Alas de escarcha y oro (El canto del cisne 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

E l encierro solo duró una noche, pero fue una de las más largas de mi vida.

Cuando la puerta se abrió y la luz entró a raudales en aquel pequeño habitáculo, estaba en el suelo hecha un ovillo.

El banco parecía diseñado para evitar que encontrase una postura cómoda, y solo en el suelo había conseguido reconducir la respiración.

No había podido dormir, por supuesto, pero al menos había mantenido el control lo suficiente como para no echarme a llorar.

Aunque allí no hubiese nadie que fuese a castigarme por hacerlo, suponía conservar la poca dignidad que me quedaba.

Confusa, me cubrí los ojos con la mano para poder ver a quién pertenecía la silueta que el sol recortaba en el umbral. Debía de tener el pelo revuelto, el vestido blanco sucio. Notaba hinchado el verdugón que me había provocado el golpe del guardia en la mejilla.

Danayher aún conservaba una mano sobre el pomo. Su cuerpo se había quedado rígido, congelado desde el momento en que había posado los ojos sobre mí. Al incorporarme comprendí por qué.

El suelo a mi alrededor estaba helado. La escarcha se había extendido y había cubierto la piedra con un patrón irregular, similar al de un copo de nieve, que enmarcaba mi figura como si alguien se hubiera tomado el tiempo de dibujarla.

La princesa soltó el aliento de golpe y una nube de vapor se elevó ante su rostro.

En un palacio en pleno desierto, no había forma de explicar una habitación helada.

No obstante, Danayher no me pidió una aclaración.

En cuanto consiguió liberarse del aturdimiento, cerró la puerta a su espalda y se aproximó a mí con el mismo cuidado que había mostrado cuando me quitó los cristales de las manos.

La rabia que se me había comenzado a gestar en el estómago desapareció. Parecía profundamente confusa y, aunque me resistía a volver a depositar más confianza en ella, era evidente que no había tenido nada que ver con lo sucedido.

—¿Quién te ha encerrado aquí? —Había urgencia en su tono—. ¿Por qué?

Ya debía de tener la respuesta, ¿no? De lo contrario, ¿cómo me había encontrado? No sabía si era una prueba. Si lo que quería comprobar era mi discreción. De modo que fruncí los labios como respuesta.

La princesa no solicitó más de mí. Se limitó a ayudarme a ponerme en pie y a llegar hasta la puerta. Fuera, los guardias esperaban con expresiones de preocupación. Danayher se apresuró a cerrar con llave.

—¡¿Quién?! —A pesar de su envergadura, los cuatro hombres se encogieron.

El corazón me dio un vuelco. Nunca la había escuchado tan fuera de sí—.

¡¿Quién ha sido?! —Dudé de su capacidad para articular palabra.

Parecían estar conteniendo la respiración—.

Quiero que traigáis a mi despacho a todos los soldados que estaban ayer custodiando la velada.

Me da igual si están asignados a otras tareas o si tenéis que sacarlos de sus camas. Los quiero a todos. ¡Ya!

Ese fue también nuestro destino. Me ayudó a sentarme con delicadeza y lanzó una mirada rápida a la herida de la mejilla antes de recorrer la habitación con pasos rápidos y mirada perdida. La luz entraba con fuerza por los ventanales cuando por fin llegaron los soldados.

Eran tantos que tuvieron que apiñarse para entrar en la habitación sin invadir mi espacio.

Danayher esperó a que todos se encontraran dentro y la puerta estuviera cerrada para colocarse ante ellos.

Aunque muchos mostraban expresiones de miedo, angustia y confusión, ninguna podía compararse con la del soldado que me había golpeado y encerrado.

Cuando nuestras miradas se encontraron, la suya contenía puro horror.

—Os he traído aquí porque esta mañana la Maestra de Aspirantes ha reportado la ausencia de una de ellas en el desayuno y en su dormitorio.

Supe más tarde por el testimonio de varios nobles que anoche se había producido un incidente que había derivado en Eira saliendo escoltada del Gran Salón.

La capitana Ylvar no parecía saber nada al respecto.

—Soltó un suspiro, como si estuviera decepcionada, aunque sonó falso.

Su tono delataba que en realidad estaba furiosa—.

Algo muy irregular, puesto que cualquier actuación de este tipo debe ser reportada a un superior.

Imaginé que, por tanto, no la encontraría en los calabozos, así que me vi obligada a recorrer cada una de las salas de corrección hasta encontrarla.

Parpadeé, sorprendida de que la princesa en persona hubiera dedicado tanto esfuerzo. Odiaba sentirme aliviada.

—Sin embargo, el asunto que quiero tratar no es por qué no se informó de inmediato, de forma que hubiera podido evitar perder mi tiempo en indagaciones.

De eso se encargará la capitana. —Su timbre se endureció hasta obligarla a masticarlo y a escupirlo entre los dientes—.

Quiero saber quién ha osado ponerle la mano encima.

Ninguno de vosotros tenéis derecho a tocar a mis aspirantes.

Los guardias intercambiaron miradas. El hombre que me había encerrado dio un paso al frente.

—Yo, alteza.

Habría sido estúpido seguir fomentando su ira. Tanto él como yo sabíamos que los había hecho traer ante mí para pedirme que señalase a mi captor. Me alegraba no haber tenido que llegar a ese punto.

—¿Por qué? —demandó cuando los hombres se separaron para dejar que su compañero llegase hasta ella.

—La marquesa de Rethor dijo que se había comportado de forma violenta y que requería una lección. Luego me pidió que me la llevase de la fiesta.

Danayher recortó la distancia. El hombre se envaró cuando ella se estiró como un junco, hasta que su cara quedó a unos dedos de la de él.

—Eira es mía. —Danayher puso énfasis en cada palabra para que calara, aunque, en realidad, fue en mi pecho donde reverberaron cada una de ellas—. Está bajo mi protección. Si debe ser castigada, seré yo quien lo ordene. ¡Nadie más!

—Sí, alteza.

—Marchaos. Todos.

No necesitó repetirlo ni elevar el volumen de la voz. Los soldados chocaron unos contra otros en su afán por abandonar el despacho. La espalda de Danayher subió y bajó con varias respiraciones antes de encararme.

No dijo nada mientras me cogía la barbilla y me hacía girar la cara hacia la luz para poder observar la herida.

—Será bestia…

Se centró entonces en las muñecas y las hizo girar entre los dedos.

Imaginé que buscaba más magulladuras, así que empecé a abrir la boca para disuadirla de seguir buscando, cuando sus yemas recorrieron la cicatriz con forma de copo.

De igual forma que había hecho cuando había intentado arrancarme los cristales de la palma.

—Quien te hizo esto no sabía lo que tenía entre sus manos. —El tono fue igual de íntimo, pero esa vez pude asegurar que se dirigía a mí porque su mirada dorada se alzó hasta chocar con la mía—. ¿Fue él?

El hecho de que decidiera omitir el nombre me pareció significativo, respetuoso. Me conmovió de una forma que me disgustó.

—Sí.

Danayher suspiró, si bien no hizo ningún comentario al respecto. Tironeó de las mangas sucias de mi vestido para dejarme los brazos al descubierto y poder examinarlos.

—¿Qué enfadó tanto a la marquesa?

No sonó como una acusación. Parecía más exasperada que molesta.

—Malinterpretó mis intenciones con su marido.

La comisura derecha de los labios le tembló.

—Y eso sin saber que estuviste en sus aposentos.

Me pregunté en qué contexto habría dejado sus pendientes olvidados en aquella habitación y por qué había recurrido a mí para recuperarlos. ¿Acaso había sido otra su intención?

—Quizá esto te sorprenda —Danayher se arrodilló ante mí y, sin miramientos, me levantó la falda del vestido hasta dejar mis muslos expuestos.

El aliento se me quedó atascado en la garganta—, pero jamás he viajado a la frontera.

Nunca he visto las montañas de cerca. Salvo esos bloques que transportan los comerciantes, esta mañana ha sido la primera vez que he visto hielo.

—No levantó la mirada hasta mi cara. Continuó estudiando cada palmo de mi piel con actitud crítica, en busca de más lesiones.

Lo único que pudo captar su atención fueron unos hematomas en las rodillas—.

No es algo muy común en la Corona del Desierto de Eakheral, como habrás comprobado.

—Entonces me envolvió uno de los tobillos con los dedos.

No prestó atención a mi sobresalto. Cuando alzó el rostro, sus cejas parecían a punto de tocarse y sus labios fruncidos no necesitaron pronunciar palabra para que supiese que esperaba una explicación—.

Tampoco lo es que los habitantes de este reino tengan la piel helada, incluso cuando está siendo besada por el sol.

Me soltó y se puso en pie. Tuve que echar la cabeza atrás para poder mantener el contacto visual. Había resultado fácil olvidar su posición mientras se mostraba preocupada por que hubiese sufrido algún daño. Verla observarme desde esa altura, sin embargo, me hizo recordar con quién estaba tratando.

—Necesito respuestas, Eira, porque no encuentro ninguna racional para justificar lo que he presenciado. Parecía… magia.

Le costó un gran esfuerzo pronunciar la palabra y yo la sentí como un golpe directo en el estómago.

Sentí el pánico instalándoseme en el pecho por lo cerca que se encontraba de la verdad.

Aún recordaba el discurso contra la magia que el Ajustador había pronunciado tras la muerte de Celharine.

No había forma de que saliese de allí con vida si confesaba.

Danayher aguardó con paciencia, pero terminó fijando la vista en el collar que todavía me descansaba sobre el pecho.

Cogió el zafiro y lo hizo girar entre los dedos con expresión abstraída.

Entonces desplazó los ojos hasta mi hombro.

La tela del vestido se había deslizado levemente, dejando expuestas sobre la piel pálida las sombras oscuras que habían dejado cada una de las yemas del guardia.

La princesa apartó la tela con cuidado hasta dejar parte de mi espalda al descubierto. No fue la vergüenza lo que me paralizó, sino la perspectiva de que viera las heridas. Cerré los ojos, esperando el grito ahogado.

No llegó.

—¿Esto también te lo ha hecho el soldado?

Cualquier información que pudiera darle implicaba admitir que no era humana, si bien permitir que castigaran al guardia por mi mentira podía granjearme más enemigos.

—No. Quizá me raspé con la pared de la celda, yo no…

—No me mientas. Necesito saber lo que pasó.

Agarré en un puño la tela que seguía deslizándose con suavidad por el brazo, tratando de cubrirme.

—No miento.

Mi afirmación careció de firmeza; aun así, lo dejó pasar. Se apartó de mí y dejó caer su peso sobre el sillón. Parecía profundamente cansada pese a que el día apenas había comenzado.

—Me encargaré personalmente de que te proporcionen paños de seda para que sean lo más gentiles posibles con las heridas. Lo ideal sería que no tuvieras que cubrirlas, pero eso solo suscitaría preguntas.

—Os lo agradezco, alteza.

—Tómate el resto del día libre. Yo avisaré a la Maestra.

Descansa y encuentra algún momento para ir a ver a Milenka.

—No mostré ningún tipo de familiaridad con el nombre.

No estaba segura de si Danayher había sido informada de la existencia de paños manchados de sangre en mi dormitorio.

Esperaba que no fuese así. Se me acababan las oportunidades de fingir que aquellas heridas eran puntuales—.

Estoy segura de que encontrará un remedio para las heridas de la espalda y para evitar que el verdugón siga inflamándose y afecte al ojo.

—Sí, alteza.

—En mis indagaciones para resolver dónde te encontrabas, dos mujeres reportaron que habías sido tú quien había ofrecido la bebida que había provocado el desmayo de una aspirante.

—Solo le ofrecí la copa que otra de las candidatas me había ofrecido a mí. Sucedió, de hecho, ante vuestros ojos.

Soltó un suspiro.

—Averelle… —Imaginé que ese era el nombre real de Perfeccionismo—.

Representas exactamente lo que más detesta: alguien que avanza sin seguir las reglas del mérito perfecto.

—Hizo una pausa, en la que no supe si esperaba una respuesta por mi parte.

Ni siquiera había digerido lo que eso significaba—.

No puedo negar que su determinación es admirable, ni que es precisamente el motivo por el que soy reacia a expulsarla, pero si vuelve a poner en peligro tu seguridad o la de alguna de las aspirantes, necesito que me lo comuniquéis.

—Sí, alteza.

Me puse en pie, asumiendo que aquello era una despedida. Al inclinar el cuerpo para hacer la reverencia, volví a escuchar su voz:

—¿Algún otro noble te importunó anoche?

Me erguí con lentitud.

—No.

Ella enarcó una ceja al ver que me callaba de golpe.

Tal vez advertirle acerca del consejero suponía excederme; no obstante, no solo me había rescatado de mi encierro: me había defendido ante los guardias y se había preocupado por mis magulladuras.

Odiaba sentir que estaba en deuda con ella y esa podía ser una forma de saldarla para abandonar ese despacho en paz.

—Solo conversé con el consejero de Osprey y la baronesa de Dorthen.

Fueron amables conmigo, si bien hicieron insinuaciones sobre vuestra ausencia en encuentros relacionados con la tradición y la espera que eso suponía para ciertas figuras.

—Al ver que no parecía enfadada, añadí—: También aludieron a la influencia de vuestras compañías.

Danayher soltó una risa incrédula.

—Respeto que tengan sus propias opiniones sobre mí y las decisiones que tomo.

Lo que no comparto es que las expongan delante de mis aspirantes.

—Soltó un bufido por la nariz—. Ya que han decidido hacerte partícipe, te lo explicaré: algunos nobles no aprueban que haya rechazado varias audiencias con los Cronistas de Ciclo.

Por eso han traído a mi pobre hermana de la frontera.

Piensan que su compañía me aportará algo de sensatez.

Son muy ingenuos al pensar que eso cambiará algo.

—¿No deseáis tener una buena relación con el clero?

Se encogió de hombros con fingida inocencia.

—Me temo que no es una decisión que recaiga solo sobre mí. Siempre he escuchado sus conclusiones con atención, aunque puede que no con fe. Si les disgusta que las contraste antes de adoptarlas como propias, me temo que no puedo hacer nada.

—¿Tiene eso que ver con que me pidierais leer acerca de Meyra en lugar de sobre Orhal?

Me había acostumbrado a ver su sonrisa en cada uno de nuestros encuentros, y aquel no fue la excepción.

—Cuidado, Eira. En esta Corte, se premia la ignorancia bien representada. Ante el resto, conviene aparentar ver solo hilos sueltos.