo áspero cuyos movimientos rápidos y rítmicos fueron levantando una ligera nube gris.
Después untó con un trapo enrollado entre los dedos una especie de cera de olor fuerte y penetrante.
Se tomó su tiempo para extenderlo con movimientos circulares, como si estuviera puliendo una piedra, y tomó un cepillo diferente al anterior.
Con cada pasada, el brillo del zapato se intensificaba.
El último paso fue un paño limpio, que tensó entre sus manos para poder frotar la punta con movimientos veloces.
Todos sus gestos denotaban un dominio adquirido durante años de oficio y me pregunté por qué alguien con tanta maestría llevaría la cara cubierta por un pañuelo a excepción de los ojos.
—¿Por qué oculta su identidad? —le pregunté en un susurro a Xytherel.
—Se considera un trabajo deshonroso. Los limpiabotas intentan no ser reconocidos para evitar el estigma.
Contemplé a Danayher, la mujer a quien había confesado que había limpiado el calzado del Gran Príncipe con la lengua. Había tendido su otro zapato y conversaba con el hombre igual que había hecho con el resto de los artesanos y vendedores.
Una vez terminó, Danayher se volvió hacia el guardia de cabello cano, quien le tendió una moneda de oro que brilló bajo el sol. La forma en que los ojos del limpiabotas se abrieron le delataron, pese a que luego sacudió la mano, en la que aún conservaba el trapo.