Capítulo 19
M is motivos para ver a Milenka eran muy diferentes a los que había propuesto la princesa.
Se encogió como una niña ante una reprimenda al escuchar el sonido de la puerta abriéndose. Al reconocerme, su expresión se relajó, pese a que no iba a darle motivos para la calma.
—S-señorita Eira. ¿Q-qué le ha ocurrido en la c-cara?
—Tengo un asunto más urgente que tratar contigo.
En esa ocasión, no mostré ninguna sonrisa dulce que me permitiese conseguir lo que quería. No la necesitaba.
—¿S-señorita? —preguntó con voz aguda cuando cerré la puerta y eliminé la distancia entre nosotras.
—Dime, ¿qué llevaba la bebida que esa doncella distribuyó con tanta libertad anoche?
—N-no sé a q-qué se refiere.
La forma en que el color le había abandonado las mejillas hablaba por sí misma.
—O tal vez puedas contarme qué veneno usaste para matar a Celharine.
Parpadeó dos veces seguidas, demasiado rápido. Pude ver cómo se le dilataban las pupilas. Ahí estaba: el miedo. Había formado una parte tan central de mi vida que lo reconocí como quien volvía a ver a un viejo amigo.
—Yo n-no la m-maté. —Fue el único sonido estrangulado que consiguió emitir.
—Pero le diste los medios a la mano ejecutora. ¿No es cierto?
La respuesta que estaba a punto de pronunciar quedó suspendida y murió en su garganta. Tenía los hombros rígidos, la respiración superficial. Cerró la mano en un puño alrededor de la tela del vestido.
Repetí el gesto del Gran Príncipe que tantas veces me había hecho sentir pequeña e indefensa.
Le enredé los dedos en la barbilla y la obligué a mirarme a los ojos como haría un amante antes de depositar un beso.
Era apenas un palmo más baja que yo y esa diferencia fue suficiente para imponer mi dominancia.
Sentí la mandíbula agitándose bajo mi agarre mientras ella luchaba por aguantarse las lágrimas.
Mi voz salió convertida en un ronroneo aterciopelado:
—Quiero respuestas, Milenka. ¿Tengo que llevarte ante Danayher para conseguirlas?
—A-algunas sirvientas hemos s-sido p-presionadas. Para asegurar que c-ciertas candidatas n-no lleguen al final d-de las p-pruebas. —Una lágrima le resbaló por la mejilla y fue a caer en mis dedos—. N-no quería q-que le pasara n-nada a esas chicas.
Inconscientemente, apreté el agarre. El vello de los brazos se me erizó y sentí la repulsión ascendiendo hasta la boca como si se tratase de una náusea.
—¿Presionadas por quién?
Mi voz sonó furiosa y eso solo la asustó más. Tragó saliva con esfuerzo. Si no tenía cuidado, corría el riesgo de que no fuese capaz de articular palabra.
—N-no lo sabemos. Dejan n-notas con i-instrucciones.
S-si no las cumplimos i-insisten y amenazan c-con consecuencias.
—Di un paso atrás al sentir que se quedaba sin aire a mitad de frase.
Necesitó un par de inspiraciones hasta que fue capaz de hablar de nuevo—.
M-me pidieron q-que elaborara un t-tónico q-que produjese un d-desmayo. Una d-doncella vino a r-recogerlo.
—¿Pelo grisáceo y una quemadura en uno de los lados de la cara?
—S-sí.
Necesitaba tener vigilada a esa doncella. Sabía que lo que había estado sirviendo estaba alterado, aunque sus motivos podían ser los mismos que los de Milenka. Me pregunté si también habría sido obra de las sirvientas que el agua estuviese ardiendo el día que nos habíamos ocupado de la lavandería.
—¿A quién pretenden beneficiar?
—B-benefician a d-diferentes asp-pirantes. A-algunas r-reciben instrucciones.
Pero a mí nunca me habían dado ninguna.
—¿La princesa Danayher sabe esto?
—No estoy s-segura.
—¿Sabes si la aspirante Averelle está implicada? —inquirí usando el nombre real de Perfeccionismo.
—N-no. No he tratado n-nunca con e-ella.
Costaba creer que fuese casualidad cuando había sido ella la que me había ofrecido la copa, pero tampoco la convertía en la artífice de aquel chantaje.
No podía tener poder suficiente en aquella Corte como para ejecutar represalias contra los sirvientes que se negaran a obedecer las órdenes de las notas, y dejarlo todo en manos del miedo a incumplirlo habría dejado algún cabo suelto tarde o temprano.
Lo más probable era que Perfeccionismo fuese una pieza más de aquel entramado.
La duda era quién estaba disponiéndolas.
Trastabilló cuando le solté la barbilla de golpe. Sentía la lengua pesada y la boca colmada del sabor del desprecio.
—Danayher debería saber quién tiene las manos manchadas de la sangre de su amiga de la infancia.
Era consciente de que no había forma de que pudiese cumplir mi amenaza. Si la princesa estaba implicada, demostrarle que yo conocía lo que estaba sucediendo solo provocaría mi expulsión.
—P-por favor. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. N-no le diga que f-fui yo. Y-yo n-no sabía p-para q-qué iban a u-usarlo. N-no…
—Estarás en deuda conmigo a cambio de mi silencio.
Parpadeó y unas lágrimas se le soltaron de las pestañas. Seguí su recorrido hasta la barbilla mientras esperaba a que respondiese.
—S-sí. Lo que q-quiera.
Debía decidir qué favor podía hacerme para beneficiarme, de modo que resolví guardarme esa ventaja para más adelante.
—Pronto volveremos a hablar, pero, por el momento, si vuelve a planearse un ataque del que yo sea el objetivo, avísame.
Abandoné la sala de remedios con sus asentimientos frenéticos a mi espalda y los pensamientos rebotándome en la mente a una velocidad demencial. El día parecía estarse estirando y me encontraba agotada pese a que solo había alcanzado la hora del almuerzo.
Me deslicé con desgana por los pasillos y ascendí por las escaleras tomándome mi tiempo, ajena a que ninguna demora podría librarme de la acusación que me esperaba en la Sala de Aspirantes.
El murmullo del almuerzo se apagó apenas entré en la habitación. Me obligué a mantener la barbilla alta mientras tomaba asiento.
Reputación tenía los codos apoyados con elegancia sobre la mesa y observó detenidamente cada uno de mis movimientos. Cuando estiré el brazo para alcanzar el agua, apartó la jarra.
Inspiré hondo antes de enfrentarme a su mirada.
—¿Hoy no repartes bebida? —dijo con su acento marcado.
La cuchara de Empatía tintineó contra el cuenco.
—¿Perdón? —pregunté.
Reputación mostró una sonrisa escueta. Deslizó los ojos hasta la aspirante pelirroja, que apartó los suyos de inmediato y se concentró en el pan que desmigaba entre los dedos.
—Tú diste copa anoche.
—Le dije que no me apetecía tomarla, pero que me parecía maleducado dejarla, sí. ¿Hay algún problema con ello?
—Dice que hablasteis antes ella sintiera mal.
—¿Y por qué no es ella la que me pregunta al respecto? —La aspirante abrió mucho los ojos—. Supongo que es más cómodo dejar que sean otros quienes asuman la carga.
Perfeccionismo no se dio por aludida. Continuó cortando su pescado con precisión meticulosa, como si la conversación no la incumbiera en absoluto.
El color subió al rostro de la muchacha pelirroja.
No mostró ningún rastro de una valentía que no había logrado convocar durante el tiempo que llevábamos allí.
Nunca había dado un paso adelante para defender una idea, ni para lucirse en alguna lección.
Su hecho más destacable había sido proponer que nos encerrásemos en nuestros aposentos cuando Danayher y sus guardias habían desaparecido.
El nombre acudió a mí sin esfuerzo: Cobardía.
Aguardé a que tomase la palabra, que luchase por la ofensa que le había realizado. Tenía derecho a recriminármelo. Aunque yo no había confabulado para adulterar su contenido, sí había decidido entregarle la copa a ella.
—Yo… no dije…
—Dijiste que Eira ofreció bebida —intervino Reputación con una calma irritante.
Los ojos de Cobardía bajaron al plato.
—Hablamos.
—Y que dio a ti copa —añadió Reputación.
Inseguridad dejó de comer. Xytherel se removió en su silla.
—¿Es verdad? —preguntó entonces Reputación, mirándome directamente.
Sabía que todas habían presenciado la forma en que el guardia me había golpeado y me había obligado a permanecer de rodillas.
No podía acusar a Perfeccionismo de forma directa hasta saber si había una conspiración para que fuese ella la elegida.
Si, por otro lado, me apresuraba a defenderme, me habría mostrado todavía más débil.
Prefería otra cosa. Prefería que dudaran.
—Ya he dicho que sí le di la copa. En cuanto a si se desmayó por culpa de ello, ¿importa lo que yo diga? Ella parece tenerlo claro, pues ha decidido acusarme.
Cobardía levantó la cabeza de golpe.
—¡No acuso!
—No, es cierto. Has dejado que lo hagan por ti.
Su piel estaba cada vez más colorada. Sus dedos trituraban el borde del pan.
Reputación me observaba con atención renovada.
—¿No desmayó por bebida?
—No puedo confirmar ni desmentir los motivos por los que alguien se desmaya. No soy sanadora. Lo único que puedo decir es que a partir de ahora evitaré consumir nada que provenga de la mano de otra aspirante.
Perfeccionismo levantó la mirada. Fue solo un instante, pero me observó como si acabara de comprender algo. Supuse que esperaba una acusación. O tal vez una mentira. No le concedí ninguna de las dos.
—Qué respuesta tan… fría —intervino entonces Empatía.
—Es una lección útil. —Tomé un sorbo de té—. Especialmente en este lugar.
Cobardía estaba completamente callada. Nadie en la mesa parecía tener demasiadas ganas de beber nada. Yo seguí almorzando como si el tema hubiera perdido todo mi interés.
Cuando las sillas comenzaron a apartarse y las aspirantes se levantaron, una voz tranquila pronunció mi nombre.
—Eira.
Xytherel estaba de pie a mi lado, entrelazando los dedos con un ritmo repetitivo.
—¿Podríamos hablar?
Asentí. No seguimos al resto de aspirantes por el pasillo, sino que nos apartamos hacia una de las galerías laterales. Xytherel tardó en empezar. Miraba a un punto fijo del suelo, justo entre ambas.
—No es seguro exponerse así. Sabotear al resto…
no es la mejor forma de ganar. —Hablaba despacio, midiendo las palabras como si las hubiera ensayado antes.
Quizá así había sido—. No conozco más que el resto a la princesa, pero sí sé por qué Ysolde llegó a ser tan importante para ella.
—Recordé a la mujer con el cabello del color del fuego—.
A Danayher no le gustan las demostraciones excesivas. Le gustan las presencias constantes.
Me crucé de brazos de forma instintiva.
—¿Eso es un consejo?
—Es una observación.
—¿Y por qué me la haces a mí?
Xytherel abrió la boca y la cerró varias veces antes de decidirse a hablar.
—Porque tengo la impresión de que necesitas quedarte aquí con tanta urgencia como yo.
Sentí algo incómodo moverse en el pecho. Como un gusano arrastrándose y dejando un surco profundo a su paso. La idea de ser vista con tanta claridad me provocó pavor.
—Te equivocas.
No lo desmintió, pero pude ver que estaba segura de su afirmación. El silencio que siguió fue demasiado largo. Por un momento estuve a punto de decirlo. A punto de admitir lo que significaría volver al Imperio. Por suerte, ella habló antes.
—También… —vaciló— me enteré de lo que ocurrió con el soldado cuando abandonasteis la fiesta. Lo siento mucho —añadió con torpeza—. Me alegro de que la princesa defendiera tu causa ante toda la guardia. Kael me dijo que estaba furiosa cuando los hizo llamar.
El nombre se le había escapado. Pude verlo en la forma en que se quedó inmóvil al terminar la frase. Ni siquiera había usado el título de sir.
—No sabía que tuvieras una relación tan… estrecha con la guardia —dije despacio.
La mejilla que se encontraba cubierta por la mancha de nacimiento fue la única parte de su piel visible que no se enrojeció.
—Yo… no es… quiero decir…
Empezó a retorcerse los dedos de nuevo.
—Gracias —dije por pura compasión. Aunque no sabría decir si hacia ella o hacia mí. Estaba perdiendo los nervios al verla acorralada—. Yo también me alegro de haber podido contar con Su Alteza.
—Tienes suerte. La princesa no es de las que retiran la mano después de haberla tendido.