Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

L a luz del mediodía se filtraba por los ventanales, iluminando los reflejos del suelo pulido.

Había estado sepultada en lecciones sobre organización de correspondencia, manejo de la agenda real, redacción de informes diplomáticos y entrega de mensajes verbales. El hecho de tener una clase de baile suponía salir de esa rutina, pero no por ello sonaba más apetecible.

Xytherel se acercó al clavecín. Era la única que había recibido una asignación diferente. No era de extrañar que fuera la encargada de la música. En las ocasiones en las que habíamos tenido oportunidad de tocar, su ejecución había destacado.

Sin embargo, al sentarse sobre la banqueta, la madera cedió con un crujido seco.

La muchacha soltó un grito mientras caía al suelo, provocando un golpe que resonó como una bofetada.

De fondo, pude escuchar una risita, aunque no ubiqué de quién provenía.

El profesor Halvar se acercó a la aspirante con el ceño fruncido y se inclinó para examinar la parte baja de la banqueta.

—Le falta un pasador. Enviaré a un sirviente a buscar otro asiento.

Cuando trajeron la nueva banqueta, la aspirante se sentó de nuevo, esta vez con los hombros tensos y la espalda encogida. Inspiró hondo, con los dedos suspendidos, y empezó a tocar.

Falló la tercera nota.

Se detuvo. Tragó saliva. Volvió a empezar.

Otro error.

—Continúa —dijo el profesor, sin dureza pero tampoco amabilidad.

Las notas se atropellaron unas a otras. El tempo se rompió. Apartó las manos de las teclas y se las llevó al regazo. Le temblaban.

—Lo siento —susurró—. No puedo. Yo… lo siento.

Nadie respondió de inmediato y el silencio fue más cruel que cualquier reproche. Las lágrimas le cayeron sin permiso, torpes, humillantes. El banco chirrió cuando el profesor la despachó con un «Retírate».

Reputación aseguró con los dedos los mechones de pelo corto detrás de las orejas y dio un paso adelante.

—Voluntaria para tocar.

El profesor negó con la cabeza.

—Hoy aprenderemos los bailes típicos de las reuniones formales de la Corte Cisne —anunció el profesor—. Mi prioridad es que las aspirantes extranjeras los practiquéis, así que necesito a una de Eakheral.

Hizo un gesto con la mano hacia Inseguridad para que se acercase. Su forma de tocar no era brillante, tampoco despertaba emoción, pero fue intachable. Y después de la anterior interpretación, sirvió para que su ejecución pareciera experta.

El hombre nos colocó en filas y marcó posiciones con la punta de su bastón.

—Puesto que son bailes grupales, no solo busco gracia. Busco orden.

El comienzo fue caótico, con aspirantes que se cruzaban en el momento inadecuado o que chocaban con otras. Con cada error, el profesor golpeaba el suelo.

—Desde el inicio.

Y repetimos una y otra vez.

El bastón marcaba el compás.

Uno. Dos. Giro. Cambio.

Miré a Xytherel. Estaba al fondo, inmóvil, con las manos apretadas contra la falda, como si aún oyera el crujido de la banqueta hundiéndose bajo ella.

La única que recibía elogios era Perfeccionismo.

Sus movimientos eran precisos. Cada giro caía exactamente donde debía.

El baile era metódico. Una sucesión de pasos contados, giros calculados, manos que entraban y salían como piezas de un mecanismo.

No había lugar para la improvisación ni para la duda; solo ritmo, peso y memoria. Precisamente por eso se le daba bien.

Donde ella ajustaba cada paso con una rigidez casi obsesiva, como si pudiera corregir a la perfección misma, yo solo buscaba fundirme con el resto para no destacar.

Sentía la sala demasiado llena, el aire cargado de respiraciones contenidas.

Cuando llegó el momento del giro más complicado, que requería equilibrio y coordinación, Perfeccionismo titubeó un instante, lo que le valió para perder el ritmo y estropear la fluidez que se esperaba.

Giré a su lado con la cabeza erguida y los brazos extendidos.

En la siguiente secuencia de pasos, bailó cerca de mí.

Demasiado cerca. Noté su presencia antes de verla: el roce de la falda, el ángulo ligeramente invasivo del hombro.

Sonreía con esa calma pulida que no pedía permiso.

En el instante exacto en que mi peso cambió de pie, sentí el contacto.

No fue un empujón brusco. Apenas una presión breve en el costado que hizo que el suelo pareciera inclinarse.

El golpe fue torpe, sin rastro de esa gracia que el profesor había pedido. Me quedé un instante en el suelo, con el pulso desbocado y la humillación ardiéndome bajo la piel.

El bastón no sonó.

El silencio fue peor.

La música se había detenido y también la danza. Algunas aspirantes ahogaron un jadeo. Otras esbozaron pequeñas sonrisas. Perfeccionismo me miró desde arriba, con una expresión de preocupación estudiada.

Aquello no había sido un tropiezo, había sido una declaración. Y, peor aún, había sido pública. Tal vez era a ella a quien Xytherel debería haber advertido acerca de no utilizar el sabotaje como método para escalar puestos.

Apoyé la mano para incorporarme, notando ya el dolor en la cadera. Entonces llegaron los cuchicheos, pero no se debían a mi caída.

—Parece que te has magullado la espalda —murmuró el profesor Halvar. No había preocupación en su observación, lo dijo como un mero hecho—. Para enmendar tu torpeza, tendrás que lavar tú misma la prenda. —Esta vez, sí hizo sonar el bastón—. ¡Bien! ¡Empecemos de nuevo! Y un, dos, tres…

Perfeccionismo volvió a ocupar su lugar. La falsa consternación había sido sustituida por el regocijo. Sentí la ira, cálida y densa como la sangre que manaba de mis heridas. Estaba decidida a devolverle la cortesía.

Si esa pieza no se tambaleaba, me encargaría de darle el empujón necesario.

* * *

Me senté en la cama con la cajita de madera entre las manos y un vestido limpio sobre el cuerpo. Por una vez, la incomodidad no se debía solo a haber fallado una lección.

Inseguridad había terminado destacando en su ejecución tras del incidente de la banqueta.

Pero no había sido un caso aislado. Cuando una doncella había manchado el vestido de Empatía antes de entrar en el Gran Salón, Perfeccionismo había tenido uno de repuesto.

El día en que conocimos al Ajustador, Obediencia había perdido sus anotaciones sobre las deidades y Ambición se había ofrecido rápidamente a prestárselas.

Todas ellas habían salido beneficiadas de esos pequeños incidentes.

Todas habían estado preparadas. Como si ya hubieran sabido lo que iba a suceder.

Milenka me había confirmado que se estaba gestando una conspiración a mis espaldas. Que alguien estaba amañando la selección y algunas candidatas recibían instrucciones.

Debía descubrir lo que estaba sucediendo. Era mi vida la que estaba en juego.

Paseé los dedos por la veta oscura que cruzaba la tapa.

La línea se interrumpía en puntos muy concretos, casi imperceptibles.

Presioné el primero, que cedió mínimamente.

La yema encontró la siguiente curva, donde la madera formaba un ligero desnivel, y giré la pieza oculta bajo el relieve.

Mis dedos continuaron el recorrido sin detenerse, alternando presión y giro, marcando una secuencia que mi mano recordaba más por inercia que por memoria.

Cada pieza respondía a la anterior; cada ajuste liberaba el siguiente.

Hasta que llegué a la última muesca y la caja se abrió con un chasquido.

No guardé inmediatamente los paños sucios en su interior, sino que aparté la tela con la que había cubierto su contenido.

Había perdido la cuenta de las veces que había contemplado aquellos objetos en el Imperio como castigo por el último error que hubiera cometido.

Sin embargo, era la primera vez que lograba enfrentarme a ellos desde mi llegada a Eakheral.

Quizá era una señal de lo fracasada que me sentía.

«Recuerda que tu vida es un regalo de Aesnovar —me había dicho en incontables ocasiones el Gran Príncipe— y que tienes un hueco reservado en esta caja si sigues demostrando que nuestra generosidad ha sido un desperdicio».

Había convertido los recuerdos de niños de mi pueblo, niños que habían muerto gritando bajo las manos del ejército que un día él gobernaría, en un castigo. Había reducido un vínculo con mi raza a una humillación. A un castigo al que enfrentarme cuando mis acciones le desagradaban.

Y aun así, aquellos objetos eran lo más valioso que poseía.

Cerré la caja con rabia y me puse en pie.

Empatía estaba al otro lado de la puerta de mi dormitorio cuando salí con el vestido manchado de sangre colgando del brazo. Me miró con sus ojos redondos y verdes y una pequeña sonrisa avergonzada. Ladeó la cabeza y su larga melena negra se balanceó.

—¿Te encuentras bien? ¿Es grave la herida?

—No te preocupes. Me recuperaré.

A decir verdad, la agresión del guardia me había beneficiado.

El verdugón que me inflamaba la cara era un recordatorio claro y una excusa muy útil para que nadie preguntase cómo una simple caída había provocado que me sangrase la espalda.

La Corte era demasiado educada como para preguntar, pero también rápida en sacar sus propias conclusiones.

—No quiero ser entrometida, pero conozco una forma de lavar las manchas de sangre sin que quede rastro. Aunque aquel día que tuvimos que ocuparnos de la colada demostraste que sabías lo que hacías, he pensado que tal vez… —se frotó el brazo— necesitabas ayuda.

—Eso es muy amable por tu parte, Mayrah, pero temo que recibas una reprimenda si me ayudas. El profesor dijo que debía ser yo quien me encargase.

El efecto de su nombre pronunciado en mis labios fue inmediato. La sonrisa se le ensanchó, se volvió genuina. Las manos le cayeron a los costados, confiadas.

—No me importa. Prefiero eso que permanecer de brazos cruzados ante una injusticia.

—Entonces ¿sabes que fue Averelle quien me empujó? —pregunté citando el nombre real de Perfeccionismo.

—Sí, igual que lo hizo en la velada donde terminaste con cristales en las manos.

Mi siguiente inspiración se quebró.

—¿Estarías dispuesta a testificar que ella provocó esas dos situaciones?

Frunció los labios gruesos.

—No.

—Es posible que ella fuera la culpable de que mancharan tu vestido de vino antes de la primera recepción con los nobles. De esa forma podía mostrar generosidad ante la Maestra mientras saboteaba tu atuendo.

Empatía torció el gesto.

—Escuché a Xytherel comentar que había llevado uno de repuesto porque tenía miedo de que a la Maestra no le gustase el que había elegido.

—No era algo descabellado, pues la búsqueda de la excelencia a menudo se convertía en indecisión, pero Empatía se encargó de expresar el otro lado de mis pensamientos—: Sin embargo, no descarto la idea. Sé que es una persona sin escrúpulos.

—¿Entonces por qué guardar silencio? Eso solo la protege.

Negó con suavidad.

—Te protege a ti. —Echó a andar por el pasillo en dirección a las escaleras—. ¿Vienes?

Solté un bufido de burla, pero la seguí.

—¿De qué?

—De empezar algo que no sepas cómo terminar.

Es peligrosa, Eira. —Todas podíamos llegar a serlo—.

Considera que hay aspirantes que obtienen ventaja de sus familias o lugares de origen y que el resto debe demostrar su mérito.

—Dudó un instante y, cuando volvió a hablar, lo hizo con la mirada perdida, como si hablase consigo misma—: Supongo que pensó que yo entendería esa diferencia.

Sabía que todas teníamos secretos que no queríamos compartir con nuestras contrincantes y que insistir no serviría de nada, aunque el suyo me interesaba especialmente.

Quería saber por qué consideraban a su familia traidora .

Cuando levantó la mirada verde hasta mi rostro, no fue para añadir una aclaración a sus últimas palabras.

—Algunas tenemos motivos de peso para querer quedarnos. Algo me dice que tú también. —«¿Cuál es el tuyo, Empatía?»—. Pero la princesa no es una persona que vaya a dejarse influenciar por la lástima. No le ha temblado la mano a la hora de expulsar a aspirantes que no querían regresar a casa.

El deje de tristeza que cargó su voz me confirmó que hablaba de Obediencia, que había sido excluida de la competición por precisamente expresar ante nosotras su miedo a volver junto a una familia que tomaba decisiones por ella.

Sus palabras evidenciaron una realidad a la que no había querido enfrentarme: era posible que a Danayher no le importase que, si me expulsaba, el Imperio pidiera mi cabeza.

—Entonces ¿por qué estás aquí? —quise saber—. Ayudarme podría causarte la enemistad de Averelle.

No quería que lo hiciera por un retorcido sentido del deber. Si debía cobrarme el favor por haber ocultado lo sucedido entre ella y Obediencia, quería que fuera en mis términos.

Rozó la barandilla con los dedos. Tardó lo suficiente en responder como para que la pregunta adquiriera más peso del que pretendía.

—Porque cuando presencias un acto vil, tomar partido deja de ser opcional.

—Podrías no haber salido de tu cuarto y nadie te habría reprochado nada. No puedes estar siempre dispuesta a ayudarnos a todas.

Se detuvo con el ceño fruncido.

—No estoy dispuesta a ayudaros a todas. Es una elección. Y cargo con las consecuencias.

—¿Y por qué a mí?

—Porque no necesitas que alguien haga tu trabajo —dijo—. Necesitas que alguien esté a tu lado mientras lo haces.

La observé más tiempo del necesario. Me repetí que si le había permitido acercarse era porque me interesaba conocer su punto débil, porque imaginar que proyectaba una imagen patética de soledad y miseria era una pesadilla.

—En esta Corte —continuó mientras retomaba el descenso—, debes decidir qué clase de persona quieres ser antes de que decidan por ti.

La frase quedó suspendida bajo la luz del fuego.

Nuestros pasos resonaron acompasados sobre los escalones.

Acababa de comprender una verdad incómoda.

Su prioridad era ser capaz de reconocerse cuando se mirase al espejo.

Su favor no era algo que pudiera comprarse.

No obedecía a un intercambio. Obedecía a una decisión. A una búsqueda de coherencia.

Y eso la volvía mucho más inamovible que cualquiera de nosotras.